Durante largos años he publicado varios trabajos originales, los cuales están bajo Derechos de Autor y diversas licencias en Internet, así que como es normal demandaré a todo aquel que publique algún contenido de mi blog sin mi permiso.
No sólo el contenido de las entradas es propio, sino también los laterales. Son poemas algo antiguos y desgraciadamente he tenido que tomar medidas en más de una ocasión.

Por favor, no hagan que me enfurezca y tenga que perseguirles.

Sobre el restante contenido son meros homenajes con los cuales no gano ni un céntimo. Sin embargo, también pido que no sean tomados de mi blog ya que es mi trabajo (o el de compañeros míos) para un fandom determinado (Crónicas Vampíricas y Brujas Mayfair)

Un saludo, Lestat de Lioncourt

ADVERTENCIA


Este lugar contiene novelas eróticas homosexuales y de terror psicológico, con otras de vampiros algo subidas de tono. Si no te gusta este tipo de literatura, por favor no sigas leyendo.

~La eternidad~ Según Lestat

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domingo, 23 de noviembre de 2014

Sangre, oro y pasión

Antes que se traumen les recuerdo que Marius es el amo del BDSM. Marius y Pandora derrochando pasión, amigos mío.

Lestat de Lioncourt 


Habían pasado unas pocas semanas. Tan pocas que la vida parecía ser demasiado acelerada. Era como si se escapara de entre sus dedos, aunque ya no debía temer a la muerte ni a padecer enfermedad alguna. Nada podría tocarla. El perfume de los cementerios no se pegaría a su cuerpo y la eternidad esperaba abriendo sus brazos como una Diosa. Si bien siempre hay un pero y ese pero era Marius. La vida social de Marius seguía existiendo y exigiendo que se paseara por la ciudad como si fuese un magnífico mecenas, un hombre con unas virtudes increíbles y mucho dinero en la bolsa.

Había escuchado numerosos rumores. Según él iba a matar vampiros de la Secta de la Serpiente, quienes consideraba como una plaga. Para Marius, ellos eran peores que ratas y transmitían una enfermedad que atrofiaba la sensatez de cualquier otro vampiro. Sin embargo, no eran sólo esos sus quehaceres en la ciudad. En medio de la noche se encontraba con senadores, filósofos y hombres de la alta sociedad que lo invitaban a probar los manjares de los lupanares más lujosos. Él era un mecenas y muchos de ellos lo tenían en alta consideración.

Era la quinta noche sin aparecer por la vivienda. El altar que ambos habían ordenado construir estaba repleto de flores frescas, nuevas velas de cera blanca de abeja iluminaban todo, y había cierto aroma a mirra que surgía de dos enormes platos de oro situados a ambos lados de Los Que Deben Ser Guardados. Él no lo había hecho, tampoco sus sirvientes. Flavius no era capaz de aparecer por aquella sala, pues los temía. Para él eran monstruos terribles y silenciosos. No había sido otro que ella.

Pandora estaba allí recitando poemas mientras colocaba los últimos ornamentos de flores. Akasha miraba al frente, al igual que Enkil, como si sólo fueran estatuas. Tenían ropas nuevas, de lino, con unos llamativos bordados de oro y unos elegantes brazaletes que habían sido limpiados con esmero. Las gemas de sus anillos brillaban gracias a la luz de las velas que incidían en ellos. Ambos estaban descalzos aguardando que ella colocara nuevamente sus sandalias. Los había lavado, como siempre hacía, y colocado aquellas ropas con cariño y cuidado. Él no estaba realizando sus ocupaciones, pero ella jamás incumplía con sus visitas diarias.

Interrumpió en la sala pensando que tendría que hacer el trabajo de las anteriores noches, pero quedó fascinado por la belleza y el perfume que flotaba en el aire. Era como si la naturaleza misma se hubiese adentrado en la lúgubre, aunque hermosa, sala donde se encontraban ambos tronos. Los frescos de aquel paradisíaco jardín parecían cobrar vida gracias a las flores. Las aves, de hermosos plumajes, daban la sensación de intentar emprender el vuelo.

—Vaya, veo que alguien al menos recuerda servir a los padres—dijo ella, al percatarse que se había dignado a aparecer—. ¿Regresaste de tus correrías por Roma?

—Siempre, que tú lo olvidaras no significa que yo lo hiciera—maldecía el haber estado fuera, pues únicamente había ganado nuevas excusas para increparlo. Deseaba doblegarla en ese mismo instante arrancándole la ligera túnica que cubría su delgado cuerpo—. ¿Mis correrías? Estuve intentando librar al mundo de esa plaga.

—Oh, sí—movió ligeramente la cabeza en tono afirmativo y lo encaró con unos terribles ojos acusadores—. En los burdeles, ¿no es así?—deseaba abofetearle, empujarlo y huir de su presencia. Estaba terriblemente dolida y decepcionada. Su vida en común no era como ella esperaba. Nada era como ella esperaba—. Se que vas a revolcarte con otros Marius. No me tomes por estúpida.

—No, no es así—mintió—.Y aunque así fuera, ¿no estoy aquí? Te he venido a buscar, Pandora—frunció sus cejas y mostró una severa mirada llena de desaprovación—. No empieces una discusión que no podrás ganar.
—O que tú no podrás soportar—dijo, nuevamente acomodando las flores junto al trono de Los Padres ignorando por completo a su creador.

—¿Eso crees?—sonrió escuetamente intentando dominar la molestia que comenzaba a sentir—. Sabes que he terminado sumándome al desastre —dijo recorriendo su espalda con sus ojos claros, casi del color del hielo—. He perseguido a seres terribles, regreso a casa y me encuentro a mi mujer echándome las culpas de todo y nada.

—¿Tú mujer? ¡Sí, claro!—exclamó furiosa mientras continuaba acomodando todo. Los hermosos lírios parecían querer troncharse en sus finos dedos. Deseaba arrojar el jarrón a su cabeza, la cual parecía hueca en esos momentos, porque se sentía engañada—. Supe que estuviste esta noche, y toda la semana, en un burdel Marius. Tus amigos del senado hablan de tus hazañas con las esclavas, que las dejas exhaustas—pero lo que más le dolía eran sus comentarios sobre el delicioso placer que ejercía sobre los varones. Se sentía tentada a escupir cada una de las palabras que ella había logrado leer en sus mentes—. Oh... sí.

—Si tanto he disfrutado en el burdel, ¿por qué estoy aquí?— preguntó acercándose a ella conteniendo la furia—. Dímelo, ¿eso también te lo han contado mis amigos senadores?

De inmediato se alejó del jarrón dejando los lirios caer al suelo, pues quería apartarse de él y su cínica presencia. Al pasar por su lado lo empujó apartándolo de la puerta de acceso al templo, intentando ignorar sus comentarios. Marius contuvo su rabia tan sólo unos segundos, pero no se controló demasiado. Fue tras ella agarrándola del brazo derecho, tirando de su cuerpo para pegarlo al suyo, y la miró a los ojos. Esos ojos oscuros que parecían perlas negras en mitad de un océano de espuma blanca. Eran ojos castaños, casi negros, que derrochaban una vida que él quería aprisionar entre sus garras. Era el monstruo que la había condenado, su creador, y merecía un respeto, cierta pletiesía, como si fuese un Dios.

—No aceptaré tus reclamos esta vez—murmuró forcejeando con ella—. He venido y aceptarás mi compañía—ella lo miró con rabia y él le regresó la mirada—. Aún así, para que te quedes tranquila, te diré que te perdono por todas tus ofensas.

Rápidamente Pandora llevó su mano a su cuello tocando con el índice el carmín que aun prevalecía en éste, se lo mostró y propinó una fuerte bofetada.

—¡Perdonarme? ¡Tú eres quien se va de burdel en burdel y si yo oso pasar unas horas con Flavius en la biblioteca leyendo te enfureces!—gritó provocando que algunos de los esclavos se giraran dejando sus obligaciones. Algunos estaban limpiando y acomodando la sala cercana, la biblioteca, donde ésta se dirigía posiblemente a calmar su dolor con algunos poemas de Ovidio. Flavius estaba allí, sentado, esperando que la discusión no generara más daños. Hacía tan sólo unos días que había logrado restaurar parte de una de las salas donde los jarrones habían volado, el fuego había alcanzado las cortinas de seda y la cama se había convertido en un montón de cenizas—. ¿Es justo acaso vivir bajo tus órdenes sin que tú sigas tus reglas? ¡Es justo acaso!—su voz sonaba firme, dominante, y completamente entregada a la furia que en ella se avivaba como una poderosa llama. Como pudo se deshizo de su agarre y entró al fin en la biblioteca. Los sirvientes huyeron, salvo Flavius que permaneció allí observando a su querida señora.

—¡Pides justicia cuando te regalas a sus brazos!—gritó furioso sintiendo una ira casi incontrolable. Señaló al pobre sirviente que tan sólo soltó la pluma y se incorporó. Su pesada prótesis de mármol, tan perfecta como dolorosa para un hombre que fue un valiente cazador, sonó sobre el piso y provocó que lo mirara con mayor rabia. Si bien, enfocó su mirada nuevamente en Pandora para gritar sus convicciones. En ese momento Flavius alcanzó la puerta. Deseaba huir antes de ser destruido. Sabía que debía preparar un carruaje en caso que su señora quisiera huir, aunque fuese unos días, del hogar que compartían— ¡Eres mía! ¡Yo te creé! ¡Me perteneces!—dijo golpeando la puerta al cerrarla tras de sí— ¡Me perteneces y no deberías alzarme la voz! ¡Cómo te atreves a gritarme y a golpearme!

—¿Tuya?—gritó furiosa— ¡Ni que fuera tu esposa, Marius!

—¡Eso me pediste cuando te creé!—estaba furioso, tanto que la agarró de ambos brazos y la empujó contra una pared cercana—¡Eres mía desde que te hice mi compañera! Es un vínculo más sagrado que el de un papel que nunca cumples. ¿Con cuántos hombres te casaste? ¡Si incluso perdiste la cuenta! ¡Estoy seguro!—sus colmillos asomaban, sus ojos estaban cargados de furia—Eres mía...—susurró con rabia— Y si quieres puedo demostrártelo.

