Bonsoir mes amis
Hoy Armand os proporciona un encuentro reciente con Marius. Disfruten el relato.
Lestat de Lioncourt
Había olvidado como era el mundo junto
a Marius, pero en mis sueños mi mente me jugaba caprichosas malas
pasadas. Era como si todo se pusiera en mi contra y mis viejos deseos
surgieran como monstruos horribles, me condenaran a revivir escenas
del pasado y sufrir porque ya no había ni siquiera conservaba su
aroma en mi cuerpo. Sus grandes manos abarcando mi pecho con
caricias, sus besos suaves en mi pecho y su mirada firme que me
convertía en un ser sumiso bajo sus órdenes. Sin embargo, mis pasos
habían dado con los suyos.
Desde hacía semanas me había olvidado
de mis experimentos para darme unos días de descanso. Necesitaba
reflexionar sobre nuevas investigaciones y productos tecnológicos
que pronto adquiriría gracias a las numerosas páginas de venta
online. Quería realizar algo novedoso, mucho más allá de mis
recientes estudios, y necesitaba observar el ritmo de vida frenético
de las grandes ciudades. Viajaba con poco equipaje y sin mis adorados
compañeros. Santino se hallaba en la cabaña que había adquirido
cerca de los pantanos de New Orleans, Sybelle y Benji habían
regresado a la mansión de Lestat donde teníamos cobijo, y yo me
hallaba solo.
En pleno New York, cerca de una
céntrica galería de arte, me había detenido unos segundos
observando unas curiosas fotografías. Eran parte de la vida
cotidiana, aunque eran momentos nocturnos en los cuales muchos no
deparábamos. Los humanos siempre pasaban por alto tantas cosas. El
mundo parecía detenerse por completo y girar nuevamente a gran
velocidad. Las luces y sombras, el juego de realidad y ficción, así
como los letreros de neón expuestos en las llamativas fotografías
de la entrada, las cuales eran un mero reclamo para el público
objetivo, me recordaron a él. Podía ver a Marius en todas y cada
una. Eran fotografías de países que él había visitado alguna vez,
lugares para nada extraños para un hombre que había recorrido
siempre las calles de éste planeta lleno de ciegos y podridos
sentimientos.
Decidí entrar en la galería movido
por el deseo de conocer al autor, aunque aquel palpito me guiaba
hacia por los salones buscando algo que me indicara que estaba
equivocado. Sin embargo, allí, en medio de la penumbra, había una
un hermoso retrato de un joven de cabellos de sangre y mirada
perdida. Las alas negras que surgían de su espalda era un efecto
óptico bastante llamativo. Sentí celos e ira. Aquel no era yo, pero
sin duda era una alegoría a mi recuerdo. Apreté los puños
intentando no clavar mis uñas en las palmas de mis blancas manos.
Quise llorar, pero no lo hice.
Aquel joven era muy similar en
características a mí. No tenía más de diecisiete años, su piel
era suave, sus cabellos eran de fuego y podían verse en su mirada
ese dolor que yo siempre portaba. El fondo de la fotografía era
Venecia. Sus hermosos canales, aunque en ocasiones estaban cubiertos
de porquería debido a los residuos de la ciudad, en pleno carnaval.
Deseé volver a la época en la cual
fui conocido como Amadeo y ni siquiera era capaz de recordar mi
nombre real. Mis dedos estaban cubiertos de anillos que Marius me
había obsequiado, llevaba ropas que sólo podían lucir la nobleza y
mi espíritu aventurero me obligaba a terminar metido en algún lío.
Sin embargo, regresé a la realidad debido al bullicio que existía
en las salas y al aroma de los numerosos mortales que la visitaban.
No era lugar para ensoñaciones ni reproches. Marius era el artista
tras aquellas imágenes. No había duda alguna que era él y no otro
el fotógrafo.
No obstante los recuerdos habían
doblegado mis instintos bañándome por completo. Caminé hacia la
imagen intentando pasar el cordón de terciopelo rojo, pues quería
tocar la fotografía y sumergirme en los canales del fondo. Soñaba
con las manos de Marius recorriendo mi débil figura y el calor frío
de su cuerpo mucho más imponente que el mío. Entonces, como si
fuese una ensoñación, sentí sus manos sobre mis hombros y su
colonia golpeando fuertemente en mi nariz. Podía sentir sus dedos
dejando un leve masaje mis hombros por encima de mi abrigo largo y
oscuro, el cual contrastaba con mis cabellos rojizos y mi bufanda
cían, al igual que la boina que cubría parte de mi cabeza.
