FanFic realizado por Memnoch y Lestat (El Jardín Salvaje)
Había discutido con
Rowan sobre ciertos asuntos que incumbían a su familia. Detestaba
escuchar en ocasiones la voz de Ryan tras el otro lado del teléfono.
Su voz pausada, gentil hasta lo excesivo y viva me repelía. Por lo
tanto, decidí dar cierto espacio a mi esposa y también unas horas
para mi placer en particular. Noches atrás había conseguido algunos
libros de cara encuadernación y escritos a mano. Sin duda, me
despejaría leyendo viejas historias sobre demonios, ángeles,
vampiros, hombres lobo y la cristiandad. Una de las obras se llamaba
“El señor de las bestias”.
Quería hundirme en la
lectura algunas horas sintiendo el agradable confort del sillón de
orejas que había adquirido para la sala de la biblioteca. Era un
sillón ejecutivo, muy distinto a los habituales que tenía por toda
la casa, pero su elegancia era tal que podía encajar con facilidad.
La mesa era de roble con patas de león talladas, bastante amplia y
resistente. Podía apilar sin duda numerosos ejemplares y leer
durante horas sin moverme de mi asiento.
Al llegar me encontré
con la chimenea ya encendida. El olor a madera quemándose suavemente
era agradable, igual que el murmullo del crepitar de las llamas
ascendiendo entre los muros de la potente chimenea. Miré hacia la
mesa y vi la silla girada hacia el fondo de la galería de
estanterías. Al fondo del pasillo se hallaba una pintura de Rowan
junto a mí. Era una obra muy bella y realista. La belleza de sus
ojos grises prácticamente podía ser contemplada desde la silla.
-David- supuse que era él
porque a veces estaba allí leyendo viejos informes, observando la
documentación que le llegaba por medio de investigadores leales a él
y a su meticuloso trabajo- David, necesito la biblioteca ¿puedes
usar tu despacho hoy?
Las pesadas puertas de
roble de la biblioteca cedieron, se cerraron y escuché como la
cerradura se giraba. Al mismo tiempo, la figura que se ocultaba tras
el respaldo de la silla aparecía frente a mí. El murmullo de las
ruedas sobre el mármol del suelo de la sala me erizó los vellos de
la nuca, y su mirada me alertó.
-¿Qué quieres ahora?
¿Qué quieres ahora de mí?-pregunté echándome hacia atrás
intentando abrir las puertas, pero éstas estaban cerradas de forma
tan sólida que parecían formar una única pieza.
-¿Así recibes a los
viejos amigos? -sonrió aquel maldito demonio observándome de pies a
cabeza- Vaya hostilidad la tuya, aquel día aceptaste sin menor
reparo mi invitación a charlar y caminar -respondió alejando
suavemente la silla, para llevar arriba del escritorio sus piernas,
tomando mi pelota anti-estrés para jugar con ella durante unos
minutos- ¿Y dime por qué huyes? Digo sólo soy un viejo amigo que
desea pasar una amena charla como en los viejos tiempos o...
-continuaba jugando con aquella pelota entre sus manos y sin darse
cuenta la diestra comenzó a transformarse. Sin embargo, al
percatarse de ésto la movió con suavidad intentando que pasase por
desapercibido el incidente- No soy bienvenido, déjame decirte que la
chimenea es acogedora y hermosa, debería venir más seguido ¿sabes?
-¡Tienes mala
memoria!-dije con la espalda pegada a la puerta mientras le miraba
con temor- La última vez que tú y yo nos vimos me arrastraste por
tus dominios, me mostraste la historia según a ti te convenía y me
torturaste con las imágenes de mi ojo- obviamente no recordaba en
absoluto aquel suceso como algo agradable, sino como algo muy
desagradable que quería olvidar lo antes posible.
Tentaba la puerta con la
punta de mis dedos y rogaba a todos los santos que me liberaran de
aquella carga. Su presencia me atemorizaba porque sabía que estando
solo, sin ayuda de nadie, no podía recurrir a fuerza alguna. A pesar
de mis grandes dotes mentales contra él nada era posible, sólo
rogar y aguardar que se marchara dejándome intacto.
-¡Vete! ¡Tú y yo no
somos amigos!-grité intentando alertar a todos en la mansión, pero
parecía que nadie me escuchaba.