—¿Y a ti qué te importa? —gritó furiosa empujando a este con el poder de la mente— Soy igual de fuerte que tú así que no intentes manipularme o dominarme Marius —dijo con rabia arrugando la nariz y el entrecejo mostrando de igual forma sus colmillos— no inicies una pelea que no ganarás, no aquí. ¡No ahora!

—¡Puedo ganarla! ¡De hecho ya la gané! ¡Soy un hombre y tú sólo una mujer!—dijo elevando aún más la voz. Se acercó a ella de nuevo con una fuerza superior a la suya, intentando dominarla. Tenía sus manos aprisionando sus brazos, prácticamente rompiendo sus huesos, mientras clavaba sus ojos como dagas en los suyos— ¡Eres mía!—gritó antes de inclinarme robándole un beso. Al apartar sus labios de ella la soltó y la tomó del rostro, intentando controlar su ira pues podía hacer arder todos los libros de la sala si se descontrolaba. Y eso, sin duda, sería un desastre—. Amor mío, hermosa mía, ¿no ves que no tienes razón? Evita esta pelea absurda.

—¡Marius!—lo nombró llena de ira lanzándolo por los aires, haciendo se estampara contra una repisa, y al verlo tendido se lanzó sobre éste tomándole del cuello, hundiendo sus uñas, destrozando su traquea con una sola mano completamente desencajada por la ira— ¡Jamás! pero... ¡Jamás me subestimes!

Deseó gritar, pero le fue imposible. Su boca se llenó de sangre. Se incorporó apartándola de un empellón mientras se recuperaba, mirándola con furia, y provocando que su ira, la ira que intentaba contener de forma torpe, incendiara parte de los libros que tanto ella como él acumulaban. El fuego a sus espaldas se alzaba consumiéndolo todo mientras daba pasos firmes y terribles hacia ella. La madera crujía cediendo, los libros caían de la repisa envueltos en llamas y la seda de las cortinas se consumía con rapidez. El tintero y los documentos de Flavius empezaban a consumirse, convirtiéndose sólo en un manchurrón negro que eran engullido por las llamas.

—Debería destruirte, pero te amo demasiado—susurró con cierto esfuerzo—. ¿Cómo te atreves? ¡Cómo!—gritó furioso lanzándose contra ella.

—Dos podemos jugar el mis juego—dijo incendiando sus ropas, viéndolo de forma altiva y triunfal, llamando a los sirvientes para que apagasen el fuego. Ella acabó saliendo de esa habitación, mientras el revuelo se iniciaba en el pasillo y los cubos de agua, desde el pozo del jardín, se iban acumulando—. Diviértete con tu fuego —comentó tomando la capa de las manos de Flavius, el cual había regresado dispuesto a llevarla lejos de la vivienda, cubriéndose con ésta bajando a pasos apresurados la escalera cercana, la que daba acceso al pasillo donde se hallaba la cuadra.

Él como pudo apagó sus ropas. Si bien, tenía algunas heridas, aunque leves, y aún sentía en la boca su propia sangre. Ese sabor metálico que tanto le entusiasmaba cuando era de sus víctimas, pero que siendo suya le llenaba de rabia. Se movió rápidamente tras ella, para atraparla empujando a Flavius lejos de ella.

—¡Te he dicho que eres mía!

—¡Flavius! —gritó corriendo hacia él— ¿Estás bien? —dijo ayudando a levantarse. Aunque ella no fue la única. El esclavo era adorado por sus compañeros debido a su amabilidad y respeto, así como la dulzura que despertaba en todos al recitar los poemas más hermosos de cientos de poetas griegos y romanos. Todos lo ayudaban, pero Flavius se sentía herido más allá del golpe. Sentía un terrible dolor en su pecho al ver de ese modo a su señora. Quería consolar a la mujer que tanto admiraba, pero sabía que le arrancarían los brazos si lo hacía. Pandora se volteó hacia Marius llena de dolor y decepción por sus salvajes actos.

—¡No me mires así!—sus ojos estaban cegados por la rabia— ¡No te atrevas a juzgarme cuando tú tienes la culpa!

De inmediato se incorporó propinando una fuerte bofetada frente a todos. El silencio se hizo presente y audible unos segundos. Los ojos fieros de Marius eran dos poderosas bolas gélidas cargadas de rabia, los de Pandora estaban a la par.

—Llévenlo a su habitación—dijo sin girarse hacia ellos—. Ahora mismo estaré con él—declaró.

Marius se dio la vuelta marchándose de la habitación. No había dado la pelea por perdida, simplemente se marchaba para no terminar destrozándola de la forma que él deseaba. Ella, por el contrario, sí lo había hecho. La molestia ardía aún en su pecho, pero era mayor la preocupación que sentía por Flavius. El esclavo se recuperaba de sus heridas, las cuales eran meras magulladuras, y cuando éste se quedó dormido decidió marcharse a la cámara de Los Padres a continuar con sus deberes.

ÉL decidió quedarse en el jardín, contemplando las estrellas en un mar oscuro y terrible. La ira lo consumía. El olor a pergamino quemado se alzaba por encima de las flores. La brisa arrastraba cierto frescor a sus heridas, las cuales ya estaban prácticamente sanadas. Su orgullo había sido herido, tan profundamente que podía sentir cada marca, y ella lo pagaría. Intentaba pensar cómo y cuándo.

Pandora lo vio desde la ventana. Él estaba tan sólo a unos metros contemplando las ramas de los árboles, disfrutando de la hierba entre sus pies desnudos y permitiendo que la brisa lo sosegara. Pensó que debía hablar las cosas con seriedad y calma, sin excesos, pero estaba equivocada. Al llegar a su encuentro notó que seguía tan furioso como hacía unas horas. Podía percibirlo.

Marius —dijo entrando en el jardín. Le habló con seriedad intentando que se percatara que había ido a terminar con la pelea como dos personas adultas, y no como dos monstruos.

Él obvió sus palabras. Hizo como si no la escuchara. Permaneció de pie mirando el horizonte como si eso fuera lo único que pudiese y debiese hacer. Ella, por el contrario, respingó enojada por su actitud.

—Bien, entonces me marcho—sentenció.

—No, hermosa mía, quien se marcha soy yo— dijo con severidad en su voz, pero cierta calma. La calma que venía tras la tempestad. El ojo del huracán—. Me iré a recorrer esos burdeles tan magníficos que dices que visito. Dejaré que otras mujeres me den lo que tú no puedes.

—¿Es una amenaza Marius? —dijo cruzándose de brazos evidenciando aún más su pronunciado escote, a la vez que levantaba sus pechos con delicadeza. Deseaba que se concentrara en ella y finalizar con un encuentro carnal. Quería olvidar lo que había ocurrido, como si sólo fuera un borrón en su historia.

—Es una certeza—respondió girándose para contemplarla—.Vine aquí buscando tu amor, el calor de tus brazos y la pasión de tus labios, pero decidiste increparme injustamente. Si bien, yo te perdono.

—Vaya qué generoso eres —dijo acercándose quedando frente a él. En la mano derecha llevaba una cuerda, la misma que usaba para poder mover con una polea a los padres mientras los cambiaba de ropas—. Dime que te vas ahora—se amordazó con un pañuelo de seda, uno de tantos que él le había regalado, y entregó la cuerda, clavando la mirada una vez más, para echar caminar hacia dentro.

Apretó su mandíbula observándola. Ella sabía encontrar sus debilidades, enterrando su ira en el deseo. Acarició la tosca cuerda trenzada, la contempló unos segundos y luego alzó la vista hacia su figura. Sus ojos se pasearon por sus caderas que se movían insinuantes y sus hermosos brazos desnudos. Deseaba oprimirla contra él, destrozarla y besar sus labios con la boca manchada de sucias palabras de amor.

—¿Es una invitación o una trampa?—preguntó caminando tras ella.

Ella entró a aquel corredor oscuro que conducía a la cámara de los padres, deshaciéndose por el camino de sus ropas y joyas. Los brazaletes quedaron en un pequeño pedestal en la entrada, al igual que sus pendientes, su toga de seda cayó a pocos pasos de la entrada.

Él podía haberlo recogido para oler su aroma, un aroma único que le excitaba, pero estaba concentrado en sus pensamientos. Sus pasos eran tan lentos como precisos. Sabía bien hasta donde lo conducía. Era el lugar de los padres, donde descansaban ambos como si fueran hermosas esculturas de mármol. No se acercó a ella hasta que se deshizo de sus ropas y joyas, tirándolas a un lado y abandonándolas antes de insinuarse frente a él. De inmediato se acomodó a su lado acariciando sus brazos y costados, dejando un suave beso en su hombro derecho, junto antes de colocarla de rodillas mientras ataba su cuello con la soga. Tiró de la cuerda provocando que echase hacia atrás su cabeza provocando que riera bajo. Iba a pagar todo lo que había hecho. Lo haría con creces. Pandora de inmediato dejó escapar un gemido de sus labios, y, sumisa se dejó hacer. Los suyos, los labios de Marius, se arquearon con una sonrisa cargada de sorna, disfrutando de aquella sumisión. Él, al contrario que ella, permaneció con su túnica y cama destrozada. Con la zurda tiraba de la cuerda, dejando marcas de roce y asfixie en su cuello, mientras buscaba con la otra el látigo que llevaba en su cintura. Antes que ella siquiera pudiese imaginarlo la aplastó contra el suelo colocando su cuerpo prácticamente alineado contra la fría superficie de mármol oscuro. Dejó que la cuerda estuviese menos tirante, pero fue porque deseaba tener cierta distancia para lo que iba a hacer. Sin pensarlo dos veces comenzó a azotarla con el látigo. Las siete colas de éste rozaban la suave y blanca piel de Pandora. Con cada latigazo una marca rosada surgía, igual que pequeñas gotas carmesí que brotaba de la herida que se cerraba demasiado rápido para poder contemplarla.

