Desde cero son las nuevas memorias de Rowan y Michael... si yo no puedo cuidarla que lo haga él ¿no?
Lestat de Lioncourt
DESDE CERO
La luz de la nevera iluminaba
parcialmente su rostro; tenía el cabello revuelto, el ceño fruncido
y hacía días que no cuidaba su barba. Michael se había encerrado
en sí mismo todo el día, pues a penas había dicho algo. Rowan
descansaba en lugar seguro y la pequeña había estado llorando casi
toda la tarde, pero él no estaba molesto con tener que cuidarla sino
con la situación. Detestaba pensar que todo se había reducido a no
contradecir a Mayfair and Mayfair, acatar órdenes de Julien y el
demonio que le acompañaba, del mismo modo que guardar sus opiniones
donde otros no pudiesen leerlas o averiguarlas. No, él no estaba de
acuerdo con todo lo que allí ocurría y por eso necesitaba su mejor
combinación.
—Sólo quedan tres—dijo sacando una
de las latas que se hallaban en el fondo del frigorífico.
Se incorporó cerrando la nevera
mientras caminaba con el envase hasta la encimera. Allí, guardado en
un forro de terciopelo negro, se hallaba una pequeña joya que la
humanidad desconocía por completo. Él había custodiado el libro
con cariño y gran interés, aunque Oberon había pedido poder
copiarlo en un archivo para llevarlo consigo. Era la historia que una
vez le había contado Ashlar, el Rey de los Taltos, que a pesar de
todo consideró su amigo.
—Tantos años—murmuró tras un
largo suspiro colocándose bien las gafas.
Michael había decidido recordar la
historia para convencerse a sí mismo que hacían lo correcto. Los
Taltos merecían una nueva oportunidad, una tierra prometida, un poco
de libertad y a la vez sabía que no eran esos los planes de Julien;
pues las intenciones no quedaban claras, pero el rumbo de los
acontecimientos marcaban un camino tétrico y nada halagüeño.
Sacó una de las cervezas del paquete y
la abrió sin perder de vista la funda. Tras un largo sorbo que calmó
su sed, y también su nerviosismo, sacó el libro y comenzó a leerlo
como si jamás lo hubiese hecho. Conocía el significado de cada
palabra, los colores vivos y llamativos que tenía sus hojas, y
también el final del propio Ashlar. Él había perdido, pero también
aprendido.
Michael estaba allí, sentado frente a
la encimera que hacía de mesa para el desayuno y almuerzo, con el
libro frente a él y tan sólo unos calzoncillos cubriendo su cuerpo.
Había rejuvenecido, los músculos estaban más definidos y sus
arrugas habían desaparecido junto a sus canas. Julien había obrado
un siniestro milagro que él no quería. El corazón ya bombeaba como
el de un muchacho, alguien que nunca había sufrido un horrible
destino en las aguas del pacífico, y Rowan parecía más tranquila
en cuanto a su salud.
Entonces levantó la vista y la vio.
Estaba allí con un pantalón de vestir y una camisa simple, de color
blanco, con algunas arrugas y una diminuta mancha de sangre en el
cuello de la camisa. Ella ya no era la jovencita doctora que había
conocido, sino un ser que vivía de noche y se alimentaba de las
almas torturadas de las calles de San Francisco, o cualquier otra
ciudad, mientras que él cuidaba a una hija que no era suya y vivía
una vida que detestaba.
—¿Te lo ha dicho ya?—preguntó
directa mientras le miraba con cierta frialdad, aunque sus ojos se
volvían tiernos cuando se cruzaban con los profundos océanos de
Michael.
