Durante largos años he publicado varios trabajos originales, los cuales están bajo Derechos de Autor y diversas licencias en Internet, así que como es normal demandaré a todo aquel que publique algún contenido de mi blog sin mi permiso.
No sólo el contenido de las entradas es propio, sino también los laterales. Son poemas algo antiguos y desgraciadamente he tenido que tomar medidas en más de una ocasión.

Por favor, no hagan que me enfurezca y tenga que perseguirles.

Sobre el restante contenido son meros homenajes con los cuales no gano ni un céntimo. Sin embargo, también pido que no sean tomados de mi blog ya que es mi trabajo (o el de compañeros míos) para un fandom determinado (Crónicas Vampíricas y Brujas Mayfair)

Un saludo, Lestat de Lioncourt

ADVERTENCIA


Este lugar contiene novelas eróticas homosexuales y de terror psicológico, con otras de vampiros algo subidas de tono. Si no te gusta este tipo de literatura, por favor no sigas leyendo.

~La eternidad~ Según Lestat

viernes, 21 de marzo de 2014

Buenas noches príncipe

Buenas noches Príncipe son unas nuevas memorias actuales sobre Nicolas, siendo un demonio gracias a Memnoch, vuelve a mí buscando mis atenciones. Armand y David salen en la escena. 

Lestat de Lioncourt 

Buenas noches príncipe


Sus cabellos dorados caían desparramados por la almohada, su rostro parecía el de un santo y sus manos se hallaban sobre tu pecho con los dedos entrelazados. Tenía las cejas igual de perfectas que hacía siglos, sus pestañas tupidas, su enorme y carnosa boca parecía sonreír en sus trágicos sueños, su mentón era firme y proporcionado y el tono de su piel no era tan pálido como era de esperarse en un vampiro como él. Las ropas de cama estaban perfectamente colocadas y alguien, aunque no podía saber bien, había colocado pétalos de flores a su alrededor. La camisa de chorreras blanca no estaba cerrada, sino abierta, y sus pantalones de cuero eran lo único que cubrían sus piernas pues no estaba calzado.

La habitación estaba cargada de lujosos muebles de madera noble, la cual en ocasiones se realzaba con pan de oro y hermosas piezas talladas, así como objetos muy diversos. Había un espejo de cuerpo entero en uno de los rincones, cerca de un pequeño armario para corbatas, y un par de cuadros con unos detalles muy cuidados. El suelo de mármol se extendía en todas direcciones formando un discreto manto de color blanco, tan puro como la nieve, y algunas alfombras persas destacaban con sus florituras y colorido gracias a la elección de las losas. Poseía una cama inmensa para un par de amantes apasionados. En los cojines podían leerse las iniciales de ambos nombres, el suyo y el de aquella bruja que terminó abandonándolo en la miseria donde se consumía, lo cual hacía aquel marco más tentador y doloroso.

Las ventanas se habían abierto para que el frescor primaveral, junto al aroma de las primeras flores, penetraran y agitaran quizás su alma. Todos lo contemplaban como el príncipe que era y lo custodiaban con una feroz devoción, igual que si fuera un dios. En la planta inferior, donde se hallaba la biblioteca, David Talbot remitía a todos el estado de Lestat, el cual no variaba en absoluto. Los tersos labios, los cuales parecían pétalos de rosas pálidas, no se habían movido en semanas.

Aquel demonio que lo aguardaba en piadoso silencio contenía el aliento. Estaba disfrutando del dolor que percibía a su alrededor. Sin embargo se apresuró a cerrar la puerta de doble hoja, dejando la habitación para ellos dos y nadie más. Nadie del personal de servicio de la gran mansión, la cual estaba en penumbras, había visto a la misteriosa figura caminar hacia la habitación y detenerse con aquella sonrisa cargada de fascinación.

Ese demonio era yo. Un demonio de tez blanca, aunque algo más oscura que la suya, y de cabellos negros y ondulados que caían sobre su camisa de chorreras negras. Mis labios mostraban una sonrisa de felicidad, pues era eso lo que quería ver en él. El dolor lo estaba acuchillando al fin. Ese mismo dolor que yo sentí durante años y que nadie logró comprender. Llevaba ropas de otra época, muy similar a la que solía vestir. Mi chaleco café, así como mis pantalones del mismo tono, contrastaban con mis medias blancas y mis botas negras con hebillas doradas. El violín que tenía entre mis manos era un Stradivarius que había logrado gracias a mis malas artes.

