Estas son unas memorias de Louis y David, espero que comprendan que es un más allá de Merrick y de todo lo que se ha visto ya.
Lestat de Lioncourt
Destrucción
La noche era terriblemente tórrida. No
existía brisa que pudiese aliviar el sofocante calor. Los grillos
cantaban atrayendo a las hembras, moviéndose por el césped crecido,
mientras David caminaba de un lado a otro del camino. Hacía más de
tres horas que Louis había desaparecido. Nadie sabía dónde se
había marchado. Ocasionalmente lo hacía, regresaba cubierto de
fango, polvo o calado hasta los huesos. Sin embargo, él parecía no
padecer ante su penoso aspecto y se defendía con palabras cínicas e
hirientes, como siempre hizo. Jugaba a un terrible juego y David lo
sabía. Un día se rompería el fino hilo y Louis caería como un
muñeco roto, impactando contra el asfalto de la realidad y quizás,
sólo quizás entonces, comprendería hasta que punto había tensado
demasiado la cuerda.
La vivienda que compartían era de
nueva construcción, aunque se asemejaba a las viejas mansiones que
existían en las antiguas plantaciones. Un lugar aseado, alejado de
todo y con unas hermosas vistas a los campos que aún existían en
New Orleans. No muy lejos, por una carretera de acceso, se llegaba a
la ciudad y se sentía la magia que aún prevalecía en cada calle,
edificio y pequeño monumento. Louis había ido a la ciudad, él lo
sabía. Sin embargo, estaba esperando noticias sobre un importante
asunto, del cual requeriría estar cerca de sus archivos, y, por lo
tanto, no podía despegarse de la vivienda. Aquello era sin duda una
tortura.
—¡Louis!—gritó al sentir su
presencia aproximándose a la vivienda—. ¡Louis!—exclamó de
nuevo observando como aparecía dando elegantes pasos rápidos.
Su camisa de lino estaba mal abotonada,
el chaleco había desaparecido, los mocasines estaban llenos de fango
como el borde de su pantalón negro de vestir. Tenía el pelo sucio,
polvoriento, y los ojos inyectados en una calma insostenible. Louis
parecía un monstruo que había sosegado su rabia de algún modo.
—¿Dónde has estado?—preguntó
cuando lo tuvo a corta distancia—. Louis.
—¿Te interesa realmente lo que me
suceda?—respondió sereno con un tono suave—. ¿Realmente te
interesa?—dijo arqueando ambas cejas negras.
—Por supuesto—respondió tomándolo
de los brazos.
—Aparta—susurró colocando sus
manos sobre sus muñecas—. Aparta, David.
—Louis, eres...
—¿Qué soy?—dijo alzando el mentón
mientras apretaba sus dedos finos, largos y blancos contra las
muñecas de su compañero—. Una carga—se respondió a sí mismo,
con voz firme—. Soy una carga, un extraño loco que tienes que
cuidar, alguien que ya no es lo que era y que incluso temes—rodeó
con firmeza las muñecas y apartó las manos de su amante, alejándolo
de él, para luego darle un leve empujón—. David, quizás no pueda
leer la mente, pero puedo leer tus ojos. Me miras con miedo y rencor,
puedo notarlo—inclinó hacia el lado izquierdo su cabeza, dejando
que sus cabellos largos y descuidados, cayeran rozando sus hombros—.
No hay amor, lo cual me hace todo bastante más fácil.
—¿Qué? Claro que te amo—frunció
el ceño y se horrorizó. Louis no veía amor en él, pero sin duda
lo sentía.
