Durante largos años he publicado varios trabajos originales, los cuales están bajo Derechos de Autor y diversas licencias en Internet, así que como es normal demandaré a todo aquel que publique algún contenido de mi blog sin mi permiso.
No sólo el contenido de las entradas es propio, sino también los laterales. Son poemas algo antiguos y desgraciadamente he tenido que tomar medidas en más de una ocasión.

Por favor, no hagan que me enfurezca y tenga que perseguirles.

Sobre el restante contenido son meros homenajes con los cuales no gano ni un céntimo. Sin embargo, también pido que no sean tomados de mi blog ya que es mi trabajo (o el de compañeros míos) para un fandom determinado (Crónicas Vampíricas y Brujas Mayfair)

Un saludo, Lestat de Lioncourt

ADVERTENCIA


Este lugar contiene novelas eróticas homosexuales y de terror psicológico, con otras de vampiros algo subidas de tono. Si no te gusta este tipo de literatura, por favor no sigas leyendo.

~La eternidad~ Según Lestat

domingo, 12 de enero de 2014

Encuentro en el cielo de New York

Bonsoir mes amis

Hoy Armand os proporciona un encuentro reciente con Marius. Disfruten el relato. 

Lestat de Lioncourt 

Había olvidado como era el mundo junto a Marius, pero en mis sueños mi mente me jugaba caprichosas malas pasadas. Era como si todo se pusiera en mi contra y mis viejos deseos surgieran como monstruos horribles, me condenaran a revivir escenas del pasado y sufrir porque ya no había ni siquiera conservaba su aroma en mi cuerpo. Sus grandes manos abarcando mi pecho con caricias, sus besos suaves en mi pecho y su mirada firme que me convertía en un ser sumiso bajo sus órdenes. Sin embargo, mis pasos habían dado con los suyos.

Desde hacía semanas me había olvidado de mis experimentos para darme unos días de descanso. Necesitaba reflexionar sobre nuevas investigaciones y productos tecnológicos que pronto adquiriría gracias a las numerosas páginas de venta online. Quería realizar algo novedoso, mucho más allá de mis recientes estudios, y necesitaba observar el ritmo de vida frenético de las grandes ciudades. Viajaba con poco equipaje y sin mis adorados compañeros. Santino se hallaba en la cabaña que había adquirido cerca de los pantanos de New Orleans, Sybelle y Benji habían regresado a la mansión de Lestat donde teníamos cobijo, y yo me hallaba solo.

En pleno New York, cerca de una céntrica galería de arte, me había detenido unos segundos observando unas curiosas fotografías. Eran parte de la vida cotidiana, aunque eran momentos nocturnos en los cuales muchos no deparábamos. Los humanos siempre pasaban por alto tantas cosas. El mundo parecía detenerse por completo y girar nuevamente a gran velocidad. Las luces y sombras, el juego de realidad y ficción, así como los letreros de neón expuestos en las llamativas fotografías de la entrada, las cuales eran un mero reclamo para el público objetivo, me recordaron a él. Podía ver a Marius en todas y cada una. Eran fotografías de países que él había visitado alguna vez, lugares para nada extraños para un hombre que había recorrido siempre las calles de éste planeta lleno de ciegos y podridos sentimientos.

Decidí entrar en la galería movido por el deseo de conocer al autor, aunque aquel palpito me guiaba hacia por los salones buscando algo que me indicara que estaba equivocado. Sin embargo, allí, en medio de la penumbra, había una un hermoso retrato de un joven de cabellos de sangre y mirada perdida. Las alas negras que surgían de su espalda era un efecto óptico bastante llamativo. Sentí celos e ira. Aquel no era yo, pero sin duda era una alegoría a mi recuerdo. Apreté los puños intentando no clavar mis uñas en las palmas de mis blancas manos. Quise llorar, pero no lo hice.

