Khayman desea compartir con nosotros una de sus vivencias, así que aquí lo tienen. Espero que comprendan lo profundo del asunto y el poema final.
Lestat de Lioncourt
Regresé a mi dormitorio tras haber
cumplido los designios de Akasha, no de los dioses como ella osaba
decir. Las hechiceras habían sido humilladas y ultrajadas, mi
conciencia pesaba y me lamentaba terriblemente. Lloraba como un niño
deambulando por la habitación justo antes de caer sobre la cama.
Maharet y Mekare habían levantado el velo que había caído sobre
mí, logrado remover mi conciencia hasta límites que no podía
siquiera imaginar, y sin embargo no había podido hacer nada por
ellas. Había actuado como se esperaba de mí, nada más.
Escuché pasos por el pasillo, a la
guardia moverse frente a mi puerta y como ésta se abría para dar
paso a Enkil. Él estaba allí de pie, en la penumbra de la entrada,
mirándome con cierto aire apático. Parecía un muñeco sin alma.
Pidió con un gesto de su mano que aguardaran fuera y cerró la
puerta para ir hacia mí.
—No sólo se ha vengado de ellas,
también de ti—dijo mientras yo me encogía en la cama acariciando
las sábanas de lino blanco—. Khayman, ¿es cierto que las
admiras?—esa pregunta no me desconcertó, pero traté de no
contestarla—. Khayman, yo confío en ti—tomó asiento rápidamente
en el borde de la cama y colocó sus manos sobre mis hombros,
girándome para ver mi rostro y repetir su pregunta—. ¿Es cierto
que las admiras?
—Las creencias que ha impuesto su
señora, Akasha, no son de los dioses de Kemet sino suyas. Ella
simplemente tiene miedo a lo desconocido, a pesar que es extranjera.
Está cambiando el mundo que conocemos, alzando muros ante los
espíritus y tratando horriblemente al pueblo. Enkil, confío más en
cualquier hechicero que en ella—mis palabras sonaron sinceras y
gruesas lágrimas de mi rostro delataban que no mentía en absoluto.
—Khayman...
Enkil jamás amó a Akasha. Él no
podía amar a ninguna mujer y menos a ella. Yo era su escolta más
leal en las batallas, su amigo, su consejero y también su amante.
Conocía bien sus gestos. Él no amaba a Akasha, pero desde ese
momento hizo aún más por contentarla. No fue porque él creyera en
su mujer, la amara y respetara. Fue un castigo hacia mí, mis nuevos
sentimientos y eld eseo de huir de las órdenes que ellos me daban.
Aquella noche quedé dormido
sollozando, con él a mi lado observándome. Al despertar, con
horribles visiones, escribí unos versos que no comprendía del todo.
Era como si un espíritu me impulsara a hacerlo. Si bien, algo me
decía que estaba dedicado a las Gemelas Pelirrojas, a Maharet y
Mekare.
En las arenas de Kemet,
más allá de las aguas del Nilo,
existe una verdad oculta
que aún mueve los hilos.
El mundo es perverso
y busca su propio beneficio.
En estos oscuros versos
encontrarás la verdad prohibida.
Sangre, sobre la arena oscura
y en plena oscuridad la tragedia.
Un grito suena a los lejos
monstruos sedientos nos asedian.
Los dioses no mueren...
no tienen lengua ni ojos.
Los dioses no mueren...
no pueden hablar ni ver.
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