La nieve se acumulaba sobre el gris
castillo familiar, así como en los campos, el pueblo y los valles.
Las montañas parecían enormes montones de harina. El frío era casi
insoportable. La leña crujía en el piso interior y olía dejando
una fragancia única. El amanecer de aquel día no tenía intensos
colores y tampoco poseía un sol brillante, pues seguía cayendo la
nieve sin control ni pausa. Mis hermanos estaban discutiendo
nuevamente sobre como repartirse las amantes, pero ellos desconocían
que su hermano pequeño ya había estado con todas ellas. Mi padre
dormía en su cama cubierto de mantas y tosiendo fuertemente. Podía
ver la figura de mi madre a su lado, tomándole de la mano y
posiblemente rezando para que el demonio se lo llevara.
En aquel castillo teníamos una pequeña
capilla. Desde mis días como intento de sacerdote, los cuales
llegaron a su fin porque así lo quiso mi padre, solía visitarla con
frecuencia. Limpiaba los escasos bancos, colocaba velas y meditaba
sobre mi fe. No tenía fe. Había perdido la fe. Intentaba pensar en
Dios pero lo único que veía era un camino vacío hacia una
salvación que no sabía si quería.
Tal vez por eso quise estar en aquella
capilla. Quedé como una estatua, igual que la de un santo, tumbado
en el altar mientras mi alma estaba lejos. Por aquel ojo, el cual me
sacó el diablo y después me lo entregó, podía verlo a él y a
Dios conversando como en aquel café que decía David. Pero no era
una conversación normal y era más bien una discusión. Jesús no
amaba a ninguno de sus hijos, no le importaba que ocurriera con la
humanidad, y Memnoch decía que para eso había bajado a la Tierra.
Otra discusión similar como en aquel campo de batalla donde mi alma
se estremecía ante la crueldad. Y después de esa acalorada
discusión donde nadie ganó, pues no tenía que ganar uno u otro
para ser menos monstruosa, el Diablo se dirigió a mí.
Sus largos cabellos rubios, ondulados y
con betas más oscuras caían sobre sus hombros, su espalda y también
rozando sus mejillas. Tenía el rostro algo alargado, el mentón
levemente cuadrado y unos ojos tan intensos que me provocaban
escalofrío. Pero lo que más miedo me daban eran sus alas. Aquellas
alas abiertas mientras él caminaba hacia mí sin importarle mi
terror.
—Lo lamento. Lamento que hayas tenido
que presenciar otra larga discusión—susurró con una sonrisa
gentil mientras se acomodaba a mi lado. Podía sentir su presencia
también envolviendo mi cuerpo.
Desconozco donde estaba, pero en
aquella capilla no era. Podía sentir el viento meciendo mis cabellos
e incluso ciertos rayos de sol que no me hacían nada. No era un
sueño, pues era demasiado atroz para calificarlo así.
—¿Me perdonas ya por tu
ojo?—interrogó con una sonrisa cálida.
—Permite que me vaya—murmuré con
la voz reseca—. Me esperan y necesitan. Soy su príncipe.
—No, sólo eres un vampiro demasiado
engreído—dijo tras una larga risotada—. Te ves sumamente
atractivo en esa posición.
Noté como se arrodillaba acariciando
mis cabellos. Él decía amarme y necesitarme. No sabía para que
exactamente. El velo de la Verónica llegó a mis manos porque él
intercedió. Decía que no amaba, pero a la vez rogaba por ser amado
y sentir en su pecho algo más que el vacío existencial que en
ocasiones las discusiones con Jesús le dejaban.
Estuve en su compañía todo el tiempo.
Una presencia que el resto no podía ver y mi alma no estaba allí.
No estábamos allí y a la vez sí. Me mostró momentos de mi vida en
los cuales él estuvo presente con una y otra imagen. Pude sentirlo
incluso en el momento en el cual me enfrenté a los lobos. Él había
dirigido mi vida para que fuese fuerte y me admiraran. No sabía
porque me dio esa oportunidad y porque jugaba con mi destino. En esos
momentos quería marcharme.
Cuando me recuperé sufrí al ver el
horror en el cual se había convertido Louis. Era una masa oscura que
intenté reanimar. Armand pensaba, como muchos de nosotros, que no
tendría el valor de hacerlo. Pero él lo intentó, aunque después
se arrepintió. Quiso irse y nosotros evitamos que lo hiciera.
Aquella aventura y los recuerdos de Claudia me hicieron desear ser un
santo y estar cerca de Dios, hacer que viera el amor y lo respetara
como antaño.
Lestat de Lioncourt
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