El siguiente fragmento son unas memorias muy extrañas de Nicolas con Louis. Os aseguro que me sorprenden incluso a mí.
Lestat de Lioncourt
Morir. Muchos desean morir. Cientos de
personas están condenadas a morir. La muerte es algo que siempre
estuvo entre nosotros. Caminaba lenta en ocasiones y en la mayoría
de las veces galopa a lomos de su caballo, segando vidas de cualquier
ser que se postre ante ella. Somos sus siervos. Nos alimentamos de
muerte, respiramos muerte y finalmente morimos siendo enterrados en
campo santo o incinerados, como en los viejos funerales vikingos,
para esparcir nuestras cenizas al aire. La muerte no debería
afectarnos tanto, pero lo hace. Morir a veces es agradables y en la
mayoría de los casos el final de la historia.
Hubo una época en la cual quise morir.
Conocí secretos que me aterraron y comprendí que no estaba hecho
para soportarlos. Era demasiado peso sobre mis hombros y mis cansados
brazos no podían con todo el dolor que abarcarían, de una u otra
forma. Después de días de silencio, en los cuales tomé aprecio a
mis viejos documentos y mi instrumento, me acerqué al fuego, lo
saludé y me arrojé. Alguien me había convencido, o mejor
concienciado, que sería el mejor camino para mí. Sin embargo, se
equivocó.
Mis manos no se incendiaron, pues acabé
amputándolas de nuevo, arrojándoselas mientras el fuego me consumía
y yo bailaba una música desconcertante. Los estertores plácidos de
un anciano en su cama, los de mi padre, no fueron para nada
comparables con el dolor y el sacrificio que yo hice. No obstante, no
morí. Mi alma no lo hizo. No descansé.
Regresé a la vida, o mejor dicho a
éste plano, y caminé por las desiertas calles de París. Comprendí
que estaba en otra época, otro momento, y pronto busqué mis viejos
recuerdos. Los documentos de mis obras, que Armand cínicamente había
guardado, junto a mis manos y diversos objetos. Él lo tenía y sin
embargo jamás se los regresó a Lestat.
Cuando me sentí libre noté las
cadenas. Había asuntos que tenía que arreglar, sobre todo cuando
tuve conocimiento de la magnitud de algunas palabras que me hirieron.
Como fantasma tenía algo más que oídos. Podía conocer. Averigüé
tantas cosas que me asustaron como enfurecieron. Finalmente un viejo
amigo apareció frente a mí convirtiéndome en lo que soy. Memnoch
me hizo demonio.
Al fin podía, no sólo sentir la vida
entre mis manos, sino hacer todo lo que tanto amaba. La música
volvió a mí y yo me reencontré con ella llenando mis pulmones con
la opulencia de su melodía, el aroma de la madera de un stradivarius
y finalmente caí en el embrujo que tanto deseaba ese maldito
demonio. No sólo me sentía vivo, sino que él me hizo vivo.
Comprendí entonces que me estaba enamorando perdidamente del enemigo
del mundo.
Sin embargo, las tinieblas llegaron
envolviéndome con su líquido amniótico, olvidándome en su soledad
y perversión, al quedar huérfano de la presencia del demonio. Mi
único destino se convirtió en regresar a su lado. Había quedado de
nuevo mudo, como si no importara nada, y esos cabellos dorados
centelleaban en mis recuerdos como si fuera el mismo sol que temí
durante algunos meses. Quise acudir antes, pero mi orgullo y
convicciones me lo impidieron. Finalmente, caí arrojado a sus brazos
pensando que yo fui su primer y único amor. El primer amor que no se
logra olvidar. Ese amor ardiente del cual uno no se deshace nunca.
Ese mismo que te evoca lo mejor de ti. Pero me equivoqué. Él sólo
volvió a moverse para mentir, besarme como Judas y hacerme suyo
carente de amor y respeto.