Aquel joven era muy similar en características a mí. No tenía más de diecisiete años, su piel era suave, sus cabellos eran de fuego y podían verse en su mirada ese dolor que yo siempre portaba. El fondo de la fotografía era Venecia. Sus hermosos canales, aunque en ocasiones estaban cubiertos de porquería debido a los residuos de la ciudad, en pleno carnaval.

Deseé volver a la época en la cual fui conocido como Amadeo y ni siquiera era capaz de recordar mi nombre real. Mis dedos estaban cubiertos de anillos que Marius me había obsequiado, llevaba ropas que sólo podían lucir la nobleza y mi espíritu aventurero me obligaba a terminar metido en algún lío. Sin embargo, regresé a la realidad debido al bullicio que existía en las salas y al aroma de los numerosos mortales que la visitaban. No era lugar para ensoñaciones ni reproches. Marius era el artista tras aquellas imágenes. No había duda alguna que era él y no otro el fotógrafo.

No obstante los recuerdos habían doblegado mis instintos bañándome por completo. Caminé hacia la imagen intentando pasar el cordón de terciopelo rojo, pues quería tocar la fotografía y sumergirme en los canales del fondo. Soñaba con las manos de Marius recorriendo mi débil figura y el calor frío de su cuerpo mucho más imponente que el mío. Entonces, como si fuese una ensoñación, sentí sus manos sobre mis hombros y su colonia golpeando fuertemente en mi nariz. Podía sentir sus dedos dejando un leve masaje mis hombros por encima de mi abrigo largo y oscuro, el cual contrastaba con mis cabellos rojizos y mi bufanda cían, al igual que la boina que cubría parte de mi cabeza.

-Maestro-murmuré sin siquiera girarme, pues temía estar confundido y acabar derrotado.

-Querubín.

Su voz era profunda y poseía unos matices encantadores que provocaban que mi cuerpo reaccionara de inmediato. Me giré para contemplarlo con el cabello perfectamente peinado hacia atrás, con aquel color trigo tan característico en él, y con sus ojos clavados en los míos. Su chaqueta era negra, pero pero su camisa era roja así como la amapola que llevaba en el ojal. Tenía un aspecto impecable, pulcro y elegante. Pude ver como centelleaban unos hermosos gemelos de rubí engarzados en oro. Los pantalones eran de vestir muy elegantes que caían perfectamente sobre unos mocasines italianos. Mi aspecto era más urbano y desenfadado con las deportivas blancas y aquellos jeans deslavados que estaban algo ocultos gracias al abrigo.

Pude percibir entonces sus caricias como siglos atrás, pues sus manos fueron a mi rostro acariciando mis mejillas y bordeando con sus dedos mi mentón como si estuviese dibujándolo. Bajé la mirada mientras mi párpados también lo hacían dejando que cerrara los ojos, pues quería seguir soñando si aquello era una fantasía. Pronto noté sus labios sobre los míos en un beso breve y lleno de recuerdos que llenaron el vacío que siempre se hallaba en mi pecho.

Aquel saludo intenso para mí y simple para él me produjo cierta preocupación. Marius siempre había optado por dejarme atrás. Él tras mejorar sus cicatrices no me buscó, sin embargo si lo hizo con Pandora. Él parecía decidido a recuperar el tiempo perdido con una mujer que no comprendía y que siempre intentaba atraparla como si fuera de su propiedad. Ella era libre e independiente, pero yo dependía de Marius y él ni siquiera era capaz de observarme más de quince minutos sin girar su rostro. Recordaba aún las dolorosas palabras que vertió en aquellos documentos sobre mí y también como admitía que yo no podía ofrecerle una nueva oportunidad para conectar con los nuevos tiempos. Prefirió aceptar a su lado a Lestat antes que a mí. Él sabía que necesitaba su ayuda, que había vivido horribles tormentos y no fue capaz de rescatarme otra vez.