Caminé hacia él contando cada paso, conteniendo el aliento y las altas risotadas que deseaba proclamar al aire, mientras sostenía entre los dedos de mi mano izquierda mi instrumento. Mi brazo derecho se alargó hacia él y mis dedos acariciaron algunos mechones, los desplazaron de su frente y los dejaron tras su oreja. Tenía un aspecto tentador por su belleza y estupidez. Podía recordar cada frase de eterno amor que me había ofrecido, las cuales hicieron temblar mi corazón y vibrar las cuerdas del violín, pero que ahora sólo eran cenizas junto a mi viejo cuerpo.

Decidí que debía tocar para él como antaño. Quizás eso lo despertaría para poder ayudarme con mi macabro plan. Mis cejas se unieron parcialmente, pues fruncí el ceño, y el violín se apoyó en mi hombro, mi mentón en la mentonera mientras mi mano se deslizaba por el bastidor. El arco se alzó y se colocó en su lugar comenzando a clamar con pasión. Mi alma se fundió nuevamente con aquel excelente objeto de culto para mí, el violín parecía querer cobrar vida y convertirse en un demonio como yo.

Aquella sonata conmovedora donde se ascendía y bajaba a los infiernos, una pieza delicada y difícil, era obra mía y casi nadie la había escuchado. En Auvernia solía tocarla con soltura. A pesar de no ser un estudiante excelente poseía dedos largos y flexibles, los cuales eran como las patas de una araña. Por eso mismo, por mis características físicas, era perfecto para desempeñar tan atroz partitura.

El rostro frío, casi mortecino, tomó color. Sus mejillas se iluminaron y sus párpados parecían abrirse suavemente como las alas de una mariposa desde su crisálida. Pude ver ese cielo azul despejado, el cual tenía la tonalidad de un amanecer por los brillos violetas y los pequeños tonos grises de unas nubes borrascosas, que me cautivaban hasta volverme un esclavo de sus deseos. Por unos instantes olvidé donde nos encontrábamos, quienes éramos en ese momento y todo el dolor que habíamos descargado el uno del otro.

Mi cuerpo se flexionaba como un junco contra una tempestad. Mis cabellos caían por mi húmeda frente. Sudaba febril comenzando otra partitura que él debía conocer. La llamaba “Matalobos” creada para él, en su nombre y en el nombre de su hazaña frente a los ocho lobos, y sólo la había tocado en tres ocasiones. Él sonreía maravillado despertando de una pesadilla y yo le ofrecía aquello que él quería ver y creer. Parecía el mismo Nicolas de hacía siglos, el joven espigado que creía que pronto sería amado. Ese que tenía el rostro de un eunuco y la fuerza de un condenado a muerte, una fuerza llena de rabia y desesperación. Mis manos eran suaves, finas y femeninas debido a mis cuidados y las suyas ásperas y algo agrietadas. Recordaba como las miraba embelesado y en ese momento lo hacía. Había causado el efecto del flautista con las ratas, pero el roedor que tenía frente a mí parecía un gallardo príncipe a punto de tener una fantasía erótica.

—Nicolas—musitó con la voz tomada por la emoción—. Mon amour—suspiró incorporándose con dificultad—. Mon ange... Je desiré... Je...

—Nous nous sommes rencontrés dans un caveau maudit... Au temps de notre jeunesse—murmuré acercándome para dejar el violín en la mesilla, la cual estaba casi repleta de notas de aquellos que le amaban. Eran plegarias al príncipe de los vampiros—. Fumant tous deux et mal vêtus attendant l'aube—mi lengua materna, como la suya, era rica y atractiva. Había cientos de poetas que podía recitar en nuestro nombre y él parecía no reconocer los versos. Era mucho mejor para mí, podía decir que era perfecto. Pensaría que lo había hecho para él, como si eso fuese posible, para recuperar el tiempo perdido—. Épris épris des même paroles dont il faudra changer le sens. Trompés trompés pauvres petits et ne sachant pas encore rire. La table et les deux verres devinrent un mourant qui nous jeta le dernier regard d'Orphée.

