Bonjour mes amis
Aquí Lestat de Lioncourt informando de un nuevo fanfic en el cual Marius y Avicus son los protagonistas. Ya saben que está basado en rol y pasado a escrito.
La oscuridad creaba formas ilusorias
sacadas de la febril fantasía de cualquier miedoso, sin embargo tan
sólo necesitaba el crepitar del fuego consumiendo la leña y la
tímida llama de la vela. La habitación estaba en calma y fuera ya
no se escuchaban siquiera los insectos zumbar. La primavera había
muerto hacía tiempo y el verano ya se estaba olvidando. Pronto
llegaría el invierno y el frío más intenso, ese que te cala los
huesos y te hace tiritar bajo las gruesas cobijas de la cama.
El jardín parecía un bosque inhóspito
lleno de fantasmagóricas figuras. Los árboles desnudos se alzaban
hacia el cielo mientras la hojarasca se movía por el césped algo
dañado por las bajas temperaturas. Los setos estaban bien podados,
pero también padecían. Nada era como hacía unos meses cuando todo
rebosaba de un aroma intenso a flores nuevas, sin embargo muchos
árboles seguían intacto y había flores de invierno que estaban
empezando a florecer con cierta alegría. Sin embargo, no dejaba de
parecer un tenebroso bosque de los cuentos de terror que tanto aman
los mortales.
Leía pausadamente en voz baja una obra
moderna de fantasía medieval. Estaba en su cuarto volumen y era
sumamente intrigante. Leía a velocidad mortal para captar cada
detalle y saborearlo así en mi imaginación. El pesado libro ocupaba
gran parte de la mesa de robusta madera, aunque simple y sin
demasiados detalles. George R.R. Martin había creado un mundo muy
complejo, con cientos de casas de guerreros y hambrientos de poder y
sedientos por el orgullo. El derramamiento de sangre, las esperanzas,
la certeza de los presentimientos y los encantadores, aunque a veces
desagradables, detalles creaban una obra que no podía dejar de leer.
Recordaba mi espada pesada en mis
manos, la cual usaba subido desde el caballo. Tan larga y ancha que
podía partir por la mitad a un hombre. Pero también tenía
cuchillos más pequeños, dagas y una espada ligera muy fina con la
hoja muy afilada. El sonido de los caballos galopando, el rugir de
los tambores mientras la sangre manchaba mi ropa hecha con pieles.
Desde luego nada era ya como antes, pero podía leer sobre guerras
que nunca ocurrieron y rememorar esos días libres, humanos y
frágiles.
Escuché pasos por la galería y supuse
que podía ser de alguno de los nuestros, si bien su fuerte presencia
me hizo comprender que era sin duda Marius. Pocos vampiros eran tan
fuertes y soberbios en cada pisada. Además, de haber sido Mael
habría escuchado sus pisadas más apresuradas como si fueran las de
un ciervo con botas.
Sus pasos se detuvieron frente a mi
puerta y a continuación hizo sonar sus nudillos. Giré mi rostro
hacia la pesada puerta de madera y suspiré. No deseaba ser molestado
en una noche fría de otoño donde el fuego de mi habitación, la
vela y la lectura era todo lo que necesitaba. Ni siquiera me había
puesto prendas decentes para tener compañía.
-Adelante-respondí cerrando el libro.
Cuando abrió la puerta comprobé que
sin duda era él quien aguardaba en el pasillo. Mis ojos oscuros
recorrieron sus marcadas facciones, así como sus ojos glaciares que
parecían poseer nueva vida esa noche, sus delicados labios tenían
la sonrisa amable que siempre había poseído. No sabía a que se
debía aquella visita, pero la aceptaba de buen agrado aunque no era
lo que quería hacer aquella noche. Suponía que era una visita de
mera cortesía, como acostumbraba cuando visitaba la mansión tras su
largo y arduo viaje desde Venecia.
Vestía imponente con uno de sus trajes
negros con chaleco rojo de terciopelo estampado con flor de lis. La
flor era en un tono más claro, el mismo tono que la camisa que lucía
sin corbata. Tenía el cabello desparramado y algo alborotado, quizás
por el viaje por los cielos. Para darle el toque final Sin embargo,
mi atuendo era mucho más sencillo y constaba únicamente de una bata
de seda negra y unas cómodas zapatillas del mismo color.
-Marius, me alegra verte de nuevo-dije
incorporándome de mi pequeño escritorio para dar un par de pasos
hacia la puerta- Por favor, adelante-indiqué con un suave gesto
mientras sonreía de la misma forma que él-Puedes sentarte en la
cama si lo deseas o en la silla si crees que puede ser más cómoda.
