Bonsoir mes amis.
De nuevo estoy aquí, yo Lestat de Lioncourt, para ofrecer otro Fanfic. En esta ocasión Mael y Marius, una pareja que pocos pensarían que fuese posible.
Una disputa diferente
La noche no parecía prometedora y por
más que buscaba un nuevo libro en la biblioteca sólo extrañaba los
viejos volúmenes que podía encontrar en mi palazzo. Desconocía el
motivo por el cual Lestat me había pedido que lo visitara, pues
estaba claro que parecía más entretenido conversando con los
mortales que acudían buscando consejo que en alguna seria, aunque
animada, charla conmigo. Comprendí aque los más jóvenes desearan
estar a su alrededor, pues incluso había triunfado como estrella del
rock, pero sentía que se dejaban embaucar por un prototipo de
rebelde sin causa ni motivo aparente.
Allá fuera los árboles se movían
suavemente con la fresca brisa del otoño. Muchos habían perdido ya
sus hojas y éstas se amontonaban cerca de las raíces que parecían
brotar de la tierra. Los rosales ya no tenían sus espléndidas
flores, sino que poseían un aspecto más similar a zarzas. Inclusive
los vetustos robles poseían un aspecto deprimente. El jardín estaba
preparándose para la lluvia, el frío y por ende la visita de la
escarcha en la noche. La luna se alzaba entre las ramas retorcidas de
varios ejemplares que ya mostraban su cuerpo desnudo.
Las risas de los jóvenes, su
estruendosa música y las fuertes pisadas de todos ellos a su
alrededor enturbiaban su deseo de descansar junto a la chimenea, la
cual consumía ya los últimos troncos. Me moví por la estancia
aspirando el aroma de los libros, la madera crepitando y el perfume
de las jovencitas que llenaban el ambiente.
-¡Y ahora les contaré como fue montar
por primera vez en un deportivo!-todos aplaudieron a su comentario
mientras se sentía eufórico porque le rendían tributo.
-Estúpido-chisté furioso-Me ha hecho
recorrer cientos de kilómetros para nada-estaba exasperado y algo
cansado por el viaje, por lo tanto decidí salir al jardín y pasear
a solas.
La noche no era alegre allí fuera,
sino algo áspera y propicia quizás para guarecerse junto al cenador
que poseía la vivienda. Era un lugar de hermosas columnas blancas de
corté jónico y con una cúpula alta, aunque con rejas pequeñas que
cubrían parte de ésta para que las enredaderas comenzaran a trepar
por ésta. Poseía unos bancos incómodos, aunque hermosos, de piedra
y una fuente cercana, con pequeños querubines, le daba un aspecto
romántico de otra época. Sin embargo, ni siquiera ese lugar me
invitaba demasiado.
Entonces terminé abandonándome a las
suerte que eligieran mis recias botas bajas, las cuales había
llevado por el temporal de lluvia que podía cubrir el cielo de New
Orleans y sus calles, hasta las cuadras. Allí la calefacción estaba
encendida y los caballos parecían estar en tremenda quietud. Sin
embargo, tuve el desagradable encontronazo con aquel larguirucho
druida estúpido que siempre andaba tramando algo en mi contra.
Tenía el pelo revuelto y una camiseta
simple, algo ajada por el paso del tiempo y los numerosos lavados,
unos tejanos deslavados y algo sucios con unas botas militares que ni
estaban bien atadas. Su aspecto era algo sucio, pero no olía a otra
cosa que no fuera a los caballos. Posiblemente llevaba gran parte de
la noche allí encerrado conversando con los animales como si estos
pudieran responder a sus palabras.
-Mi viejo amigo Mael que extraño
encontrarte por aquí-dije mirándolo de soslayo mientras intentaba
tomar asiento en un fardo de heno.
-Mi viejo y estúpido romano ¿has
estado practicando el sarcasmo en tu palazzo?-interrogó alzando una
de sus rubias cejas mientras me miraba de frente, sin rodeo alguno.
-¿Y a ti te han hablado las yeguas,
potros y caballos del establo?-sonreí sintiéndome victorioso cuando
su mirada se volvió dura.