Guillaume Apollinaire era un poeta de nuestro tiempo y había escrito poemas arrebatadoramente hermosos. Muchos de ellos solía conseguirlos gracias a mis ingenios en camas de duques, hombres desesperados por un cuerpo joven y mujeres sensuales que querían llenarme de besos desde las orejas hasta la punta de mis dedos. Me dejaba amar y seducir en París, mucho antes que él hiciese acto de presencia, y conseguía consumir mi alma a cambio de arte. Aquel poema era de ese autor, pero él no lo reconocía ni por asomo. Siempre había sido un asno aunque dijera que amaba leer.

—Nicolas—rompió a llorar mientras se incorporaba para tomarme de las manos y besarlas—. Je...

—Silence, mon ami—musité inclinándome para besarlo apasionadamente.

Él abrió sus brazos recogiéndome entre ellos con la delicadeza de antaño. Comenzó a desnudarme mientras regaba mi cuerpo con palabras cursis, envenenadas de pasión y sobre todo trágicas. Me pedía disculpas mil veces mientras mordía mis pezones, los cuales eran oscuros en comparación con los suyos tan rosados. Mi cuerpo temblaba y mis labios suspiraban su nombre como una plegaria. Él me arrojó al colchón decidido y mis ojos le recorrieron aturdido, deseoso en apariencia y complaciente. Las mejores putas son las parisinas y yo era una de tantas. Con mis juegos y mis palabras era capaz de hacer que cualquiera, sin importar su condición o sexo, cayera ante mí completamente turbado.

Los cabellos leoninos de Lestat rozaron mis mejillas. Olían a especies diversas y flores. Sobre todo olían a flores. Eran como hilos dorados que habían sido perfectamente bordados. Por eso era él mi luz antaño y por segundos olvidé nuevamente que era un juego, tan trágico como otros, en el cual yo debía salir vencedor y no vencido.

—Lestat...—jadeé permitiendo que mordiera mis caderas mientras me arrancaba el pantalón—. Lestat... —mis manos buscaban en su mata de pelo su flequillo, el cual era muy tupido, para echar hacia atrás los mechones y poder verlo directamente a los ojos.

Esos ojos eran los de un cazador hambriento y yo era su presa. Al quedar desnudo comenzó a dejar duras caricias sobre mi miembro, tan rítmicas como desatadas, mientras yo dejaba que me contemplara como aquella virginal criatura que se deshacía en sus brazos. Habíamos viajado en el tiempo al primer encuentro sexual de ambos. Ese donde me vendí por un par de tragos de vino, queso y pan.

Cuando me abrió las piernas noté que su rostro se hundía entre mis muslos. Su lengua era diestra y me arrancaba los gemidos prolongados, altos y desenfrenados. Mis dedos tiraban de sus cabellos en un primer momento, pero pronto fueron a sus hombros. Enterraba mis uñas en su carne dura y de color ligeramente marmóreo. Mi figura comenzaba a ser un lienzo cubierto por besos, caricias, mordidas y lamidas. Tenía las mejillas cubiertas de un rubor intenso y mis ojos brillaban como si fuese a llorar de la emoción.

La punta de su lengua lamía mis testículos y buscaba mi entrada, al hallarla se hundió como una daga y me abrió en dos. Mis piernas temblaron aún más mientras mi pecho se agitaba. Pensé en Memnoch. No sabía donde se hallaba desde hacía semanas y había dado por hecho que me abandonó, a mi suerte y desgracia. Entonces, como si hubiese deseado hacerlo perfecto, empecé a llorar cuando me penetró. El miembro de Lestat, coronado por una espesa mata de cabello dorado y húmedo, se coló en mi interior mientras él intentaba calmarme.

—Oh... mon ange... mon amour... —decía con su voz rasposa y confundida. Él no sabía que aquello no era fantasía, sino la realidad. Posiblemente pensaba que aún soñaba y deliraba, pero no era así.

—Oui... Je suis votre ange du violon—respondí intentando aceptar sus embestidas.

Era apasionado y sabía el ritmo que yo esperaba, o más bien necesitaba con urgencia. Sus dientes tiraban de mi labio inferior mientras gemía, mis manos se deslizaban por su espalda y mis piernas se aferraban a sus caderas. A pesar de mi odio visceral hacia él tenía que reconocer su belleza. Era un ángel convertido en hombre. Parecía hecho con pinceladas perfectas llenas de armonía. Cualquiera que lo viera lo llamaría príncipe sin pensarlo.

