Durante largos años he publicado varios trabajos originales, los cuales están bajo Derechos de Autor y diversas licencias en Internet, así que como es normal demandaré a todo aquel que publique algún contenido de mi blog sin mi permiso.
No sólo el contenido de las entradas es propio, sino también los laterales. Son poemas algo antiguos y desgraciadamente he tenido que tomar medidas en más de una ocasión.

Por favor, no hagan que me enfurezca y tenga que perseguirles.

Sobre el restante contenido son meros homenajes con los cuales no gano ni un céntimo. Sin embargo, también pido que no sean tomados de mi blog ya que es mi trabajo (o el de compañeros míos) para un fandom determinado (Crónicas Vampíricas y Brujas Mayfair)

Un saludo, Lestat de Lioncourt

ADVERTENCIA


Este lugar contiene novelas eróticas homosexuales y de terror psicológico, con otras de vampiros algo subidas de tono. Si no te gusta este tipo de literatura, por favor no sigas leyendo.

~La eternidad~ Según Lestat

domingo, 19 de enero de 2014

Ven a mí Príncipe Malcriado

Bonsoir mes amis

Aquí les dejo el fic que tanto esperaban. Una memoria mía y de Armand. Aunque más bien es un sueño erótico del pelirrojo.

Lestat de Lioncourt


Ven a mí Príncipe Malcriado

Había olvidado la sonrisa de aquel irreverente vampiro que siempre se dejaba llevar por sus estúpidos impulsos. Podía jurar que bajo aquel aspecto de ser tocado por la gracia de Dios, el cual posee en realidad la bendición del demonio, se hallaba el refugio de cualquier alma atormentada. Sus rizos dorados caían sobre sus hombros y pecho, tan dorados como sus pestañas y cejas, tenían un aspecto celestial y se hallaban inmaculados. La camisa blanca que llevaba aquel día parecía haber sido elegida con detalle, igual que los pantalones de cuero que ensalzaban su masculinidad así como sus botas de estrella del rock imposible de soportar durante su arduo concierto. Tenía un aspecto estremecedor como el primer día en el cual pudimos vernos frente a frente.

Cientos de mortales habían leído sus andanzas y parecían completamente conquistados por la belleza de sus notas tristes y la sonata alegre que recorría cada línea. Se había convertido en el héroe y el villano de millones de adolescentes que esperaban enfervorecidos a una nueva locura. Sin embargo no tendrían la oportunidad de conocer nuevas noticias, pues allí estaba tirado sin decir nada y con la vista clavada en el infinito.

Marius se hallaba, como tantos otros, rodeándolo a la espera que algo ocurriera. Todos deseaban ver el milagro de Lestat surgiendo de entre sus propios demonios y alzándose nuevamente victorioso. Pero allí no ocurría nada salvo un silencio profundo que a veces se rompía por los sollozos de Louis. La preocupación aumentaba en todos y crispaba el ambiente. Gabrielle lo guardaba celosamente como si fuera a desmoronarse si se tocaba demasiado. Mi presencia allí podía sobrar, pero había decidido acompañarlos a todos y poder comprobar si él se levantaba para sonreírnos de nuevo. Pero sus labios tenían una mueca suave, tersa inclusive, que arrugaba brevemente su rostro mostrando su descaro pero como si fuera un maniquí.

Todos los recuerdos de mi vida mortal, e inmortal, me golpearon profundamente provocando que cayera en un bucle de extraños y perturbadores pensamientos. Los viejos grabados se agolparon en mi mente y tirité bajo la tenue luz de las velas que se arremolinaban en aquella fría capilla. El altar estaba lleno de rosas y habían colocado a Lestat como si fuese un santo o quizás una bendición de un Dios, que lo había depositado allí por obra y gracia suya. Las vidrieras tenían motivos que me recordaron a mis días en Venecia, pero aquello no contrajo mi corazón ni mis recuerdos de forma tan tortuosa. Era la imagen de Lestat y el recuerdo de los viejos santos, mi fe y la fe de cientos de mortales hacia el Señor.

Di tan sólo un paso al frente mientras me abrazaba a mí mismo jurándome que el frío húmedo de New Orleans no me calaría los huesos, no me recordaría el momento más crucial de mi vida y finalmente llegué a otro igual de importante. Lestat desafiándome en mitad de aquella iglesia, explicándoles a todos que yo había mentido y que ellos no estaban encaminados al pecado porque no existía dios alguno. Sin embargo, el decía haber visto a Nuestro Señor Jesucristo en ascenso por el monte Calvario y yo me estremecí con su relato.

Negué suavemente durante unos segundos e intenté olvidarme de aquel mundo en el cual nos habíamos sumergido todos. Un mundo de tinieblas mientras el príncipe descansaba esperando el beso que lo despertara. Si bien, desconocía si algún día su alma vibraría de la misma forma que aquel día.

Según él yo era un ángel harapiento, un niño seductor lleno de siglos de maldad y pecado, pero bajo esa iglesia fui un ángel de rizados cabellos de sangre y una mirada café que calentó su sangre. Pude contemplar en él la fascinación que todos los hombres habían tenido hacia mí, sucumbiendo durante algunos segundos y provocando que quedara mermado. Pude aprovecharme antes que exclamara todo lo que sabía y había visto. No comprendo aún como no pude detenerlo y ahogar cada una de sus oraciones.

