Durante largos años he publicado varios trabajos originales, los cuales están bajo Derechos de Autor y diversas licencias en Internet, así que como es normal demandaré a todo aquel que publique algún contenido de mi blog sin mi permiso.
No sólo el contenido de las entradas es propio, sino también los laterales. Son poemas algo antiguos y desgraciadamente he tenido que tomar medidas en más de una ocasión.

Por favor, no hagan que me enfurezca y tenga que perseguirles.

Sobre el restante contenido son meros homenajes con los cuales no gano ni un céntimo. Sin embargo, también pido que no sean tomados de mi blog ya que es mi trabajo (o el de compañeros míos) para un fandom determinado (Crónicas Vampíricas y Brujas Mayfair)

Un saludo, Lestat de Lioncourt

ADVERTENCIA


Este lugar contiene novelas eróticas homosexuales y de terror psicológico, con otras de vampiros algo subidas de tono. Si no te gusta este tipo de literatura, por favor no sigas leyendo.

~La eternidad~ Según Lestat

sábado, 15 de noviembre de 2014

En el aire

Benji y Armand... Armand y Benji... miedo me dan los dos juntos. No se sabe que esperar de ellos. 

Lestat de Lioncourt 



Ya era noche cerrada. La lluvia se precipitaba con violencia en las calles. New York estallaba en otra velada más de diversión nocturna en medio del caos del tráfico, un fuerte aguacero y los locales de moda repletos de jóvenes intentando olvidar el frío que consumía todo ahí fuera. Los mendigos se arrinconaban en los suburbios, los portales más viejos y ruinosos eran su mejor guarida. La vida brotaba por doquier, incluso entre los contenedores de un restaurante de comida rápida. Las ratas corrían como si fueran pequeñas hormigas. Todo olía a nicotina, gasolina y lluvia. Un mundo lleno de escalas de grises y pequeñas luces que iluminaban todo. Los semáforos parecían haberse vuelto locos por tanto tráfico. Había millones de paraguas de distintos colores por las aceras, al igual que pasos apresurados y salpicaduras provenientes de las ruedas de los comunes taxis neoyorquinos.

Había decidido salir de casa. Las dos últimas noches las había pasado conversando con Louis en compañía de Sybelle mientras escuchábamos la radio. Benji se dedicaba a ofrecer diversas conferencias con numerosos expertos sobre la voz. Una voz siniestra que taladraba la mente de los más antiguos. Él quería ahondar en el tema y había llamado a vampiros de todo el mundo, algunos mucho más antiguos que yo, para preguntarles sobre ese ser que se comunicaba desde la oscuridad más profunda, más allá de la noche o el día. Su emisora se había convertido en un hervidero de llamadas de todo tipo. Muchos pedían que dejase de hablar del tema, pues les aterraba pensar que podían morir aunque se creían inmortales, y varios pedían más información que aún no se poseía.

Por mi parte, como por parte de mis más allegados, la voz no era más que un fenómeno que podía explotar. Me recordaba demasiado a Akasha. Los días se convertirían en algo turbio. Me preguntaba si Daniel, Benji y Sybelle estarían a salvo. Eran jóvenes. También me preocupaba Talbot, aunque siempre fue demasiado astuto y viejo para ser un recién nacido. Era obvio que algo estaba ocurriendo, pero también era necesario despejar la mente.

La voz de Benji sonaba seductora. No era la voz de un niño, pues carecía del toque infantil. Su cuerpo era prácticamente de mi tamaño, aunque algo más esbelto, y poseía un acento que aún me resultaba realmente encantador. Sus pequeños y carnosos labios parecían sonreír en cada momento. Y por eso mismo, por sus labios y su sonrisa, viajaba en mitad de una tormenta acompañado únicamente por el chofer.

—Intente atajar por las calles menos concurridas. Quiero llegar esta noche—guardé silencio inclinándome hacia delante, tomando el respaldo con mis blancas manos de mármol, para susurrar cerca de su oído las palabras fundamentales, como si él fuese un genio de la lámpara—. Lo antes posible.