-Nadie te escuchará
Lestat... -respondió levantándose de la silla dirigiéndose hacia
mí.
Sin embargo, lejos de
alentarle para que se marchara terminó junto a mí. Sus pisadas
contra el mármol de la estancia sonaban huecas, como si fuera un
museo abandonado y el ladrón se hubiese perdido. Imponente, algo más
alto que yo, con aquel cabello suelto rozando sus hombros y espalda
enmarcando un rostro fijo con su sutil sonrisa. Sabía que quería
algo de mí, algo que no esperaba.
-¿Por qué me temes?
Sólo dame una oportunidad de demostrar que no existe que temer....
-respondió acariciando mis cabellos, enredando estos entre sus finos
dedos- Por favor... -susurró suavemente acorralándome aun más
impidiéndome moverme.
-¡Me sacaste un
ojo!-mascullé casi sin aliento. Su presencia me turbaba y comenzaba
a sentir que era una presa fácil.
Tomé la decisión de
estar lejos de Rowan aquella noche, dándole su espacio, y acabé en
un laberinto donde aquel monstruo me tenía entre sus garras. Sin
embargo, lucharía.
Impuse distancia
colocando mis manos sobre su torso para empujarle. Pero, no era
suficiente. Sentía su aliento cálido cerca de mi rostro, sus ojos
claros aguardando una mejor respuesta y su sonrisa absolutamente
diabólica porque le hacía parecer un hombre decente, casi un
caballero, esperando que yo me comportara cuando era él quien estaba
siendo violento conmigo.
-¡Vete!-grité de nuevo
sintiendo que mis brazos se cansaban. Me sentía débil y acorralado
como un ratón, si bien el gato que tenía frente a mí era mucho más
peligroso que cualquier otro- ¡Si tienes algo que decirme dilo
lejos! ¡Dilo donde pueda verte!
-Es mejor sentirme a ver-
sus finas cejas doradas se fruncieron hacia arriba dándole un rostro
más perverso, las mías sin embargo se fruncieron y pronto eché mi
cuerpo más hacia la puerta. Mis manos tiraban de las palancas
doradas que tenía por pomo... pero era inútil- ¿No crees?
-rápidamente depositó un suave beso en mi cuello deslizando las
manos por mi torso por encima de mi traje, rozando suavemente las
solapas, a sabiendas que me aterrorizaría.
-¡No! ¡Maldito seas!
¡No soy tu concubina! ¡Aléjate de mí!-mi voz reverberaba por toda
la estancia hacia las hermosas molduras del techo- ¡Memnoch! ¡Vete!
¡Te daré ese ojo que me devolviste si lo deseas!-intenté ocultar
mi rostro e incluso agarrarlo por las muñecas, pero mis manos se
habían quedado aferradas a los pomos. Tenía que huir de allí antes
que algo malo sucediera, pero incluso las ventanas parecían haber
cambiado. ¿Realmente aún estaba en la biblioteca?- ¡Déjame!- las
lágrimas empezaron a brotar y mis piernas a temblar.
Deseaba que estuviera
allí David o Marius. Sabía que ellos me ayudarían si se lo rogaba,
sin embargo no había nada ni nadie excepto nosotros.
-Mírame... -susurró
contra sus labios tomándome de la barbilla para dirigir mi mirada a
la suya- ¿Te he dicho que esos ojos violáceos son hermosos? Me
siento estúpido diciendo éstas cosas, pues en cuanto al cortejo y
seducción eres un experto; sin embargo... -rápidamente llevó su
mano diestra a mi entrepierna apretando ésta y dibujando una
siniestra sonrisa, relamiéndose con perversidad y a mí dejándome
sin aliento- que esa debilidad no te asuste... recuerda que más sabe
el Diablo por viejo que por Diablo ¿no es así?- sus murmullos me
erizaban y a la vez me aterraban tanto que sentía como todo mi
cuerpo se quedaba como un bloque de mármol.
-¡No!-grité asustado
pegando mis manos a su rostro para evitar que volviera a besarme,
lamerme o pudiese morderme-¡No! ¡Quítate! ¡Búscate a
otro!-forcejaba aún a sabiendas que había perdido la guerra antes
que comenzara- ¡¿Por qué haces esto?! ¡Carajo no quiero nada
contigo!