-Maestro-murmuré sin siquiera girarme,
pues temía estar confundido y acabar derrotado.
-Querubín.
Su voz era profunda y poseía unos
matices encantadores que provocaban que mi cuerpo reaccionara de
inmediato. Me giré para contemplarlo con el cabello perfectamente
peinado hacia atrás, con aquel color trigo tan característico en
él, y con sus ojos clavados en los míos. Su chaqueta era negra,
pero pero su camisa era roja así como la amapola que llevaba en el
ojal. Tenía un aspecto impecable, pulcro y elegante. Pude ver como
centelleaban unos hermosos gemelos de rubí engarzados en oro. Los
pantalones eran de vestir muy elegantes que caían perfectamente
sobre unos mocasines italianos. Mi aspecto era más urbano y
desenfadado con las deportivas blancas y aquellos jeans deslavados
que estaban algo ocultos gracias al abrigo.
Pude percibir entonces sus caricias
como siglos atrás, pues sus manos fueron a mi rostro acariciando mis
mejillas y bordeando con sus dedos mi mentón como si estuviese
dibujándolo. Bajé la mirada mientras mi párpados también lo
hacían dejando que cerrara los ojos, pues quería seguir soñando si
aquello era una fantasía. Pronto noté sus labios sobre los míos en
un beso breve y lleno de recuerdos que llenaron el vacío que siempre
se hallaba en mi pecho.
Aquel saludo intenso para mí y simple
para él me produjo cierta preocupación. Marius siempre había
optado por dejarme atrás. Él tras mejorar sus cicatrices no me
buscó, sin embargo si lo hizo con Pandora. Él parecía decidido a
recuperar el tiempo perdido con una mujer que no comprendía y que
siempre intentaba atraparla como si fuera de su propiedad. Ella era
libre e independiente, pero yo dependía de Marius y él ni siquiera
era capaz de observarme más de quince minutos sin girar su rostro.
Recordaba aún las dolorosas palabras que vertió en aquellos
documentos sobre mí y también como admitía que yo no podía
ofrecerle una nueva oportunidad para conectar con los nuevos tiempos.
Prefirió aceptar a su lado a Lestat antes que a mí. Él sabía que
necesitaba su ayuda, que había vivido horribles tormentos y no fue
capaz de rescatarme otra vez.
Según él había tres grandes amores
en su vida. El primer amor era referente a su gran pasión y al
hombre que le hizo desear crear: Botticelli. Los otros dos restantes
éramos Pandora y yo. Si bien, siempre dudaba sobre su amor hacia mí.
Sentía que era una atracción imposible que a ambos nos torturaba
innegablemente. El amor no era todo. Yo había nacido para desear
sentir su calor y finalmente soportar el frío tortuoso del vacío.
Si bien, aceptaba que su idea de proporcionarme dos compañeros
eternos fue satisfactoria. Benji y Sybelle son la cúspide de mi
vida. Ellos son grandes amores que me hacen sobrellevar los siglos
que caen sobre mi espalda, la cual hace mucho que fue desnudada de
sus alas y fustigada hasta el cansancio con la crueldad de la
distancia y el engaño.
-No esperaba que aparecieras por la
galería-dijo apoyando nuevamente sus manos sobre mis hombros, los
cuales parecían más menudos e insignificantes. Su estatura era la
de un coloso frente a una hormiga y su aspecto era sin duda
envidiable. Había arqueado hacia arriba sus cejas doradas y sonreído
de forma amable tentándome una vez más.
-Ni siquiera esperabas que estuviera en
la ciudad-sentí que el concurrido público iba y venía de la sala.
Cada ciertos minutos la sala se llenaba y volvía a ser bulliciosa.
Nosotros sin embargo estábamos allí estáticos esperando que el
tiempo también se detuviera.
-Te hacía en New Orleans probando
algún producto nuevo-aseguró apartando sus manos de mí como si mi
cuerpo le quemara.
-¿Por qué has usado a un modelo para
hacer de mí?-los celos siempre me habían caracterizado, pero
también la curiosidad y el deseo de comprender. Estaba en una
telaraña de emociones que me fatigaban.
-Pensé que sería apropiado reproducir
la obra con otra interpretación de la misma y distintos materiales-
su voz masculina y firme me destrozaron.
Los celos se apoderaron de mí y el
rencor creció en mi pecho. Detestaba esas sensaciones recorriendo mi
alma, pero mis ojos se achicaron y mis manos se apretaron en aquellos
puños que deseaban tocar el torso de Marius apartándolo de mi
presencia.