Tracé un plan para conquistarlo,
pensando que podría hacer que se rindiera a mis pies, pero él
apareció agarrjándome de nuevo a sus brazos. Él, el Príncipe de
las Tinieblas, me susurró al oído deliciosas perversidades que
acabamos consumando con lujuria, desesperación y sobre todo el vacío
existencial que poseo. Quiero mi venganza y he aceptado un trato
nuevo.
Louis de Pointe du Lac es un vampiro
excéntrico. Podría decirse que ama rodearse de libros, suciedad y
velas. Parece un pordiosero a veces, pero en otras encuentras
elegante incluso el barro de sus botas. Desde la muerte de Claudia no
volvió a ser el mismo, pero por supuesto jamás conocí esas épocas.
Merrick lo desesperó. Su mente actual es todo un misterio. Ama
rodearse de muerte, disfruta con ella y goza tanto como cualquier
asesino. Se ha convertido en un rufián encantador de ojos verdes,
labios tentadores y un elegante modo de andar.
Noches más tardes de mi encuentro con
Memnoch decidí investigarlo. Lestat no paraba de recitar lo mucho
que nos parecíamos. Quizás fue el duelo con la muerte, ese deseo
brutal, que habíamos sentido. Sin embargo, él seguía vivo como
vampiro, con sus colmillos y sus sobre todo negros. Sí, seguía vivo
gracias al amor de Lestat. ¿Tal vez lo resucitó por él mismo?
¿Quizás por Louis? ¿O porque le recordaba a mí? Puede que las
tres preguntas estén relacionadas.
Encontré a Louis recostado sobre una
tumba, con un libro manchado de sangre entre sus manos. Tan sólo
eran unas gotitas escarlatas, pero cualquier ser sobrenatural
sentiría la presencia de sangre fresca. Sus mejillas estaban rojas,
muy llamativas, y su aspecto era pulcro, aunque olía a musgo y
barro. Había decidido llevar hasta allí al sacerdote al cual había
arrojado a una fosa, cubierto con una buena capa de tierra y
finalmente rezado una oración en modo cínico, como él era. El
libro era la biblia y lo leía en voz alta.
—Hermosos pasajes de la vida de
Jesús—dije, postrándome frente a él guardando las distancias.
Él me había escuchado, estaba seguro,
pues mis pasos habían movido cierta hojarasca que aún permanecía
seca. Las flores de los viejos difuntos ya estaban podridas,
totalmente consumidas y desprovistas de su belleza, y le musgo hacía
mella en las hermosas esculturas que se compadecían de los que allí
descansaban. Bajo la tierra, entre las raíces de los árboles y los
ataúdes forrados con encantadores encajes, había cadáveres que no
tenían nombre y un único asesino. Louis los guardaba celosamente,
como una viuda negra guarda los cuerpos de sus víctimas.
—¿Se las lees a tus encantadores
amigos? Una lástima que no puedan salir a saludarnos, ¿no
crees?—sus ojos verdes, cual esmeraldas, estaban fijos en mí y su
mirada se intensificaba con cada palabra, gesto o movimiento que
hacía.
—¿Qué deseas?—preguntó al fin.
—Sé que sabes quién soy, aunque no
nos han presentado formalmente—expliqué acomodando mi traje—. Le
daría una tarjeta de visita, pero no suelo usarlas.
—Te hice una pregunta—susurró
inclinando suavemente su cabeza hacia el lado izquierdo, frunció sus
perfectas cejas negras, y parpadeó—. ¿Por qué estás aquí? ¿Qué
quieres?
—Conversar, amigo mío,
conversar—dije encogiéndome de hombros—. ¿O deseas que saque mi
violín y toque para todos esos pobres desgraciados que acumulas
aquí?—me fijé entonces en el nombre de la tumba y estuve a punto
de echarme a reír—. Vaya, recostado sobre tu propia tumba; no sé,
es muy shakesperiano para ti, ¿o quizás para mí?
—No tengo nada que conversar
contigo—respondió apático.