Ella sabía que él disfrutaba de azotar a otros. Había escuchado cientos de historias sobre sus artes crueles y vejatorias. Con ella aún no se había osado a cometer semejante delito. Pero allí estaba, arrojada en el suelo con la espalda llena de pequeñas lágrimas de sangre. El látigo golpeaba con furia y ella gemía entre el dolor y el placer. Sus piernas se abrieron como si le invitara a disfrutar de unas maravillosas vistas, mucho más hermosas que los Campos Elíseos. Su pubis, con aquel vello púbico arremolinado y negro, era tentador. Podía notar como comenzaba a sentir cierto calor entre sus piernas, pero él no cedía. Golpeaba con fuerza y destreza, justo en los puntos que quería. Cuando pudo percatarse de la lengua de Marius ya era tarde. Él había dejado de azotarla, inclinándose sobre ella para pasar su lengua por el rastro de sangre. Gota a gota se derramaba por su piel de leche y él la recogía. Aquello la excitó de sobremanera. El olor de la sangre, la lengua suave y húmeda, las manos firmes agarrándola de la cadera. Se sentía perdida en un mar de caricias, pero su voz profunda surgió de la nada susurrando como un espíritu maligno en el lado izquierdo de su cuello.

—Esto sólo es el principio. Pagarás caro tu osadía—dijo apoyando su barbilla sobre su hombro—. Mi orgullo está herido, querida mía, y tendrás que pagar el precio de tus actos—sentenció apartando hacia un lado sus largos y negros cabellos—. Aguarda.

Ella pensó que se desnudaría al fin, pues su túnica y capa estaban chamuscadas, manchadas con cenizas y sangre. Pero no. Él tan sólo se acercó a uno de los recipientes que contenían las velas, unos candelabros dorados que surgían como manos abiertas de las paredes, para sin aviso alguno derramar la cera derretida sobre su espalda. Ella se sintió extrañamente excitada notando como su sexo palpitaba. Él no podía dejar de pensar en como sacar toda esa rabia que tanto mal le causaba.

Agarró la soga y tiró de ella oprimiendo un poco más su largo cuello. Ella gimió y jadeó. La rozadura se borró rápidamente, pero verla durante unos segundos lo excitó. Colocó su pie sobre su espalda, pegándola contra el suelo, y sonrió perversamente. Miró a su alrededor la cientos de velas que iluminaban dándole a aquel lugar luz y gloria.

—Veo que te gusta la tortura—dijo apartándose para ir hacia otro de los recipientes, tomó la vela y al llegar hasta ella la giró.

Los ojos de Pandora estaban entreabiertos, como sus labios y sus piernas. Él decidió verter la cera sobre sus duros pezones de color café. Estos, tan hermosos y tentadores, destacaban en sus voluptuosos senos. La cera blanca fue salpicando estos, su vientre y parte de sus muslos. Ella gemía moviendo insinuante su cadera, pero eso no la ayudó. Muy al contrario, avivó al monstruo.

Marius apagó la vela y la tiró al suelo, lejos de ellos, para luego tomar su látigo nuevamente. La punta, de siete colas, rozó las salpicaduras de cera mientras con su zurda, la mano que tenía libre, tomó la soga y tiró de ella una vez más. Cuando se irguió por completo azotó sus muslos con el látigo y dio directamente en su palpitante clítoris. Ella lo miró confusa. Quizás no comprendía porque se sentía tan excitada y sumisa, pero pronto comprendería que fue un error.

Su amante, su compañero, al que amaba a pesar de todo tenía unas ideas retorcidas para aquella noche. La miraba con un odio ciego y un libertinaje que hacía tiempo no veía en un hombre. El amor que solía surgir de su mirada, ese que tanto la encandilaba, a penas era visible. Él se inclinó y ella esperó un beso, una caricia o unas simples palabras sugestivas. Sin embargo, le dio la vuelta e introdujo el mango de su látigo en su interior.

Marius usaría el látigo como un glorioso juguete. Deseaba dejarla dolida, sumisa y completamente humillada. Los Que Deben Ser Guardados custodiaban el momento en silencio. Parecían tan sólo la el hermoso envase vacío de dos almas. No carecían de vida. Ninguno hacía nada por los chillidos de Pandora. Ella gritaba ante aquel grueso objeto introducido en su vagina. No era lo suficientemente ancha para soportar el grueso mango, el cual se movía con firmeza y cierta cadencia por parte de su amante.

—¡Marius! ¡No!—dijo deshaciéndose de las ataduras, para intentar huir—. ¡No!

—¡Cállate, mujer! ¡No te di derecho alguno a levantar la voz si no es para gemir como las putas que dices que tanto disfruto!—gritó con un tono de voz que la asustó.

La voz de Marius era distinta a la habitual. Parecía haber caído preso de una maldición o de un poderoso espíritu, el cual se enredaba en sus cuerdas vocales y echaba raíces en su alma. Envenenado por la ira, el odio y el orgullo herido no pensaba en algo más que una noche de disciplina para su mujer, la cual debía obedecerlo como la mejor de las esclavas.

Ella no desistía en su empeño de buscar refugio en Akasha, pues sabía que ella quizás podía interceder. Si bien, Padre y Madre no movían ni un músculo. Eran dos figuras de piedra con los ojos que parecían gemas perfectas. Sus pelucas cepilladas, sus magníficas vestiduras y sus manos enjoyadas les daban una imagen irreal. Parecían ser parte del fresco del muro tras sus tronos. Marius ejercía una fuerza jamás vista ni usada con ella. No podía doblegarse. La mano izquierda de su esposo inmortal atenazaba su cuello, apretando sus cuerdas vocales impidiendo que pudiese hablar. En el forcejeo habían acabado en la hilera de alfombras de seda que se dirigían al altar, allí donde los tronos hacían descansar aquellos dos gigantescos monstruos silenciosos.

—¡Marius!—logró gritar con un tono lastimero, lleno de dolor.

—¡Cállate, he dicho!—gritó tirando de la soga para arrastrarla con furia hacia los escasos peldaños del trono—. Hoy te ofrezco a nuestros Padres Inmortales en sacrificio. Ellos disfrutarán de tus lágrimas y gritos, apreciarás mis órdenes y verás que ellos las aprueban. Verán en ti la sumisión y el respeto que merezco—dijo con rabia incorporándola mientras seguía moviendo el látigo en su sexo.

Pandora lloraba. Algunas lágrimas habían surgido bañando sus mejillas. Sentía dolor y desprecio. Quería huir. Necesitaba ayuda, pero ellos no movían un solo músculo. Forcejeaba aún, intentaba marcharse, pero él la mordió en el cuello para drenar parte de su sangre y dejarla sin energías. Sacó el látigo de su vagina dejándolo a los pies de ambos, húmedo por sus fluidos, y de inmediato introdujo el dedo índice y anular en su interior. Movía los dedos de una forma que la hizo gemir, momento en el cual la soga dejó de apretar. Sus pezones estaban tan duros que parecían diamantes que lograrían cortar cualquier cristal. Él la empujaba lentamente para que caminara hacia el trono, en dirección a Akasha.

Marius quería que la contemplara completamente hundida en sus deseos. Por eso mismo la arrojó a los pies de Madre y continuó masturbándola. Hacía aquello con tanta precisión que ella no podía hilar ya pensamiento alguno. Llegó a ensancharla tanto que le cabía la mano por completo, cosa que aprovechó para meterla y estimularla de ese modo. Los largos cabellos de Pandora caían sobre su espalda, rostro, hombros y pecho como una cascada de aguas nocturnas.

Finalmente, Marius se detuvo para quitarse sus destrozadas prendas. Las arrojó a sus pies, al igual que la arrojaría a ella. Su presa cayó de rodillas, a pocos metros de la Reina, frente a su miembro duro y desafiante. No había pensamiento racional en aquella mujer llena de fuerza y entereza, pues lo único que buscaba era saciar el calor que ardía sofocándola. Si bien, sus gemidos quedaron ahogados porque él decidió disfrutar de un oral tan magnífico que ni siquiera las mujeres, y ocasionalmente hombres, de los burdeles habían logrado ofrecerle. Ella era una bestia que buscaba recorrer cada pedazo de piel como si fuera el más delicioso néctar.

Durante varios minutos sólo se escuchaban los gemidos y jadeos de Marius, así como unos terribles gruñidos y el golpeteo de sus testículos contra el mentón de Pandora. Akasha permanecía inmóvil, al igual que Enkil. Ambos tenían sus ojos al frente, pintados con una delgada línea negra que acentuaban sus rasgos, y la boca cerrada. No habían mostrado su beneplácito, pero tampoco su disgusto.

El miembro de Marius tenía gran tamaño, pero más bien era su grosor el que la ahogaba. Su nariz golpeaba el vello dorado que coronaba éste, sus testículos se movían inflamados y golpeaban rítmicamente a la pobre de Pandora. Ella sólo apretaba sus labios y dejaba que su lengua se convirtiera en un látigo húmedo, diestro y cálido. Él acabó echando la cabeza hacia atrás sintiendo como el calor lo consumía. Ambos estaban perlados en sudor sanguinolento dándoles un aspecto dantesco.

Cuando se cansó de aquello, y sintió que era el momento, la apartó subiéndola al regazo de Akasha, como si fuera una hermosa muñeca, y la penetró mirando a ambas a la cara. La reina la rodeó con sus poderosos brazos, aunque no la lastimaba, y él tomó impulso apoyándose en los reposabrazos de la silla cubierta con pan de oro. Las piernas de Pandora se abrían como las alas de una mariposa, lo rodeaban como la soga y empezaban a enrojecerse sus ingles por apretarlo contra ella. Las manos de su amante acariciaban su torso y pellizcaban sus pezones, una muestra lejana a la sumisión que él aceptó por el hondo placer que sentía. Arremetía cada vez con mayor fuerza, provocando que el cuerpo de ella se moviera sobre el de Akasha. Las prendas de lino blanco que llevaba la Reina quedaron sucias, prácticamente destrozadas, y las joyas se clavaban en la espalda Pandora, además de enredarse en sus largos y sedosos cabellos.

—¡Oh, Lydia!—gritó el verdadero nombre de su amante, haciendo que ella entrara en una vorágine de placer.

Pocos eran los que sabían su verdadero nombre, pues lo había cambiado por su seguridad. Pandora era sólo un mito, una fachada, pero quien estaba allí aceptando aquel trato cruel era Lydia. La misma Lydia que le recitó poemas de Ovidio cuando sólo tenía nueve años y él se deleitaba con su elocuencia. Esa misma mujer que con su mayoría de edad le proclamaba su amor y entrega, rogando ser casada con él. Una hembra de vampiro que él había creado y que en esos momentos obedecía gimiendo para él ante la absorta mirada de aquellos que habían jurado proteger.

