Aquí les dejo el fic que tanto esperaban. Una memoria mía y de Armand. Aunque más bien es un sueño erótico del pelirrojo.
Lestat de Lioncourt
Ven a mí Príncipe Malcriado
Había olvidado la
sonrisa de aquel irreverente vampiro que siempre se dejaba llevar por
sus estúpidos impulsos. Podía jurar que bajo aquel aspecto de ser
tocado por la gracia de Dios, el cual posee en realidad la bendición
del demonio, se hallaba el refugio de cualquier alma atormentada. Sus
rizos dorados caían sobre sus hombros y pecho, tan dorados como sus
pestañas y cejas, tenían un aspecto celestial y se hallaban
inmaculados. La camisa blanca que llevaba aquel día parecía haber
sido elegida con detalle, igual que los pantalones de cuero que
ensalzaban su masculinidad así como sus botas de estrella del rock
imposible de soportar durante su arduo concierto. Tenía un aspecto
estremecedor como el primer día en el cual pudimos vernos frente a
frente.
Cientos de mortales
habían leído sus andanzas y parecían completamente conquistados
por la belleza de sus notas tristes y la sonata alegre que recorría
cada línea. Se había convertido en el héroe y el villano de
millones de adolescentes que esperaban enfervorecidos a una nueva
locura. Sin embargo no tendrían la oportunidad de conocer nuevas
noticias, pues allí estaba tirado sin decir nada y con la vista
clavada en el infinito.
Marius se hallaba, como
tantos otros, rodeándolo a la espera que algo ocurriera. Todos
deseaban ver el milagro de Lestat surgiendo de entre sus propios
demonios y alzándose nuevamente victorioso. Pero allí no ocurría
nada salvo un silencio profundo que a veces se rompía por los
sollozos de Louis. La preocupación aumentaba en todos y crispaba el
ambiente. Gabrielle lo guardaba celosamente como si fuera a
desmoronarse si se tocaba demasiado. Mi presencia allí podía
sobrar, pero había decidido acompañarlos a todos y poder comprobar
si él se levantaba para sonreírnos de nuevo. Pero sus labios tenían
una mueca suave, tersa inclusive, que arrugaba brevemente su rostro
mostrando su descaro pero como si fuera un maniquí.
Todos los recuerdos de mi
vida mortal, e inmortal, me golpearon profundamente provocando que
cayera en un bucle de extraños y perturbadores pensamientos. Los
viejos grabados se agolparon en mi mente y tirité bajo la tenue luz
de las velas que se arremolinaban en aquella fría capilla. El altar
estaba lleno de rosas y habían colocado a Lestat como si fuese un
santo o quizás una bendición de un Dios, que lo había depositado
allí por obra y gracia suya. Las vidrieras tenían motivos que me
recordaron a mis días en Venecia, pero aquello no contrajo mi
corazón ni mis recuerdos de forma tan tortuosa. Era la imagen de
Lestat y el recuerdo de los viejos santos, mi fe y la fe de cientos
de mortales hacia el Señor.
Di tan sólo un paso al
frente mientras me abrazaba a mí mismo jurándome que el frío
húmedo de New Orleans no me calaría los huesos, no me recordaría
el momento más crucial de mi vida y finalmente llegué a otro igual
de importante. Lestat desafiándome en mitad de aquella iglesia,
explicándoles a todos que yo había mentido y que ellos no estaban
encaminados al pecado porque no existía dios alguno. Sin embargo, el
decía haber visto a Nuestro Señor Jesucristo en ascenso por el
monte Calvario y yo me estremecí con su relato.
Negué suavemente durante
unos segundos e intenté olvidarme de aquel mundo en el cual nos
habíamos sumergido todos. Un mundo de tinieblas mientras el príncipe
descansaba esperando el beso que lo despertara. Si bien, desconocía
si algún día su alma vibraría de la misma forma que aquel día.
Según él yo era un
ángel harapiento, un niño seductor lleno de siglos de maldad y
pecado, pero bajo esa iglesia fui un ángel de rizados cabellos de
sangre y una mirada café que calentó su sangre. Pude contemplar en
él la fascinación que todos los hombres habían tenido hacia mí,
sucumbiendo durante algunos segundos y provocando que quedara
mermado. Pude aprovecharme antes que exclamara todo lo que sabía y
había visto. No comprendo aún como no pude detenerlo y ahogar cada
una de sus oraciones.
La noche siguiente fue
una tortura para mí. Los acontecimientos proseguían arriesgando mi
corazón. Lestat me había derrotado de mil maneras posibles. No sólo
había destrozado mi poder en la asamblea, roto mis creencias y
hundido mi escasa cordura sino que se había llevado mi corazón. Me
enamoré de su fuerza y su forma de tratar todo con un ingenio
demasiado rápido para un mortal.
