Durante largos años he publicado varios trabajos originales, los cuales están bajo Derechos de Autor y diversas licencias en Internet, así que como es normal demandaré a todo aquel que publique algún contenido de mi blog sin mi permiso.
No sólo el contenido de las entradas es propio, sino también los laterales. Son poemas algo antiguos y desgraciadamente he tenido que tomar medidas en más de una ocasión.

Por favor, no hagan que me enfurezca y tenga que perseguirles.

Sobre el restante contenido son meros homenajes con los cuales no gano ni un céntimo. Sin embargo, también pido que no sean tomados de mi blog ya que es mi trabajo (o el de compañeros míos) para un fandom determinado (Crónicas Vampíricas y Brujas Mayfair)

Un saludo, Lestat de Lioncourt

ADVERTENCIA


Este lugar contiene novelas eróticas homosexuales y de terror psicológico, con otras de vampiros algo subidas de tono. Si no te gusta este tipo de literatura, por favor no sigas leyendo.

~La eternidad~ Según Lestat

lunes, 30 de junio de 2014

El demonio y el vampiro

El siguiente fragmento son unas memorias muy extrañas de Nicolas con Louis. Os aseguro que me sorprenden incluso a mí.

Lestat de Lioncourt 

Morir. Muchos desean morir. Cientos de personas están condenadas a morir. La muerte es algo que siempre estuvo entre nosotros. Caminaba lenta en ocasiones y en la mayoría de las veces galopa a lomos de su caballo, segando vidas de cualquier ser que se postre ante ella. Somos sus siervos. Nos alimentamos de muerte, respiramos muerte y finalmente morimos siendo enterrados en campo santo o incinerados, como en los viejos funerales vikingos, para esparcir nuestras cenizas al aire. La muerte no debería afectarnos tanto, pero lo hace. Morir a veces es agradables y en la mayoría de los casos el final de la historia.

Hubo una época en la cual quise morir. Conocí secretos que me aterraron y comprendí que no estaba hecho para soportarlos. Era demasiado peso sobre mis hombros y mis cansados brazos no podían con todo el dolor que abarcarían, de una u otra forma. Después de días de silencio, en los cuales tomé aprecio a mis viejos documentos y mi instrumento, me acerqué al fuego, lo saludé y me arrojé. Alguien me había convencido, o mejor concienciado, que sería el mejor camino para mí. Sin embargo, se equivocó.

Mis manos no se incendiaron, pues acabé amputándolas de nuevo, arrojándoselas mientras el fuego me consumía y yo bailaba una música desconcertante. Los estertores plácidos de un anciano en su cama, los de mi padre, no fueron para nada comparables con el dolor y el sacrificio que yo hice. No obstante, no morí. Mi alma no lo hizo. No descansé.

Regresé a la vida, o mejor dicho a éste plano, y caminé por las desiertas calles de París. Comprendí que estaba en otra época, otro momento, y pronto busqué mis viejos recuerdos. Los documentos de mis obras, que Armand cínicamente había guardado, junto a mis manos y diversos objetos. Él lo tenía y sin embargo jamás se los regresó a Lestat.

Cuando me sentí libre noté las cadenas. Había asuntos que tenía que arreglar, sobre todo cuando tuve conocimiento de la magnitud de algunas palabras que me hirieron. Como fantasma tenía algo más que oídos. Podía conocer. Averigüé tantas cosas que me asustaron como enfurecieron. Finalmente un viejo amigo apareció frente a mí convirtiéndome en lo que soy. Memnoch me hizo demonio.

Al fin podía, no sólo sentir la vida entre mis manos, sino hacer todo lo que tanto amaba. La música volvió a mí y yo me reencontré con ella llenando mis pulmones con la opulencia de su melodía, el aroma de la madera de un stradivarius y finalmente caí en el embrujo que tanto deseaba ese maldito demonio. No sólo me sentía vivo, sino que él me hizo vivo. Comprendí entonces que me estaba enamorando perdidamente del enemigo del mundo.

