Durante largos años he publicado varios trabajos originales, los cuales están bajo Derechos de Autor y diversas licencias en Internet, así que como es normal demandaré a todo aquel que publique algún contenido de mi blog sin mi permiso.
No sólo el contenido de las entradas es propio, sino también los laterales. Son poemas algo antiguos y desgraciadamente he tenido que tomar medidas en más de una ocasión.

Por favor, no hagan que me enfurezca y tenga que perseguirles.

Sobre el restante contenido son meros homenajes con los cuales no gano ni un céntimo. Sin embargo, también pido que no sean tomados de mi blog ya que es mi trabajo (o el de compañeros míos) para un fandom determinado (Crónicas Vampíricas y Brujas Mayfair)

Un saludo, Lestat de Lioncourt

ADVERTENCIA


Este lugar contiene novelas eróticas homosexuales y de terror psicológico, con otras de vampiros algo subidas de tono. Si no te gusta este tipo de literatura, por favor no sigas leyendo.

~La eternidad~ Según Lestat

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martes, 8 de abril de 2014

Una verdad incómoda - Parte II (segunda mitad)

Última parte de Una verdad incómoda ¿querrán leerla? David os la trae como punto final.

Lestat de Lioncourt


Khayman era uno de esos inmortales que apreciaban el lujo y de distinguían por un carácter afable. Poseía una perpetua sonrisa en sus ojos oscuros y su tez blanca, debido a los siglos concentraban el poder del Don Oscuro en cada célula, hacían destacar su boca atractiva donde asomaba una sonrisa suave, relajada, como si nada pudiese ir mal. Quien antes fue escolta real, un siervo fiel a su faraón, en esos momentos conducía un vehículo de alta gama por las calles de Dubái acompañado de otro inmortal, mucho más joven, pero notoriamente fuerte.

Ambos guardaban silencio mientras observaban las luces desdibujadas de la ciudad. Los altos edificios, los cuales recordaban el poderío de otras épocas, saludaban como grandes colosos desafiantes. Las calles estaban atestadas de turistas y parecía que era algo habitual. David se aferraba a su maletín y buscaba en sus pensamientos la calma. Tal vez podía dar carpetazo final a todo después de décadas.

—Hemos llegado—dijo estacionando el deportivo en un parking cualquiera. A sus espaldas estaba uno de los edificios de apartamentos más impresionantes de la ciudad.

David se apeó del vehículo con cierto nerviosismo. Era como si el primer arqueólogo lograra entrar en una de las pirámides más impresionantes, complicadas y atractivas por sus tesoros. Sin duda se sentía completamente entusiasmado por el descubrimiento que podía tener entre manos. Khayman, sin embargo, se hallaba inmerso en una tranquilidad asombrosa.

Los pasos por el asfalto fueron breves y pronto entraron en un lujo de mármol, pan de oro y numerosa serigrafía árabe que logró leer sin problemas. Eran versículos del Corán donde se hablaba con ahínco sobre la fe, la bondad, el amor y la paz. Muchos occidentales pensaban que el libro sagrado del Islam era macabro, ya que en él se podía leer sobre vírgenes en el paraíso como felicitación por actos violentos inadmisibles en cualquier lugar del mundo.

Había numeroso personal de seguridad, cámaras y trabajadores que aseaban las zonas comunes. El lugar olía a flores frescas, las mismas que estaban colocando algunas mujeres, y también a ciertas especias que no sabía distinguir. Todo era pulcritud y serenidad, un lugar muy tranquilo para un vampiro que bullía por la necesidad del conocimiento.

El ascensor no tardó en llevarlos a la planta número sesenta y cinco. Aquella planta, al completo, era para Khayman su pequeño palacio. Las alfombras persas lo cubrían todo, y poseía el aspecto de una jaima por los cojines regados por todo el lugar y las enormes camas de patas doradas, cabezales de madera con flores pintadas muy vivas.

—Adelante—dijo descalzándose para caminar hacia el centro de aquel enorme lugar de confort y descanso.

