Durante largos años he publicado varios trabajos originales, los cuales están bajo Derechos de Autor y diversas licencias en Internet, así que como es normal demandaré a todo aquel que publique algún contenido de mi blog sin mi permiso.
No sólo el contenido de las entradas es propio, sino también los laterales. Son poemas algo antiguos y desgraciadamente he tenido que tomar medidas en más de una ocasión.

Por favor, no hagan que me enfurezca y tenga que perseguirles.

Sobre el restante contenido son meros homenajes con los cuales no gano ni un céntimo. Sin embargo, también pido que no sean tomados de mi blog ya que es mi trabajo (o el de compañeros míos) para un fandom determinado (Crónicas Vampíricas y Brujas Mayfair)

Un saludo, Lestat de Lioncourt

ADVERTENCIA


Este lugar contiene novelas eróticas homosexuales y de terror psicológico, con otras de vampiros algo subidas de tono. Si no te gusta este tipo de literatura, por favor no sigas leyendo.

~La eternidad~ Según Lestat

lunes, 4 de noviembre de 2013

Una disputa diferente

Bonsoir mes amis.
De nuevo estoy aquí, yo Lestat de Lioncourt, para ofrecer otro Fanfic. En esta ocasión Mael y Marius, una pareja que pocos pensarían que fuese posible. 


Una disputa diferente



La noche no parecía prometedora y por más que buscaba un nuevo libro en la biblioteca sólo extrañaba los viejos volúmenes que podía encontrar en mi palazzo. Desconocía el motivo por el cual Lestat me había pedido que lo visitara, pues estaba claro que parecía más entretenido conversando con los mortales que acudían buscando consejo que en alguna seria, aunque animada, charla conmigo. Comprendí aque los más jóvenes desearan estar a su alrededor, pues incluso había triunfado como estrella del rock, pero sentía que se dejaban embaucar por un prototipo de rebelde sin causa ni motivo aparente.

Allá fuera los árboles se movían suavemente con la fresca brisa del otoño. Muchos habían perdido ya sus hojas y éstas se amontonaban cerca de las raíces que parecían brotar de la tierra. Los rosales ya no tenían sus espléndidas flores, sino que poseían un aspecto más similar a zarzas. Inclusive los vetustos robles poseían un aspecto deprimente. El jardín estaba preparándose para la lluvia, el frío y por ende la visita de la escarcha en la noche. La luna se alzaba entre las ramas retorcidas de varios ejemplares que ya mostraban su cuerpo desnudo.

Las risas de los jóvenes, su estruendosa música y las fuertes pisadas de todos ellos a su alrededor enturbiaban su deseo de descansar junto a la chimenea, la cual consumía ya los últimos troncos. Me moví por la estancia aspirando el aroma de los libros, la madera crepitando y el perfume de las jovencitas que llenaban el ambiente.

-¡Y ahora les contaré como fue montar por primera vez en un deportivo!-todos aplaudieron a su comentario mientras se sentía eufórico porque le rendían tributo.

-Estúpido-chisté furioso-Me ha hecho recorrer cientos de kilómetros para nada-estaba exasperado y algo cansado por el viaje, por lo tanto decidí salir al jardín y pasear a solas.

La noche no era alegre allí fuera, sino algo áspera y propicia quizás para guarecerse junto al cenador que poseía la vivienda. Era un lugar de hermosas columnas blancas de corté jónico y con una cúpula alta, aunque con rejas pequeñas que cubrían parte de ésta para que las enredaderas comenzaran a trepar por ésta. Poseía unos bancos incómodos, aunque hermosos, de piedra y una fuente cercana, con pequeños querubines, le daba un aspecto romántico de otra época. Sin embargo, ni siquiera ese lugar me invitaba demasiado.

Entonces terminé abandonándome a las suerte que eligieran mis recias botas bajas, las cuales había llevado por el temporal de lluvia que podía cubrir el cielo de New Orleans y sus calles, hasta las cuadras. Allí la calefacción estaba encendida y los caballos parecían estar en tremenda quietud. Sin embargo, tuve el desagradable encontronazo con aquel larguirucho druida estúpido que siempre andaba tramando algo en mi contra.