—Amas lo que ya no soy— dijo,
girándose para quedar de espaldas a él. La estrecha espalda, de
hombros menudos, que poseía Louis se marcaron. Era un hombre
atlético, pero delgado. Tenía una suave, aunque algo pronunciada,
cintura debido a su cadera. Su pose era elegante, distinguida, a
pesar que su aspecto era deplorable. Había hojarasca en su cabeza,
musgo en sus ropas y algo de barro inclusive en las mangas de la
camisa. ¿Dónde había estado? Eso sólo lo sabía Louis. Parecía
haber escarbado en un cementerio, pues llevaba el perfume de la
muerte impregnado en él—. Amas la fragilidad, la débil entereza,
mi pasión por parecer calmado aunque me lamentaba constantemente,
esa seductora pose elegante cubierta de pulcritud y con unos ojos, o
mejor dicho esmeraldas, que parecían esperanzados cuando ya no
quedaba nada. Eso amas—guardó silencio unos segundos y volteó su
rostro para que pudiese ver su perfil—. Amas cosas que ya no
hay—dijo llevando su mano derecha a su corazón—. Te empeñas en
hablarme como si fuese el ser que conociste y ni siquiera yo sé
quién soy ahora, qué soy capaz de hacer, y por qué lo hago.
—Eres Louis, eso me basta—argumentó.
—¿Qué Louis soy?—le lanzó
aquello, provocando que él lo tomara del brazo derecho y se girara.
Quería enfrentarlo, sin embargo Louis agachó la cabeza y bajó la
mirada. David lo escrutó justo antes que empezara a hablar de nuevo,
alzando su rostro y mirándolo a los ojos—. ¿El hombre que perdió
su corazón en París? ¿El muchacho triste y deprimido de la
plantación? ¿El elegante vampiro que todos recuerdan? ¿El
atormentado que se expuso al sol? ¿El cínico que lee a Kafka? ¿El
adicto al fuego?—lo apartó de un golpe que hizo que cayera al
suelo y colocó su zapato sucio, cubierto de fango, sobre la blanca
camisa de algodón que llevaba David. Aplastó contra él el pie,
prácticamente rompiéndole alguna costilla quizás—. ¡Quién
soy!—bramó—. ¿Soy todos ellos o no soy ninguno? Para tu
desgracia ya no queda ni uno de esos Louis—dijo apartando su pie,
para luego patearlo—. No soy esos Louis. ¡Y ahora deja que me
vaya! ¡Que me vaya para siempre de tu presencia!
—¡Louis! ¡Detente!—gritó
recobrando el aliento, pues Louis parecía quitarle el aire que no
necesitaba y convertirse en una soga. En esos momentos su compañero
y amante le infundía respeto, miedo y ciertos recuerdos que le
torturaban aún hoy.
Recordó a Louis carbonizado en su
ataúd, con sus ropas destrozadas, la carne quemada y el cuerpo
retorcido. Aquel pelo sedoso, ondulado y lustroso, era casi un mechón
mal colocado. No, no quería recordarlo. Esos ojos verdes
impactantes, surgiendo de ese cuerpo destrozado. Aún estaba ahí,
los escuchaba, y a la vez no quería estar. David lo sabía. Él
sufría y Lestat lloraba. Merrick se iba a volver loca si seguía
mirando el ataúd. Todo era su culpa. Todo había salido mal.
Louis... Louis...
—¡No!—gritó caminando apresurado
hacia el interior de la vivienda, quizás para tomar unas escasas
pertenencias y marcharse.
—¡Te amo! ¡Te amo!—exclamó
levantándose del césped para correr hacia él—. ¡Te amo!—parecía
una canción desesperada y trágica.
—¡No me interesa tu amor
barato!—exclamó con los puños cerrados, levantándolos
encolerizado, porque era capaz de destruir la vivienda a golpes si
era necesario. Como también era capaz de emprenderse a golpes contra
él, su viejo amigo, que tanto lo había cuidado, respetado e incluso
idolatrado—. ¡Ni siquiera me interesa el amor que leo en los
libros! ¡Ni el viejo amor de Claudia! ¡Ni el egoísta amor de
Lestat! ¡No quiero tu amor! ¡Ni la compasión que despierto en
miles de corazones! ¡No quiero nada! ¡Nada!—dijo girándose al
borde de las lágrimas, con el mentón apretado y los colmillos
imponentes surgiendo de entre sus labios. Estaba teniendo un ataque
de cólera. Una cólera que le abrasaba como las propias llamas de
sus queridas velas y lámparas de queroseno—. ¡Nada!
—¡Louis!—le llamó—. ¡No puedes
decir eso!—su voz se quebraba y la firmeza que solía tener quedaba
perdida en algún rincón de aquel enorme jardín.
