Durante largos años he publicado varios trabajos originales, los cuales están bajo Derechos de Autor y diversas licencias en Internet, así que como es normal demandaré a todo aquel que publique algún contenido de mi blog sin mi permiso.
No sólo el contenido de las entradas es propio, sino también los laterales. Son poemas algo antiguos y desgraciadamente he tenido que tomar medidas en más de una ocasión.

Por favor, no hagan que me enfurezca y tenga que perseguirles.

Sobre el restante contenido son meros homenajes con los cuales no gano ni un céntimo. Sin embargo, también pido que no sean tomados de mi blog ya que es mi trabajo (o el de compañeros míos) para un fandom determinado (Crónicas Vampíricas y Brujas Mayfair)

Un saludo, Lestat de Lioncourt

ADVERTENCIA


Este lugar contiene novelas eróticas homosexuales y de terror psicológico, con otras de vampiros algo subidas de tono. Si no te gusta este tipo de literatura, por favor no sigas leyendo.

~La eternidad~ Según Lestat

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martes, 1 de julio de 2008



Imagen de Yuka. La imagen no representa a los personajes, pero sí al texto.


Je Taime (Moi Non Plus) - Trash Palace feat. Asia Argento & Brian Molko




-Estoy orgulloso de ti.-

Susurró con aquella sonrisa carismática. Recostado en la puerta de mi apartamento.

-Simplemente he hecho lo correcto.-

Me vendaba las heridas ocasionadas por aquellos indeseables. Miré al frente y gruñí impotente al notar un dolor intenso en mis costillas. Sin embargo, se iba regenerando mi cuerpo y aquel sentimiento se evaporó.

-Pasa, mi casa es tu casa.-

Hice un leve gesto con mis manos, ofreciéndole asiento en uno de mis cómodos sillones. Oferta que no dudó en rechazar, pero a mi lado.

-Realmente admiro que tengas tan buen tino, apareciste en un buen momento.-

Una de sus manos acarició mis cabellos, deslizándose por mi cuello hasta mi cintura. Eso me dio escalofríos, imágenes de milenios atrás vinieron a mí.

-Tú me salvaste de mi creador, de la idea que fluctuaba por su mente y que quería que yo poseyera. Jamás podré devolverte ese favor, que me devolvieras al mundo en el que quería ingresar. El sendero de Dios.-

Aunque hablara como un cura, no podía evitarlo. Era un vampiro, un vampiro más parecido a un demonio que a un humano. Mis poderes aumentaban y al menos sabía que Dios los aceptaba para salvar su reino, su creación y a los que yo amaba.

-No te salvé, tan sólo atraje un buen guerrero al escuadrón del buen padre.-

No sé porqué su boca siempre me fundió en un deseo irrefrenable. Me aproximé y posé mi boca sobre la suya. Mis labios se fundieron pegándose a los suyos, aferrándose a la necesidad y la lujuria que crecía bajo mi vientre. Su aroma, sus palabras, su tacto y su imagen me enfervorecían.

-Ahora no, cuida tus heridas.-

Me apartó con una sonrisa irónica, sabía hasta que punto podía enloquecer si me tocaba. Eso seguramente le hacía sentirse superior.

-Siento haberte besado, pero no controlo mis impulsos.-

Miré al suelo, observando las losas, para calmarme.

-Sigues siendo tan salvaje.-

Alzó mi rostro con una de sus manos. Mirándome con un ruego de placer.

-Cada vez más, a veces me temo a mi mismo.-

Me levanté y me senté sobre él. Besando su cuello.

-Dame la oportunidad de saciar mi sed de sexo.-

Murmuré pegando su espalda en el respaldo del sofá. Bajé mis párpados, acaricié su torso sobre la camiseta que llevaba y llevé luego sus manos a mi espalda.

-Vamos a la cama.-

Me aparté y le tomé del brazo, para luego arrojarlo a la pared. Besándolo con lujuria. Mordí su cuello sin rasguñar su piel, después sus labios y me desquicié con el tacto de su lengua en mi boca. Mi respiración comenzó a ser agitada, como la suya.

