Durante largos años he publicado varios trabajos originales, los cuales están bajo Derechos de Autor y diversas licencias en Internet, así que como es normal demandaré a todo aquel que publique algún contenido de mi blog sin mi permiso.
No sólo el contenido de las entradas es propio, sino también los laterales. Son poemas algo antiguos y desgraciadamente he tenido que tomar medidas en más de una ocasión.

Por favor, no hagan que me enfurezca y tenga que perseguirles.

Sobre el restante contenido son meros homenajes con los cuales no gano ni un céntimo. Sin embargo, también pido que no sean tomados de mi blog ya que es mi trabajo (o el de compañeros míos) para un fandom determinado (Crónicas Vampíricas y Brujas Mayfair)

Un saludo, Lestat de Lioncourt

ADVERTENCIA


Este lugar contiene novelas eróticas homosexuales y de terror psicológico, con otras de vampiros algo subidas de tono. Si no te gusta este tipo de literatura, por favor no sigas leyendo.

~La eternidad~ Según Lestat

viernes, 16 de mayo de 2014

Desde cero

Desde cero son las nuevas memorias de Rowan y Michael... si yo no puedo cuidarla que lo haga él ¿no?

Lestat de Lioncourt 


DESDE CERO


La luz de la nevera iluminaba parcialmente su rostro; tenía el cabello revuelto, el ceño fruncido y hacía días que no cuidaba su barba. Michael se había encerrado en sí mismo todo el día, pues a penas había dicho algo. Rowan descansaba en lugar seguro y la pequeña había estado llorando casi toda la tarde, pero él no estaba molesto con tener que cuidarla sino con la situación. Detestaba pensar que todo se había reducido a no contradecir a Mayfair and Mayfair, acatar órdenes de Julien y el demonio que le acompañaba, del mismo modo que guardar sus opiniones donde otros no pudiesen leerlas o averiguarlas. No, él no estaba de acuerdo con todo lo que allí ocurría y por eso necesitaba su mejor combinación.

—Sólo quedan tres—dijo sacando una de las latas que se hallaban en el fondo del frigorífico.

Se incorporó cerrando la nevera mientras caminaba con el envase hasta la encimera. Allí, guardado en un forro de terciopelo negro, se hallaba una pequeña joya que la humanidad desconocía por completo. Él había custodiado el libro con cariño y gran interés, aunque Oberon había pedido poder copiarlo en un archivo para llevarlo consigo. Era la historia que una vez le había contado Ashlar, el Rey de los Taltos, que a pesar de todo consideró su amigo.

—Tantos años—murmuró tras un largo suspiro colocándose bien las gafas.

Michael había decidido recordar la historia para convencerse a sí mismo que hacían lo correcto. Los Taltos merecían una nueva oportunidad, una tierra prometida, un poco de libertad y a la vez sabía que no eran esos los planes de Julien; pues las intenciones no quedaban claras, pero el rumbo de los acontecimientos marcaban un camino tétrico y nada halagüeño.

Sacó una de las cervezas del paquete y la abrió sin perder de vista la funda. Tras un largo sorbo que calmó su sed, y también su nerviosismo, sacó el libro y comenzó a leerlo como si jamás lo hubiese hecho. Conocía el significado de cada palabra, los colores vivos y llamativos que tenía sus hojas, y también el final del propio Ashlar. Él había perdido, pero también aprendido.

Michael estaba allí, sentado frente a la encimera que hacía de mesa para el desayuno y almuerzo, con el libro frente a él y tan sólo unos calzoncillos cubriendo su cuerpo. Había rejuvenecido, los músculos estaban más definidos y sus arrugas habían desaparecido junto a sus canas. Julien había obrado un siniestro milagro que él no quería. El corazón ya bombeaba como el de un muchacho, alguien que nunca había sufrido un horrible destino en las aguas del pacífico, y Rowan parecía más tranquila en cuanto a su salud.