—¿Aún amas a Lestat? ¿Guardas
algún sentimiento hacia él?—aquella pregunta le sorprendió,
aunque intentó disimularlo mirando hacia la profundidad del camino,
con gigantescas y pequeñas lápidas, que tenía a mis espaldas.
—Es complicado—aseguró—. Hay
momentos en los cuales desearía abrazarlo, pues temo por su
seguridad, pero la mayoría del tiempo deseo destrozarlo porque él
fue el culpable de todo. Él tiene la culpa de mis desgracias.
—Tal vez—dije sentándome sobre el
mármol con el cuerpo levemente girado hacia él, pues no quería
darle la espalda—. Como tú, igual que tantos, deseé ser vampiro.
Tú porque querías probar un castigo más terrible que la muerte,
pero yo era por codicia. Codiciaba todo lo que tenía Lestat, pero no
sólo codiciaba eso. También deseaba su amor y aprobación, cosa que
tú llegaste a desear ¿o me equivoco?
Él se incorporó completamente
ofendido, como si la verdad fuese una terrible bofetada. Abrió sus
gruesos labios para protestar, pero sólo quedó de espaldas con la
biblia entre sus manos. Él no sabía manchado, pero aquel hermoso
objeto sí. Era hermoso para él porque quizás le recordaba a su
hermano, el cual murió por su culpa aunque se hiciese el inocente.
—¿Cómo... ?—balbuceó girándose
parcialmente hacia mí, dándome tan sólo la silueta de su esfinge—.
¿Cómo se te ocurre decir esas barbaridades?—su ceño estaba
fruncido y sus ojos llenos de dudas—. ¿Cómo vienes hasta aquí
para decirme eso? ¿Por qué? ¿Con qué fin?
Solté una honda carcajada, como hacía
cualquier villano. Pero yo no era el villano ésta vez, el culpable
de todo era Lestat y él tendría la oportunidad de saborearlo.
—¿Te digo la verdad?—susurré con
una sonrisa maliciosa.
—Adelante—dijo girándose del
todo—. Ardo en deseos.
—Detesto las comparaciones ¿tú
no?—pregunté provocando que quedara aún más desconcertado—.
Pero también detesto no conocer bien los motivos de esa comparación
terrible, misteriosa y a estúpida—eché mis brazos a la espalda y
junté mis manos, rodeando con la derecha la muñeca izquierda.
Ambos vestíamos como buenos y
elegantes caballeros. Camisa y sobretodo, pues carecíamos de
americanas porque la noche no era demasiado fría. Era una noche
agradable, veraniega, con algo de humedad que me impedía disfrutarla
como me gustaba. El cementerio era más frío, algo que se agradecía
a ratos. Rozaba las cinco de la mañana, la luna se veía gigantesca
y las nubes, aunque escasas, le daban un aspecto lóbrego. Nuestros
calzados eran cómodos, pero igualmente elegantes. Eran mocasines,
zapatos muy comunes entre los hombres que amábamos lo clásico. Sí,
éramos dos figuras que parecían modelos de pasarela en medio de un
cementerio, justo en la sección de tumbas antiguas, mientras él me
miraba sin poder creer que estuviese allí, pidiendo explicaciones a
unas afirmaciones que no hizo, y sin ánimo de irme.
—Miserable—farfulló.
—¿Yo o él? Bueno, al menos a ti te
dio una hija y una bonita casa. ¿No es encantador? A las mujeres de
Auvernia las dejaba pariendo solas, teniendo bastardos para
exponerlos a un mundo cruel y poco agradable para los niños sin
padre—caminé hacia él para dejar mis manos sobre sus hombros.
Ambos teníamos una estatura similar,
pero unos rasgos diferentes. Podía ver su enfado al recordar ciertos
hechos. Posiblemente todos los engaños de Lestat sucedían frente a
él, uno tras otro.
—¿Y eso qué?
—Quiero conocerte bien, Louis—susurré
tomando su rostro con ambas manos.
