—Deberías decir algo, ¿no?—dijo
apoyado en el quicio de la puerta. Sus ojos centelleaban en la
oscuridad. Tenía una pose recta, pero relajada. Parecía haber
salido de la nada. Al fin estaban de nuevo frente a frente y como
únicos testigos la leña que estaba ardiendo en la chimenea. El
fuego calentaba la fría alcoba que una vez fue casi una celda para
él.
—¿Qué quieres que diga?—susurré
sin alejarme ni un milímetro del fuego. La lumbre se alzaban como si
fueran las llamas del infierno. Me agradaba el calor que transmitía,
el aroma a madera quemada, la elegancia de sus siluetas que se movían
elegantes acariciando los ladrillos y calentando todo.
—Llevo días aquí y aún no hemos
hablado—dio un paso al frente, alejándose de la puerta, pero se
detuvo.
—¿De qué quieres hablar?—me
encogí de hombros y me eché a reír—. ¿De todo lo que hemos
vivido? ¿De todos los que han muerto? ¿De cómo todos creen que soy
el patrón salvador? Quería ser un Santo, no un Príncipe.
—¿Y aún quieres ser el Santo que
obre el milagro?—interrogó.
—¡Claro que no! ¡Es una
estupidez!—exclamé.
—Pues tienes que hacer uno y es
unirnos a todos. Lestat, encerrado en este castillo no llegarás a
casa. No son tus zapatillas rojas, mon amour, ni esto es Oz—dijo
tomando asiento a mi lado.
Los sillones de orejera me encantaban.
Eran cómodos. Me parecían encantadores aunque estaban fuera de
época. Mi ropa era similar a la que un día llevé. Quería
refugiarme un instante en esa vida. En los momentos que había
vivido. Sólo un momento. Luego volvería a ser el Príncipe de
todos. Por un momento deseaba estar libre del Don Oscuro sin dejar de
ser yo mismo.
—Odias las responsabilidades, ¿no es
así?—preguntó.
—No es eso...
—¡Oh, sí!—dijo negando suavemente
su cabeza—. Huyes. Y si no es así, ¿por qué no te alejas del
fuego, te pones esa ropa de rockero y sales ahí fuera? Muchos están
buscándote. Benji da hoy uno de sus especiales y estoy seguro que
cientos saldrán a tu encuentro—explicó con sus ojos verdes
clavados en mí—¿O eres un cobarde?
De inmediato me incorporé quitándome
aquella absurda ropa, tirándola al fuego hasta que se consumió,
para tomar mi indumentaria habitual. Alboroté mi cabello, me vestí
y le miré encendido. No era un cobarde. Jamás lo he sido. No lo iba
a ser en ese momento.
Tenía por vivir muchas aventuras. Era
mi año, mi década, mi siglo... era el momento de volver.
Lestat de Lioncourt
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