¡Nuevas memorias! Eso sí que son nuevas. Nuevas basadas en algo que ocurre en Prince Lestat. Marius y Daniel esta vez, ¿qué será?
Lestat de Lioncourt
De pie. Frente a una enorme ventana.
Con la nieve cayendo violentamente, en medio de una ventisca, podía
percibir mejor la agradable madera bajo sus pies. Estaba muy lejos de
la ciudad, como a dos horas, y parecía distraerse ligeramente con
esa especie de milagro que acontecía cada pocas noches. El frío
allí fuera era intenso, pero allí dentro con la chimenea encendida
y su ropa de abrigo era imposible.
No muy lejos se hallaba su mesa de
trabajo. Cada casita amontonada eran horas de dedicación. Acababa de
terminar una pequeña maqueta de un pueblo invernal, parecido al que
les rodeaba, con unas gigantescas montañas escarpadas cubiertas de
nieve. No había olvidado detalle alguno. Ni el más mínimo. Él, si
bien, no se sentía del todo orgulloso. Sólo construía casas para
concentrarse y olvidar las voces, sobre todo esa que avivaba a veces
y le torturaba.
Percibió que él había regresado. No
se encontraba solo en ese paraíso para la Reina de las Nieves.
Pronto sintió sus dedos enguatados recorriendo ligeramente su nuca,
como una sutil caricia, para luego tener sus brazos rodeándolo. El
aroma que él traía era distinto al de cualquiera. Poseía una
mezcla de santo y villano. Podía olfatear la sangre, pero también
el polvo acumulado en viejos manuscritos y el olor a pintura. Sus
labios finos, aunque apetecibles y agradables, se colocaron en sus
mejillas con un beso cargado de cariño. Al girarse vio al gigante
que le contemplaba, él cual le rebasaba por tan sólo unos
centímetros. Sus ojos violáceos se quedaron clavados en las pupilas
de hielo azulado que le sonreían con bondad.
El beso en los labios no se esperó
demasiado. Ambos se abrazaron dejando que el deseo se desatara entre
los dos. Sus lenguas cálidas se fundieron en un delirante juego. Al
finalizar el beso, Daniel, se aferró a su abrigo rojo. No quería
que él se apartara. Había tenido sueños peligrosos. Si bien, él
desconocía que una siniestra voz, la voz de un diablo, incitaba a
Marius, el maestro de muchos, a cometer terribles asesinatos.
¿Sobrevivirían? Habían logrado hacerlo a Akasha, ¿por qué no a
este nuevo misterio?
Marius contemplaba sus facciones
jóvenes, aquellas mejillas carnosas y esos labios tímidos.
Comprendía bien el motivo por el cual Armand se había enamorado de
aquel periodista. Era un misterio vivo. Su mente era un caos, aunque
un caos ordenado, y parecía tener una inteligencia se supervivencia
imposible de cuantificar. Se sentía atraído, enamorado de su
compañía, porque Daniel era sin duda una obra maestra.
Con cuidado desnudó el cuerpo del
joven vampiro. Su torso quedó al descubierto tras apartarle el
grueso jersey azul de cuello de tortuga. Él se apartó la nieve de
los hombros, se quitó el abrigo y retiró un jersey similar en color
ocre. Después, como si fuera un cuadro, lo contempló. Tenía los
pezones duros y rosados, sobre una piel de mármol, y los huesos
marcados de las caderas que destacaban bajo el pantalón tejano.
Decidió quitarle el cinturón, tirándolo a un lado, para después
desabrochar su bragueta e introducir su mano. Daniel no lo apartó,
tampoco se sorprendió. Él sólo rodeó a Marius por hombros y buscó
sus labios.
Las, para nada tímidas, manos del
antiguo periodista hicieron lo mismo con Marius. Sus caricias eran
sutiles, pero certeras. Los jadeos llenaban sus bocas y se ahogaban
en un apasionado beso. Cuando quisieron percatarse estaban
completamente desnudos, sin un trozo de piel cubierta por ropa, sobre
la alfombra cercana a la chimenea. La leña crepitaba y se enfurecía,
alzando su fuego hacia el techo, mientras la pasión de Marius
crecía. Daniel abrió sus piernas, ofreciéndose como tributo al
viejo guardián de Madre y Padre, y éste no rechazó la oferta.
Las piernas de Daniel rodeaban a su
amante, igual que sus firmes brazos, mientras movía sus caderas de
forma candente. Echó hacia atrás su cabeza y levantó su pelvis.
Marius se desvivía con cada penetrada. Al mirarlo a los ojos perdió
el sentido y empezó a gemir para su nuevo maestro. Un maestro que le
había dado cobijo, cuidados y cariño desde que se conocieron. Fue
una chispa de pasión que los consumía a ambos. No había voces, no
había muertes, y no había peligros. Sólo ellos dos haciendo el
amor en mitad del salón de una mansión perdida en las montañas.
Sólo eso.
Ambos empezaron a estar perlados de
sudor, la ventisca no arreciaba, y el fuego de la chimenea se sentía
delicioso en aquel acogedor ambiente. Cada arremetida le sacaba un
gemido, pero para Marius eran gruñidos y jadeos parecidos a los de
un animal. Tras un largo grito de placer, parecido a un bramido,
llegó y Daniel hizo prácticamente lo mismo oprimiendo el miembro de
su compañero.
Los brazos del joven cayeron, como sus
piernas, pero Marius no se apartó. Marius prosiguió con sus besos
por el cuello y torso. Lamía cada gota de sudor. Saboreaba su
victoria. Daniel estaba con las mejillas sonrojada y los labios
entreabiertos en una sonrisa de satisfacción.
Sí, sobrevivirían. Juntos
sobrevivirían. No importaba donde tuviesen que viajar para saber la
verdad. Ambos lucharían.
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