Marius acabó derramándose dentro de su esposa inmortal, como así se declaró ella cuando el vínculo de la sangre los unió y separó a la vez, y ella alcanzó la cima del Monte Elíseos al fin. Pudo ver el paraíso con sus propios ojos, los saboreó y tentó con sus dedos. Él la besó y Akasha la soltó. Con cuidado Pandora se giró hacia Madre y bebió un ligero trago de su cuello. La Reina pudo apartarla, pero esta se lo concedió.

Después de ese momento cómplice ambos se miraron en silencio durante largos minutos. Él la bajó del trono y la recostó en la alfombra, a su lado, mientras recorría su cuerpo con besos y caricias lejanos a la brusquedad y tortura. Notó entonces que había roto algunas costillas en el forcejeo, las cuales se reconstruían mientras ella miraba el techo plagado de pinturas. Las aves parecían trinar, el sol pintado entre las nubes quemaba más que la cera de la cual aún tenía restos, y los pétalos de flores eran una fragancia similar al del amor más puro. Los dos quedaron allí arrojados largo rato, justo antes de cerrar bien las ventanas y decidir descansar bajo la atenta mirada de Los Que Deben Ser Guardados.  

lunes, 4 de agosto de 2014

Puente de suspiros

Estas memorias han sido algo duras para Marius, comprendan lo que siente por Pandora. Aún así, les diré, que es un placer para mí presentárselas a todos ustedes. 

Lestat de Lioncourt 


La noche discurría tranquila en la ciudad. Había viajado durante varias noches para regresar a Venecia en tan magnífica ocasión. Ocasionalmente me marchaba para observar nuevas maravillas, contemplar las novedades de otras ciudades mucho más cosmopolita en distintas fechas del año. Sin embargo, el verano veneciano siempre era agradable cuando uno no se acercaba a los canales y escuchaba el zumbido de los numerosos mosquitos. La ciudad era idílica comparada con otras zonas del Mediterráneo que poseían el mismo encanto, pero unas temperaturas mucho más bochornosas. La luna llena se asomaba en un cielo despejado, las estrellas relampagueaban aunque eran más tímidas que en los viejos tiempos y las fiestas de sociedad eran muy populares.

Había aceptado una invitación de una de las galerías de arte. Normalmente las aceptaba con cierta desgana, pero los cuadros que iban a exponer eran joyas magníficas y me sentía tentado. El acto era presidido por uno de los mecenas más afamados de la ciudad, donde la música de violines bañaría la escena con su solemnidad y pasión, y el champán no faltaría al igual que el buen vino italiano. Era un lugar propicio para acuerdos en las altas esferas, empresarios de todo el mundo se aproximarían para hacerse destacar, y también ciertos amantes de la pintura intentarían comprar algunas obras. Yo había sido invitado porque conocía al empresario, había comprado alguno de mis cuadros y también me había visto despilfarrar ciertas sumas de dinero en cuadros de nuevos artistas y otros consagrados. La fotografía y la pintura, así como el cine, seguían siendo mi gran entretenimiento a pesar de los años. Siempre sentí que la fotografía fue un gran impacto, pero se seguía pintando y amando demostrar que había obras realistas que sobrecogían por su detalle.

Elegí mis mejores prendas. Un traje negro de tela de lino para soportar el calor y la humedad reinante. El color era negro, pues era un lugar de etiqueta y no podía usar colores como el marrón claro o café con leche. Sin embargo, podía salirme con la mía usando una camisa roja y corbata de seda a juego. Usé uno de los gemelos más magníficos que tenía, de diamantes y oro, así como uno de mis mejores relojes. Acompañé todo con un anillo con un granate muy llamativo, pero no ostentoso. Mi cabello iba suelto, aunque bien peinado. Tenía un aire informal dentro de aquella estricta etiqueta. Me encontraba cómodo paseando entre las mujeres perfectamente maquilladas, peinadas y envueltas en aquellos trajes de seda, algodón y lino con ciertas transparencias. Muchas parecían modelos de revistas de gran fama internacional, y algunas incluso lo eran. La mayoría eran mujeres de los empresarios, mucho más viejos que ellas, que eran paseadas como meros objetos. Sin embargo, siempre estaba la mujer fuerte y dominante que tanto chocaba conmigo. Ellas y yo nunca nos llevamos bien, eso estaba comprobado. Las mujeres que deseaban tener siempre la razón y yo, un hombre que detestaba que no me dieran la palabra o simplemente me contradijeran terriblemente, éramos como el agua y el aceite. Sin duda alguna, dos polos opuestos.

Escuchaba con cierta atención los breves discursos, chistes absurdos y banales, las opiniones endiosadas de críticos que jamás habían tomado un pincel y los murmullos nerviosos de algunos artistas locales que eran expuestos como los nuevos Dalí o Miguel Ángel. Me movía por allí con mi sobriedad habitual, a penas abría la boca y no rechacé la copa de vino que me obsequiaron por simple capricho y para no llevar las manos vacías. Mis ojos recorrían cada cuadro, observaba las pinceladas más diestras y las torpes, me quedaba con el juego de colores y las distintas formas. Me agradó ver que el arte moderno no sólo eran cubos y líneas mal colocadas, sino que había belleza más allá de una mirada sensual y el erotismo de un hombro desnudo. Me quedé impactado con un cuadro, el cual deseé conseguir nada más verlo. Era el Puente de los Suspiros en un bucólico atardecer. Quería ese cuadro, pero una mujer se puso frente a mí impidiendo que pudiera seguir apreciándolo. Su espalda, sus curvas, su cabello largo y sedoso, me alertaron. Aún más cuando sentí su presencia, la cual obvié por estar demasiado ocupado en las vidas ajenas. Era Pandora.

Ella vestía con un elegante traje rojo, el cual cubría su cuerpo con delicadeza. Su cintura estaba ceñida, tenía un largo considerable porque llegaba hasta prácticamente sus tobillos y poseía una abertura desde la rodilla hasta el final de la tela. Su espalda estaba algo desnuda, pero poseía ciertos pliegues de tela que le hacían parecer las viejas togas romanas para mujeres, y la parte delantera a penas tenía un escote prominente. Los largos pendientes de diamante caían con gracia adornando su rostro. En la mano llevaba un pequeño bolso, posiblemente donde guardaba un par de objetos por su tamaño compacto, que también iba a juego con el vestido del mismo modo que los zapatos, aunque estos tenían algunos diamantes que conjugaban bien con el brillo de sus pendientes. En el cuello no llevaba nada. Había decidido deshacerse de cualquier joya que pudiera rozar su nuca. Tenía un maquillaje sutil que la hacía parecer humana, aunque aquellos ojos tan llenos de luz te recordaban que era tan inmortal como yo mismo.

A su lado, como siempre, se encontraba Arjun. Él vestía un traje de lino, igual que el mío pero con un corte más sobrio inclusive, y una camisa blanca que era acompañada por una corbata roja a juego con el mismo tono del vestido de Pandora. No sabía que hacían allí, pero no me interesaba averiguarlo. El simple hecho que él estuviera acompañándola me enfurecía. Yo me consideraba inteligente, así como demasiado viejo para eso, y aún así caía como un adolescente a los juegos de coquetería que ella podía tener con semejante idiota.

—Mi señora—escuché claramente entre las voces humanas—. Marius está en la sala, ¿desea aproximarse a él o quiere que me quede para evitar conflictos siendo una barrera para ambos?—dijo inclinando suavemente su cabeza hacia ella, observándola como la observaría yo y dedicándole una sonrisa encantadora. Aquel demonio hindú me sacaba de mis casillas y quería aporrearlo hasta echarlo de la sala.

—Sé cuidarme sola de patanes bien vestidos—dijo en un susurro—. Te doy permiso para que te distraigas lejos de mí.

—Gracias, he encontrado la distracción idónea—murmuró con esa misma sonrisa mientras admiraba a los mortales, clavando sus ojos en una de las mujeres que allí se encontraban.

Era una mujer común, aunque su esposo no. Ella tenía un sucio y turbio pasado. Todos sus esposos habían muerto de forma trágica y ella había heredado gran parte de su fortuna. Por así decirlo, era una mujer común hasta que se convertía en viuda negra. Una asesina con bonitos tacones que le hacían unas piernas de infarto.

Él se alejó y yo pude aproximarme. Aquello había sido una invitación y debía tomarla como tal.

Cada paso que daba sentía que todo mi futuro se reescribía. Creí que podríamos tener una noche tranquila, una conversación menos agitada que de costumbre y tal vez, sólo tal vez, llevarla a mi palazzo para que contemplara las numerosas obras que había hecho en su memoria. Ella seguía siendo una de mis más maravillosas musas. Armand y ella eran para mí mi gran fuente de inspiración, pero sobre todo ella. Era mi aliento en los días más turbios. Quería pedir disculpas, pero las palabras se amontonaban. Sabía que si lo hacía sería un error táctico y que era mejor guardar silencio, enterrar el pasado y comenzar de cero. Además, algunas cosas no eran mi culpa sino suya y no estaba dispuesto a doblegarme.

—Buenas noches, ¿se te ha perdido algo?—preguntó, clavando sus ojos cafés en mí.

—Quería observar con mayor detalle la obra, pero he descubierto que no es una pintura lo más hermoso de la sala—quise ser halagador, olvidar todo el daño que nos habíamos hecho y centrarme en conquistarla.

—Vaya—dijo con una breve sonrisa—. ¿Debo sonrojarme por ésta lisonja?—interrogó mirándome de una forma que me hizo temblar. Sus ojos se habían mostrado más intensos que nunca, la leve caída de párpados y el suave movimiento de sus caderas al desplazarse unos centímetros me sacó el aliento.

—No es sólo un halago, sino es algo que creo con rotundidad—expresé—. Pandora, hace meses que no sé nada de ti.

—No es tanto tiempo sin contamos los siglos en los cuales logré esquivar tu presencia—dijo ensanchando su sonrisa—. ¿Qué te trae por aquí? Dudo que estés por negocios.