-Los animales tienen su propia alma,
Marius. Poseen un alma más noble que la nuestra, si es que aún
tenemos alma-aquello no era un reproche sino una explicación
sincera, cosa que me perturbó momentáneamente- Sabías más de ello
si no te escucharas únicamente a ti mismo-sentenció girándose por
completo hacia mí y dando un par de zancadas.
Tenerlo así frente a frente, en una
posición de clara desventaja, me provocaba recordar incidentes que
habíamos vivido en el pasado. Él había cumplido las normas y
dictámenes que le habían sido encargados, era el más joven de los
druidas allí presentes y poseía un aspecto algo más joven que el
mío. Jamás osé preguntarle por su vida ni sus creencias, pues me
parecía de lo más absurdo. Jamás indagué en su pasado salvo el
mismo que compartíamos. Por lo demás, salvo por los años de
convivencia, para mí Mael seguía siendo un auténtico extraño con
maneras toscas y desagradables. Seguía siendo Mael el idiota y yo
Marius el Romano.
-Tan arrogante como siempre- dijo con
media sonrisa burlona- Aún ni te has percatado que ya a nadie le
importa que seamos o no seamos. Sólo quieren alimentar su morbo con
historias que nosotros no deseamos contar, aunque ya no queda ni un
atisbo de intimidad desde que ese rubio estúpido atrae a cientos de
jóvenes mortales hasta nosotros. No le culpo de ello porque yo he
amado a mortales, ya que Jesse lo era hasta que Maharet la convirtió
en una de los nuestros- guardó silencio unos instantes y alzó la
vista hacia las vigas- El mundo es pequeño como este lugar y siempre
nos encontramos. Tú me encuentras a mí la mayoría de las veces-y
en eso tenía razón, el destino nos había puesto en el camino en
más de un momento determinante. A veces, esos momentos eran en los
cuales yo, o alguno de mis seres queridos, requeríamos de ayuda.
-¿Qué quieres decirme con
eso?-pregunté intentando saber a qué nos llevaría aquella absurda
disputa.
-Tú y yo no somos tan distintos, sólo
que yo estoy dispuesto a escuchar y creer pero tú nunca creerás
nada porque eres un romano idiota. Eres un ceporro que sólo piensa
en sus intereses y sus reglas que nadie sigue-rió descaradamente
cerca de mi rostro y prosiguió-ni tú sigues.
-¡Cómo te atreves!-grité molesto
intentando levantarme, pero la sucia mano diestra de Mael cayó sobre
mi pecho y me empujó.
-¿Y qué es Benji?-explicó con una
sonrisa ladina-No cumples tus reglas y se las impones a ese idiota
que hace lo mismo que tú. Pone sus reglas, pide que todos la cumplan
y luego se las restriega por su trasero igual que si fuera papel de
baño.
Tenía razón y eso me enfurecía, lo
cual me hizo levantarme de un salto y agarrarlo por la camiseta hasta
rompérsela y provocar que se cayera sobre un par de fardos. Me había
enfurecido como hacía tiempo que no lo hacía, pues ya habíamos
sobrevivido a varias peleas y él insistía en buscar como romper mi
paciencia.
-¿Qué harás Marius? ¿Me matarás o
pedirás a otro que lo haga? ¿Cuan valiente serás en esta
ocasión?-interrogó alzando ambas cejas mientras se giraba.
Caí entonces encima suya comenzando a
golpearlo, pero los esquivaba con la misma velocidad que yo ofrecía
a mis movimientos. Como colmo se levantó escurriéndose como una
serpiente mientras corría por el pasillo central burlándose de mí
en grandes y cuantiosas carcajadas. Cuando prácticamente me di por
vencido pude corretearlo por toda la cuadra, arrinconarlo contra uno
de los cubículos desocupados y pegarlo contra una de las vigas.
Entonces, y sólo entonces, logré golpearle el rostro marcando su
pómulo durante unos instantes.
Su rostro mostraba sorpresa e
indignación. Al parecer no se esperaba que pudiera alcanzarlo y
golpearle con aquella fuerza, aunque no hizo gesto alguno de dolor.