—¡Sólo quiero ver arder todo lo que
hay a mi alrededor!—dijo. Louis era un hijo de la ira, una ira que
lo consumía. Sus ojos verdes cobraban vida cuando veía las llamas
aproximarse a él, como si eso le caldeara. Ya no podía morir de una
forma menos horrorosa que el fuego o decapitado, lo sabía, y ahora
el sol prácticamente no lo dañaría. Quería fuego para consumir
todo e imaginar que podría arrastrarlo a él también.
—¡Basta!—lo alcanzó, tomándolo
de los brazos, para luego mirarlo frenético.
—¡Sí!—una terrible sonrisa se
dibujó en sus labios, pero también en sus ojos y su alma parecía
congratularse—. ¡Quiero que el fuego consuma todo! ¡Qué me
consuma a mí!
—¡No!—exclamó.
—¡Sí!—respondió apartándolo
para correr dentro.
—Te amo... realmente yo te
amo—murmuró ya sin fuerzas, pues se sentía derrotado. En esos
momentos comprendió a Lestat. Él se lo había advertido. Louis ya
no era Louis, pues el monstruo que habitaba dentro de él lo había
terminado consumiendo. Siempre hubo una dualidad extraña en él, el
ser reflexivo y el homicida. Finalmente, el homicida había surgido.
—¿Y de qué me sirve tu
amor?—preguntó cerca de las escaleras de acceso a la puerta
principal—. ¿De qué?—se apoyó en una de las gruesas columnas
que allí había, que imitaban las viejas columnas que sostenían
Pointe du Lac. ¿Qué había sido de Pointe du Lac? Ya ni siquiera
quedaba algún vestigio de que allí, en algún rincón y momento,
fue feliz y puro.
—No lo sé—era la respuesta más
sincera que había dado en mucho tiempo. David Talbot, el viejo líder
de detectives de lo oculto, por primera vez no sabía qué responder.
Se había quedado completamente mudo.
—¿Qué consuela tu amor?—murmuró
acercándose peligrosamente a él, que estaba de pie completamente
sofocado—. ¿O qué consuela saber que hay un dios o un demonio ahí
fuera?—dijo llevándose la mano derecha al crucifijo de plata que
tenía dentro de su camisa, el cual arrancó y arrojó a los pies de
su compañero. Éste lo miró con sus ojos pardos, casi negros, de un
café oscuro y terriblemente cálidos como si fuese una revelación.
No sólo el incidente con Merrick lo había trastornado, sino el
anterior incidente con Memnoch aunque él no lo había vivido en
carnes propias. Louis se debatía entre sus creencias, sus viejos
amores y las pasiones que comenzaban a brotar como si fuesen semillas
de enredaderas—. ¿Consuela el saber que ella me odia?
—Decías que no te importaba su viejo
amor—esbozó una leve sonrisa de satisfacción, aunque se veía
triste y desconsolado.
—Estoy destruyéndome—declaró
firme—. Hay momentos que despierto del frío trozo de mármol que
soy y deseo destruir todo. Entiendo tan bien a Akasha en esos
momentos—susurró—, pues quiero verlos a todos muertos o
sirviéndome como esclavos. Pero de nada me sirve su adulación, su
servilismo barato o su amor incondicional. No me sirve nada.
—¿Por qué?—dijo caminando hacia
él para palpar su rostro, pues había comenzado a llorar en
silencio.
—Estoy vacío—susurró.
—No... tú...—negó dejando que sus
cabellos rozaran su frente, mientras sus brazos rodeaban amorosamente
a Louis. Él no hizo el intento por responder al abrazo, aunque muy
en el fondo se sintió recompensado.
—¿Yo qué? Estoy vacío—dijo
hundiendo su rostro en el cuello de David.
Había detenido un estallido de locura,
pero no sabía si soportaría otro. Louis había empezado a vibrar
con fuerza, como un pequeño terremoto, que posiblemente haría
erupcionar viejos recuerdos que arrasarían con todo. Tenía que
ganar tiempo y hablar con Lestat, pues él podría saber que hacer.
No quería perder a Louis. No otra vez.
No hay comentarios:
Publicar un comentario