Buenas noches Príncipe son unas nuevas memorias actuales sobre Nicolas, siendo un demonio gracias a Memnoch, vuelve a mí buscando mis atenciones. Armand y David salen en la escena.
Lestat de Lioncourt
Buenas noches príncipe
Sus cabellos dorados caían
desparramados por la almohada, su rostro parecía el de un santo y
sus manos se hallaban sobre tu pecho con los dedos entrelazados.
Tenía las cejas igual de perfectas que hacía siglos, sus pestañas
tupidas, su enorme y carnosa boca parecía sonreír en sus trágicos
sueños, su mentón era firme y proporcionado y el tono de su piel no
era tan pálido como era de esperarse en un vampiro como él. Las
ropas de cama estaban perfectamente colocadas y alguien, aunque no
podía saber bien, había colocado pétalos de flores a su alrededor.
La camisa de chorreras blanca no estaba cerrada, sino abierta, y sus
pantalones de cuero eran lo único que cubrían sus piernas pues no
estaba calzado.
La habitación estaba cargada de
lujosos muebles de madera noble, la cual en ocasiones se realzaba con
pan de oro y hermosas piezas talladas, así como objetos muy
diversos. Había un espejo de cuerpo entero en uno de los rincones,
cerca de un pequeño armario para corbatas, y un par de cuadros con
unos detalles muy cuidados. El suelo de mármol se extendía en todas
direcciones formando un discreto manto de color blanco, tan puro como
la nieve, y algunas alfombras persas destacaban con sus florituras y
colorido gracias a la elección de las losas. Poseía una cama
inmensa para un par de amantes apasionados. En los cojines podían
leerse las iniciales de ambos nombres, el suyo y el de aquella bruja
que terminó abandonándolo en la miseria donde se consumía, lo cual
hacía aquel marco más tentador y doloroso.
Las ventanas se habían abierto para
que el frescor primaveral, junto al aroma de las primeras flores,
penetraran y agitaran quizás su alma. Todos lo contemplaban como el
príncipe que era y lo custodiaban con una feroz devoción, igual que
si fuera un dios. En la planta inferior, donde se hallaba la
biblioteca, David Talbot remitía a todos el estado de Lestat, el
cual no variaba en absoluto. Los tersos labios, los cuales parecían
pétalos de rosas pálidas, no se habían movido en semanas.
Aquel demonio que lo aguardaba en
piadoso silencio contenía el aliento. Estaba disfrutando del dolor
que percibía a su alrededor. Sin embargo se apresuró a cerrar la
puerta de doble hoja, dejando la habitación para ellos dos y nadie
más. Nadie del personal de servicio de la gran mansión, la cual
estaba en penumbras, había visto a la misteriosa figura caminar
hacia la habitación y detenerse con aquella sonrisa cargada de
fascinación.
Ese demonio era yo. Un demonio de tez
blanca, aunque algo más oscura que la suya, y de cabellos negros y
ondulados que caían sobre su camisa de chorreras negras. Mis labios
mostraban una sonrisa de felicidad, pues era eso lo que quería ver
en él. El dolor lo estaba acuchillando al fin. Ese mismo dolor que
yo sentí durante años y que nadie logró comprender. Llevaba ropas
de otra época, muy similar a la que solía vestir. Mi chaleco café,
así como mis pantalones del mismo tono, contrastaban con mis medias
blancas y mis botas negras con hebillas doradas. El violín que tenía
entre mis manos era un Stradivarius que había logrado gracias a mis
malas artes.
Caminé hacia él contando cada paso,
conteniendo el aliento y las altas risotadas que deseaba proclamar al
aire, mientras sostenía entre los dedos de mi mano izquierda mi
instrumento. Mi brazo derecho se alargó hacia él y mis dedos
acariciaron algunos mechones, los desplazaron de su frente y los
dejaron tras su oreja. Tenía un aspecto tentador por su belleza y
estupidez. Podía recordar cada frase de eterno amor que me había
ofrecido, las cuales hicieron temblar mi corazón y vibrar las
cuerdas del violín, pero que ahora sólo eran cenizas junto a mi
viejo cuerpo.
