Durante largos años he publicado varios trabajos originales, los cuales están bajo Derechos de Autor y diversas licencias en Internet, así que como es normal demandaré a todo aquel que publique algún contenido de mi blog sin mi permiso.
No sólo el contenido de las entradas es propio, sino también los laterales. Son poemas algo antiguos y desgraciadamente he tenido que tomar medidas en más de una ocasión.

Por favor, no hagan que me enfurezca y tenga que perseguirles.

Sobre el restante contenido son meros homenajes con los cuales no gano ni un céntimo. Sin embargo, también pido que no sean tomados de mi blog ya que es mi trabajo (o el de compañeros míos) para un fandom determinado (Crónicas Vampíricas y Brujas Mayfair)

Un saludo, Lestat de Lioncourt

ADVERTENCIA


Este lugar contiene novelas eróticas homosexuales y de terror psicológico, con otras de vampiros algo subidas de tono. Si no te gusta este tipo de literatura, por favor no sigas leyendo.

~La eternidad~ Según Lestat

martes, 17 de junio de 2014

Destrucción

Estas son unas memorias de Louis y David, espero que comprendan que es un más allá de Merrick y de todo lo que se ha visto ya. 


Lestat de Lioncourt


Destrucción





La noche era terriblemente tórrida. No existía brisa que pudiese aliviar el sofocante calor. Los grillos cantaban atrayendo a las hembras, moviéndose por el césped crecido, mientras David caminaba de un lado a otro del camino. Hacía más de tres horas que Louis había desaparecido. Nadie sabía dónde se había marchado. Ocasionalmente lo hacía, regresaba cubierto de fango, polvo o calado hasta los huesos. Sin embargo, él parecía no padecer ante su penoso aspecto y se defendía con palabras cínicas e hirientes, como siempre hizo. Jugaba a un terrible juego y David lo sabía. Un día se rompería el fino hilo y Louis caería como un muñeco roto, impactando contra el asfalto de la realidad y quizás, sólo quizás entonces, comprendería hasta que punto había tensado demasiado la cuerda.

La vivienda que compartían era de nueva construcción, aunque se asemejaba a las viejas mansiones que existían en las antiguas plantaciones. Un lugar aseado, alejado de todo y con unas hermosas vistas a los campos que aún existían en New Orleans. No muy lejos, por una carretera de acceso, se llegaba a la ciudad y se sentía la magia que aún prevalecía en cada calle, edificio y pequeño monumento. Louis había ido a la ciudad, él lo sabía. Sin embargo, estaba esperando noticias sobre un importante asunto, del cual requeriría estar cerca de sus archivos, y, por lo tanto, no podía despegarse de la vivienda. Aquello era sin duda una tortura.

—¡Louis!—gritó al sentir su presencia aproximándose a la vivienda—. ¡Louis!—exclamó de nuevo observando como aparecía dando elegantes pasos rápidos.

Su camisa de lino estaba mal abotonada, el chaleco había desaparecido, los mocasines estaban llenos de fango como el borde de su pantalón negro de vestir. Tenía el pelo sucio, polvoriento, y los ojos inyectados en una calma insostenible. Louis parecía un monstruo que había sosegado su rabia de algún modo.

—¿Dónde has estado?—preguntó cuando lo tuvo a corta distancia—. Louis.

—¿Te interesa realmente lo que me suceda?—respondió sereno con un tono suave—. ¿Realmente te interesa?—dijo arqueando ambas cejas negras.

—Por supuesto—respondió tomándolo de los brazos.

—Aparta—susurró colocando sus manos sobre sus muñecas—. Aparta, David.

—Louis, eres...

—¿Qué soy?—dijo alzando el mentón mientras apretaba sus dedos finos, largos y blancos contra las muñecas de su compañero—. Una carga—se respondió a sí mismo, con voz firme—. Soy una carga, un extraño loco que tienes que cuidar, alguien que ya no es lo que era y que incluso temes—rodeó con firmeza las muñecas y apartó las manos de su amante, alejándolo de él, para luego darle un leve empujón—. David, quizás no pueda leer la mente, pero puedo leer tus ojos. Me miras con miedo y rencor, puedo notarlo—inclinó hacia el lado izquierdo su cabeza, dejando que sus cabellos largos y descuidados, cayeran rozando sus hombros—. No hay amor, lo cual me hace todo bastante más fácil.