-La obra no es la misma si no tiene el
mismo modelo-reproché.
Mi voz era firme, aunque por dentro me
desmoronaba. Un mechón rebelde de mis cabellos cayó sobre mi frente
rozando mis cejas rojizas. Tenía un aspecto temible. Parecía un
ángel indulgente a punto de llevarse consigo a un inocente.
-Querubín, necesitaba un modelo y él
estaba disponible en el lugar idóneo- explicaba con paciencia el
motivo por el cual había tomado a otro joven que usurpaba mi
aspecto, aunque no mi belleza.
Yo poseía unos rasgos que jamás
podrían tener otros. Era un ser único moldeado por el dolor que aún
aguijonea mi alma. Un dolor que está presente en mi vida noche tras
noche. Los ojos confusos de un loco enigmático con aspecto de ángel
y crueldad infinita. Eso era y soy. Reconozco que puedo ser un
monstruo, pero a la vez un perfecto desafío capaz de amar y guardar
algo de fe.
-Mejor me marcho porque no deseo
escuchar tus excusas baratas- respondí intentando esquivarlo, pero
me cortó el paso.
-No son excusas-susurró tomándome del
mentón con sus manos, las cuales en ese momento me parecieron
monstruosas y sucias.
-¿No? Vives excusándote. Todo está
bien para ti mientras puedas engañar- estaba a punto de gritar, pues
necesitaba marcharme rápidamente de allí.
-¿Cuándo te he engañado?-interrogó
buscando en mis ojos un punto de cordura, pero creo que sólo pudo
contemplar unas pupilas bañadas por una pasión entregada a la
molestia.
-Prometiste que sería tu compañero
eterno y sin embargo te cansaste de mí. Dices amarme pero jamás lo
demuestras- quiso hablar, pero no le dejé- Siempre provocas que nos
distanciemos.
-Querubín- balbuceó tal vez porque
buscaba una solución razonable para detener mis pasos rápidos hacia
la salida.
-Deja de llamarme así-siseé
empujándolo para salir huyendo.
Corrí entre los mortales presentes
como si fuera una sombra en un museo. Tal vez podrían hablar de mí
como un fantasma, una sombra aterradora que les levantó la falda o
forzó a cambiar de dirección sus pasos. Mis pies se movían rápidos
mientras mi alma se agitaba sintiendo como si los dedos de Marius,
manchados por cientos de gotas de pintura, agarraban mi corazón
dejando allí tan sólo borrosos recuerdos antes de acabar con mi
vida. Volví a sentir la soledad en mis espaldas de una forma pesada,
grotesca y asfixiante.
Detuve mis pasos en pleno parque. Allí
donde los enamorados se toman de la mano durante el día y observan
las nubes sobrevolar sus cabezas, se escuchan ladridos de perros o
simplemente el sonido de cientos de instrumentos musicales, ya no
había nada. Ni siquiera una risa congelada en medio de la penumbra.
Las farolas iluminaban de forma tenue el recorrido que parecía
desdibujado, tórrido y con malos augurios sobrevolando cada tramo.
Los bancos, los cuales son llenados en la mañana por personas de
todo tipo y condición, estaban vacíos y con una película de
humedad visible.
Me acomodé el abrigo y comencé a
caminar sin miedo alguno. No temía a las bandas que podían
ocultarse allí con fines de comercio de drogas, ni a los mendigos
que buscaban algún lugar a resguardo del frío y ni mucho menos a
los escasos vigilantes que se internaban con incertidumbre en cada
bifurcación. Sin embargo, tras escuchar unos pasos me giré y lo vi.
Me había seguido.
-¡Déjame!-grité- Es lo que mejor
sabes hacer.
-Querubín-susurró aproximándose
hasta mí con los brazos abiertos.
-Hace mucho tiempo que dejé de ser tu
querubín para convertirme en un demonio-murmuré dando un paso
atrás.
-Bien sabes que todo ese rencor sólo
es fruto de tus celos-dijo finalmente al alcanzarme.
Aquel abrazo me transportó a Venecia.
En él capté el olor a pintura, agua estancada y también su
profundo perfume. Perdí ante los recuerdos y las sensaciones que
estos se impregnaban en mis prendas confundiéndome, doblegándome y
provocando que sollozara como la primera vez. Aquel chiquillo
asustado que pintaba en las paredes de forma rudimentaria a Dios, tal
vez porque era lo único que podía recordar ya que la pureza de su
amor siempre me hizo mantenerme en pie, regresaba a sus brazos
hundiéndome en el deseo de tenerlo para mí.