Según él había tres grandes amores en su vida. El primer amor era referente a su gran pasión y al hombre que le hizo desear crear: Botticelli. Los otros dos restantes éramos Pandora y yo. Si bien, siempre dudaba sobre su amor hacia mí. Sentía que era una atracción imposible que a ambos nos torturaba innegablemente. El amor no era todo. Yo había nacido para desear sentir su calor y finalmente soportar el frío tortuoso del vacío. Si bien, aceptaba que su idea de proporcionarme dos compañeros eternos fue satisfactoria. Benji y Sybelle son la cúspide de mi vida. Ellos son grandes amores que me hacen sobrellevar los siglos que caen sobre mi espalda, la cual hace mucho que fue desnudada de sus alas y fustigada hasta el cansancio con la crueldad de la distancia y el engaño.

-No esperaba que aparecieras por la galería-dijo apoyando nuevamente sus manos sobre mis hombros, los cuales parecían más menudos e insignificantes. Su estatura era la de un coloso frente a una hormiga y su aspecto era sin duda envidiable. Había arqueado hacia arriba sus cejas doradas y sonreído de forma amable tentándome una vez más.

-Ni siquiera esperabas que estuviera en la ciudad-sentí que el concurrido público iba y venía de la sala. Cada ciertos minutos la sala se llenaba y volvía a ser bulliciosa. Nosotros sin embargo estábamos allí estáticos esperando que el tiempo también se detuviera.

-Te hacía en New Orleans probando algún producto nuevo-aseguró apartando sus manos de mí como si mi cuerpo le quemara.

-¿Por qué has usado a un modelo para hacer de mí?-los celos siempre me habían caracterizado, pero también la curiosidad y el deseo de comprender. Estaba en una telaraña de emociones que me fatigaban.

-Pensé que sería apropiado reproducir la obra con otra interpretación de la misma y distintos materiales- su voz masculina y firme me destrozaron.

Los celos se apoderaron de mí y el rencor creció en mi pecho. Detestaba esas sensaciones recorriendo mi alma, pero mis ojos se achicaron y mis manos se apretaron en aquellos puños que deseaban tocar el torso de Marius apartándolo de mi presencia.

-La obra no es la misma si no tiene el mismo modelo-reproché.

Mi voz era firme, aunque por dentro me desmoronaba. Un mechón rebelde de mis cabellos cayó sobre mi frente rozando mis cejas rojizas. Tenía un aspecto temible. Parecía un ángel indulgente a punto de llevarse consigo a un inocente.

-Querubín, necesitaba un modelo y él estaba disponible en el lugar idóneo- explicaba con paciencia el motivo por el cual había tomado a otro joven que usurpaba mi aspecto, aunque no mi belleza.

Yo poseía unos rasgos que jamás podrían tener otros. Era un ser único moldeado por el dolor que aún aguijonea mi alma. Un dolor que está presente en mi vida noche tras noche. Los ojos confusos de un loco enigmático con aspecto de ángel y crueldad infinita. Eso era y soy. Reconozco que puedo ser un monstruo, pero a la vez un perfecto desafío capaz de amar y guardar algo de fe.

-Mejor me marcho porque no deseo escuchar tus excusas baratas- respondí intentando esquivarlo, pero me cortó el paso.

-No son excusas-susurró tomándome del mentón con sus manos, las cuales en ese momento me parecieron monstruosas y sucias.

-¿No? Vives excusándote. Todo está bien para ti mientras puedas engañar- estaba a punto de gritar, pues necesitaba marcharme rápidamente de allí.

-¿Cuándo te he engañado?-interrogó buscando en mis ojos un punto de cordura, pero creo que sólo pudo contemplar unas pupilas bañadas por una pasión entregada a la molestia.

-Prometiste que sería tu compañero eterno y sin embargo te cansaste de mí. Dices amarme pero jamás lo demuestras- quiso hablar, pero no le dejé- Siempre provocas que nos distanciemos.

-Querubín- balbuceó tal vez porque buscaba una solución razonable para detener mis pasos rápidos hacia la salida.