Los sueños eróticos me
alcanzaron los días posteriores a su partida. En medio de la mañana,
refugiado bajo la pesada tapa de mi ataúd, pude sentir como un
chiquillo mortal los deliciosos besos de Lestat refugiándose en mi
cuello y deshaciéndose de mis prendas. Pues, mi imaginación jamás
tuvo límites y mis sentidos alentaban el deseo junto al irrefrenable
poder de atracción que aquel maldito bastardo poseía.
El sueño más recurrente
era en aquella iglesia. Igual que si fuera un santo descendía hacia
mí por el pasillo central, pisando con garbo y elegancia banal cada
una de las losas hasta llegar a mí. Me hallaba vestido con los
harapos con los cuales me había contemplado por primera vez, con mi
cabello algo sucio y mi rostro confuso lleno de cierto odio y
demasiada curiosidad. Sus manos firmes me asían de los brazos y me
incorporaban, pues me hallaba de rodillas rezando por mi alma
condenada a las llamas eternas en un purgatorio mucho peor que en las
cruentas guerras que aún se vivían.
Sus manos se aferraban a
mí como poderosas garras de hermosas uñas, las cuales brillaban
suavemente bajo la luz de las velas. Tenía sus ojos azules fijos en
los míos con destellos violetas que me seducían hasta hacerme
perder en el delirio más puro. Aquello era un ángel y no un
enemigo. Deseaba que se deshiciera de inmediato de mis prendas, pero
decidía besar mi rostro como si fuera el de una Virgen y estuviese
orando por salvar las almas de los numerosos impíos.
Mis manos, apoyadas en su
torso, temblaban deseando alcanzar sus mejillas para acariciarlas con
cuidado. Sin embargo, el poder de aquellos labios posados sobre los
míos, saboreando cada rozo de estos, y dibujando con su lengua mi
nombre mientras me maldecía a mí mismo me hacían perder el control
y me hundían en la sensación de ser un alma impúdica, miserable y
jactanciosa que terminaba siendo doblegado por un ser puro y lleno de
juiciosa verdad. Él era mi nuevo dios y asistía a la conmemoración
de una religión basada en sus besos.
De improviso me arrancaba
la túnica, tal y como deseaba, así como las calzas y medias raídas
que llevaba. Rápidamente me empujaba contra el frío suelo y me
abrió de piernas lamiendo mis pezones. Mi cabello pelirrojo parecía
un charco de sangre de un ángel que se había precipitado desde la
cúpula. Sentía escalofríos mientras él dejaba sus labios en mi
cuello, clavículas, pezones y vientre bajo. Mis manos alcanzaron a
tomarlo del rostro antes de afianzarse en sus hombros.
Él vestía como si fuera
el heredero de una gran fortuna. Uno de esos burgueses de cabello
perfecto, ojos intensos y ropas caras. Su levita azul con su camisa
de chorreras blanca con puños de encaje, así como sus medias del
mismo color y unas calzas a juego con aquella levita con bordados
dorados. ¡Era la viva imagen de un desfile de sociedad! Y yo estaba
a su merced desnudo y tembloroso mientras susurraba jadeante su
nombre una y otra vez. Lestat, el matalobos, se hallaba sobre mí
matándome a mí con la punta de su lengua recorriendo mis ingles.
En aquellos momentos
parecía un niño perdido en medio de un jardín salvaje, como él
veía el mundo a su alrededor, mientras me convertía lentamente en
una Eva que desconocía el placer carnal pero lo incitaba moviendo
eróticamente mis caderas. Sus manos eran como las zarzas ardientes
que hablaron a Abraham y concedieron a los hombres las tablas de las
leyes divinas. Me sentía provocado por cada caricia y finalmente
noté como sacaba su miembro envuelto en una ligera pelusa dorada, la
cual era sin duda su vello púbico, justo antes de introducirse en mí
de forma burda y dolorosa. Mi cuerpo se arqueaba mientras mis piernas
se abrían temblorosas. Sin duda alguna fue terrible, pero el dolor
cedió ante el placer y aquel brutal momento se convirtió en un
ascenso a los cielos.
La bóveda de la iglesia,
pintada ricamente con ángeles que parecían cantar a coro la gracia
de Dios, parecía desprenderse sobre nosotros mientras me bañaba en
pequeñas gotitas de rubí. El sudor sanguinolento manchaba el piso
de mármol blanco así como las prendas que Lestat llevaba. Sin
embargo, él también sudaba y sus cabellos se pegaban a su rostro de
proporciones perfectas. Su boca era grande y abarcaba la mía
mientras con cada estocada quería deshacerme de ella, poder gritar
su nombre y finalmente jalearlo para que lo hiciera con más fuerza.
El sueño finalizaba con
él ofreciéndome su cálido torrente, para después salir de aquel
lugar conmigo desnudo y depositarme en su refugio. Pero aquello jamás
ocurrió y él decidió marcharse buscando a Marius, el mismo que me
buscaba con la mirada para explicarme el estado de Lestat y como su
madre era una fiera leona que jamás permitiría que nos acercáramos
demasiado. Aquel vampiro que me había ofrecido tantos sueños
eróticos y momentos trágicos en mi vida, ese mismo, yacía inmóvil
esperando un milagro.
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