-Vamos.-

Apoyó sus manos en mis caderas, rozando la hebilla de la correa y liberándome de su opresión. Me bajo los pantalones y palpó mi sexo aún sin despertar por completo. Yo hice lo mismo con él, mientras me observaba deleitándose con mi rapidez causada por la necesidad.

-He dicho que vamos, deja de recrearte.-

Ahora era él quien estaba ansioso. Me llevó a mi dormitorio y allí caímos frente a una lluvia de besos, mordeduras placenteras y caricias demasiado certeras. Mis dedos masajeaban su sexo fundido bajo la tela de sus boxer. Sin embargo, él no se quedaba atrás. Hacía lo mismo mientras su mano libre se anclaba en mi nuca, intentaba pegarme por completo a él y eso me desataba.

-Yo voy a ir primero.-

Se rió ante mis palabras, pero era cierto que me gustaba dominar en los primeros ataques. Bajé su ropa interior y comencé a besar su entrepierna. Mi lengua se pasó por su glande hasta la base, mordí uno de sus testículos sin hacer demasiada presión y me dediqué a humedecerlos con ansiedad. Mis mamo derecha lo masturbaba, la otra iba hacia su torso y lo palpaba deleitándose con su musculatura.

-No has cambiado.-

Rió y abrió bien sus piernas, probablemente por instinto. Uno de mis dedos no desaprovechó la oportunidad y lo fundí con sus entrañas. Inicié un movimiento lento, buscando su próstata y la hallé jugando con aquel pequeño punto de placer. Sonreí ante aquello e introduje otro. Dejé su torso para masturbarme, sin embargo no dejé de succionar su sexo con mis labios. Aprisionaba el inicio de este, me deleitaba con su sabor y mi lengua se deslizaba lentamente por él. Me aparté y bajé por completo mis boxer, dejé ver mi erección y él posó sus labios sobre ella. Mis caderas se movían rítmicamente, para poder sentir por completo la humedad de su boca.

-Tú tampoco.-

Dije entre jadeos, el calor atormentaba mi piel y comencé a sudar. Le agarré de los cabellos y él me miró. Pude ver en esa mirada una sonrisa malévola a la par que seductora. Gemí cuando noté que él también sabía que necesitaba algo más. Había hundido a la vez dos dedos en mi entrada. Abrí bien mis piernas, aunque me encontraba de rodillas en la cama. Le aparté y mordí sus pezones con gula, succionándolos y lamiéndolos luego. Abrí sus piernas y las llevé a ambos lados de mi figura.

-Entra.-

Se aferró a las sábanas cuando posé mi glande entre sus nalgas. Pero me aparté.

-No, antes quiero jugar un rato más.-

Le di la vuelta y abrí sus nalgas. Allí entre ellas comencé a masturbarme, moviéndome lentamente y rozando su entrada. También, fundía un poco de mi sexo y él se desquiciaba. Gemía esperándome. Una de mis manos le estaban acosando, masturbándolo, y la otra agarraba con fuerza sus prietas nalgas.

-Métela ya.-

Rogó y eso era lo que quería. No esperé más y la hundí hasta el fondo. Un alarido entre el placer, el morbo y el dolor salió de sus labios, de los míos tan sólo un leve gemido. Comencé a moverme lento, disfrutando de sus entrañas y el calor que me otorgaba. Busqué de nuevo la próstata y al encontrarla empecé el ritmo más rápido, más profundo y a la vez una tortura de placer.

-Dios.-

Es lo único que pudo decir en ese momento y sonreí golpeando sus nalgas con la mano abierta. La otra no se iba de su sexo, estaba demasiado entregada a ello.

-No menciones el nombre de Dios en vano.-

Noté como sonrió ante aquella broma, pero poco le duró la sonrisa pues sus labios volvieron a gemir. Comenzó a decir mi nombre, una y otra vez, y yo el suyo. Dejé liberada mi esencia y él llegó al orgasmo casi a la misma vez. Aparté en ese instante mi mano derecha de su miembro, comencé a lamer su semen y salí de él. Me recosté a su lado y abrí mis piernas esperando que ahora él me sometiera.