—¿Qué? Claro que te amo—frunció el ceño y se horrorizó. Louis no veía amor en él, pero sin duda lo sentía.

—Amas lo que ya no soy— dijo, girándose para quedar de espaldas a él. La estrecha espalda, de hombros menudos, que poseía Louis se marcaron. Era un hombre atlético, pero delgado. Tenía una suave, aunque algo pronunciada, cintura debido a su cadera. Su pose era elegante, distinguida, a pesar que su aspecto era deplorable. Había hojarasca en su cabeza, musgo en sus ropas y algo de barro inclusive en las mangas de la camisa. ¿Dónde había estado? Eso sólo lo sabía Louis. Parecía haber escarbado en un cementerio, pues llevaba el perfume de la muerte impregnado en él—. Amas la fragilidad, la débil entereza, mi pasión por parecer calmado aunque me lamentaba constantemente, esa seductora pose elegante cubierta de pulcritud y con unos ojos, o mejor dicho esmeraldas, que parecían esperanzados cuando ya no quedaba nada. Eso amas—guardó silencio unos segundos y volteó su rostro para que pudiese ver su perfil—. Amas cosas que ya no hay—dijo llevando su mano derecha a su corazón—. Te empeñas en hablarme como si fuese el ser que conociste y ni siquiera yo sé quién soy ahora, qué soy capaz de hacer, y por qué lo hago.

—Eres Louis, eso me basta—argumentó.

—¿Qué Louis soy?—le lanzó aquello, provocando que él lo tomara del brazo derecho y se girara. Quería enfrentarlo, sin embargo Louis agachó la cabeza y bajó la mirada. David lo escrutó justo antes que empezara a hablar de nuevo, alzando su rostro y mirándolo a los ojos—. ¿El hombre que perdió su corazón en París? ¿El muchacho triste y deprimido de la plantación? ¿El elegante vampiro que todos recuerdan? ¿El atormentado que se expuso al sol? ¿El cínico que lee a Kafka? ¿El adicto al fuego?—lo apartó de un golpe que hizo que cayera al suelo y colocó su zapato sucio, cubierto de fango, sobre la blanca camisa de algodón que llevaba David. Aplastó contra él el pie, prácticamente rompiéndole alguna costilla quizás—. ¡Quién soy!—bramó—. ¿Soy todos ellos o no soy ninguno? Para tu desgracia ya no queda ni uno de esos Louis—dijo apartando su pie, para luego patearlo—. No soy esos Louis. ¡Y ahora deja que me vaya! ¡Que me vaya para siempre de tu presencia!

—¡Louis! ¡Detente!—gritó recobrando el aliento, pues Louis parecía quitarle el aire que no necesitaba y convertirse en una soga. En esos momentos su compañero y amante le infundía respeto, miedo y ciertos recuerdos que le torturaban aún hoy.

Recordó a Louis carbonizado en su ataúd, con sus ropas destrozadas, la carne quemada y el cuerpo retorcido. Aquel pelo sedoso, ondulado y lustroso, era casi un mechón mal colocado. No, no quería recordarlo. Esos ojos verdes impactantes, surgiendo de ese cuerpo destrozado. Aún estaba ahí, los escuchaba, y a la vez no quería estar. David lo sabía. Él sufría y Lestat lloraba. Merrick se iba a volver loca si seguía mirando el ataúd. Todo era su culpa. Todo había salido mal. Louis... Louis...

—¡No!—gritó caminando apresurado hacia el interior de la vivienda, quizás para tomar unas escasas pertenencias y marcharse.

—¡Te amo! ¡Te amo!—exclamó levantándose del césped para correr hacia él—. ¡Te amo!—parecía una canción desesperada y trágica.

—¡No me interesa tu amor barato!—exclamó con los puños cerrados, levantándolos encolerizado, porque era capaz de destruir la vivienda a golpes si era necesario. Como también era capaz de emprenderse a golpes contra él, su viejo amigo, que tanto lo había cuidado, respetado e incluso idolatrado—. ¡Ni siquiera me interesa el amor que leo en los libros! ¡Ni el viejo amor de Claudia! ¡Ni el egoísta amor de Lestat! ¡No quiero tu amor! ¡Ni la compasión que despierto en miles de corazones! ¡No quiero nada! ¡Nada!—dijo girándose al borde de las lágrimas, con el mentón apretado y los colmillos imponentes surgiendo de entre sus labios. Estaba teniendo un ataque de cólera. Una cólera que le abrasaba como las propias llamas de sus queridas velas y lámparas de queroseno—. ¡Nada!