-Maestro-balbuceé sintiendo que mis
ojos se aguaban con las lágrimas sanguinolentas que bañaban ya mis
mejillas, manchaba su chaqueta y mi bufanda- Maestro,
maestro...-balbuceé aferrándome a él cerrando mis manos en puño
entorno a la tela gruesa de su chaqueta.
Sus labios se apoderaron de los míos
con vehemencia. Sus manos atraparon mi cintura pegándome a él con
un deseo aciago. Mis brazos rodearon su cuello cual enredadera y pude
notar como mis pies quedaban de puntillas. Él estaba inclinado sobre
mí con su poderosa estatura de más de metro ochenta centímetros.
Sus cabellos dorados caían hacia delante suavemente, rozando mi
abrigo, mientras que mis rizos rojizos se fundían con su chaqueta.
El sabor amargo de aquel beso se debía a las palabras injustas que
había derramado sobre él. Si bien, me cegó los celos y el terrible
dolor de verme usurpado por un mortal.
Pude percibir entonces que mis pies
dejaron de tocar tierra firme y sus brazos se volvían más
protectores. La firmeza de su agarre se vio igualada por la mía. El
Don de los Aires, como así solían llamar algunos a viajar entre las
nubes, no era algo que usara con asiduidad Marius porque prefería
desplazarse como cualquier mortal. Sin embargo, lo estaba usando
conmigo para que nos alzáramos de aquel pulmón de New York en busca
del hotel donde él se hospedaba.
Al despegar mis labios de los suyos
pude observar con precisión hacia donde nos dirigíamos. Manhattan
nos esperaba y en concreto el hotel de lujo New York Palace próximo
a St. Patrick’s Cathedral y del complejo Rockefeller Center en
Madison Avenue. Marius había tomado nota de los mejores lugares para
poder descansar y poder observar una de las vistas más
impresionantes de la ciudad. Él no había alquilado una de las
maravillosas suites, sino que él directamente pidió una de las
Torres.
Si alguna vez visitan New York deberían
contemplar el gigantesco complejo hotelero de The New York Palace.
Sus hermosas escaleras decoradas con pan de oro y pasamanos de madera
de roble, los escalones de mármol y las excelentes molduras en el
techo y columnas. Además el mobiliario es exquisito y abrumador. Los
altos candelabros que iluminan algunos rincones con luces
artificiales, los sillones estilo Luis XV y el suelo resplandeciente
no son más que parte de un elaborado marketing de confort, lujo y
sofisticación lleno de comodidades.
Durante el vuelo tuve tiempo para secar
mi rostro con la bufanda, la cual dejé caer en mitad del viaje. No
podía aparecer, allá donde fuésemos, con el rostro cubierto de
sangre y pequeñas manchas ensuciando mis prendas.
Al entrar por aquellas encantadoras
puertas después de ser abandonado nuevamente en el suelo, alejado de
Marius algunos centímetros y sentido la calefacción, pude notar que
él era alguien especial en aquel hotel. No era la primera vez que su
majestuosa figura cruzaba las puertas y se encaminaba hacia la
recepción. La mujer que atendía gustosamente el teléfono, con una
sonrisa posiblemente emblema del servicio que allí se ofrecía, se
detuvo unos segundos para atenderlo.
Como he dicho Marius no había pedido
cualquier habitación sino la Tower Lobby. Había escuchado en
numerosas ocasiones la belleza de aquella suite de lujo, sin embargo
jamás me había aventurado a internarme en aquel hotel y sentir la
cómoda sensación de sus mullidas y gigantescas camas. No obstante,
sentía que mi maestro era capaz de buscar el lujo desbordante, los
detalles más nimios y estrambóticos, en los hoteles de lujo que
pisaba.
El ascensor era una maravilla tan
silenciosa que prácticamente no podía escuchar sus poleas. Marius
se mantenía sereno hundido quizás en sus pensamientos. Sin embargo,
yo me mantenía inquieto deseando comprender como habíamos llegado a
esto.
-Al fin estamos nuevamente uno junto al
otro-dijo girándose para contemplarme con sus profundos e
imperturbables ojos glaciales.
-Sí-respondí sonriendo con cierta
impaciencia.
Nada más llegar a la suite comprendí
porque había escogido aquel lugar. Los edificios se desdibujaban con
elegancia iluminándose y apagándose como si fueran luces navideñas.
