Durante largos años he publicado varios trabajos originales, los cuales están bajo Derechos de Autor y diversas licencias en Internet, así que como es normal demandaré a todo aquel que publique algún contenido de mi blog sin mi permiso.
No sólo el contenido de las entradas es propio, sino también los laterales. Son poemas algo antiguos y desgraciadamente he tenido que tomar medidas en más de una ocasión.

Por favor, no hagan que me enfurezca y tenga que perseguirles.

Sobre el restante contenido son meros homenajes con los cuales no gano ni un céntimo. Sin embargo, también pido que no sean tomados de mi blog ya que es mi trabajo (o el de compañeros míos) para un fandom determinado (Crónicas Vampíricas y Brujas Mayfair)

Un saludo, Lestat de Lioncourt

ADVERTENCIA


Este lugar contiene novelas eróticas homosexuales y de terror psicológico, con otras de vampiros algo subidas de tono. Si no te gusta este tipo de literatura, por favor no sigas leyendo.

~La eternidad~ Según Lestat

miércoles, 6 de noviembre de 2013

Pasión desmedida

Bonjour mes amis

Aquí Lestat de Lioncourt informando de un nuevo fanfic en el cual Marius y Avicus son los protagonistas. Ya saben que está basado en rol y pasado a escrito. 


La oscuridad creaba formas ilusorias sacadas de la febril fantasía de cualquier miedoso, sin embargo tan sólo necesitaba el crepitar del fuego consumiendo la leña y la tímida llama de la vela. La habitación estaba en calma y fuera ya no se escuchaban siquiera los insectos zumbar. La primavera había muerto hacía tiempo y el verano ya se estaba olvidando. Pronto llegaría el invierno y el frío más intenso, ese que te cala los huesos y te hace tiritar bajo las gruesas cobijas de la cama.

El jardín parecía un bosque inhóspito lleno de fantasmagóricas figuras. Los árboles desnudos se alzaban hacia el cielo mientras la hojarasca se movía por el césped algo dañado por las bajas temperaturas. Los setos estaban bien podados, pero también padecían. Nada era como hacía unos meses cuando todo rebosaba de un aroma intenso a flores nuevas, sin embargo muchos árboles seguían intacto y había flores de invierno que estaban empezando a florecer con cierta alegría. Sin embargo, no dejaba de parecer un tenebroso bosque de los cuentos de terror que tanto aman los mortales.

Leía pausadamente en voz baja una obra moderna de fantasía medieval. Estaba en su cuarto volumen y era sumamente intrigante. Leía a velocidad mortal para captar cada detalle y saborearlo así en mi imaginación. El pesado libro ocupaba gran parte de la mesa de robusta madera, aunque simple y sin demasiados detalles. George R.R. Martin había creado un mundo muy complejo, con cientos de casas de guerreros y hambrientos de poder y sedientos por el orgullo. El derramamiento de sangre, las esperanzas, la certeza de los presentimientos y los encantadores, aunque a veces desagradables, detalles creaban una obra que no podía dejar de leer.

Recordaba mi espada pesada en mis manos, la cual usaba subido desde el caballo. Tan larga y ancha que podía partir por la mitad a un hombre. Pero también tenía cuchillos más pequeños, dagas y una espada ligera muy fina con la hoja muy afilada. El sonido de los caballos galopando, el rugir de los tambores mientras la sangre manchaba mi ropa hecha con pieles. Desde luego nada era ya como antes, pero podía leer sobre guerras que nunca ocurrieron y rememorar esos días libres, humanos y frágiles.

Escuché pasos por la galería y supuse que podía ser de alguno de los nuestros, si bien su fuerte presencia me hizo comprender que era sin duda Marius. Pocos vampiros eran tan fuertes y soberbios en cada pisada. Además, de haber sido Mael habría escuchado sus pisadas más apresuradas como si fueran las de un ciervo con botas.

Sus pasos se detuvieron frente a mi puerta y a continuación hizo sonar sus nudillos. Giré mi rostro hacia la pesada puerta de madera y suspiré. No deseaba ser molestado en una noche fría de otoño donde el fuego de mi habitación, la vela y la lectura era todo lo que necesitaba. Ni siquiera me había puesto prendas decentes para tener compañía.

-Adelante-respondí cerrando el libro.

Cuando abrió la puerta comprobé que sin duda era él quien aguardaba en el pasillo. Mis ojos oscuros recorrieron sus marcadas facciones, así como sus ojos glaciares que parecían poseer nueva vida esa noche, sus delicados labios tenían la sonrisa amable que siempre había poseído. No sabía a que se debía aquella visita, pero la aceptaba de buen agrado aunque no era lo que quería hacer aquella noche. Suponía que era una visita de mera cortesía, como acostumbraba cuando visitaba la mansión tras su largo y arduo viaje desde Venecia.