Era una alcoba sencilla con una cama
con dosel, muy cómoda y mullida, una alfombra con aspecto de piel de
animal, aunque era sintética pero bien conseguida, un escritorio,
una silla y la chimenea. Los libros se amontonaban en algunos
rincones cerca de un robusto armario, el cual tenía varios de mis
mejores trajes por si era preciso usarlos.
-Pasa amigo mío-insistí quedando en
el centro de la habitación frente a frente.
-Una visita de cortesía, como
siempre-respondió entrando en la habitación cerrando tras él.
Notaba cierta tensión en sus
movimientos que jamás había visto hacia mí, como si temiese mi
reacción. Caminó hacia la silla y se sentó frente a mí apoyando
sus codos sobre las rodillas. Dejó que su espalda se inclinara hacia
delante y sus cabellos cayeran rozando sus manos que fueron bajo su
mentón. Meditaba como si hubiese ocurrido algo terrible.
-¿Marius?-pregunté algo alarmado.
-Nos acostamos-dijo sin rodeos-Él y
yo-añadió visiblemente alterado- Hace unas semanas y juro que no
fue premeditado.
-¿Quienes?-no comprendía porque me
contaba aquella intimidad que para nada me interesaba, pero al ver
sus ojos cruzarse con los míos durante unos segundos lo comprendí-
Entiendo- me senté en la cama sintiendo cierto ataque de celos.
Había vuelto junto a Mael después de
más de un milenio separados. Aquello había sido una unión forzosa
porque ambos extrañábamos el contacto y acabamos reuniendo el valor
que antes no habíamos tenido. Era una relación, aunque posiblemente
no zanjada por ninguno de los dos. Mis manos se juntaron sobre mi
rostro e intenté no decir nada hiriente al respecto.
-No volverá a ocurrir- sus palabras me
hicieron bajar las manos de la cara y verlo con cierta severidad.
-¿Para qué me haces juramentos que ni
siquiera sabes que vas a cumplir? Nunca se conocen con exactitud los
impulsos que nos llevan a estar con una persona u otra. Somos
humanos, más que la mayoría, porque no hemos sido alienados con el
poder del dinero. Estamos libres de la muerte y podemos mostrar
quienes somos sin miedo alguno a caer en desgracia. La naturaleza
surge de nosotros y nos convierte en verdaderos monstruos, los cuales
siguen alimentándose de sangre a pesar de sus milenios aunque cada
vez sea menor la proporción- me incorporé y fui a su encuentro para
arrodillarme quedando mi rostro a su nivel.
Marius era de un tamaño considerable,
aunque no alcanzaba mi altura. Mis cabellos negros se mezclaron con
los suyos cuando lo abracé. Era mi forma de aceptar aquel doloroso
comentario, el cual realmente era un secreto que parecía gritar Mael
cada noche. La rabia que sentía en mi pecho no era por la noticia,
sino porque ambos hubiesen mantenido un secreto a mis espaldas. Sin
embargo, su aroma agradable que parecía prendido de sus cabellos,
quizás movidos por la brisa marítima y cierto olor a musgo del
jardín, provocó que me sosegara.
-Si con esa unión sexual se rompe los
siglos de molestia entre ambos estaré feliz-sonreí para que
comprendiera que aunque estaba furioso podía también mostrarme
generoso- e incluso agradecido- susurré apartándome de él
provocando que su rostro se viera consternado.
Jamás acepté o toleré disputas entre
ambos. Sentía que era como ver a dos hermanos discutir y ofenderse
gravemente. Marius no dejaba de poseer sangre celta y Mael era tan
tozudo que a veces me costaba creer que no tuviera sangre romana. Los
dos eran similares en carácter y aspecto, aunque sin duda Mael era
más huraño y agresivo en su forma de comunicarse con los demás.
Por ello, si aquel enlace traía la tan ansiada paz lo aceptaba y
hasta cierto punto comprendía. Sabía que los dos tenían cierta
tensión sexual que debían canalizar y liberar, pero no esperaba que
fuera con un encuentro sexual posiblemente brusco y desesperado.
Marius se levantó del asiento y me
abrazó provocando que lo rodeara estrechándolo contra mí. Sentía
su cuerpo duro contra el mío en medio del silencio que sólo era
roto por el murmullo del roce de nuestras ropas y la chimenea. Sin
embargo, al apartarnos nos miramos a los ojos y acabamos recordando
viejos tiempos que ya hacía mucho que murieron. Su voz agradable y
masculina se alzaba en medio de la noche rogándome que leyera un
nuevo ejemplar. Eran libros muy hermosos y con historias trágicas.