A lo lejos el cielo se veía brumoso y opaco. La luna aparecía y
desaparecía entre los edificios y las nubes. Podía sentir el poder
y magnetismo de la ciudad más cosmopolita de Estados Unidos, o al
menos una de las más renombradas en películas, videojuegos,
literatura u otros conceptos de arte.
Marius quedó a mi espalda sacándose
la chaqueta para dejarla sobre uno de los sofá repletos de cojines.
Al fondo había una cocina con barra americana y una cesta de
bienvenida con numerosos productos que sólo la élite era capaz de
conseguir. Decidí quitarme el abrigo qui caminar por las salas, pero
él me atrapó obligándome a inclinar mi cuello para sentir sus
besos. Sus manos comenzaron a desnudarme lentamente mientras yo
buscaba un punto en mi mente para mantenerme coherente y firme. No
debía caer ni ceder tan rápido a su influencia. Los numerosos
sueños que había tenido noches atrás me habían aplastado y
sumergido en constantes divagaciones, todos ellos recurrentes a su
persona y nuestra relación.
-Maestro-balbuceé antes de sentir como
perforaba mi cuello bebiendo de mí.
Mis ojos se cerraron mientras podía
percibir claramente el ruido de la cremallera de mi pantalón
cediendo, así como la prenda cayendo y el latigazo del elástico de
mi ropa interior. Lentamente fue jugando con maestría sus cartas,
dejando de beber para ofrecerme besos candentes en mi espalda hasta
llegar a mis nalgas. Allí mismo, de pie frente a los edificios más
emblemáticos de la ciudad, sentí que el cielo existía y yo estaba
cayendo directamente a los infiernos cuando creí alcanzar finalmente
la luz divina.
Sus manos acariciaban mi cuerpo con
ásperos roces mientras sus labios suaves, aunque no carnosos pero sí
masculinos, se pegaban suavemente a mi espalda y caderas. Al
apartarse para deshacerse de su ropa yo me arrodillé. Detuve sus
manos que se hallaban sobre el cierre de su pantalón y sonreí. Su
aspecto era imponente desde mi posición. Podía ver sus pectorales
perfectamente tallados, los cuales parecían haber sido realzados de
un único bloque de mármol, con sus pezones sonrosados y sus caderas
marcadas rodeadas aún por el cinturón y la hebilla. Se había
desecho ya de la chaqueta, chaleco y camisa quedando tan sólo los
zapatos, calcetines, ropa interior y el pantalón.
-Perdóname-dije tomando la hebilla
para abrir el cinturón y sacarlo tirándolo cerca de donde nos
encontrábamos; después abrí el primer, y único botón, del
pantalón para bajar la cremallera.
Suavemente tiré de las perneras del
pantalón y éste cayó quedando por sus tobillos, rozando sus
zapatos y el suelo. La ropa interior que llevaba era roja y ya
mostraba su abultado paquete. Su sexo estaba empezando a despertar
cuando logré bajar suavemente la tela. Aquel miembro grueso y de
proporciones agradables surgió suavemente levantado y girado hacia
la derecha.
Ningún miembro es idéntico. Todos
poseen algo característico. El glande de Marius era mucho mayor al
de otros amantes, sus venas se marcaban más y se veía aún de mayor
tamaño a pesar que Memnoch, el diablo, tenía varios centímetros
más. Pero el miembro de mi maestro era especial porque sin duda era
el único que me llenaba de forma espiritual y física.
Comencé a lamer aquel trozo de carne
que aún no tenía el tamaño apropiado. Mis mejillas deberían de
iluminarse debido a la fascinación y el calor que comenzaba a sentir
en mi cuerpo, sin embargo no había bebido la suficiente sangre y
Marius me había robado un par de sorbos. Él podía sentir mis manos
sobre sus testículos acariciándolos suavemente, apretándolos e
incluso llevándolos cerca de mi boca para besarlos. Lentamente fue
tomando vigor y mi lengua, junto a mis cortos besos, se perdieron en
el olvido para empezar con las succiones.
Al llevar su glande a mi boca noté
como sus ojos se clavaban en mis acciones y sus manos se colocaban
sobre mis hombros. Sabía bien que no tardaría en echar hacia atrás
la cabeza y tomarme de la nuca, así como de la cabeza en la zona de
la coronilla, para hundirme hasta el final su miembro entre mis
labios y hacerme sentir preso de sus deseos. Mi lengua acariciaba
cada milímetro de su sexo y lentamente fue entrando hasta llegar a
rozar su vello púbico, el cual era prácticamente blanco debido a lo
rubio que era. Pero era Marius y Marius jamás me ofrecía tregua.