—¿Qué?—dijo cerrando el libro
para prestarle atención—. Creo que te refieres a que debo iniciar
nuevamente contacto con mis viejos empleados, emprender un nuevo
proyecto y conseguir que la empresa que fundé, esa misma que cerré
para abrirla en New Orleans, llegue a ser la más importante aquí y
en cualquier parte de éste país. Sí, me lo ha dicho—ella no
pestañeó siquiera cuando habló con ese tono de voz apático—. Lo
siento—dijo estirando su mano para tomar la cerveza y comprobó que
ella la seguía con la mirada—. No quería hablarte con ese tono,
pero todo esto me tiene nervioso y molesto.
—¿Te encuentras bien?—preguntó
acercándose a él haciendo sonar sus pequeños tacones sobre el
suelo de la cocina.
—Sí, pero todo me preocupa—dijo
llevándose la cerveza a los labios para dar un buen trago—.
¿Sabes? No me parece buena idea, pero hay que seguir el plan y no
podemos hacer nada—el sabor amargo de la cerveza le recordaba cuan
amarga había sido su vida.
Por unos momentos pensó en todo lo que
había vivido, con ella y sin ella. Sus ojos se llenaron entonces de
un matiz dulce y preocupado, pues no quería que ella sufriera. Rowan
estaba desesperada porque no quería ver morir a su hija, a él o a
cualquier Mayfair por la ambición de un brujo que había regresado
de entre los muertos. Pero él sólo pensaba en los sentimientos que
ella tenía, pues podían herirla más que cualquier acción ajena.
Sabía que si ella se hundía él no podría hacer mucho, ni si
quiera la niña que estaba en la cuna, y era fundamental que
estuviera entera en esos momentos.
—Lo sé—se acercó más a él
tomándolo del rostro—. No deberías beber, Michael.
A pesar de todo seguía preocupándose
por su salud. No quería ver a Michael hundido, bebiendo una cerveza
tras otra y sintiéndose culpable de algo que no podía siquiera
comprender ella misma. Era una situación difícil, pero saldrían de
ella como siempre. Confiaba plenamente en el amor que él tenía por
ella, aunque él no podía confiar plenamente por lo ocurrido a lo
largo de los años.
Se incorporó del taburete cuando la
vio tan próxima y estiró sus brazos hacia la figura delgada de su
mujer, pues volvían a ser un matrimonio después de tanto tiempo.
Sus anchos brazos la sostenían con firmeza y amor, sintiendo su
aroma pegado a su torso porque sus cabellos rizados caían contra su
pecho y hombro derecho. Las manos anchas y ásperas de Michael, las
de un hombre que se había labrado su futuro con algo más que su
inteligencia, acariciaban el vientre su los brazos de Rowan.
—Necesito tranquilizarme y sabes que
la bebida siempre me ha ayudado—reconoció besando mejilla
izquierda antes de apoyar su mentón en su hombro.
—Yo también lo necesito—dijo
cerrando los ojos mientras sentía cerca a Michael. El calor que él
le transmitía le hacía recordar a cuanto le quería y necesitaba en
esos momentos. Sus manos frías buscaron sus muñecas para que sus
manos quedaran colocadas en su cintura. La fuerte y honda respiración
de aquel hombre, ese que la conocía mucho mejor que ella, le hacía
ver que todo lo que había pasado no era un sueño, como así deseaba
creer, sino algo real.
—Dime una cosa...—murmuró—¿tienes
miedo de hacerme daño?—aquella pregunta hizo que ella de inmediato
abriese los ojos y se apartara.
—¿Por qué me preguntas eso?—dijo
dando un paso atrás.
—Acabo de tener la extraña sensación
que deseas tenerme a tu lado y a la vez quisieras que me apartara de
ti para siempre. La misma sensación que tuve ese día, aquí en esta
casa—respondió mirándola a los ojos—. Pero no creo que me hagas
daño—estiró sus brazos para abarcar su pequeño y anguloso rostro
entre sus manos, acariciando con sus dedos sus pómulos y labios—.
No lo harás.
—¿Y si ya lo hice?—preguntó
derramando un par de lágrimas—. ¿Y si lo hice?