Las diáfanas luces de las farolas proyectaban sombras poco agradables. Los suburbios estaban atestados de basura, indigentes ateridos de frío y viejos departamentos con escasa iluminación. Muchos de ellos se calentaban con bidones repletos de cartón y madera, por supuesto dentro de los viejos edificios. La mayoría estaban enganchados ilegalmente a la luz y muchos no tenían agua potable. Eran lugares inmundos. No solía ir por allí. No me sentía cómodo viendo aquello. Me hacía sentir ridículamente humillado. Puede que aparente que no me importa la vida humana, pero hay algo en mí que se conmueve cuando ve muchachos que a penas levantan un palmo del suelo, niños tan delgados que se les marcan los huesos, viviendo rodeados de excrementos y agujas usadas. Reconozco que en ocasiones hace que me pregunte si Benji hubiese acabado de ese modo, o incluso muerto, de haber seguido Fox vivo. No hay muchos barrios como ese, pero New York es gigantesco y hay lugares que ni la policía desea visitar.

Saqué mi teléfono de última generación y busqué la emisora. Pronto estaba susurrando en mis auriculares sus descabelladas teorías, algo de música rock y otros temas interesantes que ocurrían en el mundo mortal. La economía, sociedad, proyectos de investigación o hallazgos arqueológicos eran la dinámica fundamental a esas horas. Si bien, de vez en cuando hacía un inciso para lanzar nuevas noticias sobre lo que ocurría en todo el mundo. Japón era uno de los lugares donde se estaban dando algunos casos, pero también la India o América. Todo era un caos. Europa parecía sobrecogida por los recientes casos que estaba padeciendo. Vampiros de todo el mundo estaban empezando a estallar en llamas.

Cuando llegué a la emisora había pasado casi una hora. Allí, en una pequeña cabina, se encontraba Benji intentando relajar el ambiente con algo de música. En la zona de sonido se hallaba un muchacho mortal que daba paso a las llamadas y le ayudaba con algunos problemas técnicos que podían aparecer en cualquier momento.

Entré sin hacer ruido y el se dispuso a dejar unas cuantas canciones programadas. Deseaba abrazarme y yo necesitaba sentir su cuerpo contra el mío. De inmediato, se incorporó y extendió sus brazos. Aquella sonrisa amable, tan llena de inteligencia, me recordaba que no era un niño. En sus ojos veía un adulto. Eran los ojos de un treintañero que estaba viviendo un sueño. Algo interesante, aunque peligroso, estaba ocurriendo.

—Deberías volver a casa—dije tomándolo del rostro.

—Y tú deberías ver que hago algo importante—respondió apartándose—. No puedes cuidar siempre de mí. Además, esta radio comunica a todos los vampiros del mundo. Necesito que el mensaje cale hondo. No son casos aislados ni trifulcas. Es algo más importante y peligroso.

—Lo sé—mis labios apenas se movieron cuando pronuncié esas palabras.

—¿Por qué no te quedas conmigo? Así los dos tendremos lo que queremos. Tú estarás protegiéndome, como siempre, y yo estaré haciendo algo que me parece importante—se expresaba con esa elocuencia y seguridad que tanto me enamoró, robándome el corazón por completo, hace veinte años.

—Ven, siéntate—me indicó un asiento al lado del suyo, rodeado de micrófonos y aparatos que no entendía.

Él se sentó de nuevo como si me estuviese invitando a tomar un café en un restaurante. Parecía maravillado con el lugar, la calidez y recogimiento que poseía. Ese lugar no era más que un pequeño refugio. Su pequeño refugio.

Tenía el cabello revuelto, la piel ligeramente fría, y los jeans que yo le había comprado hacía algunas semanas. No llevaba calzado. Supuse que estaba más cómodo con los pies desnudos caminando por aquella moqueta color borgoña. Su camisa blanca de algodón estaba algo arrugada, pero la chaqueta de cuero, que le quedaba algo grande, le daba un aire aún más rebelde y desenfadado. Yo, por el contrario, llevaba un traje azul oscuro y una camisa celeste recién planchada.

—Dybbuk—dijo como en otros tiempos, justo antes de echarse a reír—. ¿Alguna vez pensaste que algo así ocurriría?