—¡Louis!—le llamó—. ¡No puedes decir eso!—su voz se quebraba y la firmeza que solía tener quedaba perdida en algún rincón de aquel enorme jardín.

—¡Sólo quiero ver arder todo lo que hay a mi alrededor!—dijo. Louis era un hijo de la ira, una ira que lo consumía. Sus ojos verdes cobraban vida cuando veía las llamas aproximarse a él, como si eso le caldeara. Ya no podía morir de una forma menos horrorosa que el fuego o decapitado, lo sabía, y ahora el sol prácticamente no lo dañaría. Quería fuego para consumir todo e imaginar que podría arrastrarlo a él también.

—¡Basta!—lo alcanzó, tomándolo de los brazos, para luego mirarlo frenético.

—¡Sí!—una terrible sonrisa se dibujó en sus labios, pero también en sus ojos y su alma parecía congratularse—. ¡Quiero que el fuego consuma todo! ¡Qué me consuma a mí!

—¡No!—exclamó.

—¡Sí!—respondió apartándolo para correr dentro.

—Te amo... realmente yo te amo—murmuró ya sin fuerzas, pues se sentía derrotado. En esos momentos comprendió a Lestat. Él se lo había advertido. Louis ya no era Louis, pues el monstruo que habitaba dentro de él lo había terminado consumiendo. Siempre hubo una dualidad extraña en él, el ser reflexivo y el homicida. Finalmente, el homicida había surgido.

—¿Y de qué me sirve tu amor?—preguntó cerca de las escaleras de acceso a la puerta principal—. ¿De qué?—se apoyó en una de las gruesas columnas que allí había, que imitaban las viejas columnas que sostenían Pointe du Lac. ¿Qué había sido de Pointe du Lac? Ya ni siquiera quedaba algún vestigio de que allí, en algún rincón y momento, fue feliz y puro.

—No lo sé—era la respuesta más sincera que había dado en mucho tiempo. David Talbot, el viejo líder de detectives de lo oculto, por primera vez no sabía qué responder. Se había quedado completamente mudo.

—¿Qué consuela tu amor?—murmuró acercándose peligrosamente a él, que estaba de pie completamente sofocado—. ¿O qué consuela saber que hay un dios o un demonio ahí fuera?—dijo llevándose la mano derecha al crucifijo de plata que tenía dentro de su camisa, el cual arrancó y arrojó a los pies de su compañero. Éste lo miró con sus ojos pardos, casi negros, de un café oscuro y terriblemente cálidos como si fuese una revelación. No sólo el incidente con Merrick lo había trastornado, sino el anterior incidente con Memnoch aunque él no lo había vivido en carnes propias. Louis se debatía entre sus creencias, sus viejos amores y las pasiones que comenzaban a brotar como si fuesen semillas de enredaderas—. ¿Consuela el saber que ella me odia?

—Decías que no te importaba su viejo amor—esbozó una leve sonrisa de satisfacción, aunque se veía triste y desconsolado.

—Estoy destruyéndome—declaró firme—. Hay momentos que despierto del frío trozo de mármol que soy y deseo destruir todo. Entiendo tan bien a Akasha en esos momentos—susurró—, pues quiero verlos a todos muertos o sirviéndome como esclavos. Pero de nada me sirve su adulación, su servilismo barato o su amor incondicional. No me sirve nada.

—¿Por qué?—dijo caminando hacia él para palpar su rostro, pues había comenzado a llorar en silencio.

—Estoy vacío—susurró.

—No... tú...—negó dejando que sus cabellos rozaran su frente, mientras sus brazos rodeaban amorosamente a Louis. Él no hizo el intento por responder al abrazo, aunque muy en el fondo se sintió recompensado.

—¿Yo qué? Estoy vacío—dijo hundiendo su rostro en el cuello de David.


Había detenido un estallido de locura, pero no sabía si soportaría otro. Louis había empezado a vibrar con fuerza, como un pequeño terremoto, que posiblemente haría erupcionar viejos recuerdos que arrasarían con todo. Tenía que ganar tiempo y hablar con Lestat, pues él podría saber que hacer. No quería perder a Louis. No otra vez.   

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Gracias por su lectura

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Lestat de Lioncourt