Tal y como había pensado no tardó en tomar el control de la
situación, así como el ritmo y cualquier movimiento que debiese
hacer mi cabeza. Me dediqué a enroscar mi lengua entorno a su
miembro y permitir que él gimiera completamente excitado.
En un arranque de placer me arrojó al
suelo, igual que si fuese un muñeco de trapo, y sentí las baldosas
blancas con distintos dibujos en color café y ocre quebrarse contra
mi torso. Me agarró rápidamente de las caderas y azotó las nalgas
duramente en varias ocasiones, después me mordió la espalda y me
arañó las caderas al clavar sus uñas como ave de rapiña. Marius
podía ser posesivo y algo le decía que mi cuerpo había sido de
otro además de Santino. Mis ojos se llenaron de lágrimas y lo miré
por encima del hombro justo cuando entraba.
No sentí dolor, pero sí
desesperación. Me estaba dominando con una brutalidad que me
torturaba el alma. Sus estocadas eran fuertes, rápidas y precisas.
Tan precisas que olvidé la tortura para adentrarme en los pasillos
del placer. Sin embargo, mis piernas flaqueaban y mi torso se pegaba
al suelo, al igual que mi rostro, dejando desparramado los cabellos
sobre el piso. Ni siquiera habíamos dado algunos pasos hacia el
interior de la suite y ni mucho menos podría pedir que me condujera
a la cama. Si bien, extrañaba algo mullido para poder abrazar o
mínimo apoyarme en cada arremetida. Sus penetraciones tenían un
ritmo constante y bombeaba hacia mi interior sensaciones eléctricas
que eran como ondas que se movían a través de mi cuerpo.
-Te amo, te amo...-logré decir entre
patéticos balbuceos con la voz quebrada por el llanto.
Lloraba y gemía a la vez. Mi aspecto
posiblemente era el de un ángel al que condenaban a los infiernos,
el mismo que acababa de perder las alas y cualquier esperanza.
Parecía rogarle a mi verdugo compasión por mi tono de voz, pero en
realidad recitaba plegarias de amor esperanzado. Siempre albergaba la
esperanza que no se fuese de mi lado ni me echase con su carácter
explosivo.
-Por favor... déjame amarte... déjame
amarte...-mis últimas palabras antes de llegar al orgasmo lo
detuvieron.
Se apartó de mí como si le repugnara,
pero en realidad aguardaba mis siguientes movimientos o súplicas. Me
incorporé con las piernas y brazos temblorosos, mi rostro bañado en
lágrimas era similar al de Jesús con su corona de espinos y mis
ojos tenían una nebulosa de placer y dolor indescriptible. Él se
deshacía del resto de su ropa mientras le miraba sin poder hablar ni
moverme. Rápidamente, cuando se percató de ello, me tomó entre sus
brazos y me llevó a la cama.
Era una cama enorme de un lecho
matrimonial. El colchón era mullido aunque algo duro y firme. Tenía
numerosos cojines que servían como almohada. Al colcha era negra y
quizás disimularía las manchas de sangre que dejaría mi sudor
sanguinolento, el suyo y mis lágrimas.
Marius no había explotado aún. Él
seguía erecto y deseoso de tenerme de nuevo dominado. Sin embargo,
sus labios recorrieron mi vientre y subieron hasta mis pezones. Pude
notar entonces su lengua realizando círculos perfectos, sus dientes
tirando de estos y sus labios rodeándolos en maravillosas succiones.
Mis piernas se abrieron y él las mantuvo abiertas gracias a sus
brazos. Sentí entonces como subían mis tobillos a sus hombros y
como me penetraba nuevamente.
Su mirada entonces se cruzó con la mía
y creo, sin lugar a duda alguna, que en ese momento comprendió que
realmente necesitaba su perdón y compañía. Besé sus labios y
enredamos nuestras lenguas en una lucha sin tregua. Durante varios
minutos estuvo dentro de mí ofreciéndome un placer intenso como el
aroma del café recién hecho. Y finalmente, como si fuera algo
único, llegó al final en un orgasmo que le hizo rugir, gemir y
finalmente suspirar.
-Yo también te amo-fue lo último que
escuché antes de caer inconsciente aquella noche.
1 comentario:
Sufrí de nostalgia. Recordé el sexto libro de las crónicas con amor. Y estando en semejante hotel, pensé también en Toby de las crónicas angélicas.
Gracias.
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