Él me enseñó el valor de la lectura ofreciéndome sosiego para mi
desventurada alma, la cual había estado enjaulada durante algunos
siglos en un árbol en mitad de los bosques de Gran Bretaña.
Su boca se posó sobre la mía y
rápidamente sus manos se colocaron sobre, mis anchos y robustos,
hombros. Si bien las mías fueron a su cadera, colándose dentro de
su chaqueta y acariciando el borde de su cinturón. Podía notar el
chaleco rozar el dorso de mi mano y como mis dedos rozaban su
camiseta y hebilla. Nuestras bocas estaban fijadas una contra la otra
mientras nuestras lenguas se hundían más allá de lo decente.
Con cuidado llevé mi mano a su pecho y
comencé a quitarle los botones de la chaqueta, chaleco y camisa. De
igual modo fui sacando capa a capa de ropa para dejarla amontonada a
un lado de la habitación. Él no parecía echarse para atrás, sino
que intensificaba su beso y acabó rodeándome con sus brazos por el
cuello. Cuando tiré de su cinturón para deshacerme de él paró
aquel beso apasionado y me miró a los ojos. Por un momento noté
cierta timidez, pero no pudor. No era la primera vez que nos
encontrábamos desnudos, aunque en otras circunstancias. Hacía mucho
tiempo los tres compartimos un baño mientras discutíamos que hacer
con la Secta de la Serpiente.
Me incliné sobre su pecho
mordisqueando ambos pezones, primero el derecho y después el
izquierdo, mientras le bajaba los pantalones y la ropa interior. Él
se deshizo de los zapatos y calcetines para después guiarme hasta la
cama para que me sentara. Miraba sus ojos azules apasionados, aunque
su color era frío pero no así el contenido de su mirada. Desabrochó
el cinturón de mi bata y observó mi cuerpo.
No dudó ni un minuto en hacerlo. Fue
un momento especial porque su boca era suave e igual de agradable que
la de Mael, aunque menos apasionada pero sí con una lengua un tanto
más experta. Su lengua se paseó por la extensión de mi miembro y
comenzó a succionar con los ojos cerrados. Parecía saborear mi piel
y buscar una erección considerable. Despertó mi deseo mientras mis
manos acariciaban su cabello dorado hasta que mi instinto apareció,
sacando así el ser brusco que guardaba bajo la apariencia afable.
Opté por incorporarme, agarrar su
cabeza con mis manos y comenzar a penetrar su boca con mi miembro
mientras le miraba a los ojos. Él me miraba de nuevo con cierta
lascivia mientras sus manos se pasaban por su propio torso
pellizcando sus pezones y masturbándose. Tener a un hombre como él
completamente sumiso era extremadamente extraño y excitante. Tal vez
era su forma de rogar disculpas, aunque más bien veía en él un
deseo callado durante siglos. Saqué mi miembro de su boca para
golpear sus labios y rozar el glande por sus mejillas.
Marius se levantó recostándose en la
cama mientras abría sus piernas mostrándome su entrada y su miembro
erecto. Era de un tamaño algo menor al mío, pero aquello no
importaba. Se veía arrebatadoramente sensual con su cuerpo marcado y
relajado esperando que fuera hacia él. Arrojé al suelo mi bata y
subí sobre su cuerpo lamiendo la cruz de su pecho. Él había
comenzado a calentarse y su cuerpo se encontraba completamente
cubierto por gotas de sudor sanguinolento. Tenía una figura más
estrecha que la mía, mis brazos eran más anchos y mi estatura más
considerable.
-Es la primera vez que hago algo
así...-dijo girando su rostro hacia la derecha mientras me dejaba
contemplar su cuello con su cabello, algo pegado y arremolinado,
sobre su pómulo y frente.
-Haré que no lo olvides-susurré
besando su mentón mientras palpaba su entrada con la yema de mis
dedos.
Aproximé mi miembro a su orificio y
ayudé a enterrarse la punta dentro de él. Sus manos se colocaron
sobre mis hombros y sentí como sus uñas se enterraban. Gruñí
quejándome por el punzante dolor que pronto se evaporó mientras
notaba como quedaba completamente dentro de él. Escuché un gemido
acompañado de un quejido y pronto sentí sus labios pegados a los
míos. Su boca era acogedora y los besos intensos, tan intensos como
los de Mael.