Tenía el pelo revuelto y una camiseta simple, algo ajada por el paso del tiempo y los numerosos lavados, unos tejanos deslavados y algo sucios con unas botas militares que ni estaban bien atadas. Su aspecto era algo sucio, pero no olía a otra cosa que no fuera a los caballos. Posiblemente llevaba gran parte de la noche allí encerrado conversando con los animales como si estos pudieran responder a sus palabras.

-Mi viejo amigo Mael que extraño encontrarte por aquí-dije mirándolo de soslayo mientras intentaba tomar asiento en un fardo de heno.

-Mi viejo y estúpido romano ¿has estado practicando el sarcasmo en tu palazzo?-interrogó alzando una de sus rubias cejas mientras me miraba de frente, sin rodeo alguno.

-¿Y a ti te han hablado las yeguas, potros y caballos del establo?-sonreí sintiéndome victorioso cuando su mirada se volvió dura.

-Los animales tienen su propia alma, Marius. Poseen un alma más noble que la nuestra, si es que aún tenemos alma-aquello no era un reproche sino una explicación sincera, cosa que me perturbó momentáneamente- Sabías más de ello si no te escucharas únicamente a ti mismo-sentenció girándose por completo hacia mí y dando un par de zancadas.

Tenerlo así frente a frente, en una posición de clara desventaja, me provocaba recordar incidentes que habíamos vivido en el pasado. Él había cumplido las normas y dictámenes que le habían sido encargados, era el más joven de los druidas allí presentes y poseía un aspecto algo más joven que el mío. Jamás osé preguntarle por su vida ni sus creencias, pues me parecía de lo más absurdo. Jamás indagué en su pasado salvo el mismo que compartíamos. Por lo demás, salvo por los años de convivencia, para mí Mael seguía siendo un auténtico extraño con maneras toscas y desagradables. Seguía siendo Mael el idiota y yo Marius el Romano.

-Tan arrogante como siempre- dijo con media sonrisa burlona- Aún ni te has percatado que ya a nadie le importa que seamos o no seamos. Sólo quieren alimentar su morbo con historias que nosotros no deseamos contar, aunque ya no queda ni un atisbo de intimidad desde que ese rubio estúpido atrae a cientos de jóvenes mortales hasta nosotros. No le culpo de ello porque yo he amado a mortales, ya que Jesse lo era hasta que Maharet la convirtió en una de los nuestros- guardó silencio unos instantes y alzó la vista hacia las vigas- El mundo es pequeño como este lugar y siempre nos encontramos. Tú me encuentras a mí la mayoría de las veces-y en eso tenía razón, el destino nos había puesto en el camino en más de un momento determinante. A veces, esos momentos eran en los cuales yo, o alguno de mis seres queridos, requeríamos de ayuda.

-¿Qué quieres decirme con eso?-pregunté intentando saber a qué nos llevaría aquella absurda disputa.

-Tú y yo no somos tan distintos, sólo que yo estoy dispuesto a escuchar y creer pero tú nunca creerás nada porque eres un romano idiota. Eres un ceporro que sólo piensa en sus intereses y sus reglas que nadie sigue-rió descaradamente cerca de mi rostro y prosiguió-ni tú sigues.

-¡Cómo te atreves!-grité molesto intentando levantarme, pero la sucia mano diestra de Mael cayó sobre mi pecho y me empujó.

-¿Y qué es Benji?-explicó con una sonrisa ladina-No cumples tus reglas y se las impones a ese idiota que hace lo mismo que tú. Pone sus reglas, pide que todos la cumplan y luego se las restriega por su trasero igual que si fuera papel de baño.

Tenía razón y eso me enfurecía, lo cual me hizo levantarme de un salto y agarrarlo por la camiseta hasta rompérsela y provocar que se cayera sobre un par de fardos. Me había enfurecido como hacía tiempo que no lo hacía, pues ya habíamos sobrevivido a varias peleas y él insistía en buscar como romper mi paciencia.

-¿Qué harás Marius? ¿Me matarás o pedirás a otro que lo haga? ¿Cuan valiente serás en esta ocasión?-interrogó alzando ambas cejas mientras se giraba.