Me miró a los ojos y se sintió incómodo por la cercanía de
nuestros cuerpos, pero no iba a escapar y terminaríamos la pelea con
los puños como debimos hacerlo tiempo atrás.
-¡Apártate!-gritó provocando que su
yegua, Aldana, relinchara- Avicus no tolerará una pelea de ambos- su
cuerpo se movía rozándose contra el mío mientras mis brazos lo
atenazaban contra aquella columna.
-Ni en sueños, druida-respondí con
los dientes apretados completamente furioso.
Durante una fracción de segundo nos
miramos a los ojos. Jamás lo había hecho desde tan cerca y la furia
pasó a una notable excitación. Su mirada era temible, con unos ojos
azules algo menos fríos pero sí duros y que mostraban cierta
sabiduría. Me molestaba que me comprendiera y conociera mejor que yo
mismo. Aquel maldito celta era un dolor de cabeza para cualquiera que
se aproximara demasiado a él, pero sin embargo su cuerpo empezó a
ser deseable.
-Aparta-dijo en un tono molesto aunque
para nada chillón-Aparta-repitió- ¡Aparta!
Entonces tras ese molesto grito, el
cual prácticamente me dejó sordo, terminé por atrapar su boca con
la mía y ofrecerle un beso para nada casto. Mi lengua se introdujo
en él mientras sus manos se aferraban con fuerza a mi chaqueta, la
cual era oscura aunque no así mi camisa de seda roja. Ambos
estábamos sucios por pelearnos por aquel lugar entre el barro y el
heno, así como la paja que se usaba en el suelo. Habíamos luchado
correteando como niños y finalmente besándonos como adolescentes.
-Muévete-susurró con las mejillas
suavemente encendidas cuando corté el beso- Avicus me está
esperando.
-Seguramente está ensimismado leyendo
en su habitación y ni siquiera te extraña-aquello pareció herirlo
más que ofrecerle cierta rabia.
-Muévete-repitió.
Cuando repitió aquello con tanta
fuerza me moví permitiendo que pudiera sobre pasarme y salir de los
establos. Por primera vez observé sus ojos, los cuales ya no tenían
marca alguna de expresión debido a los milenios, y su espalda
pequeña de hombros mucho más diminutos que los míos. Era delgado y
de aspecto escuálido, lo cual jamás había notado tras sus ropas de
celta resentido y después aquella ropa deslucida ajada casi por los
años. Un hombre que vivía al día y no buscaba un futuro pomposo.
Quizás ese era nuestro principal problema. Amaba los lujos y durante
años las fiestas, aunque decidía recluirme en mi soledad o a lo
sumo en compañía de mis pupilos. Él sin embargo como mucho
limpiaba las cuadras, se paseaba por la ciudad y llamaba
insistentemente a Jesse para saber como se encontraban ella, las
gemelas y Thorne. Distintos caracteres y distintas formas de vida,
sin embargo no podía dejar de pensar en su cuerpo desnudo bajo el
mío.
-¿Qué me ocurre? Es el imbécil de
siempre-me dije a punto de irritarme conmigo mismo.
Salí de la cuadra sacudiéndome el
barro y la inmundicia cuando lo vi. Estaba en mitad del jardín
observando las estrellas, como haría cualquier loco celta para
hablarle a sus dioses. Se hallaba sentado en estilo flor de loto y
con las manos colocadas en sus rodillas. Su rostro mostraba dureza,
tal vez porque estaba serio.
-Mael-sabía que debía pedirle
disculpas antes que todo aquello empezara a convertirse en otra
queja, la cual me lanzaría en la próxima ocasión.
-Siéntate si quieres-aquello me
sorprendió, pero no me alarmó.
Él no parecía dispuesto a seguir
discutiendo, al menos no de momento. Su aspecto era como el de un
figurilla de cera o quizás una escultura de mármol. Tenía las
cejas muy rubias, aunque algo más oscuras que el cabello el cual
parecía de color paja. Sus labios tenían un leve toque de color,
tal vez por la sangre que había ingerido recientemente o quizás
porque era un rasgo característico en él.