Los años que habíamos estado separados, o mejor dicho los malditos siglos que se habían convertido incluso en milenios, me aterraban. Esos años habían sacado lo peor de mí. Me había deprimido al ver caer a Roma, pero más al saber que todo lo que había amado no era más que polvo en la historia. Aún así Roma se siguió escribiendo con letras de oro a pesar de la sangre bañando las calles, las plazas, los ríos, montañas y el mismo Mediterráneo. Sin embargo, nuestro amor había quedado convertido en humo y suavemente se desvanecía en cada anochecer. No había dejado de pensar en ella ni un instante, convirtiéndose en mi peor mal, y a pesar de todo sobreviví como haría cualquier guerrero herido. No era la última campaña, sabía que podría enfrentarme de nuevo a la guerra dialéctica que siempre nos regalábamos. Ella era Pandora, mi Lydia, y yo siempre sería el hombre que la amó con tesón desde que la conocí cuando era una niña.

—Me invitaron y decidí que debía asistir—respondí desviando sutilmente mis ojos hacia la copa que aún sostenía con mi mano izquierda, pues nunca debía hacerse con la derecha. Era mero protocolo y yo lo sabía. Me desenvolvía con magia en aquel escenario tan pomposo. No destacaba por mi estatura, aunque aún era algo impresionante, ni por mi aspecto. Deseaba camuflarme entre los mortales y disfrutar del arte, ¿era pecado si acaso?

—Nosotros sí hemos venido por negocios, nuestra empresa está situándose en el mercado y necesitamos involucrarnos con las altas esferas—dijo con calma, sin intentar herirme aunque lo hizo—. Arjun tiene agradables proyectos en mente y yo he decidido apoyarlos, muchos de ellos tienen que ver con el mecenazgo y las joyas. Compra y venta de artículos de lujo, de gran valor artístico y material—expresó en un tono de voz agradable y con ciento timbre de orgullo—. Hemos decidido invertir en nuestras propias ideas, más allá de lo que solíamos hacer habitualmente. Quizás es por mero capricho, pero estoy segura que conseguiremos llevar a cabo interesantes ideas.

—Estoy seguro de ello, Pandora—dije con la boca pequeña. Deseaba que todo saliera mal, ambos discutieran y ella huyese de su lado. Pero aquel estúpido era tan agradable con todos que siempre conseguía mantenerla cerca. Hacer lo que ella quería era su táctica, una que yo no podía seguir porque me era imposible por mi carácter. Sin embargo, siempre tenía la esperanza de su amor hacia mí. Era un amor que nunca se agotaría, o eso quería creer.

—¿Te apetecería salir fuera a los jardines? Este palazzo tiene unos jardines muy agradables—comentó señalando sutilmente con su cuerpo una de las salidas hacia el exterior.

Fuera las plantas rodeaban la fachada interior, había enredaderas que subían por cada piedra del muro y se colgaban de los balcones llenos de claveles. La pequeña fuente que emanaba su cristalina y refrescante agua era encantadora, sobre todo por los dos pequeños querubines que jugaban salpicándose mutuamente. Salir afuera, donde las miradas de otros dejarían de centrarse en nosotros, me fascinaba. Además, la noche era tibia y parecía calmada.

Con mucho dejé mi copa en la charola de uno de los mozos del servicio, el camarero era un joven diligente y no perdió el equilibro al tener una copa extra en aquella reducida superficie de metal pulido. Después, con cierta gracia, le ofrecí mi brazo para que se colgara de éste y camináramos hacia el exterior. Allí había bancos de piedra que nos esperaban si lo deseábamos, un pequeño camino de losas de piedra gris que nos hacía un recorrido por los cuatro rincones que poseía, y plantas cargadas de color y aroma.

Cuando estuvimos fuera ella se alejó, decidió caminar sola con las manos juntas acariciando sutilmente un anillo que portaba en su mano derecha. No me había fijado en aquel anillo, tal vez porque sus manos habían estado ligeramente ocultas al estar girada hacia el cuadro, y cuando la vi no perdí tiempo en ellas sino en su largo cuello y sus hermosos brazos desnudos.

—Siempre que nos encontramos acabamos discutiendo—susurró—. Después llegan los remordimientos, pues sé que tú también los tienes. Nos comprendemos con la ira, no con el sosiego. Podemos leer en nuestros ojos nuestras almas y éstas emiten dictámenes tan crudos. Sé que no tengo derecho a preguntártelo, pero me veo en la obligación, ¿alguna vez has sentido que nada de todo lo que hacemos tiene sentido? Las discusiones son eternas, ¿por qué? ¿Por qué tenemos que discutir siempre?—dijo girándose hacia mí con una plegaria en los ojos y una sonrisa torcida en sus labios—. Dime.

—Es nuestro carácter, supongo—dije encogiéndome de hombros—. Oh, Lydia—susurré arcándome a ella para tomarla entre mis brazos—. Tenía la estúpida ilusión que aún me amaras, mi hermosa Lydia—puse mis labios sobre su frente despejada y después sobre sus pómulos, iba directamente a buscar sus labios pero me detuvo. Sus suaves y pequeñas manos se colocaron en mi rostro, me miró con aquellos profundos ojos oscuros y sentí que todo lo demás, inclusive el arte, quedaba carente de belleza en comparación con esa mirada tan penetrante—. No huyas de mí, amor mío.

—¿Quién huye de ti?—preguntó—. ¿No estoy lo suficientemente cerca para que notes mi presencia?—bajó sus manos de mi rostro, deslizándolos por algunos mechones de mi cabello y dejando éstas en mi pecho. Era tan hermosa que deseé robarla del mundo y ocultarla para mí, como un viejo egoísta. Sin embargo, ¿no era eso acaso? ¿No era egoísta y viejo?

—Entonces, ven conmigo Lydia. Ven conmigo a casa. Deja que te llene de besos y poemas. Deseo mostrarte los cuadros que he pintado en tu nombre, las miles de cartas que he escrito y no te he enviado porque desconocía donde podías encontrarte y la sensación de vacío que siento cuando no estás a mi lado. Lydia, mi Lydia—la rodeaba con firmeza por si pretendía escapar, aunque no lo parecía. Mis brazos estaban contra su cintura, mis manos colocadas en su espalda tentándola como si fuera una frágil criatura.

—Tu Pandora—murmuró rozando sus labios en mis mejillas y dejando un leve beso en los míos.

—Sí, mi Pandora. La Pandora que desata en mí lo bueno y lo perverso—dije riendo bajo mientras la observaba.

—¿Perverso?—preguntó con una leve caída de párpados—. ¿Qué es lo perverso?

—Tú desnuda en mi lecho, cubierta de pétalos de miles de flores y con tu cabello negro rozando tus pezones cafés. Tú y sólo tú. Envuelta en tu mística belleza posando para mí, para que inmortalice el momento y me sienta delirar. Eso es perverso, sobre todo si te pinto con las alas de un ángel y titulo la obra como Paraíso—imaginaba el cuadro y deliraba, del mismo modo que hubiese hecho cualquier hombre en su sano juicio.

Ella guardó silencio con las mejillas sonrojadas. Tenía un rubor suave, muy atractivo, y síntoma que estaba bien alimentada. No estaba fría, sino cálida. Sus brazos finos terminaron rodeándome el cuello, su pecho se apretaba contra mi torso y sentía que la tela era demasiado fina. No dudé en besarla con una ansiedad propia de un borracho sediento. Bebía de sus labios como un pez bebe del agua del mar y un joven poeta se embriaga para olvidar el dolor, entregándose al fin al placer y las musas. Deslicé mi diestra por su cintura y busqué la abertura de su traje, introduciendo mi mano dentro del vestido y terminando por remangarlo sutilmente. La punta de mis dedos palparon su ropa interior y sentí un aguijonazo de placer provocando que jadeara excitado. Sus muslos estaban más cálidos que su boca, sus pechos tenían un aroma seductor y su cuerpo se antojaba como una fruta fresca y madura.

Ella, lejos de apartarme la mano, colaboró abriendo un poco más sus piernas y empujando mi brazo hacia el interior de ésta. Su mano izquierda me tomó de la muñeca, me acercó al borde superior de su prenda íntima y me hizo deslizar mis dedos en su interior. Palpé su escaso vello púbico, tan sedoso y húmedo, mientras abría la delicada boca de su intimidad. Estábamos en una de las esquinas más sombrías, con la fuente a nuestras espaldas así como la fiesta. Nadie nos veía. Era un lugar íntimo. Sin embargo, me excitaba la posibilidad que alguien nos encontrara.

—Marius, llévame a tu palazzo—susurró con la voz agitada.

Mis dedos acariciaban su clítoris y se hundían en su vagina, sintiendo su humedad y calor. Toda ella rezumaba un erotismo demasiado tentador. Por mí la hubiese desnudado entre los setos y habría copulado con ella ofreciéndole mis más arrebatadores movimientos, todos y cada uno cargados de amor y pasión.

—Marius...—dijo sacando mi mano mientras me miraba seria—. ¿Cómo de lejos está tu palazzo?

—A unas calles...—pronuncié con la voz tomada, algo rasposa.

—Ya sabes qué debes hacer—comentó apartándose de mí para quitarse los zapatos, tomarlos con la mano derecha y mirarme desafiante—. Hazlo.

Tomé su cuerpo entre mis brazos, besé su largo cuello y miré la luna llena en todo lo alto. Era la noche idónea para los amantes. Un recuerdo idílico, quizás, para muchos en la ciudad. Para mí era un símbolo, un guiño al placer y la fortuna. Me alcé por los cielos y me moví rápido hasta llegar a la puerta de mi gran palazzo.

Los balcones estaban cargados de flores, la fachada estaba recién restaurada y había ocupado el lugar después de meses cerrado. La puerta se abrió gracias a mi poder mental, y del mismo modo se cerró a nuestras espaldas. Con rapidez sobrenatural, cosa que odiaba usar del mismo modo que el Don de los Cielos, me moví hacia la habitación principal donde mi cama me esperaba.

Bajó de mis brazos y dejó sus zapatos en la entrada, caminando descalza sobre las diversas alfombras rojas que cubrían el mármol blanco y bien pulido. La observaba fascinado, como quien observa una auténtica obra de arte, y cuando se giró realizando unos simples movimientos, muy eróticos y sutiles, quitándose las minúsculas braguitas para mostrarlas entre sus dedos, sentí que me incineraba con el fuego de podía sentir ardiendo en mi interior. Eran como llamas del infierno.

—¿Me ayudas con la cremallera?—preguntó girándose suavemente.

