Durante largos años he publicado varios trabajos originales, los cuales están bajo Derechos de Autor y diversas licencias en Internet, así que como es normal demandaré a todo aquel que publique algún contenido de mi blog sin mi permiso.
No sólo el contenido de las entradas es propio, sino también los laterales. Son poemas algo antiguos y desgraciadamente he tenido que tomar medidas en más de una ocasión.

Por favor, no hagan que me enfurezca y tenga que perseguirles.

Sobre el restante contenido son meros homenajes con los cuales no gano ni un céntimo. Sin embargo, también pido que no sean tomados de mi blog ya que es mi trabajo (o el de compañeros míos) para un fandom determinado (Crónicas Vampíricas y Brujas Mayfair)

Un saludo, Lestat de Lioncourt

ADVERTENCIA


Este lugar contiene novelas eróticas homosexuales y de terror psicológico, con otras de vampiros algo subidas de tono. Si no te gusta este tipo de literatura, por favor no sigas leyendo.

~La eternidad~ Según Lestat

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miércoles, 29 de enero de 2014

La presencia el demonio

La nieve se acumulaba sobre el gris castillo familiar, así como en los campos, el pueblo y los valles. Las montañas parecían enormes montones de harina. El frío era casi insoportable. La leña crujía en el piso interior y olía dejando una fragancia única. El amanecer de aquel día no tenía intensos colores y tampoco poseía un sol brillante, pues seguía cayendo la nieve sin control ni pausa. Mis hermanos estaban discutiendo nuevamente sobre como repartirse las amantes, pero ellos desconocían que su hermano pequeño ya había estado con todas ellas. Mi padre dormía en su cama cubierto de mantas y tosiendo fuertemente. Podía ver la figura de mi madre a su lado, tomándole de la mano y posiblemente rezando para que el demonio se lo llevara.

En aquel castillo teníamos una pequeña capilla. Desde mis días como intento de sacerdote, los cuales llegaron a su fin porque así lo quiso mi padre, solía visitarla con frecuencia. Limpiaba los escasos bancos, colocaba velas y meditaba sobre mi fe. No tenía fe. Había perdido la fe. Intentaba pensar en Dios pero lo único que veía era un camino vacío hacia una salvación que no sabía si quería.

Tal vez por eso quise estar en aquella capilla. Quedé como una estatua, igual que la de un santo, tumbado en el altar mientras mi alma estaba lejos. Por aquel ojo, el cual me sacó el diablo y después me lo entregó, podía verlo a él y a Dios conversando como en aquel café que decía David. Pero no era una conversación normal y era más bien una discusión. Jesús no amaba a ninguno de sus hijos, no le importaba que ocurriera con la humanidad, y Memnoch decía que para eso había bajado a la Tierra. Otra discusión similar como en aquel campo de batalla donde mi alma se estremecía ante la crueldad. Y después de esa acalorada discusión donde nadie ganó, pues no tenía que ganar uno u otro para ser menos monstruosa, el Diablo se dirigió a mí.

Sus largos cabellos rubios, ondulados y con betas más oscuras caían sobre sus hombros, su espalda y también rozando sus mejillas. Tenía el rostro algo alargado, el mentón levemente cuadrado y unos ojos tan intensos que me provocaban escalofrío. Pero lo que más miedo me daban eran sus alas. Aquellas alas abiertas mientras él caminaba hacia mí sin importarle mi terror.

—Lo lamento. Lamento que hayas tenido que presenciar otra larga discusión—susurró con una sonrisa gentil mientras se acomodaba a mi lado. Podía sentir su presencia también envolviendo mi cuerpo.

Desconozco donde estaba, pero en aquella capilla no era. Podía sentir el viento meciendo mis cabellos e incluso ciertos rayos de sol que no me hacían nada. No era un sueño, pues era demasiado atroz para calificarlo así.

—¿Me perdonas ya por tu ojo?—interrogó con una sonrisa cálida.

—Permite que me vaya—murmuré con la voz reseca—. Me esperan y necesitan. Soy su príncipe.

—No, sólo eres un vampiro demasiado engreído—dijo tras una larga risotada—. Te ves sumamente atractivo en esa posición.

Noté como se arrodillaba acariciando mis cabellos. Él decía amarme y necesitarme. No sabía para que exactamente. El velo de la Verónica llegó a mis manos porque él intercedió. Decía que no amaba, pero a la vez rogaba por ser amado y sentir en su pecho algo más que el vacío existencial que en ocasiones las discusiones con Jesús le dejaban.

Estuve en su compañía todo el tiempo. Una presencia que el resto no podía ver y mi alma no estaba allí. No estábamos allí y a la vez sí. Me mostró momentos de mi vida en los cuales él estuvo presente con una y otra imagen. Pude sentirlo incluso en el momento en el cual me enfrenté a los lobos. Él había dirigido mi vida para que fuese fuerte y me admiraran. No sabía porque me dio esa oportunidad y porque jugaba con mi destino. En esos momentos quería marcharme.


Cuando me recuperé sufrí al ver el horror en el cual se había convertido Louis. Era una masa oscura que intenté reanimar. Armand pensaba, como muchos de nosotros, que no tendría el valor de hacerlo. Pero él lo intentó, aunque después se arrepintió. Quiso irse y nosotros evitamos que lo hiciera. Aquella aventura y los recuerdos de Claudia me hicieron desear ser un santo y estar cerca de Dios, hacer que viera el amor y lo respetara como antaño.  


Lestat de Lioncourt

Gracias por su lectura

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Lestat de Lioncourt