Durante largos años he publicado varios trabajos originales, los cuales están bajo Derechos de Autor y diversas licencias en Internet, así que como es normal demandaré a todo aquel que publique algún contenido de mi blog sin mi permiso.
No sólo el contenido de las entradas es propio, sino también los laterales. Son poemas algo antiguos y desgraciadamente he tenido que tomar medidas en más de una ocasión.

Por favor, no hagan que me enfurezca y tenga que perseguirles.

Sobre el restante contenido son meros homenajes con los cuales no gano ni un céntimo. Sin embargo, también pido que no sean tomados de mi blog ya que es mi trabajo (o el de compañeros míos) para un fandom determinado (Crónicas Vampíricas y Brujas Mayfair)

Un saludo, Lestat de Lioncourt

ADVERTENCIA


Este lugar contiene novelas eróticas homosexuales y de terror psicológico, con otras de vampiros algo subidas de tono. Si no te gusta este tipo de literatura, por favor no sigas leyendo.

~La eternidad~ Según Lestat

martes, 4 de noviembre de 2014

Pasión y supervivencia

¡Nuevas memorias! Eso sí que son nuevas. Nuevas basadas en algo que ocurre en Prince Lestat. Marius y Daniel esta vez, ¿qué será?

Lestat de Lioncourt


De pie. Frente a una enorme ventana. Con la nieve cayendo violentamente, en medio de una ventisca, podía percibir mejor la agradable madera bajo sus pies. Estaba muy lejos de la ciudad, como a dos horas, y parecía distraerse ligeramente con esa especie de milagro que acontecía cada pocas noches. El frío allí fuera era intenso, pero allí dentro con la chimenea encendida y su ropa de abrigo era imposible.

No muy lejos se hallaba su mesa de trabajo. Cada casita amontonada eran horas de dedicación. Acababa de terminar una pequeña maqueta de un pueblo invernal, parecido al que les rodeaba, con unas gigantescas montañas escarpadas cubiertas de nieve. No había olvidado detalle alguno. Ni el más mínimo. Él, si bien, no se sentía del todo orgulloso. Sólo construía casas para concentrarse y olvidar las voces, sobre todo esa que avivaba a veces y le torturaba.

Percibió que él había regresado. No se encontraba solo en ese paraíso para la Reina de las Nieves. Pronto sintió sus dedos enguatados recorriendo ligeramente su nuca, como una sutil caricia, para luego tener sus brazos rodeándolo. El aroma que él traía era distinto al de cualquiera. Poseía una mezcla de santo y villano. Podía olfatear la sangre, pero también el polvo acumulado en viejos manuscritos y el olor a pintura. Sus labios finos, aunque apetecibles y agradables, se colocaron en sus mejillas con un beso cargado de cariño. Al girarse vio al gigante que le contemplaba, él cual le rebasaba por tan sólo unos centímetros. Sus ojos violáceos se quedaron clavados en las pupilas de hielo azulado que le sonreían con bondad.

El beso en los labios no se esperó demasiado. Ambos se abrazaron dejando que el deseo se desatara entre los dos. Sus lenguas cálidas se fundieron en un delirante juego. Al finalizar el beso, Daniel, se aferró a su abrigo rojo. No quería que él se apartara. Había tenido sueños peligrosos. Si bien, él desconocía que una siniestra voz, la voz de un diablo, incitaba a Marius, el maestro de muchos, a cometer terribles asesinatos. ¿Sobrevivirían? Habían logrado hacerlo a Akasha, ¿por qué no a este nuevo misterio?

Marius contemplaba sus facciones jóvenes, aquellas mejillas carnosas y esos labios tímidos. Comprendía bien el motivo por el cual Armand se había enamorado de aquel periodista. Era un misterio vivo. Su mente era un caos, aunque un caos ordenado, y parecía tener una inteligencia se supervivencia imposible de cuantificar. Se sentía atraído, enamorado de su compañía, porque Daniel era sin duda una obra maestra.

Con cuidado desnudó el cuerpo del joven vampiro. Su torso quedó al descubierto tras apartarle el grueso jersey azul de cuello de tortuga. Él se apartó la nieve de los hombros, se quitó el abrigo y retiró un jersey similar en color ocre. Después, como si fuera un cuadro, lo contempló. Tenía los pezones duros y rosados, sobre una piel de mármol, y los huesos marcados de las caderas que destacaban bajo el pantalón tejano. Decidió quitarle el cinturón, tirándolo a un lado, para después desabrochar su bragueta e introducir su mano. Daniel no lo apartó, tampoco se sorprendió. Él sólo rodeó a Marius por hombros y buscó sus labios.

Las, para nada tímidas, manos del antiguo periodista hicieron lo mismo con Marius. Sus caricias eran sutiles, pero certeras. Los jadeos llenaban sus bocas y se ahogaban en un apasionado beso. Cuando quisieron percatarse estaban completamente desnudos, sin un trozo de piel cubierta por ropa, sobre la alfombra cercana a la chimenea. La leña crepitaba y se enfurecía, alzando su fuego hacia el techo, mientras la pasión de Marius crecía. Daniel abrió sus piernas, ofreciéndose como tributo al viejo guardián de Madre y Padre, y éste no rechazó la oferta.

Las piernas de Daniel rodeaban a su amante, igual que sus firmes brazos, mientras movía sus caderas de forma candente. Echó hacia atrás su cabeza y levantó su pelvis. Marius se desvivía con cada penetrada. Al mirarlo a los ojos perdió el sentido y empezó a gemir para su nuevo maestro. Un maestro que le había dado cobijo, cuidados y cariño desde que se conocieron. Fue una chispa de pasión que los consumía a ambos. No había voces, no había muertes, y no había peligros. Sólo ellos dos haciendo el amor en mitad del salón de una mansión perdida en las montañas. Sólo eso.

Ambos empezaron a estar perlados de sudor, la ventisca no arreciaba, y el fuego de la chimenea se sentía delicioso en aquel acogedor ambiente. Cada arremetida le sacaba un gemido, pero para Marius eran gruñidos y jadeos parecidos a los de un animal. Tras un largo grito de placer, parecido a un bramido, llegó y Daniel hizo prácticamente lo mismo oprimiendo el miembro de su compañero.

Los brazos del joven cayeron, como sus piernas, pero Marius no se apartó. Marius prosiguió con sus besos por el cuello y torso. Lamía cada gota de sudor. Saboreaba su victoria. Daniel estaba con las mejillas sonrojada y los labios entreabiertos en una sonrisa de satisfacción.


Sí, sobrevivirían. Juntos sobrevivirían. No importaba donde tuviesen que viajar para saber la verdad. Ambos lucharían.  

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Gracias por su lectura

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Lestat de Lioncourt