Rápidamente me saqué la chaqueta tirándola a un rincón de la habitación, desanudé mi corbata y me saqué algunos botones de la camisa. Me acerqué con presteza y bajé la cremallera deseoso. El sonido del cierre abriéndose, con cada uno de sus diminutos dientes, elevó aún más mi excitación. Sobre todo, cuando pude contemplar en el espejo oval de cuerpo entero, que tenía en mi habitación, sus senos duros en aquellos pechos redondos y perfectos. Su vientre plano, sus caderas eróticas y pelo suelto me hicieron desear palparla como si no fuese real. Tenía hacia mí su espalda, bien formada, y sus glúteos blancos y redondos.

Recogí su cabello con mis manos, sintiendo lo suave que era y aspirando con cierta sutileza, su aroma; después, lo eché hacia su lado derecho y hundí mi rostro en el lado izquierdo de su largo cuello. Mis brazos la rodearon por sus axilas y mis manos terminaron tomando sus senos con cierta rudeza. Cada uno de mis dedos apretaban aquella piel cálida y algo blanda, más blanda que el resto de su cincelado cuerpo. Pronto acabé pellizcando cada pezón mientras mordisqueaba su sensible piel.

Sus manos, mucho más pequeñas y finas que las mías, se dedicaron a tocar su vientre y acariciar sutilmente sus caderas mientras se movían contra mi bragueta. Su trasero se rozó contra mi entrepierna, ya dura, sintiendo un gran deseo desenfrenado. Luego de un par de caricias, como si se hubiese cerciorado ya de mi delirante estado, llevo ambas a mi nuca pegándome más a su cuello y hombros.

—¿Me romperías?—preguntó—. ¿Harías eso por mí?

Mis ojos centellearon en el reflejo que le ofrecía a pocos metros. Ella se echó a reír por ello, pues sabía que esa respuesta era un sí rotundo. Rápidamente se alejó, igual que Dafne ante Apolo. Yo la seguí hacia la cama, donde se recostó con una sensual pose que pedía a gritos que la penetrara con brusca pasión.

Prácticamente me arranqué la ropa. Juro que hacía demasiado tiempo que no sentía una fiebre como aquella. Era como si durante años hubiese estado en el ojo de la tormenta y se desatara ante mí el Día del Juicio Final. Yo era Ulises y ella Penélope, en mitad de una tormenta en medio de los múltiples delirios del héroe de aquella epopeya tan magnífica.

En mi habitación tenía muebles especiales donde ocultaba mi pequeño culto al placer más extremo. Poseía látigos de diversos tamaños, fustas y ataduras. En uno de los cajones, el principal de todos ellos, de la cómoda más robusta se hallaba mi fusta favorita. Tenía un mango trenzado de cuero negro, unos acabados de diversas partes en oro blanco y con una anchura en su extremo más flexible algo más gruesa que la habitual. La tomé entre mis manos junto con unas pequeñas cuerdas rojas, las cuales estaban hechas con el cabello de Maharet. Ella me las había obsequiado después de una larga conversación donde las bromas fueron bastante sutiles, a pesar de ser una mujer respetable y de actitud muy seria.

—Lydia...—dije, sentándome en aquella inmensa cama—. Mis juegos han mejorado con el paso de los años y ésta vez es premeditado.

La última ocasión en la cual nos habíamos encontrado no había podido jugar lo suficiente con ella. Sólo nos habíamos regalado arañazos, mordidas y caricias ásperas de las cuales nunca me arrepentiría.

—¿Ya son los de un hombre adulto o sigues siendo un joven irresponsable?—murmuró para herir mi orgullo y provocar cierta reacción en mí—. He tenido tantos amantes, Marius, ¿crees ser el mejor de todos? ¿O al menos pretendes ser el primero?—aquello me hizo enfurecer y logró que la tomara de las muñecas para atarlas con aquella cuerda.

Sus brazos quedaron en su espalda, sus pechos se movían suavemente con una respiración que ya no era necesaria y sus piernas se abrían sutiles mostrándome lo húmeda que podía llegar a estar. Tomé la fusta con firmeza mientras me incorporaba, mis ojos eran severos y mi lengua sucia. Con cuidado hice pasar el extremo inicial de la fusta por su tobillo derecho, ya que sus tobillos me enloquecían al igual que sus pequeños pies, y llevé aquel fino látigo hasta su rodilla y de ésta hasta su ingle. Sin pensarlo dos veces acaricié su clítoris con ésta antes de levantar el brazo y azotarlo. Ella abrió sus ojos y la expresión de su rostro cambió. Su espalda se arqueó y un leve gemido surgió de su boca. Sus pezones pechos temblaban como deliciosos flanes y sus pezones eran la sutil guinda. Repetí aquello hasta que sus gemidos eran quejidos de placer, sus labios no se cerraban en ningún momento y mi lengua empezó a arrastrar un lenguaje para nada moderado.

—Lydia, ¿alguno de esos bastardos que tanto amas es capaz de hacerte sentir como una puta en la cama siendo toda una señora fuera de ésta? ¿Te han logrado dominar de éste modo? Dime, pequeña—reí bajo notando que su rostro estaba perlado de sudor, como el resto de su cuerpo, y que no dejaba de observar con deleite mi miembro endurecido.

Me incliné sobre ella lamiendo sus pezones, llevándolos entre mis dientes para morderlos y permitiendo que mis labios succionaran con fuerza. Mi pene rozaba su clítoris con mi glande, tan sólo delicados roces que incrementaban su impaciencia. Sus muslos temblaban, como el resto de su cuerpo, y sus ojos eran los de un animal salvaje herido.

—Marius—balbuceó.

—Maestro, dime de ese modo. Gime para mí esa palabra y quizás me compadezca—susurré con el mentón entre sus senos y los ojos fríos, aunque algo burlones, clavados en su rostro.

—Maestro...—jadeó.

—No pude escucharte, Lydia—respondí.

—¡Maestro!—gritó, abriendo más sus piernas, para ofrecerse como regalo impúdico a los dioses, o mejor dicho a éste Dios de carne y hueso que tanto la excitaba.

Me aparté llevándola conmigo, para postrarla en el suelo e introducir mi miembro en su boca. Sus rodillas quedaron clavadas en la alfombra, su cuerpo se erguía como un junco movido por el viento y sus labios aceptaron el grueso tamaño de la base de mi sexo. Mis testículos golpearon su barbilla y su nariz rozaba mi vello púbico rubio. Rápidamente sentí su lengua acariciar cada milímetro, contando cada una de las venas inyectadas que lo cubrían y la delicada piel que lo envolvían. Mis manos estaban en su cráneo, pero con rapidez la izquierda tomó la nuca y la derecha se enredó en sus cabellos tras recogerlos nuevamente. Dejé su cabeza contenida entre mis manos y comencé a penetrarla fuerte y necesitado.

Eché hacia atrás mi cabeza, sintiendo como mis cabellos se pegaban a mi rostro y cuello, así como a mis hombros y espalda, mientras seguía empapándome en ese sudor sanguinolento que brotaba de cada uno de mis poros. Mi figura de mármol, como si fuese el David de Miguel Ángel, frente a ella con aquel aspecto de Santo milagrero, debido a las líneas de sangre, debía ser todo un espectáculo. Ella parecía una virgen con su manto deslucido, sus ojos inyectados en un fervor extraño y su lengua comportándose como las de cualquier concubina. El sonido de mi cuerpo chocando contra su rostro era embriagador. Podía notar como sus colmillos rozaban peligrosamente mi piel y aún así no me hacían daño. Finalmente, cuando me sentí demasiado exaltado, la arrojé a la cama con cierta brusquedad y busqué en mi cajón mi látigo habitual.

Tenía un gran dominio con aquel arma. Siempre había adorado llevarlo allá donde iba. En más de una ocasión lo había usado para castigar a Armand, pues siempre me he sentido su dueño más que su creador o su amante. Me aproximé a ella completamente desafiante y enredé la cuerda de cuero entorno a su cuello. Ella abrió sus labios con sorpresa del mismo modo que abrió sus piernas, pero no la penetré como ella deseaba. Mi mano derecha fue a sus mulos, arañándolos y acaricándolos a la vez, para luego hundir tres de mis dedos en su interior. Aquello era un volcán delicioso cargado de fluidos y con su clítoris completamente hinchado.

Aquella correa de cuero en su cuello empezaba a obligarla a resistirse a mis caricias. Quería que la liberara, la marca empezaba a ser visible aunque rápidamente desaparecía. Sin cuidado alguno abrí más sus piernas y la penetré con fuerza. No dejé el juego del látigo hasta pasadas varias estocadas, buscando el punto exacto que la hacía gritar. Cuando aparté la correa lamí sus heridas y perforé con mis colmillos bebiendo de su sangre, que era también mía. Ella gritó “Maestro” y yo me sentí más apasionado que nunca. Rápidamente la solté, sus brazos me rodearon y sus uñas se clavaron en mis omóplatos. Sin embargo, no se quedaron ahí. Sus manos viajaron hacia mis nalgas y terminaron encajadas en cada una. Ella se impulsaba en la cama, mientras que yo me movía desesperado. Pronto comprendí que no se puede domesticar fácilmente una fiera, pues ella cambió posiciones y tomó el control del ritmo de las penetraciones. Era como ver una amazona. Se movía erótica y desafiante. Cada movimiento de sus caderas era desenfrenado. Mis manos fueron a sus senos agarrándolos con fuerza, sus ojos brillaban en la penumbra radiante de la habitación y el dosel se mecía con energía. La cama parecía pequeña a pesar de ser gigantesca, las sábanas caían desparramadas y arrugadas, los almohadones iban al suelo y la habitación se llenaba de nuestros gemidos.

Sus uñas eran muy finas y puntiagudas, también duras y certeras. Después de pasados unos segundos tenía el pecho lleno de arañazos, los cuales iban cerrándose dejando la sutil marca de la sangre que había expulsado. Ella se inclinó y buscó mis labios, besándome con afán mientras la rodeaba con mis manos por la cintura. Una cintura estrecha, de caderas anchas y pechos libres cargados de un aroma a sexo que me hundían en los Campos Elíseos.