—¿En qué momento?—sonrió como
sólo él podía hacerlo. Era una sonrisa seductora, muy masculina,
pero dulce y agradable. Esa era la sonrisa que había estado buscando
desde que regresó a su lado.
—Debí alejarme de ti aquel
día—sentenció antes de buscar de nuevo contacto con su cuerpo,
pues se abrazó de inmediato a él ocultando su rostro en su ancho
pecho.
—Hubiese sido un error—dijo sin
titubeos—. Habría perdido a la mujer que amo y tú hubieses
perdido la verdad que tanto aprecias. Como doctora quieres
investigar, ir más allá, y fuiste. Siempre hemos luchado por
resolver el misterio ¿por qué iba a ser un error? No es un error.
Su voz era gruesa y áspera, como la de
cualquier hombre, pero también dulce y eso hacía que ella desease
escucharlo hablar en cualquier instante. Se estaba tranquilizando
gracias a su calor, el sonido de sus palabras repitiéndole una y
otra vez, si hiciese falta, que no era un error y le recordaba que
allí, en esos momentos, tenía su lugar.
Rowan se estremeció. Hubo silencio
entre ambos roto por el murmullo de sus caricias. Se reconocían
mutuamente como si fuese la primera vez y la última en la cual
tendrían esa oportunidad. Ella creía que era un tanto ingenuo, lo
creyó cuando lo conoció, pero más que ingenuo intentaba
convencerse a sí mismo que podría lograrlo, pues para Michael todo
era posible si se intentaba. No quería rendirse, no era un hombre
que bajase los brazos y se negara a sí mismo un logro. Si tenía que
luchar por la felicidad de su pequeña familia, la supervivencia en
un mundo enrarecido y el soportar las órdenes de otros, cuando no
estaba acostumbrado, lo haría. Haría todo aquello por Rowan. Ella
era el motivo fundamental por el cual estaba allí; ella y esa niña,
que aunque no fuese suya la quería a su modo.
Tomó el rostro de Rowan entre sus
manos, volvió a mirarla ese deseo insaciable que tan bien conocía,
y la besó. Puso sus labios sobre los suyos y comenzó a besarla
mientras bajaba sus manos hacia su cuello, las deslizaba por su pecho
y agarraba sus senos entre sus manos. Rowan apartó su boca de él y
gimió. Tenía los labios algo rojos y sus mejillas también habían
tomado algo de color. Ya no lloraba, no tenía porque hacerlo. Él
sintió entonces una de las finas y suaves manos de Rowan, tan suaves
como delgadas, acariciando su entrepierna mientras se apoyaba sin
cuidado en el hombro derecho de Michael.
La tomó entre sus brazos y ella colocó
sus piernas entorno su cadera. Se besaban desesperados, igual que
unos adolescentes, mientras la subía sobre la encimera de la cocina.
Ambos se miraron unos segundos, como si buscasen un consentimiento
mutuo. Michael desabrochó su camisa botón a botón, para quitársela
con cuidado, y observar el sujetador blanco de algodón que llevaba.
Rowan no había sido demasiado erótica con su ropa íntima, pero
siempre la había deseado por ese pudor mínimo, casi imposible de
descifrar, que a veces tenían sus ojos grises. Se inclinó sobre
ellos y besó sus pezones, que comenzaban a endurecerse, bajo la fina
capa de tela que los cubría.
—¿Aún me amas?—preguntó ella
provocando que Michael dirigiera sus profundos ojos hacia ella.
—Jamás lo dudes—respondió
soltando su cabello, pues lo llevaba recogido de forma que la pequeña
melena que tenía quedara prácticamente oculta. El aroma a frutas y
flores que ella llevaba pegado a sus rizos, algunos que ya caían
sueltos en su frente mucho antes que él la despeinara, arrancaba una
sonrisa a Michael desde lo más profundo de su ser.
