Bienvenidos a una noche más. Arion nos trae un texto conmovedor sobre Petronia. Espero que lo lean, comenten y disfruten.
Lestat de Lioncourt
Nadie como tú
La observaba con los ojos fijos en sus
manos. Tenía unas manos finas que parecían frágiles como la
porcelana, pero eran rápidas y firmes. Ella poseía una paciencia
ilimitada con aquellas artesanías, pero no así con el resto de
seres que la rodeaban. Sabía que en su mente llegaban recuerdos de
Pompeya y por supuesto de cada una de esas aventuras que ni siquiera
él sabía, pero eso era algo que guardaba para sí y no compartía.
Sin embargo, tras tantos siglos juntos comprendía cada uno de sus
movimientos. Sabía que se dejaba llevar por las emociones mientras
las joyas tomaban forma en aquellas manos expertas.
-Petronia-dijo tras más de una hora en
silencio sentado en el fondo de la sala, con las manos sobre sus
muslos y el cuerpo recto otorgándole cierta magnificencia- Petronia,
hija mía.
-Maestro me distraes- murmuró
endureciendo sus facciones para girar suavemente su rostro hacia él.
Aquel rostro de profundos ojos oscuros de largas pestañas, perfectas
cejas y mandíbula sutilmente masculina, le estremecía. Deseaba
besar sus pómulos de mármol y rogar que se detuviera por unas horas
para acompañarlo, pero aquella mirada firme le recordaba que
necesitaba su espacio y una libertad personal muy peculiar- Si sigues
distrayéndome jamás terminaré este camafeo y créeme que no te
agradará como me siento al respecto.
-Puedes acabarlo mañana-comentó
incorporándose para caminar hacia ella.
Deseaba estrecharla sin importar nada
en absoluto. Quería hundir su rostro en su cuello, acariciar con
cuidado sus largos cabellos negros y peinarlos para luego trenzarlos
con habilidad. Pero ella quería silencio, soledad y sus herramientas
de trabajo junto a su caja de materiales.
-Puedo empezar a gritar, destrozar la
habitación y marcharme-dijo clavando aquellas dagas negras en él
mientras sin importarle nada él avanzaba- Mi querido maestro
¿quieres que discutamos?
-¿Cuánto hace que no cepillo tu pelo
y lo trenzo con esmero?-preguntó sacando una suave sonrisa en el
rostro de su criatura- Antes lo hacía cada noche.
-Antes parecía importarte más mi
presencia y mis ausencias-susurró girándose para seguir con aquella
talla.
Era la diosa Minerva. Había decidido
recrear el casco de la diosa porque sentía que era similar a ella.
La diosa tenía carácter e inteligencia y era sin duda una luchadora
tenaz. Petronia no se había olvidado de los dioses que una vez
poblaron la tierra con sus enormes edificios, sus vírgenes,
sacrificios y esculturas que engalanaban las calles de todo el
Imperio.
-Siempre me has importado-su voz se
volvió profunda y llena de tristeza.
-¡Arion te he dicho que me
dejes!-exclamó al sentir sus manos soltando sus herramientas para
golpearlo, pero él detuvo sus manos agarrándola por las munecas
para llevarlas a sus labios y besar sus dedos con mesura- ¡Arion!
-Petronia-susurró arrodillándose
frente a ella para verla desde aquel ángulo- Mi fuerte Petronia. Tú
siempre me has importado.
-A ti sólo te importa jugar al ajedrez
o las cartas con ese viejo chocho que jamás debí crear-respondió
intentando alejarse de él, pero finalmente la tomó de la cintura
rodeándola con sus brazos- ¡Maestro!
-Perdóname-aquello brotó de sus
labios con firmeza pero en un tono suave, como si fuera una caricia-
Perdóname por no comprenderte.
Petronia lo abofeteó de inmediato,
pero después dejó sus manos sobre sus hombros y suspiró resignada.
Él le había dado la vida y una oportunidad que nadie se atrevía a
ofrecerle. Si bien con cuidado apartó sus manos de su cuerpo y él
se incorporó besando estas, así como su rostro y sus hombros.
Después, con cuidado, tomó un cepillo que se hallaba en un tocador
cercano y deshizo la trenza del cabello de Petronia para cepillar
cada mechón con cuidado mientras ella seguía tallando aquel
camafeo.
Por una noche no discutirían y Manfred
tendría que soportar el silencio de ambos, la distancia y el
recuerdo pesado de Virginia Lee en su habitación rodeado de la
penumbra que siempre se instalaba en sus noches eternas.
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