-Aquí no, mejor a otro lugar.-

Dijo mordiendo mi lóbulo derecho, besando el hombro de ese lado y palpando mi miembro que aún estaba algo erecto.

-¿Dónde?-

Pregunté con una sonrisa y él se levantó, fui tras él como un can que sigue a su amo y vi como abría la ducha en el baño. Me metí allí bajo aquella cascada de agua tibia y me hizo que me arrodillara. Su miembro aún estaba manchado con su semen, pero eso no me echó hacia atrás sino que me alentó a devorarlo. Sus manos me agarraron la cabeza, su pelvis llevaba el ritmo y era rápido, además de desesperado. Me separó cuando creyó que ya era demasiado, me levantó y me colocó bajo aquel chorro de agua refrescante para mi piel. El agua era fría, pero tan sólo notaba un alivio para la llama prendida en mí por culpa del sexo. Abrí bien mis piernas y comencé a masturbarme, ya estaba erecto al igual que el suyo.

-Hace mucho que no me sientes, vas a desear que no me mueva de tu interior.-

Entró raudo, de una vez, y gemí estrepitosamente. Mis manos se pusieron sobre los azulejos del baño, él tomó una de mis piernas y la elevó agarrándome con su otro brazo, rodeando mi torso. Sus movimientos eran rápidos, me extasiaba y llegué al orgasmo con facilidad. Él lo hizo más tarde, pero disfrutó al máximo con mi cuerpo y eso era lo que deseaba. El agua de la ducha se deslizaba por nuestra piel y sus besos me calmaban. Todo había acabado, pero el después me recordó porqué siempre estaba a su lado. Era más que un amigo, más que una pareja de sexo, más que nada en este mundo. Le debía la vida y también su familiaridad conmigo. Yo era un ser oscuro, al menos de origen, y él un arcángel.

Después de lavar nuestros cuerpos, refrescarlos por completo, nos marchamos a la cama y allí me recosté sobre él. Observé su rostro complacido, lo cual me hacía sentirme útil para algo en la vida.

-Gabriel, jamás dejaré de luchar a tu lado.-

Susurré quedándome dormido, él no dijo nada y tan sólo comenzó a dormir como yo.

domingo, 6 de abril de 2008

Padre Andrei


Boys x Boys, el Iwaki SEME





Pelo Rojo

Parte I

Nací en Italia, esa magnífica dama del Mediterráneo. Un lugar donde se puede perder en la belleza de sus cordilleras o en lo majestuosos restos arqueológicos de épocas pasadas. Cuna de arte, de artistas y mecenas. En mi país se sentían sucesos donde nos enfrentábamos con otros lugares, caíamos en las armas y el mundo estallaba. El sonido de las pistolas, cañones y sables era insufrible. Esto se agravaría con el paso de las décadas, pero no es la historia de mi pueblo la que vengo a contaros sino mi infancia.

Era de una familia acomodada, mis padres nos dieron la mejor educación a mi y a mis hermanos. Intentaba que él se sintiera orgulloso de nosotros, que su brillante carrera fuera para nosotros un honor y un punto de referencia importante. El primogénito fue Julio, consiguió seguir los pasos en la empresa familiar. Francisco, el segundo de todos ellos, se labró un futuro e hizo un negocio propio. María se casó con un adinerado general, cosa que hizo muy feliz a mi padre. Héctor viajó a América e hizo raíces allí. El único que no había conseguido nada era yo. Tenía diecisiete años, era el menor y nadie esperaba gran cosa de mí. Decidí tomar los votos y encerrarme en un monasterio por un tiempo, después si era posible hacerme con una pequeña iglesia y allí pasar mis días. Sin embargo, mis dotes artísticas no pasaban por alto de los ojos de mi madre y de curiosos. En el claustro me dediqué a evolucionar mis pinturas, mi noble arte, aunque me sentía extraño.