Decidí que debía tocar para él como
antaño. Quizás eso lo despertaría para poder ayudarme con mi
macabro plan. Mis cejas se unieron parcialmente, pues fruncí el
ceño, y el violín se apoyó en mi hombro, mi mentón en la
mentonera mientras mi mano se deslizaba por el bastidor. El arco se
alzó y se colocó en su lugar comenzando a clamar con pasión. Mi
alma se fundió nuevamente con aquel excelente objeto de culto para
mí, el violín parecía querer cobrar vida y convertirse en un
demonio como yo.
Aquella sonata conmovedora donde se
ascendía y bajaba a los infiernos, una pieza delicada y difícil,
era obra mía y casi nadie la había escuchado. En Auvernia solía
tocarla con soltura. A pesar de no ser un estudiante excelente poseía
dedos largos y flexibles, los cuales eran como las patas de una
araña. Por eso mismo, por mis características físicas, era
perfecto para desempeñar tan atroz partitura.
El rostro frío, casi mortecino, tomó
color. Sus mejillas se iluminaron y sus párpados parecían abrirse
suavemente como las alas de una mariposa desde su crisálida. Pude
ver ese cielo azul despejado, el cual tenía la tonalidad de un
amanecer por los brillos violetas y los pequeños tonos grises de
unas nubes borrascosas, que me cautivaban hasta volverme un esclavo
de sus deseos. Por unos instantes olvidé donde nos encontrábamos,
quienes éramos en ese momento y todo el dolor que habíamos
descargado el uno del otro.
Mi cuerpo se flexionaba como un junco
contra una tempestad. Mis cabellos caían por mi húmeda frente.
Sudaba febril comenzando otra partitura que él debía conocer. La
llamaba “Matalobos” creada para él, en su nombre y en el nombre
de su hazaña frente a los ocho lobos, y sólo la había tocado en
tres ocasiones. Él sonreía maravillado despertando de una pesadilla
y yo le ofrecía aquello que él quería ver y creer. Parecía el
mismo Nicolas de hacía siglos, el joven espigado que creía que
pronto sería amado. Ese que tenía el rostro de un eunuco y la
fuerza de un condenado a muerte, una fuerza llena de rabia y
desesperación. Mis manos eran suaves, finas y femeninas debido a mis
cuidados y las suyas ásperas y algo agrietadas. Recordaba como las
miraba embelesado y en ese momento lo hacía. Había causado el
efecto del flautista con las ratas, pero el roedor que tenía frente
a mí parecía un gallardo príncipe a punto de tener una fantasía
erótica.
—Nicolas—musitó con la voz tomada
por la emoción—. Mon amour—suspiró incorporándose con
dificultad—. Mon ange... Je desiré... Je...
—Nous nous sommes rencontrés dans un
caveau maudit... Au temps de notre jeunesse—murmuré acercándome
para dejar el violín en la mesilla, la cual estaba casi repleta de
notas de aquellos que le amaban. Eran plegarias al príncipe de los
vampiros—. Fumant tous deux et mal vêtus attendant l'aube—mi
lengua materna, como la suya, era rica y atractiva. Había cientos de
poetas que podía recitar en nuestro nombre y él parecía no
reconocer los versos. Era mucho mejor para mí, podía decir que era
perfecto. Pensaría que lo había hecho para él, como si eso fuese
posible, para recuperar el tiempo perdido—. Épris épris des même
paroles dont il faudra changer le sens. Trompés trompés pauvres
petits et ne sachant pas encore rire. La table et les deux verres
devinrent un mourant qui nous jeta le dernier regard d'Orphée.
Guillaume Apollinaire era un poeta de
nuestro tiempo y había escrito poemas arrebatadoramente hermosos.
Muchos de ellos solía conseguirlos gracias a mis ingenios en camas
de duques, hombres desesperados por un cuerpo joven y mujeres
sensuales que querían llenarme de besos desde las orejas hasta la
punta de mis dedos. Me dejaba amar y seducir en París, mucho antes
que él hiciese acto de presencia, y conseguía consumir mi alma a
cambio de arte. Aquel poema era de ese autor, pero él no lo
reconocía ni por asomo. Siempre había sido un asno aunque dijera
que amaba leer.
—Nicolas—rompió a llorar mientras
se incorporaba para tomarme de las manos y besarlas—. Je...
