¿Quién no adoraba a la señorita Queen? Era toda una dama y aquellos que la conocimos, por breves momentos o largos años, nos sentimos orgullosos. Aquella mujer era pura sinceridad y dulzura. Nash ha decidido escribir una carta, algo que muchos hacen a los muertos. ¿Quieren leerla?
Lestat de Lioncourt
“Desliza tu alma por los escalones
del paraíso
y alza tu rostro hacia el amanecer de
la eternidad,
allí donde los sueños son realidad
nos encontraremos de nuevo.
“En éste edén donde no existe el
frío
y la verdad seduce con encantos
profundos
dividiendo con fuerza ambos mundos...
Lancemos los dados, como niños, en
éste juego.”
—¿Has podido hablar con él?—tomaste
la sabia decisión de preguntarme con tus elegantes modales,
acomodando la taza de té sobre su pequeño platillo, mientras
lanzabas una mirada dulce de adorable respeto.
Tenías unos enormes tacones, como
siempre, y tus piernas se hallaban cruzadas como toda una dama.
Aquella blusa blanca, suave y fresca, parecía envolver tu pequeño
cuerpo como si fuese un delicado abrazo. La falda, negra y suelta, te
daba un aspecto sobrio y a la vez distendido. Sí, recuerdo aquella
vestimenta porque fue de las últimas que pude verte antes de morir.
Habías comprado ropa, te sentías viva a pesar de todo. El viaje a
Europa ya era un recuerdo más, pues hacía meses que te encontrabas
sin fuerzas siquiera para salir. Sin embargo, esa mañana, tomaste la
decisión de ir a la ciudad y asaltar una de las tiendas para damas
más elegantes que había.
—¿Nash?—dijiste inclinándote
hacia delante—. Nash, ¿me escuchas?
—Sí, disculpa—respondí con una
leve sonrisa—. Estaba inmerso en mis pensamientos.
—Oh, ¿puedo saber qué pensamientos
son esos?—preguntaste con una dulce sonrisa mientras estirabas tu
mano derecha hacia las mías, apretándolas con cariño—. ¿Estás
bien?
—Sí, sólo siento nostalgia—no
quería decirte la verdad. ¿Cómo decirte que había visto cambios
extraños en tu Quinn? Aunque no era sólo tu Quinn, pues también
era mi Quinn. Había amado a ese muchacho nada más conocerlo. Era
todo un caballero con una belleza admirable, un porte único y una
sensibilidad que me arrojaba a los infiernos. Pero, ¿qué podía
hacer? Mentir. Te mentí por primera y única vez—. Desearía
volver a Inglaterra hoy mismo.
—Te preguntaba justamente si se lo
has dicho a Quinn—dijo.
—No, no se lo he dicho. No le he
dicho que quiero llevarme a Tommy un año a Reino Unido, a Londres en
concreto, para que viva conmigo y aprecie un ritmo de vida más
formal. Deseo que se convierta en un joven bien educado en materias
diplomáticas y consiga mejorar algunos aspectos de su personalidad.
Es un chico que tiene un futuro brillante, más aún que el de Quinn
pues no quiere ir a la universidad—una tímida y breve sonrisa se
dibujó en mi rostro—. Cuando regrese, para tomar sus estudios
superiores, será un chico muy distinto y podrá ir al mejor
instituto de todo New Orleans. Estoy seguro de ello.
—No lo aceptará—susurraste
apartando la mano para seguir tomando té—. Te retiene y no es sólo
por como lo admiras y proteges.
—Se lo diré ésta noche.
¿Cómo iba a saber que tú morirías?
Mis planes de alejarme de él se rompieron. Todo lo que había
construido se hizo trizas. No pude alejarme lo suficiente de aquel
muchacho larguirucho que parecía concentrado en asuntos turbios. Sus
ojos azules eran distintos, no tenían la melancolía de otra época
y parecía asustado. No sabía bien qué era, pero aquel que decía
ser Quinn en parte no lo era. Y yo tenía razón, hablaba con un
vampiro y los vampiros en parte ya no son los mismos pues asumen
pesadas cargas que los trastornan.
Ahora, mi querida amiga, guardo tantos
secretos que si te los contara posiblemente te defraudaría, pero a
la vez emocionaría. Todos aquí están bien. Tommy creció y se
convirtió en un hombre respetable, pero ocurrió lo mismo que con
Quinn. Y bueno, yo ésta noche he salido a matar, como cada noche,
con esos elegantes y puntiagudos colmillos que llevo desde hace algo
más de un año.
Siempre te querré señorita Queen,
siempre.
Siempre tuyo,
Nash.
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