En cierto momento sus muslos se tensaron, del mismo modo que sus músculos vaginales. Yo me sentí atrapado, perdido, hundido en las maravillas de las sensaciones más agradables y el cosquilleo inicial de mi vientre desató un latigazo que recorrió toda mi columna vertebral y desde ahí a cada parte de mi cuerpo. Apreté sus carnes entre mis dedos y sentí como sus manos se apoyaban en mis hombros. Yo la llenaba y ella empezaba a dejarse ir. No fue al mismo instante, pero sí segundos después dándonos placer por igual.

Ella cayó sobre mí, completamente agotada, mientras mis manos acariciaban su espalda con un mimo que no solía mostrar con mis otros amantes. Mis labios rozaron sus mejillas y su cuello, así como sus hombros. Besé sus pómulos, sus mejillas, su mentón y sus labios con una pasión inusitada. Me sentía un jovencito que acababa de descubrir el placer de las musas.

—Marius... —susurró—. No volvamos a discutir. Discutir es apasionado, pero nos divide.

—Me alegra que digas eso—dije con una leve sonrisa cargada de satisfacción—. Sólo tienes que obedecer y comprender que yo tengo razón. Lydia, todo lo que nos ha pasado ha sido porque no me escuchas.

De inmediato ella se incorporó mirándome con su ceño fruncido. Aquellas delicadas y delgadas cejas se juntaron mientras sus ojos se llenaban de oscuras sombras. Estaba a punto de estallar y yo no comprendía el motivo.

—¿Qué?—preguntó levantándose.

—Sí. Si me hubieses obedecido no nos habríamos alejado tanto—comenté incorporándome en la cama mientras veía como ella se iba alejando—. Lydia... ¿ocurre algo?

—Pandora—respondió firme—. No vuelvas a dirigirme la palabra como Lydia. No te creas amo y señor de ésta mujer, pues para serlo primeramente deberías dejar de ser hijo de una esclava—aquello me enfureció terriblemente, de forma que incluso me incorporé de la cama con el látigo—. Atrévete a rozarme con ese látigo, Marius, y juro por todos los dioses que hemos conocido y conoceremos, por todos y cada uno de nuestros sentimientos y creencias, que te devolveré con más saña el golpe.

—¡Sólo te he dicho la verdad!—respondí furioso.

—La verdad del hijo de un patricio que deshonró a su familia por no querer tomar un arma, ¿qué verdad es esa? ¿Qué clase de hombre eres que lloraste por la caída de Roma pero jamás la defendió?—sonrió con sorna y se aproximó a mí con los ojos de brillante ira—. Vas a conocer una derrota peor, Marius.

—¿Cuál? ¿La furia de una loca?—dije soltando una risotada, lo cual fue el culmen para ella.

Se apartó de mí y se alejó con un mal humor tremendo. Corrió hacia la puerta recogiendo su ropa, vistiéndose a duras penas y provocando que cada uno de mis cuadros comenzaran a arder. El pasillo central, donde estaban expuestas mis mejores obras, ardía pasto de su furia. Los jarrones caían a su paso pues ella misma los tiraba de su pedestal, algunos eran incunables obras de arte. Pero la peor parte de la llevó una de mis magníficas estatuas. Tumbó a una de mis Venus, que había conseguido en una subasta de arte, provocando que el suelo de mármol se rompiera del mismo modo que la figura.

—Ojalá te mueras, Marius. Pues muerto podría recordarte como un hombre bueno y no como un sátiro—dijo girándose al final del pasillo, mostrándose como un demonio sensual que prácticamente celebraba mi derrota.

—¡Loca!—grité—. ¡Muchachos, vengan! ¡Quiero a todo el servicio apagando el incendio!—comencé a gritar para despertar a los mortales que tenía descansando bajo mi techo, los cuales se dedicaban a cuidar mi palazzo y limpiar cada mota de polvo—. ¡Mi arte! ¡Mi valioso arte!

—¡Quédate con tu arte porque con ésta mujer jamás te quedarás!—espetó.


Desnudo, desconsolado, furioso y terriblemente preocupado apagaba las llamas con las cortinas que arrancaba a mi paso. Sin embargo, las pérdidas eran millonarias y también culturales. Había destrozado tantas cosas que me fue imposible hacer una aproximación al valor sentimental, cultural y monetario que podía oscilar todo aquello. A ella no la he vuelto a ver ni he sabido nada. Esto pasó hace algo más de un mes y aún me pregunto qué es lo que dije para que ella se pusiese de ese modo.

miércoles, 25 de junio de 2014

Mi pasión

Mi pasión es un poema de Marius Romanus para Pandora. Bien, al parecer ha decidido usar una vieja táctica de ataque al ver que Flavius y Arjun regalan poemas. ¿No creen que ha sido eso?
Lestat de Lioncourt 


Desliza tus manos ciegas por el mundo,
recorre la brisa que entumece los sentidos
y viaja lentamente sin rumbo
al lugar donde nacen mis latidos.

En mis labios encontrarás el veneno
de una verdad que he guardado,
en el cual tu cabello parecía centeno
y el destino tiró nuestros dados.

No sabes cuánto te he deseado
y la de veces que me desperté
en pleno día con los ojos empapados
por quererte ver en el próximo atardecer.

Tu cuerpo es sutil elegancia diáfana
de hermosos y suaves campos nevados,
y boca de pecaminosa manzana
que convierte a todos en esclavos enamorados.

Conviértete en musa de mis caminos
y en la Venus de mis viejas pinturas.
Quiero que seas de mi corazón el ritmo
y rompas al fin las milenarias ataduras.

Por favor, ven a mi lado... Pandora.  

martes, 6 de mayo de 2014

Perdóname aunque yo no lo pida

Marius ha decidido dejar un poema para Pandora ¿quiere competir con Arjun y Flavius? Esto se pone interesante. Aunque supongo que simplemente son sus sentimientos plasmados en versos. 

Lestat de Lioncourt 


Contemplarte se ha vuelto un juego
en el cual intentamos participar con miradas.
Quiero atraparte entre mis brazos de oscuridad
y ofrecerte al oído revoloteo de palabras enamoradas.

El canto de las aves al despegar en la mañana
se ha vuelto cómplice de nuestras pesadillas...
es una radio que ofrece la vida en todo su esplendor
mientras nos hundimos precipitadamente en la almohada.

La sangre derramada en las calles sin nombre,
de oscuros y sacrílegos callejones sucios,
no son más que parte de lo habitual en el enjambre
donde el hombre invoca sus propios demonios.

Me miras con la suficiente convicción
que el mundo caerá como nosotros lo hacemos.
Sé que has tocado con tus dedos fríos mi corazón
porque sonríes como si me hubieses condenado.

No somos ángeles, pero viviremos eternamente
con la belleza que una vez nos ofreció la naturaleza.
No pertenecemos a los ríos de simpleza
sino al mar tétrico que tan bien ocultamos.

Perdóname mis caprichos como yo me los he perdonado...
Perdona mi ceguera porque creí estar viendo la verdad...
Perdona mi estupidez y deja que te estreche entre mis brazos...
Perdona todo y vuelve a la senda que yo te ofrecí.

Perdóname aunque yo no lo pida.

jueves, 13 de febrero de 2014

Apasionada disputa

Bonsoir mes amis

Aquí tienen el FanFic de San Valentín que eligieron. Es el de Marius y Pandora. 


Lestat de Lioncourt


Venecia siempre ha albergado numerosos misterios y encanto. Me ha transportado sentimientos y una sensibilidad mágica. Sus tres carnavales, sus gondoleros, las apacibles y profundas aguas de sus canales, el ritmo atractivo que se vive en los mercados y por supuesto el arte. Venecia rebosa arte. Puedo sentirme parte de su especial entusiasmo y romanticismo por las obras más laboriosas o simples. Es belleza pura lo que alberga Venecia, sus palazzos y el mundo que la rodea.

Aquella noche había aguardado a mi víctima en un sotoportego. Los sotoportego son pasadizos minúsculos y cubiertos. Mi gabán negro cubría mi traje inmaculado del mismo tono, el cual contrastaba con la camisa roja, tan roja como la propia sangre o el fuego, al igual que la larga bufanda de lana que rodeaba mi cuello. Sentía cierto nerviosismo, algo inusual en mí, mientras contemplaba como el muchacho se aproximaba.

Era un chico distinguido. Tenía una figura extremadamente delgada, largos cabellos negros, ojos almendrados y una boca sensual que mostraba una fogosa sonrisa. No era más que un ladrón que había terminado convirtiéndose en asesino. Su traje inmaculado de color blanco, la rosa roja en su ojal y la gabardina color hueso le ofrecía un aire encantador.

No dudé ni un instante en acabar con él y dejarlo allí, para luego caminar sin prisas hasta el campo que se hallaba a varios metros. El campo es como se llama aquí a las plazuelas, las cuales son numerosas. Una vez allí acomodé mis cabellos y volví a vibrar. Sentía que algo iba a pasar, algo importante. Rogué que no fuera por culpa de Lestat. A veces esas premoniciones iban acompañadas de su descaro, arrogancia y terquedad.

Al entrar en el portal de mi palazzo uno de mis sirvientes apareció apresurado. Su rostro era hermoso aunque era algo grueso y tenía una voz chillona. Sus ojos parecían intranquilos y con cierto nerviosismo me ayudó a deshacerme de mi abrigo.

—Hay una mujer la biblioteca—dijo en un susurro—. Dijo que su visita lo sorprendería.

—¿Qué?—aquello era inaudito.

Me pregunté quien podía haber dicho tal cosa y entonces reparé en ella. Pandora, como se hacía llamar, y Lydia para siempre en mi corazón. Aún recordaba la primera vez que la vi siendo tan sólo una niña y yo ya un hombre adulto. Era hermosa, de piel aterciopelada y labios seductores. Estaba impaciente por hacerla mi mujer porque me enamoré perdidamente de ella.

—Eso ha dicho—murmuró mientras me apartaba de él.

—Sí, tranquilo—dije con una elegante sonrisa alejándome por el largo pasillo—. Es mi mujer.

Mis últimas pinturas colgaban de los altos muros, las columnas mostraban un aspecto envidiable y todo el lugar desprendía mi personalidad. Jarrones, bustos, elegantes molduras en el techo y gigantescas lámparas que imitaban a los antiguas lámparas de araña. Un palazzo que yo mismo había restaurado, decorado y pintado su capilla.