-Deja de llamarme así-siseé empujándolo para salir huyendo.

Corrí entre los mortales presentes como si fuera una sombra en un museo. Tal vez podrían hablar de mí como un fantasma, una sombra aterradora que les levantó la falda o forzó a cambiar de dirección sus pasos. Mis pies se movían rápidos mientras mi alma se agitaba sintiendo como si los dedos de Marius, manchados por cientos de gotas de pintura, agarraban mi corazón dejando allí tan sólo borrosos recuerdos antes de acabar con mi vida. Volví a sentir la soledad en mis espaldas de una forma pesada, grotesca y asfixiante.

Detuve mis pasos en pleno parque. Allí donde los enamorados se toman de la mano durante el día y observan las nubes sobrevolar sus cabezas, se escuchan ladridos de perros o simplemente el sonido de cientos de instrumentos musicales, ya no había nada. Ni siquiera una risa congelada en medio de la penumbra. Las farolas iluminaban de forma tenue el recorrido que parecía desdibujado, tórrido y con malos augurios sobrevolando cada tramo. Los bancos, los cuales son llenados en la mañana por personas de todo tipo y condición, estaban vacíos y con una película de humedad visible.

Me acomodé el abrigo y comencé a caminar sin miedo alguno. No temía a las bandas que podían ocultarse allí con fines de comercio de drogas, ni a los mendigos que buscaban algún lugar a resguardo del frío y ni mucho menos a los escasos vigilantes que se internaban con incertidumbre en cada bifurcación. Sin embargo, tras escuchar unos pasos me giré y lo vi. Me había seguido.

-¡Déjame!-grité- Es lo que mejor sabes hacer.

-Querubín-susurró aproximándose hasta mí con los brazos abiertos.

-Hace mucho tiempo que dejé de ser tu querubín para convertirme en un demonio-murmuré dando un paso atrás.

-Bien sabes que todo ese rencor sólo es fruto de tus celos-dijo finalmente al alcanzarme.

Aquel abrazo me transportó a Venecia. En él capté el olor a pintura, agua estancada y también su profundo perfume. Perdí ante los recuerdos y las sensaciones que estos se impregnaban en mis prendas confundiéndome, doblegándome y provocando que sollozara como la primera vez. Aquel chiquillo asustado que pintaba en las paredes de forma rudimentaria a Dios, tal vez porque era lo único que podía recordar ya que la pureza de su amor siempre me hizo mantenerme en pie, regresaba a sus brazos hundiéndome en el deseo de tenerlo para mí.

-Maestro-balbuceé sintiendo que mis ojos se aguaban con las lágrimas sanguinolentas que bañaban ya mis mejillas, manchaba su chaqueta y mi bufanda- Maestro, maestro...-balbuceé aferrándome a él cerrando mis manos en puño entorno a la tela gruesa de su chaqueta.

Sus labios se apoderaron de los míos con vehemencia. Sus manos atraparon mi cintura pegándome a él con un deseo aciago. Mis brazos rodearon su cuello cual enredadera y pude notar como mis pies quedaban de puntillas. Él estaba inclinado sobre mí con su poderosa estatura de más de metro ochenta centímetros. Sus cabellos dorados caían hacia delante suavemente, rozando mi abrigo, mientras que mis rizos rojizos se fundían con su chaqueta. El sabor amargo de aquel beso se debía a las palabras injustas que había derramado sobre él. Si bien, me cegó los celos y el terrible dolor de verme usurpado por un mortal.

Pude percibir entonces que mis pies dejaron de tocar tierra firme y sus brazos se volvían más protectores. La firmeza de su agarre se vio igualada por la mía. El Don de los Aires, como así solían llamar algunos a viajar entre las nubes, no era algo que usara con asiduidad Marius porque prefería desplazarse como cualquier mortal. Sin embargo, lo estaba usando conmigo para que nos alzáramos de aquel pulmón de New York en busca del hotel donde él se hospedaba.