Entonces levantó la vista y la vio. Estaba allí con un pantalón de vestir y una camisa simple, de color blanco, con algunas arrugas y una diminuta mancha de sangre en el cuello de la camisa. Ella ya no era la jovencita doctora que había conocido, sino un ser que vivía de noche y se alimentaba de las almas torturadas de las calles de San Francisco, o cualquier otra ciudad, mientras que él cuidaba a una hija que no era suya y vivía una vida que detestaba.

—¿Te lo ha dicho ya?—preguntó directa mientras le miraba con cierta frialdad, aunque sus ojos se volvían tiernos cuando se cruzaban con los profundos océanos de Michael.

—¿Qué?—dijo cerrando el libro para prestarle atención—. Creo que te refieres a que debo iniciar nuevamente contacto con mis viejos empleados, emprender un nuevo proyecto y conseguir que la empresa que fundé, esa misma que cerré para abrirla en New Orleans, llegue a ser la más importante aquí y en cualquier parte de éste país. Sí, me lo ha dicho—ella no pestañeó siquiera cuando habló con ese tono de voz apático—. Lo siento—dijo estirando su mano para tomar la cerveza y comprobó que ella la seguía con la mirada—. No quería hablarte con ese tono, pero todo esto me tiene nervioso y molesto.

—¿Te encuentras bien?—preguntó acercándose a él haciendo sonar sus pequeños tacones sobre el suelo de la cocina.

—Sí, pero todo me preocupa—dijo llevándose la cerveza a los labios para dar un buen trago—. ¿Sabes? No me parece buena idea, pero hay que seguir el plan y no podemos hacer nada—el sabor amargo de la cerveza le recordaba cuan amarga había sido su vida.

Por unos momentos pensó en todo lo que había vivido, con ella y sin ella. Sus ojos se llenaron entonces de un matiz dulce y preocupado, pues no quería que ella sufriera. Rowan estaba desesperada porque no quería ver morir a su hija, a él o a cualquier Mayfair por la ambición de un brujo que había regresado de entre los muertos. Pero él sólo pensaba en los sentimientos que ella tenía, pues podían herirla más que cualquier acción ajena. Sabía que si ella se hundía él no podría hacer mucho, ni si quiera la niña que estaba en la cuna, y era fundamental que estuviera entera en esos momentos.

—Lo sé—se acercó más a él tomándolo del rostro—. No deberías beber, Michael.

A pesar de todo seguía preocupándose por su salud. No quería ver a Michael hundido, bebiendo una cerveza tras otra y sintiéndose culpable de algo que no podía siquiera comprender ella misma. Era una situación difícil, pero saldrían de ella como siempre. Confiaba plenamente en el amor que él tenía por ella, aunque él no podía confiar plenamente por lo ocurrido a lo largo de los años.

Se incorporó del taburete cuando la vio tan próxima y estiró sus brazos hacia la figura delgada de su mujer, pues volvían a ser un matrimonio después de tanto tiempo. Sus anchos brazos la sostenían con firmeza y amor, sintiendo su aroma pegado a su torso porque sus cabellos rizados caían contra su pecho y hombro derecho. Las manos anchas y ásperas de Michael, las de un hombre que se había labrado su futuro con algo más que su inteligencia, acariciaban el vientre su los brazos de Rowan.

—Necesito tranquilizarme y sabes que la bebida siempre me ha ayudado—reconoció besando mejilla izquierda antes de apoyar su mentón en su hombro.

—Yo también lo necesito—dijo cerrando los ojos mientras sentía cerca a Michael. El calor que él le transmitía le hacía recordar a cuanto le quería y necesitaba en esos momentos. Sus manos frías buscaron sus muñecas para que sus manos quedaran colocadas en su cintura. La fuerte y honda respiración de aquel hombre, ese que la conocía mucho mejor que ella, le hacía ver que todo lo que había pasado no era un sueño, como así deseaba creer, sino algo real.

—Dime una cosa...—murmuró—¿tienes miedo de hacerme daño?—aquella pregunta hizo que ella de inmediato abriese los ojos y se apartara.

