Bonjour mes amis
Flavius ha decidido dejar este texto que es un encuentro con Pandora y Avicus. Lydia le abrió los brazos y los tres conversaron una noche en París, la misma ciudad donde ella relató su historia a David.
Lestat de Lioncourt
Hacía mucho tiempo que no me hallaba
en poder de la dirección de Pandora. Sin embargo cuando ella
contactaba conmigo solía enviar alguna carta o breve mensaje.
Siempre estaría en deuda con ella por multitud de motivos. Una mujer
como ella siempre te hace quedar en deuda pasen simples años o
siglos enteros. Se preocupó por mí, me adquirió a un comerciante
deshonesto y escuchó con cuidadoso criterio mis opiniones. Sin
embargo había logrado su dirección por medio de Arjun, su otro
creado, que me rogó que la visitara cuando buenamente quisiera. Tal
vez era ese deseo que había leído en sus memorias, esas que ahora
estaban en las librerías de todo el mundo como las obras de su
querido Ovidio, y que provocaba en ella una sed exquisita de amor.
La vivienda estaba en París. Ella
había vuelto a París tras una corta estancia en Rusia, algunos años
en Estados Unidos y varios en otros países europeos. Era un
apartamento con hermosas vistas a la ciudad del amor, la buena comida
y de moda escandalosa. Las luces brillaban iluminando los pasos de
enamorados y turistas, así como de simples parisinos. Las mismas
luces que me conferían un aspecto algo grotesco debido al color
sutilmente pálido que había tomado mi piel. Mis ojos eran profundos
y parecían gemas, como las gemas de Pandora. Llevaba el cabello sin
cortar ni un mechón y dejaba que mis rizos cayeran sobre mi frente.
Me había vestido para la ocasión con un traje sobrio y oscuro, muy
apropiado para deslizarte por la noche, junto con una capa que cubría
cualquier rasgo de mi atuendo. Llevaba un broche dorado y rojo, pues
ella amaba el color rojo y las joyas.
Al llegar al bloque de apartamentos
pulsé el timbre, pero nadie contestó. Decidí usar mis argucias
para entrar en el edificio, subir por las escaleras hasta la tercera
planta y abrir yo mismo la puerta. Dentro se encontraba ella
recostada en un diván, con un vestido blanco de gasas con bordados
dorados, su cabello largo y suelto como el manto de una virgen y una
capa oscura que cubría parcialmente su figura. Sus pies estaban
desnudos y podía verse los hermosos tobillos que poseía.
—Señora—dije con un ademán de mi
cabeza y ella sonrió.
—Flavius—susurró incorporándose—.
Perdona que no te abriera, pero era mi forma de averiguar cuanto
deseabas verme.
Caminó con elegancia hacia mí, me
abrazó y yo besé su frente despejada. Tan hermosa y perfecta como
siempre. Con la apariencia serena y sensual, pero desafiante y firme
como un guerrero que está dispuesto a luchar en cualquier instante.
Masculina y femenina a la vez. Una mezcla explosiva. Abrí mis brazos
estrechándola contra mí y al apartarnos dejé en sus manos un
libro. Era algo antiguo, de una editorial que ya ni siquiera existía,
pero que recopilaba todas las obras de Ovidio.
—Ovidio—soltó una carcajada.
—Vine a verte y dejarte este regalo.
También quiero que guardes la tarjeta donde reza mis señas—sonreí
manteniendo la corta distancia, pero de inmediato intenté ayudarla
con la capa que se había deslizado de sus hombros—Señora, su
capa.
—Siempre tan atento—dijo sin
apartar los ojos del libro que de inmediato se dispuso a leer, como
si no conociera su contenido, con aquella fascinante expresión en su
rostro.
Estuve en su compañía por dos horas.
Arjun también estuvo cerca y en silencio, el cual sólo rompía para
opinar brevemente sobre algún asunto o reír ante ciertos
comentarios. Fue agradable estar cerca de ella por unas horas, como
agradable fue recordar que Abkar fue vencido, arrojado a las llamas y
consumido por su osadía. Al igual que el ímpetu que ella sentía
hacia Aksha y hacia todo. Mis sentimientos de lealtad hacia ella
siempre estarían altos. No obstante ya no soy su esclavo, sino un
vampiro que tiene su propio camino y aprecia la soledad como los
breves encuentros.
Y concluyo con unos versos de aquel
ilustre poeta que nos apasionó y nos llenó de dolor al saber su
muerte. Apartado de la gloria en Roma y ensalzado aún hoy en el
presente. Estos versos siempre me recordarán el poder de Pandora, su
deseo de ser libre y luchar por sí misma.
Muchos la pretendieron; ella, evitando
a los pretendientes,
sin soportar ni conocer varón,
bosques inaccesibles lustra
y de qué sea el Himeneo, qué el
amor, qué el matrimonio, no cura.
A menudo su padre le dijo: «Un yerno,
hija, me debes».
A menudo su padre le dijo: «Me debes,
niña, unos nietos».
Ovidio ~ Apolo y Danfe
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