Intenté retirar su mano
moviendo mi cadera, pero eso sencillamente no funcionó. Sólo
provocó que me rozara más contra sus largos dedos y mi cuerpo
reaccionara. Mis ojos se abrieron mientras me mordía los labios para
no emitir sonido alguno. Mis ojos estaban empañados en lágrimas
sanguinolentas y mis boca tenían hilos de sangre porque mis dientes
estaban clavándose en la parte inferior de mis labios.
Sus ojos zafiros tomaron
un tono iridiscente al notar mi excitación, la misma que me hacía
huir aterrado. Aunque lo que más me aterraba era la reacción de mi
cuerpo, pues mi mente era consciente de quien era y que necesitaba
huir.
-Tanto temes a lo
obvio... tu cuerpo reacciona dócilmente a mis caricias y sin embargo
tú... tú te resistes. ¿Qué debo hacer para calmar tus miedos?-
susurró suavemente lamiendo con la punta de su lengua mi barbilla y
labios- Dime, por favor- dijo con suavidad respirando entrecortado,
pues sabía que me tenía a su merced y eso le emocionaba y excitaba
de sobremanera.
-No voy a ceder-fue mi
única respuesta mirándolo a los ojos con rabia. Mis cejas se habían
fruncido y mis ojos brillaban de furia. No, no cedería.
Memnoch quizás había
tenido otros amantes, los cuales con un par de caricias habrían
caído desarmados. Sin embargo, yo era Lestat de Lioncourt y siempre
plantaba pelea. Él me aterraba, pero el miedo no iba a poder
conmigo. Intentaría luchar en contra de todo aquello. Pensé que
podía cambiar de tema, hacer que pensara en otra cosa y deslizarme
de su agarre para poder huir. Ya no estaba tan engarrotado y hacía
varios minutos que había logrado apartar mis manos de los pomos, e
incluso logré que dejara de besarme.
-¿Qué tal se está en
el infierno en ésta época del año? Tal vez bastante cálido, ya
que allí debe ser siempre un tórrido verano- mis ojos se cerraron
mientras intentaba mantener la calma- Memnoch, ¿por qué no te
sientas y me cuentas de nuevo la creación del mundo? No me quedó
clara la primera vez.
-Jugamos al gato y al
ratón ¿no es así? Amo que mis presas sean difíciles de cazar, le
pone más emoción al juego ¿sabes?- empezó a despojarme de mi ropa
con brusquedad rasguñando y convirtiendo mis prendas, dejando hecha
jirones mi camisa de vestir-Siempre imaginé tu piel tersa y suave...
-susurró contra mis hombros dejando suaves besos sobre ellos- y vaya
que es así -continuó con su camino por su mi pecho y abdomen
reptando ahora con la lengua, deteniéndose brevemente para lamer mis
pezones y siguiendo sin importarle como yo intentaba alejarlo.
Reconozco, que él sabía como dominarme y sólo era cuestión de
tiempo para que me acostumbrase o él me acostumbraría a la fuerza.
-No...-balbuceé atónito
como me dejaba desnudo frente a él. Me sentía vulnerable y
aterrado. Su lengua, el calor de su aliento, la suavidad de sus
labios similar a los de una mujer y esas miradas que lanzaba me
provocaba. Mi cuerpo reaccionaba, aunque mi alma se aferraba al único
resquicio de cordura que le quedaba- No... por favor... detente. Haré
lo que quieras si te detienes. Iré al infierno contigo, seré parte
de tu legión si lo deseas y no volveré a juzgarte. Pero por favor,
no me humilles de ésta forma.
-Jamás te humillaría
-respondió inclinándose para acabar hincado de rodillas,
entrelazando sus manos con las mías-. Al contrario-respondió
besando el dorso de ambas clavando la mirada en mí- sólo deseo
amarte.
Aquello por unos
instantes me conmovió. Su mirada parecía franca, pero mi lado
juicioso me recordó que era un demonio y que mi esposa me esperaba
probablemente en la habitación de la hija que habíamos tenido
gracias a la ciencia, el privilegio del saber y el dinero. Agité mi
cabeza acomodando mis ideas y solté sus manos, para luego apartarme
echando a correr buscando otro rincón de la habitación. Era inútil,
las ventanas parecían tapiadas y aquello se había convertido en una
jaula llena de libros, una hermosa chimenea y la imagen de una
familia feliz en un retrato que parecía ahora burlarse de mi
sufrimiento.