Al despegar mis labios de los suyos pude observar con precisión hacia donde nos dirigíamos. Manhattan nos esperaba y en concreto el hotel de lujo New York Palace próximo a St. Patrick’s Cathedral y del complejo Rockefeller Center en Madison Avenue. Marius había tomado nota de los mejores lugares para poder descansar y poder observar una de las vistas más impresionantes de la ciudad. Él no había alquilado una de las maravillosas suites, sino que él directamente pidió una de las Torres.

Si alguna vez visitan New York deberían contemplar el gigantesco complejo hotelero de The New York Palace. Sus hermosas escaleras decoradas con pan de oro y pasamanos de madera de roble, los escalones de mármol y las excelentes molduras en el techo y columnas. Además el mobiliario es exquisito y abrumador. Los altos candelabros que iluminan algunos rincones con luces artificiales, los sillones estilo Luis XV y el suelo resplandeciente no son más que parte de un elaborado marketing de confort, lujo y sofisticación lleno de comodidades.

Durante el vuelo tuve tiempo para secar mi rostro con la bufanda, la cual dejé caer en mitad del viaje. No podía aparecer, allá donde fuésemos, con el rostro cubierto de sangre y pequeñas manchas ensuciando mis prendas.

Al entrar por aquellas encantadoras puertas después de ser abandonado nuevamente en el suelo, alejado de Marius algunos centímetros y sentido la calefacción, pude notar que él era alguien especial en aquel hotel. No era la primera vez que su majestuosa figura cruzaba las puertas y se encaminaba hacia la recepción. La mujer que atendía gustosamente el teléfono, con una sonrisa posiblemente emblema del servicio que allí se ofrecía, se detuvo unos segundos para atenderlo.

Como he dicho Marius no había pedido cualquier habitación sino la Tower Lobby. Había escuchado en numerosas ocasiones la belleza de aquella suite de lujo, sin embargo jamás me había aventurado a internarme en aquel hotel y sentir la cómoda sensación de sus mullidas y gigantescas camas. No obstante, sentía que mi maestro era capaz de buscar el lujo desbordante, los detalles más nimios y estrambóticos, en los hoteles de lujo que pisaba.

El ascensor era una maravilla tan silenciosa que prácticamente no podía escuchar sus poleas. Marius se mantenía sereno hundido quizás en sus pensamientos. Sin embargo, yo me mantenía inquieto deseando comprender como habíamos llegado a esto.

-Al fin estamos nuevamente uno junto al otro-dijo girándose para contemplarme con sus profundos e imperturbables ojos glaciales.

-Sí-respondí sonriendo con cierta impaciencia.

Nada más llegar a la suite comprendí porque había escogido aquel lugar. Los edificios se desdibujaban con elegancia iluminándose y apagándose como si fueran luces navideñas. A lo lejos el cielo se veía brumoso y opaco. La luna aparecía y desaparecía entre los edificios y las nubes. Podía sentir el poder y magnetismo de la ciudad más cosmopolita de Estados Unidos, o al menos una de las más renombradas en películas, videojuegos, literatura u otros conceptos de arte.

Marius quedó a mi espalda sacándose la chaqueta para dejarla sobre uno de los sofá repletos de cojines. Al fondo había una cocina con barra americana y una cesta de bienvenida con numerosos productos que sólo la élite era capaz de conseguir. Decidí quitarme el abrigo qui caminar por las salas, pero él me atrapó obligándome a inclinar mi cuello para sentir sus besos. Sus manos comenzaron a desnudarme lentamente mientras yo buscaba un punto en mi mente para mantenerme coherente y firme. No debía caer ni ceder tan rápido a su influencia. Los numerosos sueños que había tenido noches atrás me habían aplastado y sumergido en constantes divagaciones, todos ellos recurrentes a su persona y nuestra relación.

