Julien Mayfair y Lasher eran un equipo excepcional, sobre todo a la hora de la venganza.
Lestat de Lioncourt
Su esbelta figura envuelta en aquel
traje de lino italiano, tan espectacular como siempre, estaba en
aquella sucia cabaña destacando en la penumbra. A sus pies estaba
uno de sus viejos compañeros de apuestas, con una expresión
terrible en el rostro mientras rogaba por su vida. Los rizos negros,
tan oscuros como perfectos, caían por su limpia frente. Los rasgos
de su padre eran sin duda magníficos y hacían que aquel joven, el
cual aún era un respetable miembro de la sociedad, fuesen atractivos
para hombres como mujeres, sexos que comenzaba a disfrutar con ya
demasiada asiduidad.
—¡No lo hagas!—gritó con la
lengua pastosa, signo evidente de cansancio y ebriedad—. No lo haré
más.
Una sonrisa elegante y cruel se formuló
en sus labios, en sus ojos había un destello silenciado de odio
ciego, sus manos, delicadas y bien cuidadas, se habían cerrado en
poderosos puños y su cuerpo, todo él, se tensaba. Deseaba
emprenderla a puñetazos y patadas hasta acabar con él, haciéndolo
temblar en el suelo de tierra de aquella choza sucia. Era uno de los
viejos habitáculos de sus esclavos en la plantación, tan viejo como
olvidado. Los esclavos de la familia Mayfair tenían las mejores
instalaciones, pues el signo de su éxito era tener contentos a los
peones aunque estos fueran mano de obra barata. Aquel lugar olía a
orines, sudor, al propio pantano y animales muertos. Pero también
olía a venganza. Julien lo había llevado allí con excusas y buenas
palabras, seduciéndolo poco a poco y envolviéndolo en su aura de
perversión. Había permitido que lo tocara, como cualquier otro
hombre perverso lo habría hecho al ver a un joven tan atractivo,
pero él no había ido allí para tener una noche de distracciones.
—Lasher—llamó a su viejo amigo,
una sombra cruel y perfectamente similar a él, que se situó a su
lado con la misma sonrisa pérfida que él poseía—. Lasher, ¿cómo
se mata a un gusano?
—¿Con quién hablas?—preguntó
tembloroso aquel tipejo—. Dímelo.
—Con mi amigo. No vine solo, pero es
una lástima que tú no puedas verlo... aún—murmuró inclinándose
hacia delante con una elegancia terriblemente sobrecogedora, como si
fuese a invitarlo a bailar, pero no era más que el toque de
distinción de un brujo como él—. Quiero ver como se retuerce.
—Que risa—dijo aquella réplica
antes de abalanzarse sobre aquel cretino.
Lasher levantó el cuerpo del antiguo
compañero de Julien, lo alzó hasta el techo, y luego lo hizo caer a
plomo contra la tierra. Aquello no lo mató, por supuesto, pero le
hizo quebrar algunos huesos. Repitió ese gesto en un par de
ocasiones, pero luego lo estampó contra el flanco izquierdo de la
cabaña y éste se rompió. El cuerpo fue enviado al suelo, a unos
cincuenta metros, del interior de aquella pocilga.
Un gemido de dolor y un breve estertor
fue lo último que hizo aquel insensato. Había hecho trampas en
algunas partidas, Julien lo sabía por Lasher y no estaba dispuesto a
seguir aguantando aquello. El dinero era cosa seria para aquel joven
de tan sólo veinticinco años. Aún no lo sabía, pero estaba
labrándose con talento una leyenda entorno a su persona.
—¿Algo más?—preguntó.
—No—respondió.
—¿Puedo usar ya tu cuerpo?—le dijo
ya con su aspecto original, muy distinto. Tenía ojos pardos, mentón
algo más ancho y unos rasgos más toscos. Sin embargo, Lasher era
atractivo y la pequeña barba que tenía le daba un toque varonil.
—Mañana—dijo acomodándose el
sombrero blanco, como el traje, para salir de allí.
Sin embargo, cuando vio como estaba el
cuerpo y recordó que era su plantación suspiró. Se giró mirando a
Lasher para aproximarse a él, alzando sus brazos hacia sus fuertes
hombros que él únicamente podía ver, y sonrió con cierta
diversión.
—Sí, quiero que hagas algo
más—murmuró—. Tíralo a los caimanes, los pobres tienen que
tener hambre—susurró antes de rozar sus labios—. Nos vemos en
casa mi Impulsor.
—¡Mañana quiero el cuerpo! ¡Mañana
quiero bailar!—exclamó antes de tomar el cadáver como si fuera un
torbellino y lanzarlo al pantano cercano.
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