Sin embargo, las tinieblas llegaron envolviéndome con su líquido amniótico, olvidándome en su soledad y perversión, al quedar huérfano de la presencia del demonio. Mi único destino se convirtió en regresar a su lado. Había quedado de nuevo mudo, como si no importara nada, y esos cabellos dorados centelleaban en mis recuerdos como si fuera el mismo sol que temí durante algunos meses. Quise acudir antes, pero mi orgullo y convicciones me lo impidieron. Finalmente, caí arrojado a sus brazos pensando que yo fui su primer y único amor. El primer amor que no se logra olvidar. Ese amor ardiente del cual uno no se deshace nunca. Ese mismo que te evoca lo mejor de ti. Pero me equivoqué. Él sólo volvió a moverse para mentir, besarme como Judas y hacerme suyo carente de amor y respeto.

Tracé un plan para conquistarlo, pensando que podría hacer que se rindiera a mis pies, pero él apareció agarrjándome de nuevo a sus brazos. Él, el Príncipe de las Tinieblas, me susurró al oído deliciosas perversidades que acabamos consumando con lujuria, desesperación y sobre todo el vacío existencial que poseo. Quiero mi venganza y he aceptado un trato nuevo.

Louis de Pointe du Lac es un vampiro excéntrico. Podría decirse que ama rodearse de libros, suciedad y velas. Parece un pordiosero a veces, pero en otras encuentras elegante incluso el barro de sus botas. Desde la muerte de Claudia no volvió a ser el mismo, pero por supuesto jamás conocí esas épocas. Merrick lo desesperó. Su mente actual es todo un misterio. Ama rodearse de muerte, disfruta con ella y goza tanto como cualquier asesino. Se ha convertido en un rufián encantador de ojos verdes, labios tentadores y un elegante modo de andar.

Noches más tardes de mi encuentro con Memnoch decidí investigarlo. Lestat no paraba de recitar lo mucho que nos parecíamos. Quizás fue el duelo con la muerte, ese deseo brutal, que habíamos sentido. Sin embargo, él seguía vivo como vampiro, con sus colmillos y sus sobre todo negros. Sí, seguía vivo gracias al amor de Lestat. ¿Tal vez lo resucitó por él mismo? ¿Quizás por Louis? ¿O porque le recordaba a mí? Puede que las tres preguntas estén relacionadas.

Encontré a Louis recostado sobre una tumba, con un libro manchado de sangre entre sus manos. Tan sólo eran unas gotitas escarlatas, pero cualquier ser sobrenatural sentiría la presencia de sangre fresca. Sus mejillas estaban rojas, muy llamativas, y su aspecto era pulcro, aunque olía a musgo y barro. Había decidido llevar hasta allí al sacerdote al cual había arrojado a una fosa, cubierto con una buena capa de tierra y finalmente rezado una oración en modo cínico, como él era. El libro era la biblia y lo leía en voz alta.

—Hermosos pasajes de la vida de Jesús—dije, postrándome frente a él guardando las distancias.

Él me había escuchado, estaba seguro, pues mis pasos habían movido cierta hojarasca que aún permanecía seca. Las flores de los viejos difuntos ya estaban podridas, totalmente consumidas y desprovistas de su belleza, y le musgo hacía mella en las hermosas esculturas que se compadecían de los que allí descansaban. Bajo la tierra, entre las raíces de los árboles y los ataúdes forrados con encantadores encajes, había cadáveres que no tenían nombre y un único asesino. Louis los guardaba celosamente, como una viuda negra guarda los cuerpos de sus víctimas.

—¿Se las lees a tus encantadores amigos? Una lástima que no puedan salir a saludarnos, ¿no crees?—sus ojos verdes, cual esmeraldas, estaban fijos en mí y su mirada se intensificaba con cada palabra, gesto o movimiento que hacía.

—¿Qué deseas?—preguntó al fin.

—Sé que sabes quién soy, aunque no nos han presentado formalmente—expliqué acomodando mi traje—. Le daría una tarjeta de visita, pero no suelo usarlas.

—Te hice una pregunta—susurró inclinando suavemente su cabeza hacia el lado izquierdo, frunció sus perfectas cejas negras, y parpadeó—. ¿Por qué estás aquí? ¿Qué quieres?

—Conversar, amigo mío, conversar—dije encogiéndome de hombros—. ¿O deseas que saque mi violín y toque para todos esos pobres desgraciados que acumulas aquí?—me fijé entonces en el nombre de la tumba y estuve a punto de echarme a reír—. Vaya, recostado sobre tu propia tumba; no sé, es muy shakesperiano para ti, ¿o quizás para mí?

—No tengo nada que conversar contigo—respondió apático.