A pesar de los desencuentros, las
numerosas discusiones, el distanciamiento cuando ambos creían
haberse perdido el uno para él otro y para sí mismos, el dolor y la
tragedia, se amaban. No habían perdido esa necesidad de estar
juntos, en contacto permanente. Él le perdonaba todo, aunque hubiese
llorado por sus malas decisiones, porque la amaba de una forma
entregada y respetuosa. Podía dominar sus sentimientos, pero no
podía dominar los de ella ni su vida. Él podía influir en sus
decisiones, sin embargo no era nadie para obligarla. Su amor no era
egoísta, sino sincero.
Michael desabrochó su sujetador y lo
tiró al suelo, como si le quemase, para contemplar sus pechos de
pezones cafés. Él hundió su rostro en ellos para sentir la suave
calidez de éstos, rozó con sus labios ambos y mordió el pliegue
que se formaban bajo estos. Su lengua recorría cada parte de su
piel, se dejaba llevar por las sensaciones y ella colocó sus manos
sobre su espeso cabello rizado. La respiración se entrecortaba
mientras los dedos de Michael abría el primer botón de su pantalón
blanco, para continuar con los dos restantes, antes de bajarlos con
algo de dificultad pero sin dejar de jugar con sus pezones. Aquellos
pezones que se endurecían bajo sus labios y que sentían el
cosquilleo de su barba de varios días, esos mismos que él tanto
había extrañado. La boca de Rowan se abrió para dejar escapar
varios suspiros y las manos de él acariciaban sus muslos calientes.
Ella podía estar algo fría, por lo que ahora era, pero la sangre
que había bebido, y las sensaciones que él le regalaba, la
calentaban de pies a cabeza. Contrajo su vientre y sus piernas
temblaron cuando Michael mordió su pezón derecho y tiró de él.
—Michael...—susurró con sus dedos
hundidos en su espeso pelo negro, justo antes de tantear su rostro y
quitarle las gafas dejándolas en lugar seguro—. Michael...
Él echó la fina tela de sus braguitas
hacia un lado, hundiendo el dedo corazón entre sus labios
inferiores, mientras la miraba a los ojos calentándola aún más.
Ella inclinó su cabeza hacia atrás, su largo cuello tenía un
aspecto de tallo de junco a punto de troncharse por el viento, y
abrió aún más sus piernas. Michael lo supo, lo supo muy bien.
Colocó ambas manos en sus caderas y tiró de la goma de la prenda
íntima, para bajarlas y arrojarlas junto al sujetador.
El interior de Rowan era cálido y
húmedo, tan cálido y húmedo que lo enloquecía. Cerró los ojos
unos segundos y se inclinó hacia delante, besó sus senos de nuevo
así como sus clavículas y su cuello. Ella jadeaba temblorosa, pero
pronto lo abrazó rodeándolo con sus piernas y sus brazos; Michael
se rozó contra su sexo, aún con sus boxer, moviendo enérgicamente
sus caderas. Su clítoris estaba siendo estimulado por el roce de la
prenda y él sentía que iban rápido pese a su cuidado.
Con rapidez se deshizo de aquel abrazo
y se arrodilló en el suelo de madera, abriendo bien sus piernas para
colocarlas sobre sus anchos hombros. La lengua de Michael se coló
dentro de su vagina, saboreando sus fluidos que ya empezaban a
humedecerla cada vez más, haciéndola sentir en el paraíso por el
placer que le ofrecía y las cosquillas que añadía sus mejillas
cubiertas de esa barba, tan excitante y atractiva. Las manos de Rowan
fueron al borde de la encimera, apretándola para no caerse, mientras
él jugaba con su lengua entre los pliegues de su sexo, su clítoris
y el orificio de su vagina. Una mano de Rowan, la diestra, fue a su
nuca para atraerlo más hacia ella. Él podía sentir su mirada
deseosa y complaciente, así que eso sólo aumentaba su necesidad,
llevando en ese momento su mano derecha al interior de su boxer para
masturbarse.