Caí entonces encima suya comenzando a golpearlo, pero los esquivaba con la misma velocidad que yo ofrecía a mis movimientos. Como colmo se levantó escurriéndose como una serpiente mientras corría por el pasillo central burlándose de mí en grandes y cuantiosas carcajadas. Cuando prácticamente me di por vencido pude corretearlo por toda la cuadra, arrinconarlo contra uno de los cubículos desocupados y pegarlo contra una de las vigas. Entonces, y sólo entonces, logré golpearle el rostro marcando su pómulo durante unos instantes.

Su rostro mostraba sorpresa e indignación. Al parecer no se esperaba que pudiera alcanzarlo y golpearle con aquella fuerza, aunque no hizo gesto alguno de dolor. Me miró a los ojos y se sintió incómodo por la cercanía de nuestros cuerpos, pero no iba a escapar y terminaríamos la pelea con los puños como debimos hacerlo tiempo atrás.

-¡Apártate!-gritó provocando que su yegua, Aldana, relinchara- Avicus no tolerará una pelea de ambos- su cuerpo se movía rozándose contra el mío mientras mis brazos lo atenazaban contra aquella columna.

-Ni en sueños, druida-respondí con los dientes apretados completamente furioso.

Durante una fracción de segundo nos miramos a los ojos. Jamás lo había hecho desde tan cerca y la furia pasó a una notable excitación. Su mirada era temible, con unos ojos azules algo menos fríos pero sí duros y que mostraban cierta sabiduría. Me molestaba que me comprendiera y conociera mejor que yo mismo. Aquel maldito celta era un dolor de cabeza para cualquiera que se aproximara demasiado a él, pero sin embargo su cuerpo empezó a ser deseable.

-Aparta-dijo en un tono molesto aunque para nada chillón-Aparta-repitió- ¡Aparta!

Entonces tras ese molesto grito, el cual prácticamente me dejó sordo, terminé por atrapar su boca con la mía y ofrecerle un beso para nada casto. Mi lengua se introdujo en él mientras sus manos se aferraban con fuerza a mi chaqueta, la cual era oscura aunque no así mi camisa de seda roja. Ambos estábamos sucios por pelearnos por aquel lugar entre el barro y el heno, así como la paja que se usaba en el suelo. Habíamos luchado correteando como niños y finalmente besándonos como adolescentes.

-Muévete-susurró con las mejillas suavemente encendidas cuando corté el beso- Avicus me está esperando.

-Seguramente está ensimismado leyendo en su habitación y ni siquiera te extraña-aquello pareció herirlo más que ofrecerle cierta rabia.

-Muévete-repitió.

Cuando repitió aquello con tanta fuerza me moví permitiendo que pudiera sobre pasarme y salir de los establos. Por primera vez observé sus ojos, los cuales ya no tenían marca alguna de expresión debido a los milenios, y su espalda pequeña de hombros mucho más diminutos que los míos. Era delgado y de aspecto escuálido, lo cual jamás había notado tras sus ropas de celta resentido y después aquella ropa deslucida ajada casi por los años. Un hombre que vivía al día y no buscaba un futuro pomposo. Quizás ese era nuestro principal problema. Amaba los lujos y durante años las fiestas, aunque decidía recluirme en mi soledad o a lo sumo en compañía de mis pupilos. Él sin embargo como mucho limpiaba las cuadras, se paseaba por la ciudad y llamaba insistentemente a Jesse para saber como se encontraban ella, las gemelas y Thorne. Distintos caracteres y distintas formas de vida, sin embargo no podía dejar de pensar en su cuerpo desnudo bajo el mío.

-¿Qué me ocurre? Es el imbécil de siempre-me dije a punto de irritarme conmigo mismo.

Salí de la cuadra sacudiéndome el barro y la inmundicia cuando lo vi. Estaba en mitad del jardín observando las estrellas, como haría cualquier loco celta para hablarle a sus dioses. Se hallaba sentado en estilo flor de loto y con las manos colocadas en sus rodillas. Su rostro mostraba dureza, tal vez porque estaba serio.

-Mael-sabía que debía pedirle disculpas antes que todo aquello empezara a convertirse en otra queja, la cual me lanzaría en la próxima ocasión.

-Siéntate si quieres-aquello me sorprendió, pero no me alarmó.