—¿Aún amas a Lestat? ¿Guardas algún sentimiento hacia él?—aquella pregunta le sorprendió, aunque intentó disimularlo mirando hacia la profundidad del camino, con gigantescas y pequeñas lápidas, que tenía a mis espaldas.

—Es complicado—aseguró—. Hay momentos en los cuales desearía abrazarlo, pues temo por su seguridad, pero la mayoría del tiempo deseo destrozarlo porque él fue el culpable de todo. Él tiene la culpa de mis desgracias.

—Tal vez—dije sentándome sobre el mármol con el cuerpo levemente girado hacia él, pues no quería darle la espalda—. Como tú, igual que tantos, deseé ser vampiro. Tú porque querías probar un castigo más terrible que la muerte, pero yo era por codicia. Codiciaba todo lo que tenía Lestat, pero no sólo codiciaba eso. También deseaba su amor y aprobación, cosa que tú llegaste a desear ¿o me equivoco?

Él se incorporó completamente ofendido, como si la verdad fuese una terrible bofetada. Abrió sus gruesos labios para protestar, pero sólo quedó de espaldas con la biblia entre sus manos. Él no sabía manchado, pero aquel hermoso objeto sí. Era hermoso para él porque quizás le recordaba a su hermano, el cual murió por su culpa aunque se hiciese el inocente.

—¿Cómo... ?—balbuceó girándose parcialmente hacia mí, dándome tan sólo la silueta de su esfinge—. ¿Cómo se te ocurre decir esas barbaridades?—su ceño estaba fruncido y sus ojos llenos de dudas—. ¿Cómo vienes hasta aquí para decirme eso? ¿Por qué? ¿Con qué fin?

Solté una honda carcajada, como hacía cualquier villano. Pero yo no era el villano ésta vez, el culpable de todo era Lestat y él tendría la oportunidad de saborearlo.

—¿Te digo la verdad?—susurré con una sonrisa maliciosa.

—Adelante—dijo girándose del todo—. Ardo en deseos.

—Detesto las comparaciones ¿tú no?—pregunté provocando que quedara aún más desconcertado—. Pero también detesto no conocer bien los motivos de esa comparación terrible, misteriosa y a estúpida—eché mis brazos a la espalda y junté mis manos, rodeando con la derecha la muñeca izquierda.

Ambos vestíamos como buenos y elegantes caballeros. Camisa y sobretodo, pues carecíamos de americanas porque la noche no era demasiado fría. Era una noche agradable, veraniega, con algo de humedad que me impedía disfrutarla como me gustaba. El cementerio era más frío, algo que se agradecía a ratos. Rozaba las cinco de la mañana, la luna se veía gigantesca y las nubes, aunque escasas, le daban un aspecto lóbrego. Nuestros calzados eran cómodos, pero igualmente elegantes. Eran mocasines, zapatos muy comunes entre los hombres que amábamos lo clásico. Sí, éramos dos figuras que parecían modelos de pasarela en medio de un cementerio, justo en la sección de tumbas antiguas, mientras él me miraba sin poder creer que estuviese allí, pidiendo explicaciones a unas afirmaciones que no hizo, y sin ánimo de irme.

—Miserable—farfulló.

—¿Yo o él? Bueno, al menos a ti te dio una hija y una bonita casa. ¿No es encantador? A las mujeres de Auvernia las dejaba pariendo solas, teniendo bastardos para exponerlos a un mundo cruel y poco agradable para los niños sin padre—caminé hacia él para dejar mis manos sobre sus hombros.

Ambos teníamos una estatura similar, pero unos rasgos diferentes. Podía ver su enfado al recordar ciertos hechos. Posiblemente todos los engaños de Lestat sucedían frente a él, uno tras otro.

—¿Y eso qué?

—Quiero conocerte bien, Louis—susurré tomando su rostro con ambas manos.

Estaba desconcertado, pero aún más cuando tomé la iniciativa y lo besé rompiendo la tensión. Sus manos fueron directamente a mis hombros para intentar apartarme, pero mi lengua ya estaba recorriendo su boca como si fuera una serpiente. Él no podía alejarse de mí, no podía. Se había convertido en una marioneta de mis deseos. Poco a poco se dejó llevar aferrándose a las solapas de mi sobretodo color café.

—He escuchado maravillas de ti—murmuré agarrándolo del cuello con la mano derecha, mientras con la zurda levantaba su barbilla—, sobre todo de tu boca.