Una noche cualquiera llegó al lugar un hombre pidiendo que le dejáramos descansar en el lugar, pagó una fuerte suma de dinero y tomó una de las habitaciones que no tenía ventana. Desde su llegada lo estuve observando tras las rejas de mi celda, daban al patio y allí estuvo aquel imponente pelirrojo observando todo con desgana. Sus manos trazaban bocetos extraños, al menos así los veía, parecían desnudos griegos y mitología abundante en otras religiones. Me santigüé, si el hermano superior lo veía con aquellas láminas las quemaría y lo expulsaría. Se quedó tan sólo un día, no tuve oportunidad de verle y pensé que jamás volvería a hacerlo. Sin embargo, antes de su partida me entregaron un sobre lacrado, al abrirlo pude contemplar mi propia figura con una de mis sotanas. En el dibujo llevaba alas y en mi mirada había algo novedoso, un brillo especial del cual yo carecía.

Pasaron meses, un año aproximadamente, y decidí cambiar de aires. Desde aquella noche en la que fui un mero espía, un estúpido cotilla que buscaba saciar su morbosidad y curiosidad exacerbada, no pude dormir en calma. Me excitaba, algo en mí reaccionaba y eso me torturaba. Mi espalda fue azotada con mi látigo en más de una ocasión, más bien cada noche, después rezaba el rosario y me tumbaba llorando en la cama. Al despertar todo volví a empezar y cada vez era peor. No podía controlarme, así que quise irme lejos de allí y de los recuerdos. Opté por una iglesia pequeña, en Venecia, y allí aplaqué mi sed de sexo. Era una virginal criatura, por así decirlo, no conocía los placeres carnales pero los ansiaba, si bien conseguí disminuirlos y enterrarlos.

Era feliz en aquel lugar, una sonrisa brillaba con cada nuevo día. Mi rostro era afable, al igual que mis acciones. Jamás hablé de un dios que castigaba a sus criaturas, sino de un padre bondadoso y leal. Me sentía complacido con mi vida. Tenía veintidós años, aún era joven y mis feligreses acudían a mí para que fuera su consejero. Lo que hacía me llenaba de una forma increíble. Si bien todo se oscurecería, todo quedaría relegado a la nada más ruin y cruel.

Eran las doce del medio día, una de mis feligresas entró en la iglesia buscándome. Estaba desencajada, los ojos desorbitados y proclamaba que a su hijo lo había seducido el diablo. En aquella época los exorcismos estaban a la orden del día, muchos de nosotros sabíamos sacar al demonio del cuerpo del individuo y darle paz mediante métodos de amor a Dios. Ella se llamaba Paula, su hijo Jonás se encontraba en la cama aquejado de fuerte fiebre y sudaba. La mujer me contaba que la luz del día le dañaba, pero no le quemaba. Estaba pálido y tan sólo repetía una y otra vez el nombre de Lucifer. Según ella tenía varias marcas en el cuerpo, arañazos y un golpe en el rostro.

Intenté tranquilizarla por el camino, sin embargo era imposible. La mujer terminó desmayándose a escasos metros de su casa, tuve que tomarla en brazos mientras su marido me ayudaba. Su hijo mayor me acompañó al cuarto donde se hallaba su hermano, allí Jonás de dieciséis años se mostraba como un cadáver con un hilo de vida. Sus ojos estaban vacíos de brillo vital y opacados, le había sobrevenido una ceguera, sus labios estaban secos mientras su frente estaba húmeda por el sudor. Sus cabellos se pegaban a su torso desnudo, al igual que su cuerpo, tan sólo una sábana lo arropaba. Me fijé en como tenía apretada con sus escasas fuerzas la tela de la cama. Su hermano lo ató, para que parara de moverse y comencé a rezar arrodillado frente a él. Coloqué un rosario en su pecho y una ostia en su frente, seguí el rezo y cuando llegó el momento pedí un cuenco, vertí en el agua vendita y mojé el pan. Apreté las manos del joven que aún intentaba zafarse de aquel agarre. Cuando le guité el crucifijo respiró profundamente y feneció.

-No he conseguido salvarte, pero tu alma quedó libre y podrás llegar al cielo.-besé su mejilla y me alcé para caminar hacia donde se encontraban sus padres. Su hermano lo desató y dio orden de que lo lavaran, su rostro era la tristeza personificada.