Vestía imponente con uno de sus trajes negros con chaleco rojo de terciopelo estampado con flor de lis. La flor era en un tono más claro, el mismo tono que la camisa que lucía sin corbata. Tenía el cabello desparramado y algo alborotado, quizás por el viaje por los cielos. Para darle el toque final Sin embargo, mi atuendo era mucho más sencillo y constaba únicamente de una bata de seda negra y unas cómodas zapatillas del mismo color.

-Marius, me alegra verte de nuevo-dije incorporándome de mi pequeño escritorio para dar un par de pasos hacia la puerta- Por favor, adelante-indiqué con un suave gesto mientras sonreía de la misma forma que él-Puedes sentarte en la cama si lo deseas o en la silla si crees que puede ser más cómoda.

Era una alcoba sencilla con una cama con dosel, muy cómoda y mullida, una alfombra con aspecto de piel de animal, aunque era sintética pero bien conseguida, un escritorio, una silla y la chimenea. Los libros se amontonaban en algunos rincones cerca de un robusto armario, el cual tenía varios de mis mejores trajes por si era preciso usarlos.

-Pasa amigo mío-insistí quedando en el centro de la habitación frente a frente.

-Una visita de cortesía, como siempre-respondió entrando en la habitación cerrando tras él.

Notaba cierta tensión en sus movimientos que jamás había visto hacia mí, como si temiese mi reacción. Caminó hacia la silla y se sentó frente a mí apoyando sus codos sobre las rodillas. Dejó que su espalda se inclinara hacia delante y sus cabellos cayeran rozando sus manos que fueron bajo su mentón. Meditaba como si hubiese ocurrido algo terrible.

-¿Marius?-pregunté algo alarmado.

-Nos acostamos-dijo sin rodeos-Él y yo-añadió visiblemente alterado- Hace unas semanas y juro que no fue premeditado.

-¿Quienes?-no comprendía porque me contaba aquella intimidad que para nada me interesaba, pero al ver sus ojos cruzarse con los míos durante unos segundos lo comprendí- Entiendo- me senté en la cama sintiendo cierto ataque de celos.

Había vuelto junto a Mael después de más de un milenio separados. Aquello había sido una unión forzosa porque ambos extrañábamos el contacto y acabamos reuniendo el valor que antes no habíamos tenido. Era una relación, aunque posiblemente no zanjada por ninguno de los dos. Mis manos se juntaron sobre mi rostro e intenté no decir nada hiriente al respecto.

-No volverá a ocurrir- sus palabras me hicieron bajar las manos de la cara y verlo con cierta severidad.

-¿Para qué me haces juramentos que ni siquiera sabes que vas a cumplir? Nunca se conocen con exactitud los impulsos que nos llevan a estar con una persona u otra. Somos humanos, más que la mayoría, porque no hemos sido alienados con el poder del dinero. Estamos libres de la muerte y podemos mostrar quienes somos sin miedo alguno a caer en desgracia. La naturaleza surge de nosotros y nos convierte en verdaderos monstruos, los cuales siguen alimentándose de sangre a pesar de sus milenios aunque cada vez sea menor la proporción- me incorporé y fui a su encuentro para arrodillarme quedando mi rostro a su nivel.

Marius era de un tamaño considerable, aunque no alcanzaba mi altura. Mis cabellos negros se mezclaron con los suyos cuando lo abracé. Era mi forma de aceptar aquel doloroso comentario, el cual realmente era un secreto que parecía gritar Mael cada noche. La rabia que sentía en mi pecho no era por la noticia, sino porque ambos hubiesen mantenido un secreto a mis espaldas. Sin embargo, su aroma agradable que parecía prendido de sus cabellos, quizás movidos por la brisa marítima y cierto olor a musgo del jardín, provocó que me sosegara.

-Si con esa unión sexual se rompe los siglos de molestia entre ambos estaré feliz-sonreí para que comprendiera que aunque estaba furioso podía también mostrarme generoso- e incluso agradecido- susurré apartándome de él provocando que su rostro se viera consternado.

Jamás acepté o toleré disputas entre ambos. Sentía que era como ver a dos hermanos discutir y ofenderse gravemente. Marius no dejaba de poseer sangre celta y Mael era tan tozudo que a veces me costaba creer que no tuviera sangre romana. Los dos eran similares en carácter y aspecto, aunque sin duda Mael era más huraño y agresivo en su forma de comunicarse con los demás. Por ello, si aquel enlace traía la tan ansiada paz lo aceptaba y hasta cierto punto comprendía. Sabía que los dos tenían cierta tensión sexual que debían canalizar y liberar, pero no esperaba que fuera con un encuentro sexual posiblemente brusco y desesperado.