Tomé asiento a su lado mientras él me
observaba. Nuestras miradas de nuevo se sostuvieron y fue él
entonces quien se aproximó a mí para besarme. Era un beso menos
rudo y más sostenido en el tiempo. Su lengua se movía en mi boca
como la mía en la suya. Acabé tendiéndolo mientras me recostaba
sobre él, acariciando su torso y abriendo sus piernas. La hierba
acariciaba su rostro dándole un aspecto más natural y menos frío,
pues de cerca no era piedra sino algo más cálido y suave al tacto.
-No, aquí no-dijo colocando sus manos
sobre mis hombros, pero no me detuve como él pretendía.
Mi rostro se hundió en su cuello, pudo
sentir entonces mis colmillos rozando el lóbulo de su oreja derecha
junto a mi aliento mientras sentía mi peso. Dejé varios besos en
sus clavículas y cerca de su bocado de adán. Podía notar como su
cuerpo se agitaba y como rápidamente sus caderas buscaron chocar con
las mías. A pesar de ese deseo que me mostraba aún se resistía.
Quizás era eso, su resistencia.
-Marius, aquí no- su instinto natural
le pedía pelear contra mí y sus propios bajos instintos.
Un beso le calló momentáneamente y al
apartar mis labios de los suyos un suave gemido, el cual me
sorprendió gratamente, surgió de su boca mientras sus piernas
temblaban abriéndose. Con desesperada rapidez retiré sus botas,
calcetines y los pantalones dejándolo regado por el césped que
empezaba a clarear, signo evidente de un otoño frío. Él se aferró
a mi ropa, provocando que sus afiladas uñas rompieran la tela y mi
ímpetu hiciera el resto.
En cuestión de segundos estábamos
desnudos como dos impúdicos en medio del jardín con el sonido de la
estridente música rock de fondo. Sus ojos buscaban los míos para
cerciorarse tal vez que aquello estaba ocurriendo, pues no era un
sueño ni una pesadilla. Incliné mi rostro sobre su pecho y
mordisqueé sus tetillas, así como succioné sus pezones provocando
que gimiera y agarrara mis largos mechones de pelo con sus manos. Mi
lengua se deslizó por su torso hasta su ombligo y finalmente por sus
ingles.
-Marius- su voz no sonaba áspera, sino
que parecía melosa e incluso pegajosa.
Comprendí entonces que no había
atisbo alguno de ira o lucha por su parte, sino que estaba cayendo en
mis redes. Con cuidado lo giré sobre sí mismo y observé su
perfecto trasero redondeado y sentí ira, quizás porque algo en mí
me pedía discutir en vez de otorgarle placer. Sin embargo, no había
mejor venganza que rellenar aquel trasero con mi esperma dejándole
un hermoso recuerdo que lo llenara de furia.
Con mi mano derecha agarré su cabeza
pegando el lado izquierdo de su rostro a la hierba, con la izquierda
levanté sus caderas y me incliné lamiendo su entrada. Aquel
orificio parecía estar esperándome para hacerle gozar, igual
cualquier maldita perra en celo que podías encontrarte desesperada
por las atenciones de su amo. Hundí mi lengua en él y Mael sufrió
un espasmo, sus piernas se abrieron de forma dócil sacándome una
honda carcajada.
Me incorporé observando sus ojos fijos
en mis acciones por encima de su hombro. Tenía los labios
entreabiertos y sus manos pegadas al césped. La hierba posiblemente
provocaba ciertas cosquillas a su miembro, el cual estaba erecto y
húmedo.
-Te voy a mostrar como Roma construyó
un Imperio sobre vuestro pueblo-dije muy cerca de su nuca- Y como mi
padre me concibió con una esclava. ¿Serás hoy mi esclava? ¿Eso
quieres Mael?-hice rozar mi glande contra su húmedo ano.
Su respuesta fue alzar más su cadera
rozando estas contra mi miembro y ofreciéndome así un soberbio
placer. Azoté entonces su trasero con mi mano izquierda con la palma
completamente extendida, y lo hice una y otra vez. Cuando paré su
nalgas estaban enrojecidas y perfectas para enterrar mi miembro.