-¡Si me amas déjame!
¡Déjame! ¡Yo no te amo! ¡Mi alma es de Rowan! ¡Has debido ver el
anillo! ¡Debes saberlo! ¡No!-gritaba de un lado a otro intentando
encontrar una ventana que pudiera abrir o romper, pero parecía
imposible salir de allí- No... estoy en mi biblioteca ¿no es
así?-pregunté confuso y lleno de miedo- ¡¿Dónde estamos?!
Suspiró con fastidio
cruzándose de brazos desde el lugar privilegiado que era la entrada
a la biblioteca. Ese suspiro llegó a mi oído y me hizo detener mis
pasos.
-¿Tan malo
soy?-respondió observándome con seriedad intentando quizás no
perder la paciencia.
-Me has vuelto a
secuestrar ¿para qué? Para tenerme en tu cama como una puta más.
¿A caso soy un trofeo?-pregunté caminando hacia él mientras lo
increpaba señalándolo- ¡Dímelo! ¡Dime! ¡Maldito cabrón dímelo!
-Yo nunca te he visto
como un trofeo -respondió con seriedad sin cambiar expresión alguna
en su rostro.
Me serené caminando
hacia él mirándole con mis orbes violetas. Acomodé mi cabello y
los trozos de tela que tenía sobre mi cuerpo. Mis manos se cerraron
en puño y mis ojos se cerraron intentando no golpearlo, salir
corriendo o simplemente gritarle. Coloqué mis manos en su rostro y
lo besé en la boca permitiéndole si quería abrazarme.
-¿Tan dócil ya
estás?-respondió situando las manos sobre mi cadera despojando de
éstas el pantalón observando atento mi expresión a sabiendas que
podría ser una trampa.
Sentía pánico en cada
segundo a su lado. Sus manos despertaron mis mayores temores, sin
embargo intenté templás mis nervios y esbozar una sonrisa seductora
mientras me pegaba a él.
-¿Qué tal un pacto? Si
te doy ésta noche todo lo que deseas de mí no volverás a pedirme
nada, ni a visitarme, ni a buscarme y tampoco a rogar que te conceda
otra oportunidad-besé sus labios suavemente, su mentón y su cuello
mientras mis manos acariciaban sus cabellos.
-Tentador pero... desisto
-susurró con suavidad a sabiendas que eso era una verdadera trampa.
-¡No puedes
desistir!-grité molesto golpeando su pecho- ¡Cómo te atreves a
desistir!-miré con rabia su rostro serio y lo besé con furia
pegándolo contra las puertas de la biblioteca.
Lo agarré de las solapas
de su traje y se lo quité tirándolo al suelo, como si fuera basura,
después jalé de su corbata y se la arrebaté para luego destrozar
su camisa. Volví a besarlo nuevamente para luego apartarme dándole
la espalda.
En ese momento olvidé mi
desnudo. Mi piel clara y suave, la cual parecía hecha de porcelana,
estaba visible casi en su totalidad. Tenía el cabello revuelto y
caía parcialmente hacia un lado. Mis ojos brillaban temibles porque
no estaba consiguiendo lo que pretendía.
-Vete mejor, con tu
cobardía y tu estupidez. Te he propuesto un pacto.
-Intentas hacer un pacto
con el Diablo pero olvidas que quien hace pactos con otros soy yo...
-respondió tomando mis hombros entre sus manos estrechando estos con
suavidad aproximándose por detrás, abrazándome y rodeándome por
el vientre comenzando a acariciarlo con las manos extendidas.
Sentí como mi cuerpo se
electrocutaba con su roce. Su piel contra la mía, sus manos en mi
vientre y el recuerdo de sus palabras como un eco que retumbaba en mi
cabeza. Allí no había nadie salvo nosotros dos. Mis manos se
situaron junto a las suyas, cerré los ojos y apoyé mi cabeza en su
hombro izquierdo.
-¿Por qué no aceptas el
pacto? Creo que estoy siendo generoso- murmuré.