Khayman prácticamente se tumbó en el suelo, junto a un montón de cojines, donde disfrutaba de unas vistas expléndidas mirase donde mirase. Aquello parecía el nido de un halcón y la ciudad parecía relampaguear con el tintineo de sus luces de neón. No había paredes comunes, pues toda la planta al completo era una enorme ventana al paraíso moderno.

David se aproximó imitando sus gestos y tomando asiento. El aspecto que tenía podía ser el de un muchacho desesperado por aprender, pese a sus años mortales y a su capacidad intelectual. Khayman lo miró nuevamente como si examinara una joya de gran belleza.

—Mi padre me contó que cuando era niño su padre le narró la visita de unos seres excepcionales. Mis antepasados habían servido a grandes reyes de las estrellas. Ellos habían viajado desde confines muy lejanos para acompañarnos en un nuevo nacimiento. Muchos de ellos se vincularon con nuestras mujeres y tuvieron hijos que terminaron ascendiendo al trono de Egipto. Sin embargo, una enfermedad los aniquiló. Fue como una especie de fiebre similar a la narrada en la Biblia. Acabó con todos en varias noches. Nos quedamos sin su ayuda, pero sí teníamos su inteligencia grabada a fuego en nuestras memorias—indicó con una leve sonrisa mientras asentía—. No se marcharon, murieron.

—Entonces ¿esos cráneos alargados?—preguntó cerrando los ojos mientras se deleitaba por unos segundos de la historia. Casi podía imaginar a los seres venidos de otros mundos, un aspecto temible quizás o tan sensibles y sensuales que cualquier mujer los hubiese deseado.

—Sí, poseían unos cráneos distintos a los nuestros. Los faraones usaban tocados que asemejaba esa forma relativamente cónica o cilíndrica—expresó con total naturalidad, como si aquello fuese algo que todos conocieran.

—¿Y Enkil?—dijo precipitadamente— ¿Él era uno de ellos?

—No. Enkil era pariente de algunos de aquellos grandes hombres, pero no llevaba su sangre. Sin embargo tenía cierto conocimiento militar y liderazgo, por ello el pueblo lo coronó como faraón—respondió con una ligera sonrisa—. Era un hombre atento, incluso dócil, y algo temeroso por sus fracasos. Recuerdo que solía hablarme de sus grandes sueños hasta que tuvo que casarse.

—Akasha—susurró David provocando que Khayman endureciera su rostro.

—Sí, una extranjera que no conocía nuestro pasado vinculado con el sol, la luna y las estrellas. Una mujer que no aceptó nuestras costumbres e impuso las suyas. La misma que me hizo lo que soy para que fuese su leal siervo, como si fuera un perro que tiene que lamer sus pies, pero yo sólo era leal a Enkil—su voz era firme y seductora. Poseía un acento realmente encantador que sólo podía ser parte de su vieja lengua. Su aspecto era el de un hombre atractivo, ligeramente musculado y con un aura tremendamente fuerte.

—¿Hay algo más?—aquello era bastante, pero para David llegaba a ser insuficiente.

—Ellos decían que habían venido a colaborar con grandes culturas para dejar huella, numerosos pueblos en todo el mundo y en un futuro se nos consideraría dioses—se incorporó quedando sentado frente a David mientras colocaba sus manos sobre su pecho—. De corazón David, es lo único que sé.

—¿Y para qué me has traído aquí? Pudimos hablar en aquella acera—susurró aún digiriendo la información.

—Ah, quiero jugar al ajedrez. Hace mucho tiempo que no juego con alguien—aquellas palabras provocaron que David dejase atrás la tensión del momento, y por unos minutos se olvidara de la revelación ofrecida.


En su regreso, a la noche siguiente, meditó cada palabra y gesto. Sabía que aquel vampiro milenario, hijo del Antiguo Egipto, conocía algo más, quizás un secreto que se llevaría con él para siempre al igual que las arenas del desierto a veces ocultaban grandes tesoros. No obstante el sólo hecho de saber que había alguien que había llegado, quizás con un pequeño ejército de hombres, a revelar grandes misterios a la humanidad le hacía sentirse menos solo y realmente sintió pánico. Sin embargo recordó la bondad con la cual hablaba Khayman y cualquier miedo, por ínfimo que fuese, se desvaneció.  

Gracias por su lectura

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Lestat de Lioncourt