Marius se levantó del asiento y me abrazó provocando que lo rodeara estrechándolo contra mí. Sentía su cuerpo duro contra el mío en medio del silencio que sólo era roto por el murmullo del roce de nuestras ropas y la chimenea. Sin embargo, al apartarnos nos miramos a los ojos y acabamos recordando viejos tiempos que ya hacía mucho que murieron. Su voz agradable y masculina se alzaba en medio de la noche rogándome que leyera un nuevo ejemplar. Eran libros muy hermosos y con historias trágicas. Él me enseñó el valor de la lectura ofreciéndome sosiego para mi desventurada alma, la cual había estado enjaulada durante algunos siglos en un árbol en mitad de los bosques de Gran Bretaña.

Su boca se posó sobre la mía y rápidamente sus manos se colocaron sobre, mis anchos y robustos, hombros. Si bien las mías fueron a su cadera, colándose dentro de su chaqueta y acariciando el borde de su cinturón. Podía notar el chaleco rozar el dorso de mi mano y como mis dedos rozaban su camiseta y hebilla. Nuestras bocas estaban fijadas una contra la otra mientras nuestras lenguas se hundían más allá de lo decente.

Con cuidado llevé mi mano a su pecho y comencé a quitarle los botones de la chaqueta, chaleco y camisa. De igual modo fui sacando capa a capa de ropa para dejarla amontonada a un lado de la habitación. Él no parecía echarse para atrás, sino que intensificaba su beso y acabó rodeándome con sus brazos por el cuello. Cuando tiré de su cinturón para deshacerme de él paró aquel beso apasionado y me miró a los ojos. Por un momento noté cierta timidez, pero no pudor. No era la primera vez que nos encontrábamos desnudos, aunque en otras circunstancias. Hacía mucho tiempo los tres compartimos un baño mientras discutíamos que hacer con la Secta de la Serpiente.

Me incliné sobre su pecho mordisqueando ambos pezones, primero el derecho y después el izquierdo, mientras le bajaba los pantalones y la ropa interior. Él se deshizo de los zapatos y calcetines para después guiarme hasta la cama para que me sentara. Miraba sus ojos azules apasionados, aunque su color era frío pero no así el contenido de su mirada. Desabrochó el cinturón de mi bata y observó mi cuerpo.

No dudó ni un minuto en hacerlo. Fue un momento especial porque su boca era suave e igual de agradable que la de Mael, aunque menos apasionada pero sí con una lengua un tanto más experta. Su lengua se paseó por la extensión de mi miembro y comenzó a succionar con los ojos cerrados. Parecía saborear mi piel y buscar una erección considerable. Despertó mi deseo mientras mis manos acariciaban su cabello dorado hasta que mi instinto apareció, sacando así el ser brusco que guardaba bajo la apariencia afable.

Opté por incorporarme, agarrar su cabeza con mis manos y comenzar a penetrar su boca con mi miembro mientras le miraba a los ojos. Él me miraba de nuevo con cierta lascivia mientras sus manos se pasaban por su propio torso pellizcando sus pezones y masturbándose. Tener a un hombre como él completamente sumiso era extremadamente extraño y excitante. Tal vez era su forma de rogar disculpas, aunque más bien veía en él un deseo callado durante siglos. Saqué mi miembro de su boca para golpear sus labios y rozar el glande por sus mejillas.

Marius se levantó recostándose en la cama mientras abría sus piernas mostrándome su entrada y su miembro erecto. Era de un tamaño algo menor al mío, pero aquello no importaba. Se veía arrebatadoramente sensual con su cuerpo marcado y relajado esperando que fuera hacia él. Arrojé al suelo mi bata y subí sobre su cuerpo lamiendo la cruz de su pecho. Él había comenzado a calentarse y su cuerpo se encontraba completamente cubierto por gotas de sudor sanguinolento. Tenía una figura más estrecha que la mía, mis brazos eran más anchos y mi estatura más considerable.

-Es la primera vez que hago algo así...-dijo girando su rostro hacia la derecha mientras me dejaba contemplar su cuello con su cabello, algo pegado y arremolinado, sobre su pómulo y frente.

-Haré que no lo olvides-susurré besando su mentón mientras palpaba su entrada con la yema de mis dedos.

Aproximé mi miembro a su orificio y ayudé a enterrarse la punta dentro de él. Sus manos se colocaron sobre mis hombros y sentí como sus uñas se enterraban. Gruñí quejándome por el punzante dolor que pronto se evaporó mientras notaba como quedaba completamente dentro de él. Escuché un gemido acompañado de un quejido y pronto sentí sus labios pegados a los míos. Su boca era acogedora y los besos intensos, tan intensos como los de Mael.