Él no parecía dispuesto a seguir discutiendo, al menos no de momento. Su aspecto era como el de un figurilla de cera o quizás una escultura de mármol. Tenía las cejas muy rubias, aunque algo más oscuras que el cabello el cual parecía de color paja. Sus labios tenían un leve toque de color, tal vez por la sangre que había ingerido recientemente o quizás porque era un rasgo característico en él.

Tomé asiento a su lado mientras él me observaba. Nuestras miradas de nuevo se sostuvieron y fue él entonces quien se aproximó a mí para besarme. Era un beso menos rudo y más sostenido en el tiempo. Su lengua se movía en mi boca como la mía en la suya. Acabé tendiéndolo mientras me recostaba sobre él, acariciando su torso y abriendo sus piernas. La hierba acariciaba su rostro dándole un aspecto más natural y menos frío, pues de cerca no era piedra sino algo más cálido y suave al tacto.

-No, aquí no-dijo colocando sus manos sobre mis hombros, pero no me detuve como él pretendía.

Mi rostro se hundió en su cuello, pudo sentir entonces mis colmillos rozando el lóbulo de su oreja derecha junto a mi aliento mientras sentía mi peso. Dejé varios besos en sus clavículas y cerca de su bocado de adán. Podía notar como su cuerpo se agitaba y como rápidamente sus caderas buscaron chocar con las mías. A pesar de ese deseo que me mostraba aún se resistía. Quizás era eso, su resistencia.

-Marius, aquí no- su instinto natural le pedía pelear contra mí y sus propios bajos instintos.

Un beso le calló momentáneamente y al apartar mis labios de los suyos un suave gemido, el cual me sorprendió gratamente, surgió de su boca mientras sus piernas temblaban abriéndose. Con desesperada rapidez retiré sus botas, calcetines y los pantalones dejándolo regado por el césped que empezaba a clarear, signo evidente de un otoño frío. Él se aferró a mi ropa, provocando que sus afiladas uñas rompieran la tela y mi ímpetu hiciera el resto.

En cuestión de segundos estábamos desnudos como dos impúdicos en medio del jardín con el sonido de la estridente música rock de fondo. Sus ojos buscaban los míos para cerciorarse tal vez que aquello estaba ocurriendo, pues no era un sueño ni una pesadilla. Incliné mi rostro sobre su pecho y mordisqueé sus tetillas, así como succioné sus pezones provocando que gimiera y agarrara mis largos mechones de pelo con sus manos. Mi lengua se deslizó por su torso hasta su ombligo y finalmente por sus ingles.

-Marius- su voz no sonaba áspera, sino que parecía melosa e incluso pegajosa.

Comprendí entonces que no había atisbo alguno de ira o lucha por su parte, sino que estaba cayendo en mis redes. Con cuidado lo giré sobre sí mismo y observé su perfecto trasero redondeado y sentí ira, quizás porque algo en mí me pedía discutir en vez de otorgarle placer. Sin embargo, no había mejor venganza que rellenar aquel trasero con mi esperma dejándole un hermoso recuerdo que lo llenara de furia.

Con mi mano derecha agarré su cabeza pegando el lado izquierdo de su rostro a la hierba, con la izquierda levanté sus caderas y me incliné lamiendo su entrada. Aquel orificio parecía estar esperándome para hacerle gozar, igual cualquier maldita perra en celo que podías encontrarte desesperada por las atenciones de su amo. Hundí mi lengua en él y Mael sufrió un espasmo, sus piernas se abrieron de forma dócil sacándome una honda carcajada.

Me incorporé observando sus ojos fijos en mis acciones por encima de su hombro. Tenía los labios entreabiertos y sus manos pegadas al césped. La hierba posiblemente provocaba ciertas cosquillas a su miembro, el cual estaba erecto y húmedo.

-Te voy a mostrar como Roma construyó un Imperio sobre vuestro pueblo-dije muy cerca de su nuca- Y como mi padre me concibió con una esclava. ¿Serás hoy mi esclava? ¿Eso quieres Mael?-hice rozar mi glande contra su húmedo ano.

Su respuesta fue alzar más su cadera rozando estas contra mi miembro y ofreciéndome así un soberbio placer. Azoté entonces su trasero con mi mano izquierda con la palma completamente extendida, y lo hice una y otra vez. Cuando paré su nalgas estaban enrojecidas y perfectas para enterrar mi miembro.