-¿A eso le llamas acto
de generosidad? -respondió burlesco observándome por el rabillo del
ojo- Sabes que mis intenciones nunca han sido normales ¿verdad? Creo
lo sabes y si no te lo diré-guardó silencio unos segundos mientras
yo sentía que todo mi cuerpo se volvía a paralizar- Me gustas
Lestat y me atraes.
Sabía que le atraía por
alguna extraña razón. Quizás era mi forma de enfrentarme a mis
propios miedos. Él me provocaba pánico, aunque la curiosidad
siempre estaba ahí latiendo esperando que le hiciese caso. Era como
una de esas casas encantadas que todo niño conoce, o como el lugar
donde quemaban las brujas en Auvernia, que te provocaban miedo, dolor
y un increíble nerviosismo que te despertaba la imaginación y ésta
volaba por encima de tu cabeza instigándote a indagar que había
ocurrido allí, fuese cual fuese su misterio. Él era la casa
encantada ambulante. Un demonio que decía que sabía amar y que sólo
era el instrumento de Dios.
Quedé en silencio
meditando sus palabras con los ojos cerrados y los labios apretados.
Aquello era demasiado tentador quizás porque podía esta vez salir
bien librado. Sin embargo, Rowan y Hazel me necesitaban. Sabía que
incluso Louis, pese a su rechazo en estos momentos por mí y nuestra
nula relación, podía necesitarme en un futuro como podía hacerlo
David, Tarquin, Mona y todos aquellos que, a pesar de todas las
disputas y quejas, eran mis amigos, los inmortales que amaba. Marius
jamás me creyó la aventura que viví con Memnoch, pero ¿eso
importaba ahora? Podía vivir otra aventura y salir bien librado,
como aquella que tuve con los lobos y me dio la satisfacción de
sobrevivir a una lucha a muerte.
Me giré mirándolo a los
ojos mientras deslizaba mis manos por su cabello, retirando alguno de
los mechones y preguntándome porque le atraía yo. Había muchas
razones, pero era un demonio y no un simple mortal o un joven
inmortal que se sentía fascinado por mis aventuras. Era mucho más
antiguo que yo, incluso más antiguo que el mundo. Aproximé mis
labios a los suyos y lo besé suavemente, como el escultor tras
termina una de sus más maravillosas obras, para después rendirme
por completo a todo lo que él deseara. Ya no importaba nada salvo
salir de allí bien librado y con la curiosidad satisfecha.
-Rowan me necesita- dije
mirándolo a los ojos- Sabes que estoy casado con ella, que ahora
poseo responsabilidades y no me gustaría que te interpusieras a
ellas. Sin embargo, la curiosidad que despiertas en mí es igual de
inmensa que el miedo que me provocas-murmuré antes de hundir mi
rostro en su cuello besándolo y lamiéndolo, completamente tentado a
morderlo para beber unas gotas de sangre.
-¿Crees que ella me
importa?-preguntó notando en él cierto cambio en su voz- Me harta
que hables de ella en mi presencia.
Alcé la vista y comprobé
que sus ojos me miraban con cierta molestia. Parecía que su rostro
se había endurecido, igual que sus palabras y el tacto de su piel.
Comprendí que los celos podían obrar en su contra, lo cual
provocaría que yo cayera en desgracia. Entonces, temiendo por mí y
por ella, le besé antes de arrodillarme frente a él quitando su
cinturón, bajando su cremallera y mordiendo finalmente sobre la tela
de su ropa interior.
Temía mirarlo pues
sentía que podía estar cambiando frente a mis propias narices. Su
aspecto de demonio me aterrorizaba. Cerré los ojos mientras mis
manos se aferraban al borde de su ropa interior tirando de ésta. Mis
labios presionaban sobre su sexo algo abultado. Pude percibir mejor
el aroma que poseía su piel. Descubrí su miembro bajando la tela de
su ropa interior junto a sus pantalones, cayendo ambas prendas hasta
sus tobillos. Su mano se colocó sobre mi nuca acariciando los
mechones más pequeños, enterrando sus dedos entre mi piel y
cabello, mientras yo dejaba que mi lengua acariciara al fin su
glande.
Escuché su jadeo y la
inquietud que mostraba al sujetarse con su mano izquierda sobre mi
hombro. Aquello no era una mano, sino algo similar a una garra. Sus
uñas estaban más afiladas y puntiagudas, aunque seguían teniendo
un tacto similar al de un hombre. Alcé el rostro y lo miré
apreciando que estaba alterado.
