Durante largos años he publicado varios trabajos originales, los cuales están bajo Derechos de Autor y diversas licencias en Internet, así que como es normal demandaré a todo aquel que publique algún contenido de mi blog sin mi permiso.
No sólo el contenido de las entradas es propio, sino también los laterales. Son poemas algo antiguos y desgraciadamente he tenido que tomar medidas en más de una ocasión.

Por favor, no hagan que me enfurezca y tenga que perseguirles.

Sobre el restante contenido son meros homenajes con los cuales no gano ni un céntimo. Sin embargo, también pido que no sean tomados de mi blog ya que es mi trabajo (o el de compañeros míos) para un fandom determinado (Crónicas Vampíricas y Brujas Mayfair)

Un saludo, Lestat de Lioncourt

ADVERTENCIA


Este lugar contiene novelas eróticas homosexuales y de terror psicológico, con otras de vampiros algo subidas de tono. Si no te gusta este tipo de literatura, por favor no sigas leyendo.

~La eternidad~ Según Lestat

domingo, 29 de junio de 2014

La sublevación del guardián

Khayman desea compartir con nosotros una de sus vivencias, así que aquí lo tienen. Espero que comprendan lo profundo del asunto y el poema final. 

Lestat de Lioncourt 


Regresé a mi dormitorio tras haber cumplido los designios de Akasha, no de los dioses como ella osaba decir. Las hechiceras habían sido humilladas y ultrajadas, mi conciencia pesaba y me lamentaba terriblemente. Lloraba como un niño deambulando por la habitación justo antes de caer sobre la cama. Maharet y Mekare habían levantado el velo que había caído sobre mí, logrado remover mi conciencia hasta límites que no podía siquiera imaginar, y sin embargo no había podido hacer nada por ellas. Había actuado como se esperaba de mí, nada más.

Escuché pasos por el pasillo, a la guardia moverse frente a mi puerta y como ésta se abría para dar paso a Enkil. Él estaba allí de pie, en la penumbra de la entrada, mirándome con cierto aire apático. Parecía un muñeco sin alma. Pidió con un gesto de su mano que aguardaran fuera y cerró la puerta para ir hacia mí.

—No sólo se ha vengado de ellas, también de ti—dijo mientras yo me encogía en la cama acariciando las sábanas de lino blanco—. Khayman, ¿es cierto que las admiras?—esa pregunta no me desconcertó, pero traté de no contestarla—. Khayman, yo confío en ti—tomó asiento rápidamente en el borde de la cama y colocó sus manos sobre mis hombros, girándome para ver mi rostro y repetir su pregunta—. ¿Es cierto que las admiras?

—Las creencias que ha impuesto su señora, Akasha, no son de los dioses de Kemet sino suyas. Ella simplemente tiene miedo a lo desconocido, a pesar que es extranjera. Está cambiando el mundo que conocemos, alzando muros ante los espíritus y tratando horriblemente al pueblo. Enkil, confío más en cualquier hechicero que en ella—mis palabras sonaron sinceras y gruesas lágrimas de mi rostro delataban que no mentía en absoluto.

—Khayman...

Enkil jamás amó a Akasha. Él no podía amar a ninguna mujer y menos a ella. Yo era su escolta más leal en las batallas, su amigo, su consejero y también su amante. Conocía bien sus gestos. Él no amaba a Akasha, pero desde ese momento hizo aún más por contentarla. No fue porque él creyera en su mujer, la amara y respetara. Fue un castigo hacia mí, mis nuevos sentimientos y eld eseo de huir de las órdenes que ellos me daban.

Aquella noche quedé dormido sollozando, con él a mi lado observándome. Al despertar, con horribles visiones, escribí unos versos que no comprendía del todo. Era como si un espíritu me impulsara a hacerlo. Si bien, algo me decía que estaba dedicado a las Gemelas Pelirrojas, a Maharet y Mekare.

En las arenas de Kemet,
más allá de las aguas del Nilo,
existe una verdad oculta
que aún mueve los hilos.

El mundo es perverso
y busca su propio beneficio.
En estos oscuros versos
encontrarás la verdad prohibida.

Sangre, sobre la arena oscura
y en plena oscuridad la tragedia.
Un grito suena a los lejos
monstruos sedientos nos asedian.

Los dioses no mueren...
no tienen lengua ni ojos.
Los dioses no mueren...

no pueden hablar ni ver.  

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Gracias por su lectura

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Lestat de Lioncourt