—¿Por qué me preguntas eso?—dijo dando un paso atrás.

—Acabo de tener la extraña sensación que deseas tenerme a tu lado y a la vez quisieras que me apartara de ti para siempre. La misma sensación que tuve ese día, aquí en esta casa—respondió mirándola a los ojos—. Pero no creo que me hagas daño—estiró sus brazos para abarcar su pequeño y anguloso rostro entre sus manos, acariciando con sus dedos sus pómulos y labios—. No lo harás.

—¿Y si ya lo hice?—preguntó derramando un par de lágrimas—. ¿Y si lo hice?

—¿En qué momento?—sonrió como sólo él podía hacerlo. Era una sonrisa seductora, muy masculina, pero dulce y agradable. Esa era la sonrisa que había estado buscando desde que regresó a su lado.

—Debí alejarme de ti aquel día—sentenció antes de buscar de nuevo contacto con su cuerpo, pues se abrazó de inmediato a él ocultando su rostro en su ancho pecho.

—Hubiese sido un error—dijo sin titubeos—. Habría perdido a la mujer que amo y tú hubieses perdido la verdad que tanto aprecias. Como doctora quieres investigar, ir más allá, y fuiste. Siempre hemos luchado por resolver el misterio ¿por qué iba a ser un error? No es un error.

Su voz era gruesa y áspera, como la de cualquier hombre, pero también dulce y eso hacía que ella desease escucharlo hablar en cualquier instante. Se estaba tranquilizando gracias a su calor, el sonido de sus palabras repitiéndole una y otra vez, si hiciese falta, que no era un error y le recordaba que allí, en esos momentos, tenía su lugar.

Rowan se estremeció. Hubo silencio entre ambos roto por el murmullo de sus caricias. Se reconocían mutuamente como si fuese la primera vez y la última en la cual tendrían esa oportunidad. Ella creía que era un tanto ingenuo, lo creyó cuando lo conoció, pero más que ingenuo intentaba convencerse a sí mismo que podría lograrlo, pues para Michael todo era posible si se intentaba. No quería rendirse, no era un hombre que bajase los brazos y se negara a sí mismo un logro. Si tenía que luchar por la felicidad de su pequeña familia, la supervivencia en un mundo enrarecido y el soportar las órdenes de otros, cuando no estaba acostumbrado, lo haría. Haría todo aquello por Rowan. Ella era el motivo fundamental por el cual estaba allí; ella y esa niña, que aunque no fuese suya la quería a su modo.

Tomó el rostro de Rowan entre sus manos, volvió a mirarla ese deseo insaciable que tan bien conocía, y la besó. Puso sus labios sobre los suyos y comenzó a besarla mientras bajaba sus manos hacia su cuello, las deslizaba por su pecho y agarraba sus senos entre sus manos. Rowan apartó su boca de él y gimió. Tenía los labios algo rojos y sus mejillas también habían tomado algo de color. Ya no lloraba, no tenía porque hacerlo. Él sintió entonces una de las finas y suaves manos de Rowan, tan suaves como delgadas, acariciando su entrepierna mientras se apoyaba sin cuidado en el hombro derecho de Michael.

La tomó entre sus brazos y ella colocó sus piernas entorno su cadera. Se besaban desesperados, igual que unos adolescentes, mientras la subía sobre la encimera de la cocina. Ambos se miraron unos segundos, como si buscasen un consentimiento mutuo. Michael desabrochó su camisa botón a botón, para quitársela con cuidado, y observar el sujetador blanco de algodón que llevaba. Rowan no había sido demasiado erótica con su ropa íntima, pero siempre la había deseado por ese pudor mínimo, casi imposible de descifrar, que a veces tenían sus ojos grises. Se inclinó sobre ellos y besó sus pezones, que comenzaban a endurecerse, bajo la fina capa de tela que los cubría.

—¿Aún me amas?—preguntó ella provocando que Michael dirigiera sus profundos ojos hacia ella.