No podía dejar de pensar en ambos acostándose, provocándose gemidos y llegando al orgasmo. Aquello me motivó para moverme de una forma intensa. Buscaba su punto de placer, el cual al hallarlo pude ver como todo su rostro se convertía en el reflejo del placer más mundano. Mis manos estaban sobre la almohada, apoyándome para cada arremetida. Sus mejillas estaban algo sonrojadas y sus ojos vidriosos con lágrimas sanguinolentas. Los gemidos colapsaban mis oídos y mis gruñidos eran cada vez más profundos.

-¡Más! ¡Más!-su miembro rozaba mi vientre completamente duro y palpitante.

Bombeaba con fuerza mientras él serpenteaba aferrado a mí, inclusive llevando una de sus manos a mi nuca mientras la otra se enredaba en mi cabello colocada en la cabeza. Hizo que hundiera mi rostro en su cuello y lo lamiera mordisqueándolo sin hacerle corte alguno. La cama empezó a moverse fuerte golpeando la pared mientras los visillos temblaban. El dosel parecía querer caer sobre nosotros mientras que la pared sufría daños.

Salí de él porque sentía que me derramaba y no deseaba llegar tan pronto al final. Él quedó boqueando como pez fuera del agua y con las piernas temblorosas. Sus manos fueron directamente a masajear su pene y testículos, pero no se lo permití. Aparté sus manos y tomé a ambas por las muñecas para dejarla sobre su cabeza.

-No- le dije tomándolo del mentón-Estás en mi cama y yo impongo las normas.

Hundí el dedo índice y corazón de mi mano derecha en su boca y dejé que los lamiera. Sus piernas temblaban y sus labios apretaban desesperados. Forcejeaba para liberarse de mi mano, la cual era mucho más grande que las suyas y ejercía una fuerza mucho mayor que la que él tenía.

-Compórtate-mi voz sonó severa aunque cargada de placer.

Aparté mis dedos de aquella cálida y húmeda boca para enterrarlos en su trasero; de inmediato soltó un largo gemido moviendo sus caderas y en breves estocadas se corrió salpicando su vientre. Mi miembro también pedía expulsar mi esperma, pero prefería volver a ver ese rostro arrugando su nariz y abriendo sus labios para soltar mi nombre en un intenso orgasmo. Por ese motivo, y no otro, seguí moviendo mis dedos dentro de él hasta que fueron tres. Sus pezones estaban duros y rosados, parecían los pezones de los pechos de una hembra por sensibles y duros. Todo su cuerpo temblaba y sus ojos estaban entrecerrados intentando captar mis siguientes acciones.

-Para ser tu primera vez le has tomado cariño a mis dedos-mi voz sonaba mucho más gruesa y dominante, igual que si estuviera en medio de un campo de batalla.

-Avicus-balbuceó entre gemidos-Quiero ser tuyo toda la noche.

Dejé libre sus muñecas y tiré de él hacia mí. Había quedado de rodillas en la cama, sintiendo como el colchón se hundía bajo mi peso, y pronto él quedó de espaldas a mí notando como la cabeza de mi pene rozaba su entrada. Aguardaba el momento que yo aceptase entrar, totalmente sumiso y desesperado, y cuando lo hice gimió echando hacia atrás sus manos para tomarme de la cabeza.

-Muévete-susurré besando la cruz de su espalda.

No tardó en hacerlo apretando con sus nalgas mi miembro sacándome profundos gemidos roncos. Eché la cabeza hacia atrás notando una de las columnas del dosel. En esa postura sentimos ambos un delicioso escalofrío que se movió por nuestra columna vertebral hasta hacernos gritar nuestros nombres. Pude percibir como temblaba nuevamente al notar el calor de mi esperma llenando su interior y como se levantaba para girarse y lamer los restos que habían quedado manchando mi glande.

Aquella noche fue mío en tres ocasiones. Ofrecí algo que nunca le habían otorgado. Supongo que era su forma de pedir disculpas por tomar algo que era absolutamente mío y que no me agradaba compartir. A pesar de haber dejado a Mael a su suerte él seguía siendo mío, sin embargo fue divertido observar su rostro cansado mientras rogaba poder quedarse en mi habitación porque ya no tenía fuerzas suficientes para marcharse a la de invitados que solía ocupar.


-Puedes quedarte cuanto quieras-dije recostado a su lado-Y puedes venir aquí cuantas veces desees a probar algo que nadie te quiere dar salvo yo- aquello le arrancó una carcajada y poco después estábamos dormidos esperando la llegada del alba.  

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Gracias por su lectura

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Lestat de Lioncourt