-Disculpa mis palabras
crueles hacia ti- murmuré abriendo mi boca para introducir parte de
su miembro.
Pude notar el glande
acariciar mis labios que lo aceptaron apretando con deseo. Él sonrió
con cierta malicia, tal vez porque lo había conseguido, mientras le
contemplaba dejando que su sexo rozara mi lengua y paladar. Jadeé
excitado al saborear su piel. La punta de mi lengua se movía entorno
a la cabeza y ocultaba con mis labios los colmillos para no
rasguñarlo.
Dejé que mi mente se
perdiera relajando mi mandíbula y succionado, lamiendo y mordiendo
cada trozo de éste. Coloqué mi mano derecha entorno a sus
testículos para masajearlos mientras mis rodillas quedaban por
completas hincadas en el mármol. La izquierda estaba en su cadera
ayudándole a moverlas. Pronto sentí como me recogía el cabello y
tiraba de él para mostrarme como quería que balanceara mi cabeza,
sin embargo acabó agarrando mi cráneo y hundiendo por completo su
sexo hasta la base. Mi nariz rozó el incipiente vello público
dorado que salpicaba parcialmente su piel.
Deslicé mi mano derecha
de sus testículos hasta mi sexo, para poder masturbarme mientras le
realizaba aquella felación. Sin embargo, él me agarró de la muñeca
con gesto molesto y se llevó mis dedos a su boca mientras me
incorporaba.
-No-dijo con tono
autoritario y serio- No harás nada que yo no desee. No deseo que te
ofrezcas placer de esa forma.
Agaché la mirada
atemorizado por sus ojos, aquellos ojos de demonio. Una profunda
mirada con tonos sensuales, pero tan peligrosa y cruel que me erizaba
y paralizaba a la vez. Cerré los ojos echando la cabeza hacia un
lado, él me atrapó entre sus brazos y comenzó a besar mis hombros
mientras sus manos se deslizaban por mi espalda. Me abracé a él
dejando que mis brazos quedaran rodeando su cuello sobre sus hombros.
Uno de sus dedos se hundió entre mis nalgas, mientras su mano
izquierda me pellizcaba tras ofrecerme varias nalgadas. Allí,
arrojado en sus brazos, no sentía miedo ni furia, tan sólo un gran
y extraño placer. Mis piernas temblaban mientras se abrían
esperando que me ofreciera algo más que aquel largo y cálido dedo.
-¿Quieres más?-preguntó
permitiendo que sus labios rozaran mi oreja- ¿Quieres más?-lamió
el lóbulo y después lo mordió succionándolo- Dímelo.
-Sí-jadeé moviendo mis
caderas.
Jamás había hecho nada
igual con otro amante. Nunca había permitido que me dominaran de esa
forma. Sin embargo, algo en mí me instaba a dejarme hacer porque
sería mucho mejor para mí, para todos y en especial para él. Sabía
que si él se satisfacía con mi cuerpo me iría mejor que si le
repudiaba.
-No escuché bien-
respondió sacando su largo dedo para agarrarme del pelo provocando
que nuestros rostros se enfrentaran- ¿Qué deseas?
-Quiero más- creo que
mis ojos centelleaban mientras mi miembro palpitaba y mis rodillas
parecían no poder sujetar más el resto de mi cuerpo.
-¿Más qué?- dijo
clavando sus ojos en mí hasta llegar a mi alma, perforando ésta
también.
-Más de ti. Quiero más
de ti. Necesito que me domines y me hagas tuyo- mi voz sonaba
distinta, pues estaba entrecortado por un placer y una necesidad que
jamás había sentido. Era como estar en medio de un desierto, tener
sed y ver la fuente pero sin poder mojar los labios- Dámelo, por
favor.
-Implora mejor.
Entonces me percaté que
ya no estábamos en la biblioteca, sino en una habitación ricamente
decorada con muebles muy antiguos. Había una cama enorme tras mi
espalda que a penas alcanzaba ver las finas y caras telas de su
dosel. Había hermosas alfombras persas diseminadas, una bella y
elegante lámpara de lágrimas que parecían diamantes, paredes de
madera de nogal y hermosos cuadros de paisajes similares al edén.