La noche siguiente fue una tortura para mí. Los acontecimientos proseguían arriesgando mi corazón. Lestat me había derrotado de mil maneras posibles. No sólo había destrozado mi poder en la asamblea, roto mis creencias y hundido mi escasa cordura sino que se había llevado mi corazón. Me enamoré de su fuerza y su forma de tratar todo con un ingenio demasiado rápido para un mortal.

Los sueños eróticos me alcanzaron los días posteriores a su partida. En medio de la mañana, refugiado bajo la pesada tapa de mi ataúd, pude sentir como un chiquillo mortal los deliciosos besos de Lestat refugiándose en mi cuello y deshaciéndose de mis prendas. Pues, mi imaginación jamás tuvo límites y mis sentidos alentaban el deseo junto al irrefrenable poder de atracción que aquel maldito bastardo poseía.

El sueño más recurrente era en aquella iglesia. Igual que si fuera un santo descendía hacia mí por el pasillo central, pisando con garbo y elegancia banal cada una de las losas hasta llegar a mí. Me hallaba vestido con los harapos con los cuales me había contemplado por primera vez, con mi cabello algo sucio y mi rostro confuso lleno de cierto odio y demasiada curiosidad. Sus manos firmes me asían de los brazos y me incorporaban, pues me hallaba de rodillas rezando por mi alma condenada a las llamas eternas en un purgatorio mucho peor que en las cruentas guerras que aún se vivían.

Sus manos se aferraban a mí como poderosas garras de hermosas uñas, las cuales brillaban suavemente bajo la luz de las velas. Tenía sus ojos azules fijos en los míos con destellos violetas que me seducían hasta hacerme perder en el delirio más puro. Aquello era un ángel y no un enemigo. Deseaba que se deshiciera de inmediato de mis prendas, pero decidía besar mi rostro como si fuera el de una Virgen y estuviese orando por salvar las almas de los numerosos impíos.

Mis manos, apoyadas en su torso, temblaban deseando alcanzar sus mejillas para acariciarlas con cuidado. Sin embargo, el poder de aquellos labios posados sobre los míos, saboreando cada rozo de estos, y dibujando con su lengua mi nombre mientras me maldecía a mí mismo me hacían perder el control y me hundían en la sensación de ser un alma impúdica, miserable y jactanciosa que terminaba siendo doblegado por un ser puro y lleno de juiciosa verdad. Él era mi nuevo dios y asistía a la conmemoración de una religión basada en sus besos.

De improviso me arrancaba la túnica, tal y como deseaba, así como las calzas y medias raídas que llevaba. Rápidamente me empujaba contra el frío suelo y me abrió de piernas lamiendo mis pezones. Mi cabello pelirrojo parecía un charco de sangre de un ángel que se había precipitado desde la cúpula. Sentía escalofríos mientras él dejaba sus labios en mi cuello, clavículas, pezones y vientre bajo. Mis manos alcanzaron a tomarlo del rostro antes de afianzarse en sus hombros.

Él vestía como si fuera el heredero de una gran fortuna. Uno de esos burgueses de cabello perfecto, ojos intensos y ropas caras. Su levita azul con su camisa de chorreras blanca con puños de encaje, así como sus medias del mismo color y unas calzas a juego con aquella levita con bordados dorados. ¡Era la viva imagen de un desfile de sociedad! Y yo estaba a su merced desnudo y tembloroso mientras susurraba jadeante su nombre una y otra vez. Lestat, el matalobos, se hallaba sobre mí matándome a mí con la punta de su lengua recorriendo mis ingles.

En aquellos momentos parecía un niño perdido en medio de un jardín salvaje, como él veía el mundo a su alrededor, mientras me convertía lentamente en una Eva que desconocía el placer carnal pero lo incitaba moviendo eróticamente mis caderas. Sus manos eran como las zarzas ardientes que hablaron a Abraham y concedieron a los hombres las tablas de las leyes divinas. Me sentía provocado por cada caricia y finalmente noté como sacaba su miembro envuelto en una ligera pelusa dorada, la cual era sin duda su vello púbico, justo antes de introducirse en mí de forma burda y dolorosa. Mi cuerpo se arqueaba mientras mis piernas se abrían temblorosas. Sin duda alguna fue terrible, pero el dolor cedió ante el placer y aquel brutal momento se convirtió en un ascenso a los cielos.

La bóveda de la iglesia, pintada ricamente con ángeles que parecían cantar a coro la gracia de Dios, parecía desprenderse sobre nosotros mientras me bañaba en pequeñas gotitas de rubí. El sudor sanguinolento manchaba el piso de mármol blanco así como las prendas que Lestat llevaba. Sin embargo, él también sudaba y sus cabellos se pegaban a su rostro de proporciones perfectas. Su boca era grande y abarcaba la mía mientras con cada estocada quería deshacerme de ella, poder gritar su nombre y finalmente jalearlo para que lo hiciera con más fuerza.


El sueño finalizaba con él ofreciéndome su cálido torrente, para después salir de aquel lugar conmigo desnudo y depositarme en su refugio. Pero aquello jamás ocurrió y él decidió marcharse buscando a Marius, el mismo que me buscaba con la mirada para explicarme el estado de Lestat y como su madre era una fiera leona que jamás permitiría que nos acercáramos demasiado. Aquel vampiro que me había ofrecido tantos sueños eróticos y momentos trágicos en mi vida, ese mismo, yacía inmóvil esperando un milagro.  

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Gracias por su lectura

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Lestat de Lioncourt