Estás dormida, acurrucada contra la
almohada y vestida con ese camisón fresco que tanto amas en tono
rosado. Te cubren algunas cobijas, pero puedo distinguir tus curvas y
como tu pecho se mueve recordando días en los que necesitabas
respirar como cualquier ser humano. Bajo tus labios, los cuales son
como los de una muñeca perfecta de porcelana, hay unos colmillos que
perforarían la piel y la carne de cualquiera.
Desconozco cual es el placer que
encuentro en contemplarte. Durante años, cuando no podíamos estar
juntos, te vigilaba y odiaba a tu esposo que yacía a tu lado. Quería
arrebatarte de sus brazos y dejar de ser tan bueno, pues siempre fui
un demonio y no un ángel. Ser un santo nunca se me dio bien, aunque
hubiese deseado subir a los altares y ser Juan Diego. No, no y mil
veces no. Mis manos temblaban al querer tocarte y mi alma se
lamentaba porque quería yacer junto a la tuya.
Y ahora que estás aquí, junto a mí,
cometo pecados y provoco molestias en ti. Quieres evitar una verdad
cierta y es que sin ti, sin tu amor, sin lo que tú simbolizas para
mí mi vida quedaría con un gran agujero como si hubiesen disparado
un cañón. Desearía que perdonaras mi torpeza y me abrazaras
diciéndome que no ocurre nada, pero sé que no es así. Noto en tus
ojos grises la tristeza de la decepción. Odio no ser el héroe que
esperabas, pero lo que más odio es no poder besar tu rostro y
decirte que te amo porque podrías tomarlo como una burla.
He escrito miles de poemas, canciones e
incluso libros sobre mis sentimientos hacia ti. No te he permitido
leerlos porque desconozco tu reacción. Temo que al leerlos pienses
que soy un imbécil y un estúpido que sólo piensa en retenerte
porque le haces falta, porque no puede vivir sin ti y ese poder que
te otorgaría sobre mí sería terrible. Pues al saber eso sabrías
que me muero si desapareces, que puedes castigarme sin tu presencia y
provocarme la agonía. No sé como he llegado a este punto, pues un
ser como yo no debería depender tanto del amor y aún así dependo
totalmente de él. El aplauso de mi público me provoca felicidad, un
placer inaudito, pero no se puede comprar a una de tus sonrisas
mientras duermes.
Perdóname por todos los errores, por
no ser capaz de estar a tu lado cada noche como he prometido y
también por ser incapaz de susurrar cuanto te amo sin que se quiebre
mi voz. Soy incapaz de confesar todo esto pues tú me arrancas la
fortaleza y provocas que no sepa como hilar una frase sin sentir
deseos de besarte.
Lestat de Lioncourt
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