-Dime ¿qué quieres de
mí? Dímelo- murmuró arrojándome a la cama.
Las ropas eran de seda
roja que parecían caricias bajo mi espalda. Miré a Memnoch con
cierto resquicio de altivez, pero pronto me guarecí en mi
comportamiento manso. Mis manos se cerraron en un puño con la tela
dentro de las palmas.
-Ser tu puta esta
noche-escupí abriendo mis piernas esperando que esa visión le
atrajera- Es la primera vez que hago ésto. Te concedo mi virginidad,
mon cher- susurré echando la cabeza hacia atrás notando como los
almohadones eran incluso más cómodos que el propio colchón.
-¿Sabes qué implica ser
la puta del demonio?-inquirió- Mi concubina- susurró arrastrando
cada sílaba mientras se inclinaba sobre mí gateando por la cama
para acomodarse cuerpo contra cuerpo-Lestat, el indómito príncipe
ardiendo de deseo frente al demonio.
-Oui-sus largos y fríos
dedos apartaron los mechones de mi rostro, contemplándolo de una
forma poco usual.
Me besó sacándome el
aliento y cualquier pensamiento que discurriera por mi embotado
cerebro. Sabía que aquel trance en ocasiones sucedía por drogas en
los mortales, pero yo no era mortal y no había consumido nada
aquella noche. Era su presencia que me alteraba y me provocaba ser
dócil. Noté como abría mejor mis piernas haciéndose hueco. Pude
sentir su miembro rozar el mío, así como parcialmente mi vientre y
muslos.
-Te ofrezco un pacto.
Siempre que desee tenerte conmigo te traeré aquí, fuera de las
fronteras del mundo y la realidad, y te haré mío de mil formas. Tu
apreciada bruja nunca lo sabrá, tampoco Louis u otro vampiro por el
cual sientas cierto aprecio. Nadie se enterará de ésto. Será algo
entre los dos-guardó silencio unos segundos y prosiguió-Pero aquí
eres mi perra, la puta más desesperada y no voy a permitir que
pienses o hables de otros en mi presencia. Tendrás mi simpatía y te
dejaré en paz ahí fuera. No volveré a ofrecerte temor, sólo
placer. Pero tú tienes que ceder.
-Hazme tuyo-jadeé
buscando su miembro estirando mis brazos para comenzar a masturbar su
sexo y a dejar caricias en sus testículos-Te necesito.
-Te quiero Lestat,
siempre te he querido para mí-besó mi cuello deslizando su boca por
mi torso. También estaban sintiendo sus dientes mordisqueando mis
pezones provocando que me revolviera bajo su cuerpo- Siempre supuse
que tenías los pezones sensibles.
Su lengua se deslizó por
mi vientre y atrapó mi miembro logrando que gimiera su nombre. Mis
caderas se movieron de forma violenta por la necesidad, pero él se
apartó y me miró fijamente provocando que me quedara quieto como
una escultura. Temblaba deseando que me hiciera suyo.
-Te deseo- me incorporé
abrazándolo y besándolo mientras permitía que él me girara sobre
el colchón.
Tenía pánico por como
me comportaba completamente sumiso y excitado. Su miembro rozó mi
entrada y sin más preámbulos entró de una firme estocada. Grité
adolorido mientras sentía como sus arremetidas suaves se volvían
rápidas. Sin embargo, me giró para poder ver mi rostro hundido por
la necesidad que me dominaba en aquel acto tan fiero y natural. No
tuvo que esperar demasiado para escuchar mis gritos de placer. Mis
manos acariciando sus hombros, rostro y torso mientras le besaba.
-Sabía que eras como las
fierecillas por domar- se carcajeó cuando sintió mis dientes
clavándose en su cuello y tomando algunas gotas de su sangre- Así,
mueve tus caderas- me dijo cuando comprobó que mi cuerpo se movía
contra el suyo al mismo ritmo, pero en distinta dirección.
-Memnoch...-balbuceé
dejando que mi cabeza aplastara los almohadones- Plus...
Mis piernas le atraparon
al igual que mis brazos, mi boca se paseaba por sus hombros
mordiéndolo y sus manos caían a ambos lados de mi cadera. Escuchaba
el roce de las sábanas bajo mi cuerpo, como sus testículos
golpeaban mis nalgas y también el murmullo de su respiración
agitada mientras ambos gemíamos nuestros nombres en un trance
delicioso, en el cual no me hundía con otro hombre desde que había
dejado a Louis y aún así jamás estuve en esa posición tan
desvalida.