—Jamás lo dudes—respondió soltando su cabello, pues lo llevaba recogido de forma que la pequeña melena que tenía quedara prácticamente oculta. El aroma a frutas y flores que ella llevaba pegado a sus rizos, algunos que ya caían sueltos en su frente mucho antes que él la despeinara, arrancaba una sonrisa a Michael desde lo más profundo de su ser.

A pesar de los desencuentros, las numerosas discusiones, el distanciamiento cuando ambos creían haberse perdido el uno para él otro y para sí mismos, el dolor y la tragedia, se amaban. No habían perdido esa necesidad de estar juntos, en contacto permanente. Él le perdonaba todo, aunque hubiese llorado por sus malas decisiones, porque la amaba de una forma entregada y respetuosa. Podía dominar sus sentimientos, pero no podía dominar los de ella ni su vida. Él podía influir en sus decisiones, sin embargo no era nadie para obligarla. Su amor no era egoísta, sino sincero.

Michael desabrochó su sujetador y lo tiró al suelo, como si le quemase, para contemplar sus pechos de pezones cafés. Él hundió su rostro en ellos para sentir la suave calidez de éstos, rozó con sus labios ambos y mordió el pliegue que se formaban bajo estos. Su lengua recorría cada parte de su piel, se dejaba llevar por las sensaciones y ella colocó sus manos sobre su espeso cabello rizado. La respiración se entrecortaba mientras los dedos de Michael abría el primer botón de su pantalón blanco, para continuar con los dos restantes, antes de bajarlos con algo de dificultad pero sin dejar de jugar con sus pezones. Aquellos pezones que se endurecían bajo sus labios y que sentían el cosquilleo de su barba de varios días, esos mismos que él tanto había extrañado. La boca de Rowan se abrió para dejar escapar varios suspiros y las manos de él acariciaban sus muslos calientes. Ella podía estar algo fría, por lo que ahora era, pero la sangre que había bebido, y las sensaciones que él le regalaba, la calentaban de pies a cabeza. Contrajo su vientre y sus piernas temblaron cuando Michael mordió su pezón derecho y tiró de él.

—Michael...—susurró con sus dedos hundidos en su espeso pelo negro, justo antes de tantear su rostro y quitarle las gafas dejándolas en lugar seguro—. Michael...

Él echó la fina tela de sus braguitas hacia un lado, hundiendo el dedo corazón entre sus labios inferiores, mientras la miraba a los ojos calentándola aún más. Ella inclinó su cabeza hacia atrás, su largo cuello tenía un aspecto de tallo de junco a punto de troncharse por el viento, y abrió aún más sus piernas. Michael lo supo, lo supo muy bien. Colocó ambas manos en sus caderas y tiró de la goma de la prenda íntima, para bajarlas y arrojarlas junto al sujetador.

El interior de Rowan era cálido y húmedo, tan cálido y húmedo que lo enloquecía. Cerró los ojos unos segundos y se inclinó hacia delante, besó sus senos de nuevo así como sus clavículas y su cuello. Ella jadeaba temblorosa, pero pronto lo abrazó rodeándolo con sus piernas y sus brazos; Michael se rozó contra su sexo, aún con sus boxer, moviendo enérgicamente sus caderas. Su clítoris estaba siendo estimulado por el roce de la prenda y él sentía que iban rápido pese a su cuidado.

Con rapidez se deshizo de aquel abrazo y se arrodilló en el suelo de madera, abriendo bien sus piernas para colocarlas sobre sus anchos hombros. La lengua de Michael se coló dentro de su vagina, saboreando sus fluidos que ya empezaban a humedecerla cada vez más, haciéndola sentir en el paraíso por el placer que le ofrecía y las cosquillas que añadía sus mejillas cubiertas de esa barba, tan excitante y atractiva. Las manos de Rowan fueron al borde de la encimera, apretándola para no caerse, mientras él jugaba con su lengua entre los pliegues de su sexo, su clítoris y el orificio de su vagina. Una mano de Rowan, la diestra, fue a su nuca para atraerlo más hacia ella. Él podía sentir su mirada deseosa y complaciente, así que eso sólo aumentaba su necesidad, llevando en ese momento su mano derecha al interior de su boxer para masturbarse.