—Silence, mon ami—musité
inclinándome para besarlo apasionadamente.
Él abrió sus brazos recogiéndome
entre ellos con la delicadeza de antaño. Comenzó a desnudarme
mientras regaba mi cuerpo con palabras cursis, envenenadas de pasión
y sobre todo trágicas. Me pedía disculpas mil veces mientras mordía
mis pezones, los cuales eran oscuros en comparación con los suyos
tan rosados. Mi cuerpo temblaba y mis labios suspiraban su nombre
como una plegaria. Él me arrojó al colchón decidido y mis ojos le
recorrieron aturdido, deseoso en apariencia y complaciente. Las
mejores putas son las parisinas y yo era una de tantas. Con mis
juegos y mis palabras era capaz de hacer que cualquiera, sin importar
su condición o sexo, cayera ante mí completamente turbado.
Los cabellos leoninos de Lestat rozaron
mis mejillas. Olían a especies diversas y flores. Sobre todo olían
a flores. Eran como hilos dorados que habían sido perfectamente
bordados. Por eso era él mi luz antaño y por segundos olvidé
nuevamente que era un juego, tan trágico como otros, en el cual yo
debía salir vencedor y no vencido.
—Lestat...—jadeé permitiendo que
mordiera mis caderas mientras me arrancaba el pantalón—. Lestat...
—mis manos buscaban en su mata de pelo su flequillo, el cual era
muy tupido, para echar hacia atrás los mechones y poder verlo
directamente a los ojos.
Esos ojos eran los de un cazador
hambriento y yo era su presa. Al quedar desnudo comenzó a dejar
duras caricias sobre mi miembro, tan rítmicas como desatadas,
mientras yo dejaba que me contemplara como aquella virginal criatura
que se deshacía en sus brazos. Habíamos viajado en el tiempo al
primer encuentro sexual de ambos. Ese donde me vendí por un par de
tragos de vino, queso y pan.
Cuando me abrió las piernas noté que
su rostro se hundía entre mis muslos. Su lengua era diestra y me
arrancaba los gemidos prolongados, altos y desenfrenados. Mis dedos
tiraban de sus cabellos en un primer momento, pero pronto fueron a
sus hombros. Enterraba mis uñas en su carne dura y de color
ligeramente marmóreo. Mi figura comenzaba a ser un lienzo cubierto
por besos, caricias, mordidas y lamidas. Tenía las mejillas
cubiertas de un rubor intenso y mis ojos brillaban como si fuese a
llorar de la emoción.
La punta de su lengua lamía mis
testículos y buscaba mi entrada, al hallarla se hundió como una
daga y me abrió en dos. Mis piernas temblaron aún más mientras mi
pecho se agitaba. Pensé en Memnoch. No sabía donde se hallaba desde
hacía semanas y había dado por hecho que me abandonó, a mi suerte
y desgracia. Entonces, como si hubiese deseado hacerlo perfecto,
empecé a llorar cuando me penetró. El miembro de Lestat, coronado
por una espesa mata de cabello dorado y húmedo, se coló en mi
interior mientras él intentaba calmarme.
—Oh... mon ange... mon amour...
—decía con su voz rasposa y confundida. Él no sabía que aquello
no era fantasía, sino la realidad. Posiblemente pensaba que aún
soñaba y deliraba, pero no era así.
—Oui... Je suis votre ange du
violon—respondí intentando aceptar sus embestidas.
Era apasionado y sabía el ritmo que yo
esperaba, o más bien necesitaba con urgencia. Sus dientes tiraban de
mi labio inferior mientras gemía, mis manos se deslizaban por su
espalda y mis piernas se aferraban a sus caderas. A pesar de mi odio
visceral hacia él tenía que reconocer su belleza. Era un ángel
convertido en hombre. Parecía hecho con pinceladas perfectas llenas
de armonía. Cualquiera que lo viera lo llamaría príncipe sin
pensarlo.
—Je t'aime mon amour—dije entre
sollozos mientras él sonreía maravillado.