Buscaba sus labios
calientes y suaves que se abrían en cada jadeo, gemido y palabra de
amor que me torturaba el alma. Me retorcía esperando el momento de
mayor placer y ese llegó como un latigazo en mi columna vertebral,
llevando una sensación de intensa necesidad a mis testículos y
finalmente eyaculando entre ambos mientras él sentía los músculos
de mis glúteos apretarlo, desearlo y no permitirle que se marchara.
Noté como sus brazos se tensaban y sus manos agarraban las sábanas
mientras mis manos apretaban sus nalgas, atraiéndolo más hacia mí,
y provocando que él llegara prácticamente a la vez. Su cálido
semen calentó mi interior y sentí como todo mi cuerpo vibraba
nuevamente con el suyo, como si no hubiese acabado del momento de
lujuria y placer.
-Ahora sí puedes
considerarte mío- murmuró rozando sus labios contra mis mejillas.
Me encontraba perlado de
sudor sanguinolento y también del suyo, el cual sentí cierto
magnetismo en su aroma. La habitación olía a sexo y las sábanas
apestaban a nuestros fluidos. Aún tenía su miembro dentro de mí
cuando mis manos acariciaron su rostro, deslizando mis dedos por sus
marcados pómulos y observando sus ojos claros como si fueran
zafiros.
-Pero tú mismo has dicho
que nadie lo sabrá- dije notando las piernas cansadas, las cuales se
desplumaron tras la presión que habían ejercido contra aquel cuerpo
tan bien esculpido.
-Me escucharás y
sentirás, podrás verme allá donde vayas y cuando menos lo esperes
te atraparé para retenerte. No te causaré problemas, pero tú serás
mío más que de esa bruja de mirada fría- besó mi cuello una vez
más mientras me acariciaba relajándome.
Reconozco que me adormecí
y al despertar estaba en la biblioteca tirado en el suelo con las
ropas destrozadas por el suelo. Aún sentía su cuerpo aplastando el
mío, besando mi cuello y mordiendo mis labios. En mi boca tenía su
sabor y en mis dedos la sensación de electricidad que me otorgaba
acariciarlo de aquella forma. Aquello no había sido fruto de mi
imaginación, sobre todo porque pude escuchar sus pisadas aunque no
había nadie más excepto yo.
2 comentarios:
¡Qué podría decir! Me sacó tremenda sonrisa y dicha leer por primera vez un fanfic de la página que tanto ha venido entreteniéndome. Me gustó mucho, en serio. Y aunque no cuento con mucho tiempo para dejar un comentario más extenso me sentiré calmada haciendo saber que... ¡Quiero seguir leyendo sobre Lestat! ¡Del Jardín Salvaje! ... y ya me emocioné. Porque nunca es suficiente lo que tengo sobre ésta saga de vampiros. Nunca.
Saludos, gracias y me quedo esperando el siguiente. Aunque no sea con Memnoch.
PD. La sesión de "Bullying cariñoso" que sufrió Lestat por todo esto... tch, hasta yo sufría, algo.
Holaaaaa!!! OMG!!! lo leo, es perfecto!!! tenia mucho tiempo que no leía una historia tan genial y menos de mis personajes favoritos,es fabulosa, bueno el erotismo, las descripciones y conste que soy una fujoshi nivel master jajaja pero esto y mi imaginacion alcanzaron los limites deseados, en verdad me facino, son geniales, Lestad, Memoch <3 al que acoso constantemente jajajaja ok no, pero es al que ame desde que lei su libro, como me daba ganas de que en la historia se propasara con Lestat y ustedes lo cumplieron a la perfección, una fantasía que me tenia con el pendiente jeje bueno no se que más decir, estoy maravillada ^^ Muchas gracias por hacer que los personajes sean mas reales que en los libros, por darles vida y bueno hasta cariño les agarra a las personas detras de ellos, me alegra mucho haberlos conocido y a eso me refiero al leerlos a diario. En hora buena, mis felicitaciones, casi me da una hemorragia nasal de la emocion jajaja nos vemos en el proximo relato ;) bye bye <3 <3 <3
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