Cuando me lanzó esa pregunta me quedé hundido en mis viejos recuerdos. Ya no era mi pequeño beduino. Era un hombre con aspecto angelical. Tenía un atractivo y una madurez que me enloquecían. No veía a un muchacho, sino a un hombre adulto. Un hombre adulto que no llevaría las típicas americanas de los universitarios de éxito. No. Nunca sería así. Benji había venido a mi vida par darme el amor y la lealtad que nunca tuve. Tanto él como Sybelle eran mis dos grandes amores.

—¿Armand?—preguntó inclinándose hacia delante, justo en mi dirección.

De inmediato, como si hubiese un resorte mecánico bajo mi cuerpo, me lancé a besar sus labios. Su tierna boca no lo era tanto. Mi beso, que fue un impulso desesperado, se convirtió en algo firme y apasionado cuando él tomó el control. De un momento a otro, como si no pudiera controlar mi cuerpo, quedé sobre él sentado rozando mi bragueta contra la suya. Que nos estuviese viendo aquel mortal no me importaba en lo más mínimo.

Sus manos se deshicieron con habilidad de mi chaqueta. Las mías acariciaban su torso por encima de su camisa, mientras el cierre de la chaqueta de cuero me rozaba las muñecas. Sus ojos oscuros, igual que los míos, no paraban de mirarme con un deseo adulto y encendido. Mis mejillas rápidamente se ruborizaron al sentirme acorralado, muy a pesar de estar sobre sus piernas.

—Benji, hazme tuyo. Hazlo aquí. Hazlo ahora—dije desabotonando los primeros botones de su camisa—. Por favor—jadeé deteniendo el roce unos segundos, para luego botar sobre él como si me penetrara—. Amor mío, hazlo.

Él rió tomándome de la nuca con su diestra, mientras la otra mano me agarraba de la cadera. Mis cabellos rozaban sus delgados dedos, la presión de éstos me hizo jadear ligeramente, y, cuando me besó el cuello perdí prácticamente el control de mis acciones. Busqué sus labios hundiendo mi lengua en su boca, saboreando la suya, logrando que nos enredáramos ambos con lujuria. La música sonaba en el estudio a todo volumen. El rock de los ochenta era perfecto para aquel encuentro. Def Leppard eran quienes sonaban con una de sus canciones más pegajosas. Para mí la música rock carecía del encanto que otros le encontraban, pero en ese momento mis caderas se movían a ritmo de Pour sugar on me.

—Te amo—gimió recostándose en el respaldo de la silla—. ¿Por qué no me demuestras cuanto me deseas?

Aquello fue un reto. Me estaba retando.

—Sí—dije febril mientras hacía saltar los restantes botones de su camisa—. Te deseo—susurré hundiendo mi rostro en su pecho. De inmediato saboreé su torso con lamidas indecentes. La punta de mi lengua se acercó a su pezón derecho, rodeándolo, antes de morderlo. Quería saborear su piel ligeramente más fría que la mía, pero en un cuerpo menos duro. Los siglos no se habían cebado con él, aún poseía ese aspecto tan humano que me enloquecía.

—Armand—dijo llevando su otra mano a mi nuca, para pegarme más a él.

Estaba encorvado sobre él, con el rostro hundido entre el cuero y la tela de algodón, mis labios arrastrándose por su piel con el excitante aroma de su cuerpo, mientras seguía moviéndome sobre su entrepierna e intentaba aferrarme como podía a los brazos de aquella silla de corte ejecutivo. Podía notar la presión de su miembro contra el mío, tomando forma bajo sus pantalones, mientras los míos empezaban a estorbarme.

—Desnúdate—me ordenó—. Nos sobra la ropa.

Me soltó para que me incorporara. Con rapidez me quité la ropa como si estuviese ardiendo, pero el que ardía era yo. Al quedar desnudo me introduje entre sus piernas, abriéndolas, para bajar su cremallera y sacar su miembro erecto. No era de gran tamaño, como el de Marius, pero en ese momento sólo deseaba el suyo. La sangre que había ingerido esa misma noche, antes de decidir ir a visitarlo, bullía en mis venas. Mis mejillas se veían aún más acaloradas y mis labios se mostraban apetecibles.