Estaba desconcertado, pero aún más
cuando tomé la iniciativa y lo besé rompiendo la tensión. Sus
manos fueron directamente a mis hombros para intentar apartarme, pero
mi lengua ya estaba recorriendo su boca como si fuera una serpiente.
Él no podía alejarse de mí, no podía. Se había convertido en una
marioneta de mis deseos. Poco a poco se dejó llevar aferrándose a
las solapas de mi sobretodo color café.
—He escuchado maravillas de
ti—murmuré agarrándolo del cuello con la mano derecha, mientras
con la zurda levantaba su barbilla—, sobre todo de tu boca.
—Si querías sexo debiste decirlo
desde un principio—afirmó—. Además, me gusta romper la
monotonía en mis largas noches de lectura.
Los dos estábamos cansados de aquella
disputa y nos enfrentábamos, como no, a un gran reto. No protestó
cuando le quité su abrigo negro y lo eché sobre la tumba, tampoco
cuando mis dedos rasgaron la tela de su camisa verde oliva y los
botones de nácar estallaron. No, no lo hizo. Él se pegó a mí
besándome con ansiedad, como si hiciera meses que no tenía contacto
con otro ser que no fueran sus víctimas. Él me desnudó también,
pero de cintura hacia abajo. Con sus dedos largos, aunque algo más
gruesos que los míos, me quitó el cinturón, abrió la bragueta y
bajó el jeans negro de vestir que llevaba. Mi ropa interior también
cayó, quedando a la altura de mis tobillos, del mismo modo que él.
Louis se arrodilló frente a mí
masajeando mi miembro como lo haría una puta, justo como había oído
hablar a Lestat y visto en alguna circunstancia, mientras mis manos
iban a sus largos cabellos negros, tan ondulados y sedosos que me
excitaron, para recogerlos y ayudarlo a guiarse. La boca suculenta de
Louis se enganchó en mi glande, apretándolo, y su lengua jugueteaba
despertando en mí lamentos de placer. Terminé viniéndome hacia
delante, para luego retorcerme.
—Zorra, sí que eres zorra—balbuceé
moviendo las caderas como un lunático.
Mi miembro tocaba el paladar y se
hundía en su garganta, igual que una daga, y él aceptaba aquel
trato bajando el cierre de su pantalón de fina tela, permitiendo así
sacar su miembro endurecido. No comprendía a Lestat. No podía
comprender porque despreciaba el trato de la boca de Louis, aunque el
amor se corrompe y vuela. Estaba seguro que si él lo quería, si se
lo planteaba, abriría sus piernas gustosamente para Lestat. Había
visto en él, en su corazón negro como la propia noche, un destello
de amor. Aún había amor de Louis hacia su creador, aunque no era
así de Lestat hacia él. No lo quería cerca, lo despreciaba por lo
que ahora era, y eso hacía imposible que estuviese a su lado en esos
momentos. Sin embargo, acostarme con Louis era un golpe de efecto
perfecto para mí. Tal vez así le hacía sentir remordimientos,
celos o incluso la necesidad de buscarme para ajustar cuentas. Me
sentía en el paraíso por mis pensamientos retorcidos y por lo
agradable que era tener una boca succionando de esa forma.
Empujé a Louis contra la hojarasca.
Allí hacía meses que no se limpiaba o vigilaba. Eran tumbas viejas
y por lo tanto no vendría siquiera el guardia a revisar que ocurría.
Sin cuidado alguno le quité todo lo que llevaba, incluso los zapatos
y los calcetines. Louis quedó completamente desnudo, manchándose
con la tierra negra y húmeda, el moho y la mezcla del aroma pútrido
de los últimos cadáveres. Sus pezones eran cafés, estaban duros y
tenían una redondez exquisita. No dudé en inclinarme para lamer el
izquierdo primero y luego el derecho, notando así como un escalofrío
lo recorría.