Tenía una capilla llena de referencias a los ángeles y algunos tenían el rostro de Amadeo. No podía evitarlo. Había momentos que pensaba en él y momentos que no podía dejar de pensar en Pandora. Había numerosas obras sobre ella en toda la vivienda. Tuve miedo entonces que ella se percatara que muchas de mis mujeres, las cuales corrían gracilmente por campos o simplemente miraban con sutileza desde los retratos, era ella. Ella con mil vestidos y formas, pero sus rasgos sin duda. Había estampado mi amor por ambos en numerosas ocasiones, pero era ella quien me huía y parecía tenerme aún cierto reparo.

Aún recordaba como la había pintado mil veces como si fuera Afrodita. Ni siquiera me percaté de ello hasta que veía completa mi obra. Me sentía completamente hundido en esos momentos y su recuerdo era lo único que me sostenía. Pandora estaba allí. La Pandora de mis frescos y cuadros. Ella era la mujer que aparecía en mis sueños y me secuestraba la calma. Sin embargo no iba a demostrar que estaba enamorado perdidamente de ella y que sin duda me tenía a su merced. Reconocer que la extrañaba y quería que estuviera a mi lado era inaudito. Sería como darle más poder al demonio, si es que existe.

—Desconocía que tuviese esposa—escuché a lo lejos mientras entraba en otra sala.

—La tengo desde hace mucho tiempo...—dije para mí cuando llegué al principio de la escalera de mármol que me conduciría a la biblioteca.

Allí decía que estaba esperándome. Como siempre ella entre libros quizás buscando respuestas a sus propias preguntas. Había estado buscándola pero me deshice de la idea de tenerla nuevamente bajo mi techo, frente a mí y permitiéndole decir lo que quisiera.

—Que sorpresa...—murmuró sin apartar la vista del libro. Ella pasaba las hojas con suavidad y una elegancia exquisita.

Estaba sentada en un grupo de sofás que yo mismo había diseñado junto con el joven que los hizo a mano, sin necesidad de fábrica. Pues siempre intento poseer cosas de calidad que me evoquen al pasado. Aquel diván tenía acabados dorados y estaba forrado en terciopelo rojo. Tenía numerosos cojines también rojos con hilo dorado.

Ella encajaba en aquel mueble sentada como si estuviésemos aún en la Antigua Roma. Su vestido era de gasa roja y caía sobre su cuerpo adaptándose, pegándose con cierta soltura, y dándole un aspecto muy similar al que siempre había tenido. Su cabello estaba recogido en una trenza y por ello su rostro, el cual siempre me había parecido magnífico, estaba despejado.

—Eso mismo debería decir yo, querida—respondí al momento de entrar en la estancia, pues la había contemplado nada más desde la puerta—. Supe que estabas aquí. No pude creerlo así que vine de inmediato a verte.

—¿Tan extraño es encontrarme?—respondió sin despegar la mirada del libro—. Podría decirse lo mismo de ti. Ya que te recuerdo tus múltiples abandonos y escasas apariciones en nuestros más de dos mil años.

Aquello era sin duda un reproche. Había escuchado que estaba en Italia, pero no había tenido el arrojo de visitarla. Aunque sí, lo reconozco, con frecuencia pensaba en ella y había pintado un par de bocetos de nuevas obras para una de las salas, un fresco sencillo de un bosque con jóvenes bailando, y todas ellas eran igual que ella.

—¿Ya vas a empezar con tus reproches?—fruncí el ceño mirándola de mala gana—. Sigues igual de testaruda y malcriada. Ni siquiera teniendo un amante cambias.

—Y que me dices de ti, Marius. Ni tirándote a dos después de mí dejas de ser ese patricio romano deslenguado al cual Tiberio enviaba a sus “cruzadas”. Ahora entiendo todo. Por ello es por lo cual siempre estabas fuera de Roma.

—No te des golpes de santa porque, querida mía, eso no te queda—acorté la distancia que los separaba de una sola zancada—. Ahora bien ¿qué piensas hacer?—la miré directo a los ojos con aire frívolo—. He tenido varios amantes sí, pero ninguno ha llegado a ser como tú. Oh Pandora mía ¿no lo ves? Nunca habrá nadie como tú. Eres mi musa, la mejor de mis creaciones. Mi aún mujer lo quieras o no.

—Eso le decías a Bianca ¿no?—cerró el libro mirándome con rabia y lo lanzó hacia mí, el cual logré esquivar de milagro. Clavó su mirada llena de poderosa furia y habló—No estoy de humor para tus seducciones y mucho menos enfrascarme en una absurda discusión que no nos llevará a nada. Así que te pido de la forma más atenta, y amable posible, Marius ¿Qué deseas de mi?

Recordarme a Bianca había sido bajo y rastrero. Sobre todo por lo que me hizo esa mujer. Jamás la perdonaría. Ni siquiera la perdonaría si fuese ese momento el último día en la tierra. No estaba por la labor de rendir pleitesía a una imbécil que me ocultó la carta que pudo conducirme a la felicidad.

—Pues yo tampoco estoy de humor para tus mismos reclamos de toda tu vida— me aproximé a ella obviando su mirada y ya que estaba de pie, igual que yo, la agarré de los brazos—. No me provoques. Vengo en son de paz, pero siempre lo arruinas con tus palabras.

—¡Cómo te atreves!—respondió furiosa ante mi brusco trato. Acabó retirando con fuerza el brazo izquierdo para propinarme una fuerte bofetada.

Ese golpe hizo que girara mi rostro y mis cabellos, los cuales se hallaban perfectamente peinados, se movieran. La miré con furia desatada por lo que había hecho. Había osado pegarme. Esa maldita malcriada me había golpeado sin medirse.

—¡No vuelvas a tocarme de ese modo!—sentenció.

—¡Me atrevo porque puedo y quiero!—dije apresándola de los brazos para zarandearla. Su rostro estaba enrabietado igual que el mío. Ambos estábamos descargando nuestra furia—. ¡Deja de actuar como una maldita histérica!

—¡No me comporto como tal!—gritó—. Y que sí... —no dejé que prosiguiera su insufrible discurso y la besé.

Pasé mi brazo derecho por su cintura y la pegué a mí agarrándola por las muñecas con mi otra mano. Mi boca rozó al fin la suya tras tantos años y mi lengua se hizo presente. Ella forcejeaba e intentaba darme una patada, pero trastabilló y caímos sobre el diván. Observándonos con rabia y pasión. Creo que quería decir algo, pero el coraje la superaba. No obstante no dudó en abofetearme e intentar apartarme. Estaba aplastando su delicada figura con la mía, mucho más corpulenta y pesada, si bien era imposible que se resistiese a mis deseos.

Sentí que estaba a punto de echarse a gritar y maldecirme duramente, por eso rápidamente volví a besarla y esta vez sus brazos rodearon mi cuerpo, sobre mis hombros, atrayéndome hacia ella. Sus piernas se abrieron sutilmente. Mi mano derecha se apoyó en el mueble pero la izquierda pugnaba por levantarle la falda.

Entonces lo recordé. La furia me hizo olvidarlo. Su vestido tenía un suave escote en v que oprimía sus pechos, además de realzarlos, y sin meditarlo demasiado terminé rompiéndolo. Agarré ambos trozos de tela y la rasgué llevándome consigo también su encantador sujetador de encaje. Sin importarme nada, ni siquiera la furia que había avivado en ella por ese acto cruel hacia sus prendas, hundí mi rostro entre sus senos.

Mi lengua se movía por su perfumado canalillo y mi nariz se embriagaba con su aroma. Mi mano izquierda se apoyó en el borde del diván y la derecha levantó sus faldas al fin. Pronto comencé a palpar el fino elástico de su ropa interior, pero ella me empujó para deshacerse de mi chaqueta y arrancarme a tiras la camisa.

Comenzamos a comportarnos como fieras. Ambos nos destrozábamos la ropa y nos tirábamos del pelo. Hice que soltara su cabellera negra, la cual era abundante y sedosa, para poder observar a ese animal que podía encerrar su cautivadora mirada enmarcada en sus largos cabellos. En ese juego infernal convertido en una guerra, pues eso era, acabamos en el suelo desnudos y devorándonos como si jamás hubiésemos estado separados.

Entré en ella completamente decidido. Ni siquiera iba a permitir que en ese momento se negara. Ella clavó rápidamente sus uñas en mis hombros y tiró hacia sí. Mi piel se desgarró, del mismo modo que parte de la carne bajo el tejido cutáneo, dejando surcos visibles tan sólo durante unos segundos. El mágico olor de la sangre nos excitó a ambos y provocó que mis estocadas fueran rápidas y violentas.

Pandora quedaba sacudida por cada movimiento de cadera, sus labios se abrían quejándose con deliciosos gemidos y sus piernas me rodeaban como si fueran cálidas serpientes. El suelo de piedra empezó a quedar manchado por las salpicaduras de sus arañazos. Mis colmillos crecieron mientras la besaba e hirieron sus labios. Ella parecía pedirme más con la mirada a pesar que perdía el aliento y la conciencia. Ambos éramos dos seres convertidos en uno, atados por un ritmo frenético, y permitiendo que al fin nuestro amor se desatase.

Repetí varias veces que la amaba y ella me respondía del mismo modo. Era un hecho que el amor existía bajo aquella gruesa pátina de odio. Nuestras caderas se acompasaban y podía sentir como ambos nos bañábamos en sudor. Aquellas gotas sanguinolentas se mezclaban con nuestros besos y fluidos.

Pronto sentí que llegaba en aquel fiero encuentro. Ella gimió alcanzando el climax y apoderándose de mi miembro, torturándolo con una deliciosa presión de sus músculos vaginales, y ofreciéndome la expresión del placer misma. La miré jadeando y gimiendo su nombre para acompañarla regando mi esencia en ella.

Quedé sobre ella en silencio y suavemente mi ritmo fue decayendo. Mi mano derecha acarició su rostro apartando varios mechones, pero cuando fui a besarla ella me apartó de un empujón y recogió parte de sus prendas, las cuales se hallaban destrozadas, para salir corriendo en dirección a la puerta de salida.


Supe que si la perseguía sería peor y que debía permitirle un tiempo para comprender que ambos nos necesitábamos. Era algo palpable. El amor que teníamos el uno por el otro era como fuego que nos abrasaba. Ella y yo estábamos condenados a amarnos y odiarnos a la vez.  

Gracias por su lectura

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Lestat de Lioncourt