—Je t'aime mon amour—dije entre sollozos mientras él sonreía maravillado.

La ropa estaba desperdigada por el suelo, su sudor sanguinolento era pegajoso, la habitación empezaba a parecer distinta y pronto cobré mayor conciencia del placer. Gemí aún más alto su nombre y rogué que Memnoch me escuchara sentir aquel placer tan puro, lejos de los golpes y palabras crueles, pero nadie vino a por mí. No obstante no era mi plan. Mi plan era enamorar a Lestat como antaño y convertirlo en un ser maniatado a mis caprichos.

—Nicolas...—gruñó buscando mi mano derecha, la cual había dejado sus hombros para acariciar su rostro. Sus labios rozaron la yema de mis dedos y comenzó a succionarlos proyectando en mí viejos recuerdos.

Mis caderas se movían al mismo ritmo que él me penetraba, pero de forma contraria, sin embargo decidí que quería algo más. Con un impulso brusco cambié las posturas y quedé sobre él. Sonreí al verme más libre, dispuesto y frenético. Agarré sus manos colocándolas en mis nalgas, las cuales eran redondas y perfectas, para comenzar a cabalgar apoyándome en su pecho. Cada penetrada le sacaba un gemido ronco y sublime. Aquel ritmo no lo soportó por mucho tiempo y eyaculó dentro de mí, manchándome y marcándome.

En ese preciso momento pudimos escuchar ambos como algo caía al suelo. Ese algo era un enorme ramo de flores de miles de colores y formas. Ramo que llevaba, hasta escasos segundos, Armand. Su pequeño rostro de víbora se cubrió de dolor y desesperación. Parte de mi cometido se cumplía en ese instante cuando llegué al orgasmo con los ojos clavados en él y los de Lestat en mí.

—¡Lestat!—gritó desesperado.

—Nicolas... Nicolas... —balbuceaba aún en medio de la neblina de placer.

—¡Furcia! ¡Ramera! ¡Cómo puedes sacar partido de su estado!—estalló en cólera y sus ojillos café parecían explotar en llanto amargo.

Vestía como un adolescente. Los jeans desgastados caían algo anchos sobre sus deportivas blancas, su jersey azul marino realzaba el rojizo de sus cabellos, y sus labios estaban fruncidos en un llanto contenido. Sí, iba a llorar. Aquella fierecilla incorregible iba a llorar. Posiblemente recordaba como nunca le dio amor ni respeto, a pesar que siempre lo buscó.

Junto a él estaba la alta y sobria figura de David Talbot. Aquel cretino que sólo pensaba en sus misterios y el deseo de colaborar con un idiota. Sí, un idiota tan grande como él. Ambos eran estúpidas marionetas del destino, pero ninguno lo apreciaba demasiado. Tomó a Armand de sus hombros, pero éste se retorcía. Parecía querer golpearme.

—Lo dice quien roba amantes como si fueran caramelos de un puesto de chucherías—dije entre carcajadas mientras permitía al miembro de Lestat una tregua.

Su semen corrió entre mis muslos manchando mis piernas, las cuales temblequearon al tocar el suelo, mientras sus mordidas aún eran evidentes. Caminé por la habitación saboreando el aroma de ésta mientras escuchaba como se crispaba aún más aquel estúpido.

—¡Púdrete!—se soltó de David y caminó hacia mí para abofetearme.

—Armand... no deberías... —dijo su amante. Pues esa golfa lo tenía en su lista de predilectos. No había hombre que no hubiese pasado por su cama. Una puta más con cierto talento para el engaño.

—¡Cállate David!—bramó a pocos centímetros de mi rostro.

En mis mejillas ruborizadas por el esfuerzo, y el deseo, ahora estaban marcadas por unas bofetadas de un manirroto que no podía siquiera mantener a su única creación cuerdo. Sonreí al ver su dolor porque aún amaba a Lestat. Era el único que no le había dado su gran capricho y también un ser fuerte que podía destruirlo, casi despedazarlo, entre las sábanas de su lecho.

—¿Algo más?—interrogué—. Deseo quedarme con mi amante a solas, por favor. Después de este hermoso reencuentro tenemos muchas cosas de las cuales hablar.