La ropa estaba desperdigada por el
suelo, su sudor sanguinolento era pegajoso, la habitación empezaba a
parecer distinta y pronto cobré mayor conciencia del placer. Gemí
aún más alto su nombre y rogué que Memnoch me escuchara sentir
aquel placer tan puro, lejos de los golpes y palabras crueles, pero
nadie vino a por mí. No obstante no era mi plan. Mi plan era
enamorar a Lestat como antaño y convertirlo en un ser maniatado a
mis caprichos.
—Nicolas...—gruñó buscando mi
mano derecha, la cual había dejado sus hombros para acariciar su
rostro. Sus labios rozaron la yema de mis dedos y comenzó a
succionarlos proyectando en mí viejos recuerdos.
Mis caderas se movían al mismo ritmo
que él me penetraba, pero de forma contraria, sin embargo decidí
que quería algo más. Con un impulso brusco cambié las posturas y
quedé sobre él. Sonreí al verme más libre, dispuesto y frenético.
Agarré sus manos colocándolas en mis nalgas, las cuales eran
redondas y perfectas, para comenzar a cabalgar apoyándome en su
pecho. Cada penetrada le sacaba un gemido ronco y sublime. Aquel
ritmo no lo soportó por mucho tiempo y eyaculó dentro de mí,
manchándome y marcándome.
En ese preciso momento pudimos escuchar
ambos como algo caía al suelo. Ese algo era un enorme ramo de flores
de miles de colores y formas. Ramo que llevaba, hasta escasos
segundos, Armand. Su pequeño rostro de víbora se cubrió de dolor y
desesperación. Parte de mi cometido se cumplía en ese instante
cuando llegué al orgasmo con los ojos clavados en él y los de
Lestat en mí.
—¡Lestat!—gritó desesperado.
—Nicolas... Nicolas... —balbuceaba
aún en medio de la neblina de placer.
—¡Furcia! ¡Ramera! ¡Cómo puedes
sacar partido de su estado!—estalló en cólera y sus ojillos café
parecían explotar en llanto amargo.
Vestía como un adolescente. Los jeans
desgastados caían algo anchos sobre sus deportivas blancas, su
jersey azul marino realzaba el rojizo de sus cabellos, y sus labios
estaban fruncidos en un llanto contenido. Sí, iba a llorar. Aquella
fierecilla incorregible iba a llorar. Posiblemente recordaba como
nunca le dio amor ni respeto, a pesar que siempre lo buscó.
Junto a él estaba la alta y sobria
figura de David Talbot. Aquel cretino que sólo pensaba en sus
misterios y el deseo de colaborar con un idiota. Sí, un idiota tan
grande como él. Ambos eran estúpidas marionetas del destino, pero
ninguno lo apreciaba demasiado. Tomó a Armand de sus hombros, pero
éste se retorcía. Parecía querer golpearme.
—Lo dice quien roba amantes como si
fueran caramelos de un puesto de chucherías—dije entre carcajadas
mientras permitía al miembro de Lestat una tregua.
Su semen corrió entre mis muslos
manchando mis piernas, las cuales temblequearon al tocar el suelo,
mientras sus mordidas aún eran evidentes. Caminé por la habitación
saboreando el aroma de ésta mientras escuchaba como se crispaba aún
más aquel estúpido.
—¡Púdrete!—se soltó de David y
caminó hacia mí para abofetearme.
—Armand... no deberías... —dijo su
amante. Pues esa golfa lo tenía en su lista de predilectos. No había
hombre que no hubiese pasado por su cama. Una puta más con cierto
talento para el engaño.
—¡Cállate David!—bramó a pocos
centímetros de mi rostro.
En mis mejillas ruborizadas por el
esfuerzo, y el deseo, ahora estaban marcadas por unas bofetadas de un
manirroto que no podía siquiera mantener a su única creación
cuerdo. Sonreí al ver su dolor porque aún amaba a Lestat. Era el
único que no le había dado su gran capricho y también un ser
fuerte que podía destruirlo, casi despedazarlo, entre las sábanas
de su lecho.
—¿Algo más?—interrogué—. Deseo
quedarme con mi amante a solas, por favor. Después de este hermoso
reencuentro tenemos muchas cosas de las cuales hablar.
—¡Furcia! ¡Eso eres!—gritó
moviendo sus pequeños brazos. Realmente Armand era bajito en
comparación mía. No medía más de un metro cincuenta mientras que
yo alcanzaba el metro sesenta y cinco.