—¡Michael! ¡Ya!—gritó tomándolo del rostro para que la viera, completamente perlada por el sudor y entregada a la desesperación—. Hazlo—le ordenó.

Él se incorporó sacándose la ropa interior, y arrojándola a un lado de la habitación, para penetrarla. Cuando su glande al fin entró en ella, empujando con cierta necesidad el resto de su miembro, notó que lo miraba como la primera vez. A penas podía ver bien debido a sus problemas oculares, pero podía sentir esa mirada y más o menos su rostro enfocado en el suyo.

No podían esperar más, no podían. Necesitaban sentirse el uno al otro. Estaban impacientes por recordar como era tenerse el uno al otro, fundirse más allá de la piel y adentrarse en los terrenos del alma y los sentimientos. Se colocó sobre ella, mientras Rowan intentaba no caer la cerveza sobre el libro. Con cierto cuidado, a pesar del placer que sentía, tomó la lata arrojándola al fregadero. Él no se molestó por eso, sino que lo entendió y aumentó el ritmo. Las caderas de ella golpeaban contra las suyas y sus manos fueron a sus hombros, clavándose sus uñas, mientras él gemía su nombre. De nuevo ella sentía un delicioso ardor recorriendo su sexo, intensificando el hormigueo que notaba en su vientre bajo y le dolían sus muslos de apretarlo contra su cuerpo. Sus pechos se movían con cada arremetida, a cual más desesperada, mientras su mano derecha buscaba arañar el torso de Michael. El olor de la sangre que tenía en sus uñas, unas uñas mucho más filosas que las de cualquier humano convencional, la excitó y decidió pellizcar los pezones de su amante y esposo.

—Hazlo con fuerza—dijo como aquella primera vez provocando que él recordara esa sensación, esa furia contenida, y lo hizo. Golpeaba con tanta fuerza que prácticamente la movía como si fuera una muñeca. Las nalgas de Rowan rozaban el mármol de la encimera, sus piernas rodeaban mejor a Michael y sus brazos finalmente quedaron sobre sus hombros de nuevo.

Sabía que no la podía romper, que ya no era igual que antes, pero él sentía que debía controlarse y a la vez se desbocaba aún más. Su corazón latía como nunca antes, bombeaba con fuerza bajo su ancho torso, y se sentía joven. Estaba a punto de cumplir sesenta años y allí estaba, con su apariencia de treinta años y con su mujer rogándole hacerle el amor como si acabaran prácticamente de conocerse. Porque ambos volvían a conocerse, pues habían pasado demasiadas cosas como para no tenerlas en cuenta.

Rowan dejó escapar un gemido mucho más fuerte que los anteriores, un gemido que despertó a la niña que dormía en la habitación principal, y que hizo estallar a Michael en su interior. Los delgados brazos de ella cayeron a ambos lados mientras él aún se movía dentro, sintiendo como se habían unido una vez más. Ella lo miró con lágrimas amontonándose en sus hermosos ojos, pero no quiso derramarlas sin antes incorporarse y besarlo. Besó a Michael con cierta amargura, pero segura de todo lo que había hecho.

—Gracias por amarme como lo haces—dijo en un murmullo antes de separarse de él algo agotada, con las piernas temblorosas, pero decidida a ir a por su hija.

Michael guardó silencio y se sentó en el suelo, con la espalda pegada al mueble de la encimera y el rostro girado hacia el pasillo. Deseaba decirle que no importaba si ella no le amaba tanto como antes, si todo no podía ser igual, porque él estaba convencido que debían estar unidos; unidos eran más fuertes y podrían con los nuevos monstruos que podían ponerse en su camino.


—Te amo Rowan, te amo...  

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Gracias por su lectura

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Lestat de Lioncourt