Lestat de Lioncourt
Khayman era uno de esos inmortales que
apreciaban el lujo y de distinguían por un carácter afable. Poseía
una perpetua sonrisa en sus ojos oscuros y su tez blanca, debido a
los siglos concentraban el poder del Don Oscuro en cada célula,
hacían destacar su boca atractiva donde asomaba una sonrisa suave,
relajada, como si nada pudiese ir mal. Quien antes fue escolta real,
un siervo fiel a su faraón, en esos momentos conducía un vehículo
de alta gama por las calles de Dubái acompañado de otro inmortal,
mucho más joven, pero notoriamente fuerte.
Ambos guardaban silencio mientras
observaban las luces desdibujadas de la ciudad. Los altos edificios,
los cuales recordaban el poderío de otras épocas, saludaban como
grandes colosos desafiantes. Las calles estaban atestadas de turistas
y parecía que era algo habitual. David se aferraba a su maletín y
buscaba en sus pensamientos la calma. Tal vez podía dar carpetazo
final a todo después de décadas.
—Hemos llegado—dijo estacionando el
deportivo en un parking cualquiera. A sus espaldas estaba uno de los
edificios de apartamentos más impresionantes de la ciudad.
David se apeó del vehículo con cierto
nerviosismo. Era como si el primer arqueólogo lograra entrar en una
de las pirámides más impresionantes, complicadas y atractivas por
sus tesoros. Sin duda se sentía completamente entusiasmado por el
descubrimiento que podía tener entre manos. Khayman, sin embargo, se
hallaba inmerso en una tranquilidad asombrosa.
Los pasos por el asfalto fueron breves
y pronto entraron en un lujo de mármol, pan de oro y numerosa
serigrafía árabe que logró leer sin problemas. Eran versículos
del Corán donde se hablaba con ahínco sobre la fe, la bondad, el
amor y la paz. Muchos occidentales pensaban que el libro sagrado del
Islam era macabro, ya que en él se podía leer sobre vírgenes en el
paraíso como felicitación por actos violentos inadmisibles en
cualquier lugar del mundo.
Había numeroso personal de seguridad,
cámaras y trabajadores que aseaban las zonas comunes. El lugar olía
a flores frescas, las mismas que estaban colocando algunas mujeres, y
también a ciertas especias que no sabía distinguir. Todo era
pulcritud y serenidad, un lugar muy tranquilo para un vampiro que
bullía por la necesidad del conocimiento.
El ascensor no tardó en llevarlos a la
planta número sesenta y cinco. Aquella planta, al completo, era para
Khayman su pequeño palacio. Las alfombras persas lo cubrían todo, y
poseía el aspecto de una jaima por los cojines regados por todo el
lugar y las enormes camas de patas doradas, cabezales de madera con
flores pintadas muy vivas.
—Adelante—dijo descalzándose para
caminar hacia el centro de aquel enorme lugar de confort y descanso.
Khayman prácticamente se tumbó en el
suelo, junto a un montón de cojines, donde disfrutaba de unas vistas
expléndidas mirase donde mirase. Aquello parecía el nido de un
halcón y la ciudad parecía relampaguear con el tintineo de sus
luces de neón. No había paredes comunes, pues toda la planta al
completo era una enorme ventana al paraíso moderno.
David se aproximó imitando sus gestos
y tomando asiento. El aspecto que tenía podía ser el de un muchacho
desesperado por aprender, pese a sus años mortales y a su capacidad
intelectual. Khayman lo miró nuevamente como si examinara una joya
de gran belleza.
—Mi padre me contó que cuando era
niño su padre le narró la visita de unos seres excepcionales. Mis
antepasados habían servido a grandes reyes de las estrellas. Ellos
habían viajado desde confines muy lejanos para acompañarnos en un
nuevo nacimiento. Muchos de ellos se vincularon con nuestras mujeres
y tuvieron hijos que terminaron ascendiendo al trono de Egipto. Sin
embargo, una enfermedad los aniquiló. Fue como una especie de fiebre
similar a la narrada en la Biblia. Acabó con todos en varias noches.
Nos quedamos sin su ayuda, pero sí teníamos su inteligencia grabada
a fuego en nuestras memorias—indicó con una leve sonrisa mientras
asentía—. No se marcharon, murieron.
—Entonces ¿esos cráneos
alargados?—preguntó cerrando los ojos mientras se deleitaba por
unos segundos de la historia. Casi podía imaginar a los seres
venidos de otros mundos, un aspecto temible quizás o tan sensibles y
sensuales que cualquier mujer los hubiese deseado.
—Sí, poseían unos cráneos
distintos a los nuestros. Los faraones usaban tocados que asemejaba
esa forma relativamente cónica o cilíndrica—expresó con total
naturalidad, como si aquello fuese algo que todos conocieran.
—¿Y Enkil?—dijo precipitadamente—
¿Él era uno de ellos?
—No. Enkil era pariente de algunos de
aquellos grandes hombres, pero no llevaba su sangre. Sin embargo
tenía cierto conocimiento militar y liderazgo, por ello el pueblo lo
coronó como faraón—respondió con una ligera sonrisa—. Era un
hombre atento, incluso dócil, y algo temeroso por sus fracasos.
Recuerdo que solía hablarme de sus grandes sueños hasta que tuvo
que casarse.
—Akasha—susurró David provocando
que Khayman endureciera su rostro.
—Sí, una extranjera que no conocía
nuestro pasado vinculado con el sol, la luna y las estrellas. Una
mujer que no aceptó nuestras costumbres e impuso las suyas. La misma
que me hizo lo que soy para que fuese su leal siervo, como si fuera
un perro que tiene que lamer sus pies, pero yo sólo era leal a
Enkil—su voz era firme y seductora. Poseía un acento realmente
encantador que sólo podía ser parte de su vieja lengua. Su aspecto
era el de un hombre atractivo, ligeramente musculado y con un aura
tremendamente fuerte.
—¿Hay algo más?—aquello era
bastante, pero para David llegaba a ser insuficiente.
—Ellos decían que habían venido a
colaborar con grandes culturas para dejar huella, numerosos pueblos
en todo el mundo y en un futuro se nos consideraría dioses—se
incorporó quedando sentado frente a David mientras colocaba sus
manos sobre su pecho—. De corazón David, es lo único que sé.
—¿Y para qué me has traído aquí?
Pudimos hablar en aquella acera—susurró aún digiriendo la
información.
—Ah, quiero jugar al ajedrez. Hace
mucho tiempo que no juego con alguien—aquellas palabras provocaron
que David dejase atrás la tensión del momento, y por unos minutos
se olvidara de la revelación ofrecida.
En su regreso, a la noche siguiente,
meditó cada palabra y gesto. Sabía que aquel vampiro milenario,
hijo del Antiguo Egipto, conocía algo más, quizás un secreto que
se llevaría con él para siempre al igual que las arenas del
desierto a veces ocultaban grandes tesoros. No obstante el sólo
hecho de saber que había alguien que había llegado, quizás con un
pequeño ejército de hombres, a revelar grandes misterios a la
humanidad le hacía sentirse menos solo y realmente sintió pánico.
Sin embargo recordó la bondad con la cual hablaba Khayman y
cualquier miedo, por ínfimo que fuese, se desvaneció.