Al día siguiente oficiamos una misa por su alma, después lo llevamos al cementerio y allí lo enterramos. Todos mis feligreses lo conocían, era un muchacho trabajador y honesto. Carpintero como José, habilidoso y afable que el destino quiso apartar de las maravillas del mundo. Una autentica lástima tener que enterrar personas tan jóvenes. Sin embargo, no fue el único y hubo más casos. Entonces comenzó a llenarse cada vez más mi iglesia, se había convertido en el punto de reunión de cientos de fieles, hasta que ataron cabos y observaron que todos eran feligreses habituales de mi templo. Poco a poco me quedé solo, todos hablaban del cura hechizado y de un pacto que yo había hecho con el demonio.

miércoles, 2 de abril de 2008

Andrei Venedetti






Padre nuestro que estas en los Cielos, Padre misericordioso que eres capaz de quitarme el cáliz de mis labios, Padre que dio a su hijo a los hombres para que hiciéramos con él un crimen horrendo…Padre. Yo te ruego Dios que comiences a escucharme, que me otorgues un segundo de tu existencia a este humano convertido en una bestia. Sé que todos somos hijos tuyos, que podemos redimir nuestros pecados si nos arrepentimos y comenzamos a caminar a tu lado. Por favor, deja que este demonio pueda abrazarte y anclarse a tu figura. Deja que mis palabras te susurren mi dolor. Hoy llueven gotas amargan en mi piel, hoy el día no pudo ser peor pues caí en la tentación de la carne. Por favor, yo te ruego que logres conmoverte. Soy un pecador, lo sé, sin embargo me merezco tu absolución. En el nombre del Padre, del Hijo, del espíritu santo…Amen

Mi iglesia, es tu templo

Mi alma, tu refugio

Tus manos, mi necesidad

Tu perdón, lo que persigo

Padre salvador, misericordioso y único

Aquel que con su bondad derrumbó muros

Y abrazó a cientos en el centro de su corazón

Así oraba en días próximos a la Semana Santa, pues había caído en pecado y el mundo caía ante mis pies o quizás mi templo ante el pecado. Estaba indefenso, o eso sentía, y mi mirada se volvía turbia en cada alce de esta hacia la imagen de Jesús. Acababa de terminar la misa, había cerrado la iglesia y quedé postrado de rodillas, ante el retablo recargado de imágenes de pasajes de la Biblia entre la madera bien ornamentada por flores del paraíso. La imagen del señor crucificado ante mí, con aquellos ojos parados en la agonía del momento, sus labios en el último suspiro y en su costilla la mueca de la última lanzada. Me hallaba entre dos tierras, la fe y el deseo. Detrás de mi figura, se encontraban ocho columnas a cada lado, en sus capiteles se recreaba la serpiente con la manzana en la boca y en sus pies las llamas del infierno. En las vidrieras que había en la cúpula, bajo la que rezaba, se representaba la creación de Adán. Las bancas de madera estaban vacías, mi voz hacía eco chocando contra las figuras y la luz nocturna que se colaba por las ventanas ayudando a realzar las llamas de las velas.

En el aire se alzaban mis susurros, sordos a los oídos de dios, y el aroma del incensario que columpiaba la imagen de un heraldo de aspecto inocente. San José con su aspecto bondadoso me observaba en una esquina, en la esquina contraria la virgen María y un niño Jesús en sus brazos. Sin embargo, las imágenes del crucifijo y la del Jesús apresado junto a un romano, de aquella galería de arte religioso que era mi iglesia, era lo que más respeto me daba. Estaba toda colmada de rosas, gardenias, margaritas y las primeras amapolas. A pesar de ser estatuas tenían un calor especial, los pliegues de sus telas eran especiales al igual que el ambiente que se creaba. Tan sólo era frío el mármol del suelo bajo mis rodillas, el cual se humedecía con mis lágrimas.

“Padre salvador de todo mal, eres mi guía. Ilumíname como antes hacías, no olvides a este humano que creyó en ti desde el día de su nacida. Padre mío, padre de todos. Por favor, perdóname porque yo no puedo hacerlo.”