-Maestro-balbuceé antes de sentir como perforaba mi cuello bebiendo de mí.

Mis ojos se cerraron mientras podía percibir claramente el ruido de la cremallera de mi pantalón cediendo, así como la prenda cayendo y el latigazo del elástico de mi ropa interior. Lentamente fue jugando con maestría sus cartas, dejando de beber para ofrecerme besos candentes en mi espalda hasta llegar a mis nalgas. Allí mismo, de pie frente a los edificios más emblemáticos de la ciudad, sentí que el cielo existía y yo estaba cayendo directamente a los infiernos cuando creí alcanzar finalmente la luz divina.

Sus manos acariciaban mi cuerpo con ásperos roces mientras sus labios suaves, aunque no carnosos pero sí masculinos, se pegaban suavemente a mi espalda y caderas. Al apartarse para deshacerse de su ropa yo me arrodillé. Detuve sus manos que se hallaban sobre el cierre de su pantalón y sonreí. Su aspecto era imponente desde mi posición. Podía ver sus pectorales perfectamente tallados, los cuales parecían haber sido realzados de un único bloque de mármol, con sus pezones sonrosados y sus caderas marcadas rodeadas aún por el cinturón y la hebilla. Se había desecho ya de la chaqueta, chaleco y camisa quedando tan sólo los zapatos, calcetines, ropa interior y el pantalón.

-Perdóname-dije tomando la hebilla para abrir el cinturón y sacarlo tirándolo cerca de donde nos encontrábamos; después abrí el primer, y único botón, del pantalón para bajar la cremallera.

Suavemente tiré de las perneras del pantalón y éste cayó quedando por sus tobillos, rozando sus zapatos y el suelo. La ropa interior que llevaba era roja y ya mostraba su abultado paquete. Su sexo estaba empezando a despertar cuando logré bajar suavemente la tela. Aquel miembro grueso y de proporciones agradables surgió suavemente levantado y girado hacia la derecha.

Ningún miembro es idéntico. Todos poseen algo característico. El glande de Marius era mucho mayor al de otros amantes, sus venas se marcaban más y se veía aún de mayor tamaño a pesar que Memnoch, el diablo, tenía varios centímetros más. Pero el miembro de mi maestro era especial porque sin duda era el único que me llenaba de forma espiritual y física.

Comencé a lamer aquel trozo de carne que aún no tenía el tamaño apropiado. Mis mejillas deberían de iluminarse debido a la fascinación y el calor que comenzaba a sentir en mi cuerpo, sin embargo no había bebido la suficiente sangre y Marius me había robado un par de sorbos. Él podía sentir mis manos sobre sus testículos acariciándolos suavemente, apretándolos e incluso llevándolos cerca de mi boca para besarlos. Lentamente fue tomando vigor y mi lengua, junto a mis cortos besos, se perdieron en el olvido para empezar con las succiones.

Al llevar su glande a mi boca noté como sus ojos se clavaban en mis acciones y sus manos se colocaban sobre mis hombros. Sabía bien que no tardaría en echar hacia atrás la cabeza y tomarme de la nuca, así como de la cabeza en la zona de la coronilla, para hundirme hasta el final su miembro entre mis labios y hacerme sentir preso de sus deseos. Mi lengua acariciaba cada milímetro de su sexo y lentamente fue entrando hasta llegar a rozar su vello púbico, el cual era prácticamente blanco debido a lo rubio que era. Pero era Marius y Marius jamás me ofrecía tregua. Tal y como había pensado no tardó en tomar el control de la situación, así como el ritmo y cualquier movimiento que debiese hacer mi cabeza. Me dediqué a enroscar mi lengua entorno a su miembro y permitir que él gimiera completamente excitado.