—¡Furcia! ¡Eso eres!—gritó moviendo sus pequeños brazos. Realmente Armand era bajito en comparación mía. No medía más de un metro cincuenta mientras que yo alcanzaba el metro sesenta y cinco.

—No, encanto—dije negando suavemente con la cabeza—. Tú eres una furcia vulgar y corriente—le expliqué con voz serena—. Una de esas rameras desesperadas que se abren de piernas. Pero yo soy algo más—mis ojos se achicaron y agradaron con una mirada soberbia—. Soy una puta francesa y créeme, mon cour, sabe bien diferenciar—dije señalando a Lestat que aún estaba agitado, con una sonrisa traviesa en sus labios y concentrándose en volver a ser el que era—. ¿A caso creías que iba a desperdiciar este momento?

—Ojala Gabrielle estuviera aquí—dijo apretando los puños completamente vencido. Pues sabía que en ese preciso instante no tenía nada que ganar y sí mucho que perder.

—¿Para qué? ¿Para que se burle de tus celos? Mírate bien. Estabas decidido a consolarlo con un tonto ramo de flores. ¿A caso crees que eso quita el dolor de amores?—le tomé del mentón y reí suave—. Hubieses dado todo lo que tienes porque él te llenara con su caliente pasión.

—¡Estás confundido!—me apartó la mano de un manotazo y me miró furioso. Era como ver a un pequeño diablillo deformar su rostro y convertirse en un ser terrible. Si bien, a mí no me asustaba en absoluto.

—No deberían discutir aquí. Lestat está aún convaleciente—intervino nuevamente aquel lord inglés venido a menos, con sus viejos y exquisitos modales, intentando que Armand se alejara del peligro. Bien sabía que yo no era un vampiro sino un demonio, un ser venido de los infiernos para regar el odio en las calles del mundo.

—David... Oh... David... ¿crees que está convaleciente?—dije en un tono burlón—. Yo opino que está cansado porque hacía mucho tiempo que no sentía unas carnes duras y prietas. Las carnes de un jovencito que le pueden dar mucho placer—sonreí descarado mientras me acercaba él, Armand me miraba furioso y estaba a punto de agarrarme para despedazarme. Si bien habría sido un error terrible—. Pero ¿qué puedo decirte a ti? Mírate tan serio, con esa corbata sobria, ese elegante pañuelo blanco bien colocado y esa bragueta a punto de estallar cuando la furcia que tengo delante se roza contra ti—las últimas palabras las dije rodeándolo y colocándome de puntillas, susurrando una a una con malicia y acabando por reír en hondas carcajadas—. ¿Me vas a decir algo?

—¡Debí cortarte la lengua y no las manos!—gritó Armand corriendo hacia mí para empujarme lejos de David. Como una fierecilla histérica, pues eso era y eso siempre fue.

—Y yo debí tirarte a ti al fuego antes que tú me empujaras a las llamas—dije empujándolo para hacerle caer sobre el ramo de flores, quedando éste destrozado.

—¡Nicolas! ¡Dónde estás!—murmuró con la voz quebrada e intentando incorporarse—. Nicolas...

—Aquí mon amour—me moví hacia él para recostarme en la cama cubriéndolo de besos mientras hablaba—. Estoy aquí. Descansa mi amor porque has padecido mucho. No voy a dejar que me lleven lejos de ti— eché una mirada a David y sonreí como si fuera un encantador de serpientes—. ¿Verdad que controlarás a esa arpía? David... tu amigo me necesita. Comprende que un amor como el nuestro debe seguir su destino.

—Armand si actuamos en caliente...—murmuró tomando al pelirrojo del suelo, pero este apartó sus manos de él.

—Olvídame David—chistó—. Eres sólo un cobarde que incluso se excita al ver a esa zorra contonearse.


Salió de la habitación y David lo siguió llamándolo. Ambos parecían a punto de estallar en una discusión muy divertida. Pero mi deber era permanecer junto a Lestat. Acariciaba su mentón, jugueteaba con mis dedos en sus mechones y murmuraba palabras de amor que casi teníamos olvidadas. Sí, era un momento grandioso. Lestat se recuperaría para luego caer en una tragedia peor. Si bien de momento me comportaría como el amante perfecto.  

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Lestat de Lioncourt