Él no dudó en atraerme mientras me ayudaba a subirme sobre su cuerpo. Pronto estaba subido nuevamente sobre sus piernas, acariciando su vientre mientras mi boca se abría para emitir un profundo gemido. Las habilidosas manos de Benji acariciaban mis glúteos, y los dedos índice y corazón de su diestra se habían introducido entre estos. Él había encontrado mi próstata y jugaba con ese delicioso punto de placer.

—Benji, Benji... —mi voz sonaba temblorosa y en un tono extremadamente sensual. Mis ojos estaban cerrados, pero no así mi corazón. Podía ver mis sentimientos. Eran profundos y sinceros. Amaba a ese muchacho más que a mí mismo.

—Tranquilo...—murmuró mordisqueando mis clavículas, deslizando su rostro por mi torso que ya se perlaba de sudor, y permitiendo a sus manos que viajaran por todo mi cuerpo.

Me dio un empellón que no esperaba, para dejarme a sus pies. Mis rodillas quedaron clavadas en aquella suave y gruesa moqueta, mi rostro se convirtió en un bondadoso reflejo de un ángel que implora a Dios, y mis manos se apoyaron en sus caderas. Rápidamente su pantalón cedió, cayendo hasta sus tobillos y dejando que la hebilla del cinturón golpeara el suelo.

—Bebe de mí—dijo con lascivia hundiendo su sexo entre mis labios.

Mi boca lo rodeó saboreando su glande, dejando que llegara hasta el fondo de mi garganta, mientras mis labios apretaban aquel trozo de carne completamente duro. Sus embestidas eran lentas, pero dominantes. Sus manos estaban sobre mi cabeza, tirando de mi pelo, mientras yo le miraba sin perder detalle a sus ojos entrecerrados, casi a punto de quedar en blanco por el placer, mientras desencajaba ligeramente su mandíbula y abría sus labios para gemir ronco.

La música había cambiado un par de veces, pero no me percaté en absoluto que ya no se escuchaba siquiera una mosca. Sólo podía escucharse sus gemidos y jadeos, mi chupeteo y el sonido de sus testículos golpeando suavemente mi mentón.

Benji decidió sentarse y apartarme. Me miraba con soberbia y descaro. Se sabía mi dueño. Mis manos buscaron acariciar sus rodillas, pero él me tomó de las muñecas levantándome. Me sentía preso y eso me excitaba todavía más. Tiró de mí, me subió sobre él y me penetró sin compasión pegando la silla contra la mesa. Mi espalda rozaba el filo, mis cabellos tocaban los micrófonos y mis manos se apoyaron en sus hombros.

Las penetraciones eran lentas, pero bruscas. Podía notar como su glande golpeaba contra mi próstata, del mismo modo como su miembro perforaba mis entrañas dejando un roce placentero. Apretaba mis nalgas mientras botaba. Me movía ansioso por sentirlo aún más apasionado. Abrí mis labios completamente y cerré los ojos con fuerza, me moví a mis caderas aún más rápido y él se descontroló. El sonido de sus testículos golpeándome me enloquecía, mis gemidos aumentaban y él me mordía. Mis uñas se anclaron en su torso rasguñando.

—¡Más! ¡Amor mío!—grité sin saber siquiera donde me encontraba. Había perdido por completo la conciencia y el pudor. Aunque no sabía si en algún momento le mostré pudor.

Se despojó de su chaqueta y camisa, tirándola a un lado, mientras mis brazos rodeaban su cuello. Mis muslos comenzaban a doler de apretar su figura contra la mía, por el ritmo violento que estábamos llevando. Los dedos de mis pies se encogieron, mis manos se fueron a su espalda arañándolo y finalmente, con deseo lo besé ahogando mis gemidos.

Llegué al final. Él poco después también lo hizo. Tenía los labios enrojecidos por los besos, además de una sonrisa de satisfacción. Durante segundos no lo comprendí, pero luego lo supe. Estábamos en el aire. Cientos nos habían escuchado. No me molesté, sólo me sorprendí. Cierto pudor se adueñó de mí encogiéndome en sus brazos, como si él pudiera ocultarme.


—Benji...—murmuré permitiendo que me callara al instante con un beso.  

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Lestat de Lioncourt