En un arranque de placer me arrojó al suelo, igual que si fuese un muñeco de trapo, y sentí las baldosas blancas con distintos dibujos en color café y ocre quebrarse contra mi torso. Me agarró rápidamente de las caderas y azotó las nalgas duramente en varias ocasiones, después me mordió la espalda y me arañó las caderas al clavar sus uñas como ave de rapiña. Marius podía ser posesivo y algo le decía que mi cuerpo había sido de otro además de Santino. Mis ojos se llenaron de lágrimas y lo miré por encima del hombro justo cuando entraba.

No sentí dolor, pero sí desesperación. Me estaba dominando con una brutalidad que me torturaba el alma. Sus estocadas eran fuertes, rápidas y precisas. Tan precisas que olvidé la tortura para adentrarme en los pasillos del placer. Sin embargo, mis piernas flaqueaban y mi torso se pegaba al suelo, al igual que mi rostro, dejando desparramado los cabellos sobre el piso. Ni siquiera habíamos dado algunos pasos hacia el interior de la suite y ni mucho menos podría pedir que me condujera a la cama. Si bien, extrañaba algo mullido para poder abrazar o mínimo apoyarme en cada arremetida. Sus penetraciones tenían un ritmo constante y bombeaba hacia mi interior sensaciones eléctricas que eran como ondas que se movían a través de mi cuerpo.

-Te amo, te amo...-logré decir entre patéticos balbuceos con la voz quebrada por el llanto.

Lloraba y gemía a la vez. Mi aspecto posiblemente era el de un ángel al que condenaban a los infiernos, el mismo que acababa de perder las alas y cualquier esperanza. Parecía rogarle a mi verdugo compasión por mi tono de voz, pero en realidad recitaba plegarias de amor esperanzado. Siempre albergaba la esperanza que no se fuese de mi lado ni me echase con su carácter explosivo.

-Por favor... déjame amarte... déjame amarte...-mis últimas palabras antes de llegar al orgasmo lo detuvieron.

Se apartó de mí como si le repugnara, pero en realidad aguardaba mis siguientes movimientos o súplicas. Me incorporé con las piernas y brazos temblorosos, mi rostro bañado en lágrimas era similar al de Jesús con su corona de espinos y mis ojos tenían una nebulosa de placer y dolor indescriptible. Él se deshacía del resto de su ropa mientras le miraba sin poder hablar ni moverme. Rápidamente, cuando se percató de ello, me tomó entre sus brazos y me llevó a la cama.

Era una cama enorme de un lecho matrimonial. El colchón era mullido aunque algo duro y firme. Tenía numerosos cojines que servían como almohada. Al colcha era negra y quizás disimularía las manchas de sangre que dejaría mi sudor sanguinolento, el suyo y mis lágrimas.

Marius no había explotado aún. Él seguía erecto y deseoso de tenerme de nuevo dominado. Sin embargo, sus labios recorrieron mi vientre y subieron hasta mis pezones. Pude notar entonces su lengua realizando círculos perfectos, sus dientes tirando de estos y sus labios rodeándolos en maravillosas succiones. Mis piernas se abrieron y él las mantuvo abiertas gracias a sus brazos. Sentí entonces como subían mis tobillos a sus hombros y como me penetraba nuevamente.

Su mirada entonces se cruzó con la mía y creo, sin lugar a duda alguna, que en ese momento comprendió que realmente necesitaba su perdón y compañía. Besé sus labios y enredamos nuestras lenguas en una lucha sin tregua. Durante varios minutos estuvo dentro de mí ofreciéndome un placer intenso como el aroma del café recién hecho. Y finalmente, como si fuera algo único, llegó al final en un orgasmo que le hizo rugir, gemir y finalmente suspirar.

-Yo también te amo-fue lo último que escuché antes de caer inconsciente aquella noche.



1 comentario:

Ga dijo...

Sufrí de nostalgia. Recordé el sexto libro de las crónicas con amor. Y estando en semejante hotel, pensé también en Toby de las crónicas angélicas.
Gracias.

Gracias por su lectura

Gracias por su lectura
Lestat de Lioncourt