Al entrar él soltó un gemido de
placer que se quedó clavado en mis recuerdos, y el cual aún me
prende, moví suavemente mi cadera gruñendo bajo y resoplando cuando
logré empezar a moverme a un ritmo fuerte y contundente. La diestra
dejó de estar sobre sus cabellos y quedó enredada en su miembro
llevando un ritmo aún más fuerte que aquel que yo le ofrecía con
mi pelvis. Sus caderas se movían a ritmo contrario buscando mayor
placer.
-Marius... Marius...- al fin dejó
escapar mi nombre en pequeños gritos de placer.
Arrancaba la hierba a la cual se
aferraba mientras el ritmo iba aumentando. Aquellos gemidos
indecentes podían llamar la atención de cientos de ojos, pero todos
estaba puestos en los habitantes de la mansión y no en el jardín
que moría esperando el frío invierno. Podía notar como contraía
sus músculos para atraparme dentro de él y también la tensión de
su cuerpo en aquella posición.
-Espera, te ofreceré una oportunidad-
dije saliendo de él mientras lo empujaba para volver a girarlo.
De inmediato se levantó quedando de
rodillas frente a mí y comenzó a succionar de una forma que ni
siquiera Armand había hecho. Estaba desesperado y parecía querer
demostrarme que era bueno con su boca, mucho mejor que cualquier
esclava que pudiera tenerse para esos menesteres. Su nariz rozaba mi
vello público y su larga lengua, la cual solía usar para insolentes
palabras, rozó mis testículos. Sus gemidos se callaban con cada
estocada de mi miembro, pero los míos salían sin reparo alguno.
Agarré su nuca pegándolo a mí e
introduciendo todo mi miembro en su interior. Pude notar como jugaba
a rozar las abultadas venas de mi sexo y sus labios apretando la base
de éste; sin lugar a dudas era una experiencia extremadamente
placentera. La lujuria nos consumía a ambos en medio de aquel
jardín. Sin embargo, lo aparté y me tiré al suelo con él. No
aguardó ni un segundo para subirse sobre mí y penetrarse él mismo
moviéndose rápidamente. Sus manos se paseaban por mi torso y pronto
sus uñas rasguñaron mis pezones, vientre y laterales justo bajo mis
costillas.
El cabello de Mael era mucho más largo
que el mío y se movía furioso a causa del viento. La brisa había
aparecido de nuevo y las nubes se volvían más oscuras por momentos.
Pronto empecé a sentir algunas gotas caer sobre mi rostro y en
cuestión de segundos las pequeñas gotas se convirtieron en
tormenta. Pero ni a él ni a mí nos importaba. Se inclinó para
besarme cubriéndome con su pelo empapado mientras su cadera se
contoneaba en suaves círculos. Ambos gemíamos boca contra boca y de
ese modo él llegó al final.
Manchó su vientre y parcialmente
también salpicó el mío, sin embargo yo no estaba satisfecho. Salí
de él con cierta furia controlada y lo postré frente a mí colando
mi miembro en su boca. En dos estocadas acabé llenándole la boca de
esperma. Sus ojos azules se fijaron en los míos que lo miraban con
lujuria y rabia.
-Ni se te ocurra escupir-dije tomándolo
del mentón para verle a los ojos y éste abrió la boca. Había
ingerido mi semen sin una mueca de desagrado.
El momento de pasión pasó de
inmediato nada más calmarnos sentados sobre la hierba, bajo aquella
tormenta gélida. Él se levantó caminando a duras penas, como si
sintiera alguna molesta, y corrió hacia los establos recogiendo lo
que quedaba de su ropa. Yo hice prácticamente lo mismo pero hacia el
interior de la mansión por la puerta trasera.
Hace ya dos semanas que ocurrió
nuestro encuentro y cuando nos cruzamos por los pasillos, o
coincidimos en una misma habitación, tratamos de obviar nuestra
presencia. Avicus cree que es porque hemos madurado al fin y hemos
dejado atrás nuestras eternas peleas. Creo que en unos meses el
recuerdo se habrá convertido en polvo y podremos volver a la vida
normal, es decir, podremos pelearnos como de costumbre.
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