—¡Michael! ¡Ya!—gritó tomándolo
del rostro para que la viera, completamente perlada por el sudor y
entregada a la desesperación—. Hazlo—le ordenó.
Él se incorporó sacándose la ropa
interior, y arrojándola a un lado de la habitación, para
penetrarla. Cuando su glande al fin entró en ella, empujando con
cierta necesidad el resto de su miembro, notó que lo miraba como la
primera vez. A penas podía ver bien debido a sus problemas oculares,
pero podía sentir esa mirada y más o menos su rostro enfocado en el
suyo.
No podían esperar más, no podían.
Necesitaban sentirse el uno al otro. Estaban impacientes por recordar
como era tenerse el uno al otro, fundirse más allá de la piel y
adentrarse en los terrenos del alma y los sentimientos. Se colocó
sobre ella, mientras Rowan intentaba no caer la cerveza sobre el
libro. Con cierto cuidado, a pesar del placer que sentía, tomó la
lata arrojándola al fregadero. Él no se molestó por eso, sino que
lo entendió y aumentó el ritmo. Las caderas de ella golpeaban
contra las suyas y sus manos fueron a sus hombros, clavándose sus
uñas, mientras él gemía su nombre. De nuevo ella sentía un
delicioso ardor recorriendo su sexo, intensificando el hormigueo que
notaba en su vientre bajo y le dolían sus muslos de apretarlo contra
su cuerpo. Sus pechos se movían con cada arremetida, a cual más
desesperada, mientras su mano derecha buscaba arañar el torso de
Michael. El olor de la sangre que tenía en sus uñas, unas uñas
mucho más filosas que las de cualquier humano convencional, la
excitó y decidió pellizcar los pezones de su amante y esposo.
—Hazlo con fuerza—dijo como aquella
primera vez provocando que él recordara esa sensación, esa furia
contenida, y lo hizo. Golpeaba con tanta fuerza que prácticamente la
movía como si fuera una muñeca. Las nalgas de Rowan rozaban el
mármol de la encimera, sus piernas rodeaban mejor a Michael y sus
brazos finalmente quedaron sobre sus hombros de nuevo.
Sabía que no la podía romper, que ya
no era igual que antes, pero él sentía que debía controlarse y a
la vez se desbocaba aún más. Su corazón latía como nunca antes,
bombeaba con fuerza bajo su ancho torso, y se sentía joven. Estaba a
punto de cumplir sesenta años y allí estaba, con su apariencia de
treinta años y con su mujer rogándole hacerle el amor como si
acabaran prácticamente de conocerse. Porque ambos volvían a
conocerse, pues habían pasado demasiadas cosas como para no tenerlas
en cuenta.
Rowan dejó escapar un gemido mucho más
fuerte que los anteriores, un gemido que despertó a la niña que
dormía en la habitación principal, y que hizo estallar a Michael en
su interior. Los delgados brazos de ella cayeron a ambos lados
mientras él aún se movía dentro, sintiendo como se habían unido
una vez más. Ella lo miró con lágrimas amontonándose en sus
hermosos ojos, pero no quiso derramarlas sin antes incorporarse y
besarlo. Besó a Michael con cierta amargura, pero segura de todo lo
que había hecho.
—Gracias por amarme como lo
haces—dijo en un murmullo antes de separarse de él algo agotada,
con las piernas temblorosas, pero decidida a ir a por su hija.
Michael guardó silencio y se sentó en
el suelo, con la espalda pegada al mueble de la encimera y el rostro
girado hacia el pasillo. Deseaba decirle que no importaba si ella no
le amaba tanto como antes, si todo no podía ser igual, porque él
estaba convencido que debían estar unidos; unidos eran más fuertes
y podrían con los nuevos monstruos que podían ponerse en su camino.
—Te amo Rowan, te amo...
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