Mi largo dedo corazón se hundió en
los húmedos labios de Louis, toqué su lengua con la yema del dedo y
acaricié sus dientes con cuidado. Tenía unos puntiagudos colmillos
que rozaban el labio inferior y le daba un aspecto temible. Sin
embargo, había tenido un cuidado especial con mi miembro y no lo
había dañado en absoluto. Aquella bestia se contoneaba como
cualquier fulana, con los ojos verdes clavados en los míos mientras
sus piernas se abrían invitándome a entrar. Bajé mi mano,
apartándola de su boca, para hundirla entre sus nalgas. Él soltó
un gemido alto mientras sus caderas se alzaban, su espalda se
arqueaba y sus hombros se pegaban más al suelo.
—No, no...—dijo al notar que
descubrí rápido la próstata al leer su mente—. No, no...
—murmuró.
—Sí, sí—musité abriendo mejor
sus piernas, para sin mucho cuidado, penetrarle apartando mi mano e
introduciendo mi sexo.
El vello púbico de Louis era sedoso y
grueso, muy espeso sólo en ciertas zonas, y carecía de pequeño
camino hacia su ombligo. Era un hombre esbelto, pero de un aspecto
mucho más delgado que el de Lestat. Sin embargo, él era unos años
mayor que nuestro viejo amante, aunque sólo en aspecto.
—Fóllame, fóllame... —echó sus
brazos sobre mis hombros y me atrajo hasta él, pegando sus muslos a
mis costados y cruzando sus piernas por los tobillos. Me retenía.
Pronto incluso llevó sus manos a mis nalgas, apretándolas y
pellizcándolas, para que me moviera con mayor ritmo.
Su cuerpo estaba perlado de diminutas
gotas de sangre, las cuales tenían diversos recorridos con sus
distintas direcciones. El aroma de mi sudor, mezclado con su aroma
natural, me excitó. Podía escuchar claramente el eco de nuestros
cuerpos golpeándose salvajemente, la hojarasca rompiéndose y
enredándose en sus largos cabellos sueltos, y como le temblaba el
cuerpo al sentir al fin una pasión propia de los infiernos.
Louis no duró demasiado, pues podía
leer su mente. Era una mente algo torturada, pero llena de
encantadores pasadizos. Tal y como se encontraba en ese momento,
completamente a mi merced, no podía articular palabra coherente y
menos proteger sus recuerdos. Sabía cuales eran sus puntos débiles,
las mentiras que había dicho en el pasado y las más recientes, pero
sobre todo lo peligroso que podía ser tenerlo cerca. Era un asesino
sanguinario, si bien conmigo se portó como cualquier mujer seducida
por el poder, o mejor dicho la venganza.
Su simiente me salpicó en el pecho,
igual que a él, pero eso no me impidió seguir con mi ritmo, e
incluso elevándolo, para poco después llegar. Noté un delicioso
hormigueo por mi cuerpo, como un latigazo recorriendo mi columna
vertebral, y una zambullida de sensaciones que tensaron mis músculos
y me hizo acabar. Había entrado en él, hasta llegar a los
testículos, para derramarme ofreciéndole lo poco que podía darle.
—Mon dieu... —susurró sofocado.
El sol estaba a punto de aparecer, por
eso cuando recobró el juicio salió corriendo. Ni siquiera se
vistió. Huyó hasta una de las criptas cercanas, abrió la puerta y
se hundió en los sueños junto a un cadáver que ya posiblemente,
por el tiempo de la tumba, era sólo huesos.
Por mi parte, como no debía temer a la
luz del sol, me vestí y caminé por el cementerio con las manos en
los bolsillos. No estaba cansado, pero sí satisfecho. Tenía mucha
información que podía usar en contra de Lestat, pero no sólo
contra él. Disfruté de mi caminata, donde pude observar que casi
todas las tumbas estaban en la superficie y pocas eran las excavadas
en la tierra. Eso era seguro por las inundaciones, seguro, pero no
era un conocedor de aquel lugar. Sólo podía estar seguro que la
información que había conseguido la usaría pronto, muy pronto.
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