Unos pasos entonces se escucharon por la galería, una risa contenida y un perfume familiar se hizo paso. Los aplausos de aquel demonio resonaron en mi cabeza, entre los muros del templo y Jesús parecía llorar junto conmigo. No me giré, sabía quien era y no deseaba rendirme de nuevo.

-Qué bien actúas.-su acento extranjero, del norte de Europa, crispó mis nervios e hizo que mi corazón bombeara.-Eres fabuloso.-su voz era jovial, un contraste irónico y cruel contra el que se había rendido ante él.

-¡Basta! ¡Dios mío! ¡Mi amado padre! ¡Apártalo de mi camino!-golpeé el suelo y mis brazos temblaron, sin embargo no fueron los únicos ya que todo mi cuerpo lo hacía.

-¿No lo sabes? Somos libres para tomar las riendas de nuestra vida, él tan sólo nos observa como un Gran Hermano.-masculló danzando por la sala, sus pasos eran cada vez más cercanos y me hizo derrumbarme al posar sus manos sobre mis hombros.-Andrei, oh mi Andrei.-susurró en mis oídos.-¡El glorioso mártir Andrei!-gritó con una carcajada ante la imagen del dolor de mi Dios.

-¡Calla!-espeté llevándome las manos a mi cabeza.-¡No quiero volver a verte! ¡Vuelve al infierno!-dije ahogado por la locura.

-¿Así tratas a tus amantes Andrei?-dijo posándose ante mí, sentándose en la mesa donde consagraba la misa.-¿Cambiaste el mantel? Claro que lo cambiarías, el otro quedó empapado por su sudor, ese sudor que aparecía con tus gemidos y la presencia blanquecina de tu orgasmo.-hizo un inciso para reír moviéndose entero, echando hacia atrás su cabellera rojiza para luego clavar sus ojos en mí.-¿Desaparecieron las manchas? Dime que sí, ese mantel parecía caro y preciado para ti.-murmuró con un tono viperino, serpenteante con aquellas marcadas eses en la punta de la lengua.

-¡Deja de blasfemar! ¡Es la casa de Dios!-la ira me consumía y su aspecto angelical me podía. Era mayor en tamaño, aparentaba mi edad pero sabía que tenía un par de siglos. Aquel odioso vampiro, aquel lujurioso amante…era mi locura, mi mayor tentación.

-Ayer parecía más una casa de citas, la verdad es que ya me tienes confundido.-rió bajo y clavó sus ojos azules en mí.

-¡Olvídame!-me abracé a mi mismo, tenía que evitar caer y liberarme de sus cadenas.

-No puedo, tus nalgas son demasiado apetitosas y eres tan vulnerable. Eres atrayente mi hermoso cura del pecado.-pasó su lengua por todos los dedos de su mano derecha y luego la llevó a su entrepierna.

-¡Ya basta!-alcé mi rostro hasta las vidrieras de la cúpula, pudiéndose ver entonces las lágrimas que recorrían mi piel y emborronaban mi vista.

-Veo que hoy no estás por la labor, voy a tener que marcharme. Pero recuerda, siempre que lo desee volveré e incluso a tus misas nocturnas para excitarme mientras te miro en el púlpito hablando de pureza.-tras ello se esfumó en la nada, como siempre.

Me levanté trémulo al cabo del rato, mi sotana rozaba el piso y mis cabellos alborotados caían sobre mis hombros. Había descubierto el pecado y era tentador, pero no caería tan fácilmente. No otra vez, no. Aquel condenado a las sombras sería alejado de mi mente, de mi corazón y dejaría de atormentar mi alma.

Decidí recluirme en mi capilla, allí oré hasta alcanzada la madrugada. Después abrí la puerta que daba a mi casa, la tenía pegada a mi iglesia. Era un lugar sencillo, con pocos muebles, pero con una hermosa chimenea que calentaba las noches más frías del invierno. No había comido nada, me sentía poco merecedor de ello. Me tumbé en mi lecho creado con lana y paja, me acomodé como pude e intentar dormir. Sin embargo, un huracán de sueños eróticos me atormentaban. Practicar aquel sexo embrutecido ante la imagen de mi señor, me resultaba demasiado tentador y placentero.

Gracias por su lectura

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Lestat de Lioncourt