—No, encanto—dije negando
suavemente con la cabeza—. Tú eres una furcia vulgar y
corriente—le expliqué con voz serena—. Una de esas rameras
desesperadas que se abren de piernas. Pero yo soy algo más—mis
ojos se achicaron y agradaron con una mirada soberbia—. Soy una
puta francesa y créeme, mon cour, sabe bien diferenciar—dije
señalando a Lestat que aún estaba agitado, con una sonrisa traviesa
en sus labios y concentrándose en volver a ser el que era—. ¿A
caso creías que iba a desperdiciar este momento?
—Ojala Gabrielle estuviera aquí—dijo
apretando los puños completamente vencido. Pues sabía que en ese
preciso instante no tenía nada que ganar y sí mucho que perder.
—¿Para qué? ¿Para que se burle de
tus celos? Mírate bien. Estabas decidido a consolarlo con un tonto
ramo de flores. ¿A caso crees que eso quita el dolor de amores?—le
tomé del mentón y reí suave—. Hubieses dado todo lo que tienes
porque él te llenara con su caliente pasión.
—¡Estás confundido!—me apartó la
mano de un manotazo y me miró furioso. Era como ver a un pequeño
diablillo deformar su rostro y convertirse en un ser terrible. Si
bien, a mí no me asustaba en absoluto.
—No deberían discutir aquí. Lestat
está aún convaleciente—intervino nuevamente aquel lord inglés
venido a menos, con sus viejos y exquisitos modales, intentando que
Armand se alejara del peligro. Bien sabía que yo no era un vampiro
sino un demonio, un ser venido de los infiernos para regar el odio en
las calles del mundo.
—David... Oh... David... ¿crees que
está convaleciente?—dije en un tono burlón—. Yo opino que está
cansado porque hacía mucho tiempo que no sentía unas carnes duras y
prietas. Las carnes de un jovencito que le pueden dar mucho
placer—sonreí descarado mientras me acercaba él, Armand me miraba
furioso y estaba a punto de agarrarme para despedazarme. Si bien
habría sido un error terrible—. Pero ¿qué puedo decirte a ti?
Mírate tan serio, con esa corbata sobria, ese elegante pañuelo
blanco bien colocado y esa bragueta a punto de estallar cuando la
furcia que tengo delante se roza contra ti—las últimas palabras
las dije rodeándolo y colocándome de puntillas, susurrando una a
una con malicia y acabando por reír en hondas carcajadas—. ¿Me
vas a decir algo?
—¡Debí cortarte la lengua y no las
manos!—gritó Armand corriendo hacia mí para empujarme lejos de
David. Como una fierecilla histérica, pues eso era y eso siempre
fue.
—Y yo debí tirarte a ti al fuego
antes que tú me empujaras a las llamas—dije empujándolo para
hacerle caer sobre el ramo de flores, quedando éste destrozado.
—¡Nicolas! ¡Dónde estás!—murmuró
con la voz quebrada e intentando incorporarse—. Nicolas...
—Aquí mon amour—me moví hacia él
para recostarme en la cama cubriéndolo de besos mientras hablaba—.
Estoy aquí. Descansa mi amor porque has padecido mucho. No voy a
dejar que me lleven lejos de ti— eché una mirada a David y sonreí
como si fuera un encantador de serpientes—. ¿Verdad que
controlarás a esa arpía? David... tu amigo me necesita. Comprende
que un amor como el nuestro debe seguir su destino.
—Armand si actuamos en
caliente...—murmuró tomando al pelirrojo del suelo, pero este
apartó sus manos de él.
—Olvídame David—chistó—. Eres
sólo un cobarde que incluso se excita al ver a esa zorra
contonearse.
Salió de la habitación y David lo
siguió llamándolo. Ambos parecían a punto de estallar en una
discusión muy divertida. Pero mi deber era permanecer junto a
Lestat. Acariciaba su mentón, jugueteaba con mis dedos en sus
mechones y murmuraba palabras de amor que casi teníamos olvidadas.
Sí, era un momento grandioso. Lestat se recuperaría para luego caer
en una tragedia peor. Si bien de momento me comportaría como el
amante perfecto.
No hay comentarios:
Publicar un comentario