No podía dejar de pensar en ambos
acostándose, provocándose gemidos y llegando al orgasmo. Aquello me
motivó para moverme de una forma intensa. Buscaba su punto de
placer, el cual al hallarlo pude ver como todo su rostro se convertía
en el reflejo del placer más mundano. Mis manos estaban sobre la
almohada, apoyándome para cada arremetida. Sus mejillas estaban algo
sonrojadas y sus ojos vidriosos con lágrimas sanguinolentas. Los
gemidos colapsaban mis oídos y mis gruñidos eran cada vez más
profundos.
-¡Más! ¡Más!-su miembro rozaba mi
vientre completamente duro y palpitante.
Bombeaba con fuerza mientras él
serpenteaba aferrado a mí, inclusive llevando una de sus manos a mi
nuca mientras la otra se enredaba en mi cabello colocada en la
cabeza. Hizo que hundiera mi rostro en su cuello y lo lamiera
mordisqueándolo sin hacerle corte alguno. La cama empezó a moverse
fuerte golpeando la pared mientras los visillos temblaban. El dosel
parecía querer caer sobre nosotros mientras que la pared sufría
daños.
Salí de él porque sentía que me
derramaba y no deseaba llegar tan pronto al final. Él quedó
boqueando como pez fuera del agua y con las piernas temblorosas. Sus
manos fueron directamente a masajear su pene y testículos, pero no
se lo permití. Aparté sus manos y tomé a ambas por las muñecas
para dejarla sobre su cabeza.
-No- le dije tomándolo del
mentón-Estás en mi cama y yo impongo las normas.
Hundí el dedo índice y corazón de mi
mano derecha en su boca y dejé que los lamiera. Sus piernas
temblaban y sus labios apretaban desesperados. Forcejeaba para
liberarse de mi mano, la cual era mucho más grande que las suyas y
ejercía una fuerza mucho mayor que la que él tenía.
-Compórtate-mi voz sonó severa aunque
cargada de placer.
Aparté mis dedos de aquella cálida y
húmeda boca para enterrarlos en su trasero; de inmediato soltó un
largo gemido moviendo sus caderas y en breves estocadas se corrió
salpicando su vientre. Mi miembro también pedía expulsar mi
esperma, pero prefería volver a ver ese rostro arrugando su nariz y
abriendo sus labios para soltar mi nombre en un intenso orgasmo. Por
ese motivo, y no otro, seguí moviendo mis dedos dentro de él hasta
que fueron tres. Sus pezones estaban duros y rosados, parecían los
pezones de los pechos de una hembra por sensibles y duros. Todo su
cuerpo temblaba y sus ojos estaban entrecerrados intentando captar
mis siguientes acciones.
-Para ser tu primera vez le has tomado
cariño a mis dedos-mi voz sonaba mucho más gruesa y dominante,
igual que si estuviera en medio de un campo de batalla.
-Avicus-balbuceó entre gemidos-Quiero
ser tuyo toda la noche.
Dejé libre sus muñecas y tiré de él
hacia mí. Había quedado de rodillas en la cama, sintiendo como el
colchón se hundía bajo mi peso, y pronto él quedó de espaldas a
mí notando como la cabeza de mi pene rozaba su entrada. Aguardaba el
momento que yo aceptase entrar, totalmente sumiso y desesperado, y
cuando lo hice gimió echando hacia atrás sus manos para tomarme de
la cabeza.
-Muévete-susurré besando la cruz de
su espalda.
No tardó en hacerlo apretando con sus
nalgas mi miembro sacándome profundos gemidos roncos. Eché la
cabeza hacia atrás notando una de las columnas del dosel. En esa
postura sentimos ambos un delicioso escalofrío que se movió por
nuestra columna vertebral hasta hacernos gritar nuestros nombres.
Pude percibir como temblaba nuevamente al notar el calor de mi
esperma llenando su interior y como se levantaba para girarse y lamer
los restos que habían quedado manchando mi glande.
Aquella noche fue mío en tres
ocasiones. Ofrecí algo que nunca le habían otorgado. Supongo que
era su forma de pedir disculpas por tomar algo que era absolutamente
mío y que no me agradaba compartir. A pesar de haber dejado a Mael a
su suerte él seguía siendo mío, sin embargo fue divertido observar
su rostro cansado mientras rogaba poder quedarse en mi habitación
porque ya no tenía fuerzas suficientes para marcharse a la de
invitados que solía ocupar.
-Puedes quedarte cuanto quieras-dije
recostado a su lado-Y puedes venir aquí cuantas veces desees a
probar algo que nadie te quiere dar salvo yo- aquello le arrancó una
carcajada y poco después estábamos dormidos esperando la llegada
del alba.
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