Al entrar él soltó un gemido de placer que se quedó clavado en mis recuerdos, y el cual aún me prende, moví suavemente mi cadera gruñendo bajo y resoplando cuando logré empezar a moverme a un ritmo fuerte y contundente. La diestra dejó de estar sobre sus cabellos y quedó enredada en su miembro llevando un ritmo aún más fuerte que aquel que yo le ofrecía con mi pelvis. Sus caderas se movían a ritmo contrario buscando mayor placer.

-Marius... Marius...- al fin dejó escapar mi nombre en pequeños gritos de placer.

Arrancaba la hierba a la cual se aferraba mientras el ritmo iba aumentando. Aquellos gemidos indecentes podían llamar la atención de cientos de ojos, pero todos estaba puestos en los habitantes de la mansión y no en el jardín que moría esperando el frío invierno. Podía notar como contraía sus músculos para atraparme dentro de él y también la tensión de su cuerpo en aquella posición.

-Espera, te ofreceré una oportunidad- dije saliendo de él mientras lo empujaba para volver a girarlo.

De inmediato se levantó quedando de rodillas frente a mí y comenzó a succionar de una forma que ni siquiera Armand había hecho. Estaba desesperado y parecía querer demostrarme que era bueno con su boca, mucho mejor que cualquier esclava que pudiera tenerse para esos menesteres. Su nariz rozaba mi vello público y su larga lengua, la cual solía usar para insolentes palabras, rozó mis testículos. Sus gemidos se callaban con cada estocada de mi miembro, pero los míos salían sin reparo alguno.

Agarré su nuca pegándolo a mí e introduciendo todo mi miembro en su interior. Pude notar como jugaba a rozar las abultadas venas de mi sexo y sus labios apretando la base de éste; sin lugar a dudas era una experiencia extremadamente placentera. La lujuria nos consumía a ambos en medio de aquel jardín. Sin embargo, lo aparté y me tiré al suelo con él. No aguardó ni un segundo para subirse sobre mí y penetrarse él mismo moviéndose rápidamente. Sus manos se paseaban por mi torso y pronto sus uñas rasguñaron mis pezones, vientre y laterales justo bajo mis costillas.

El cabello de Mael era mucho más largo que el mío y se movía furioso a causa del viento. La brisa había aparecido de nuevo y las nubes se volvían más oscuras por momentos. Pronto empecé a sentir algunas gotas caer sobre mi rostro y en cuestión de segundos las pequeñas gotas se convirtieron en tormenta. Pero ni a él ni a mí nos importaba. Se inclinó para besarme cubriéndome con su pelo empapado mientras su cadera se contoneaba en suaves círculos. Ambos gemíamos boca contra boca y de ese modo él llegó al final.

Manchó su vientre y parcialmente también salpicó el mío, sin embargo yo no estaba satisfecho. Salí de él con cierta furia controlada y lo postré frente a mí colando mi miembro en su boca. En dos estocadas acabé llenándole la boca de esperma. Sus ojos azules se fijaron en los míos que lo miraban con lujuria y rabia.

-Ni se te ocurra escupir-dije tomándolo del mentón para verle a los ojos y éste abrió la boca. Había ingerido mi semen sin una mueca de desagrado.

El momento de pasión pasó de inmediato nada más calmarnos sentados sobre la hierba, bajo aquella tormenta gélida. Él se levantó caminando a duras penas, como si sintiera alguna molesta, y corrió hacia los establos recogiendo lo que quedaba de su ropa. Yo hice prácticamente lo mismo pero hacia el interior de la mansión por la puerta trasera.

Hace ya dos semanas que ocurrió nuestro encuentro y cuando nos cruzamos por los pasillos, o coincidimos en una misma habitación, tratamos de obviar nuestra presencia. Avicus cree que es porque hemos madurado al fin y hemos dejado atrás nuestras eternas peleas. Creo que en unos meses el recuerdo se habrá convertido en polvo y podremos volver a la vida normal, es decir, podremos pelearnos como de costumbre.  

No hay comentarios:

Gracias por su lectura

Gracias por su lectura
Lestat de Lioncourt