—Si querías sexo debiste decirlo desde un principio—afirmó—. Además, me gusta romper la monotonía en mis largas noches de lectura.

Los dos estábamos cansados de aquella disputa y nos enfrentábamos, como no, a un gran reto. No protestó cuando le quité su abrigo negro y lo eché sobre la tumba, tampoco cuando mis dedos rasgaron la tela de su camisa verde oliva y los botones de nácar estallaron. No, no lo hizo. Él se pegó a mí besándome con ansiedad, como si hiciera meses que no tenía contacto con otro ser que no fueran sus víctimas. Él me desnudó también, pero de cintura hacia abajo. Con sus dedos largos, aunque algo más gruesos que los míos, me quitó el cinturón, abrió la bragueta y bajó el jeans negro de vestir que llevaba. Mi ropa interior también cayó, quedando a la altura de mis tobillos, del mismo modo que él.

Louis se arrodilló frente a mí masajeando mi miembro como lo haría una puta, justo como había oído hablar a Lestat y visto en alguna circunstancia, mientras mis manos iban a sus largos cabellos negros, tan ondulados y sedosos que me excitaron, para recogerlos y ayudarlo a guiarse. La boca suculenta de Louis se enganchó en mi glande, apretándolo, y su lengua jugueteaba despertando en mí lamentos de placer. Terminé viniéndome hacia delante, para luego retorcerme.

—Zorra, sí que eres zorra—balbuceé moviendo las caderas como un lunático.

Mi miembro tocaba el paladar y se hundía en su garganta, igual que una daga, y él aceptaba aquel trato bajando el cierre de su pantalón de fina tela, permitiendo así sacar su miembro endurecido. No comprendía a Lestat. No podía comprender porque despreciaba el trato de la boca de Louis, aunque el amor se corrompe y vuela. Estaba seguro que si él lo quería, si se lo planteaba, abriría sus piernas gustosamente para Lestat. Había visto en él, en su corazón negro como la propia noche, un destello de amor. Aún había amor de Louis hacia su creador, aunque no era así de Lestat hacia él. No lo quería cerca, lo despreciaba por lo que ahora era, y eso hacía imposible que estuviese a su lado en esos momentos. Sin embargo, acostarme con Louis era un golpe de efecto perfecto para mí. Tal vez así le hacía sentir remordimientos, celos o incluso la necesidad de buscarme para ajustar cuentas. Me sentía en el paraíso por mis pensamientos retorcidos y por lo agradable que era tener una boca succionando de esa forma.

Empujé a Louis contra la hojarasca. Allí hacía meses que no se limpiaba o vigilaba. Eran tumbas viejas y por lo tanto no vendría siquiera el guardia a revisar que ocurría. Sin cuidado alguno le quité todo lo que llevaba, incluso los zapatos y los calcetines. Louis quedó completamente desnudo, manchándose con la tierra negra y húmeda, el moho y la mezcla del aroma pútrido de los últimos cadáveres. Sus pezones eran cafés, estaban duros y tenían una redondez exquisita. No dudé en inclinarme para lamer el izquierdo primero y luego el derecho, notando así como un escalofrío lo recorría.

Mi largo dedo corazón se hundió en los húmedos labios de Louis, toqué su lengua con la yema del dedo y acaricié sus dientes con cuidado. Tenía unos puntiagudos colmillos que rozaban el labio inferior y le daba un aspecto temible. Sin embargo, había tenido un cuidado especial con mi miembro y no lo había dañado en absoluto. Aquella bestia se contoneaba como cualquier fulana, con los ojos verdes clavados en los míos mientras sus piernas se abrían invitándome a entrar. Bajé mi mano, apartándola de su boca, para hundirla entre sus nalgas. Él soltó un gemido alto mientras sus caderas se alzaban, su espalda se arqueaba y sus hombros se pegaban más al suelo.

—No, no...—dijo al notar que descubrí rápido la próstata al leer su mente—. No, no... —murmuró.

—Sí, sí—musité abriendo mejor sus piernas, para sin mucho cuidado, penetrarle apartando mi mano e introduciendo mi sexo.

El vello púbico de Louis era sedoso y grueso, muy espeso sólo en ciertas zonas, y carecía de pequeño camino hacia su ombligo. Era un hombre esbelto, pero de un aspecto mucho más delgado que el de Lestat. Sin embargo, él era unos años mayor que nuestro viejo amante, aunque sólo en aspecto.

—Fóllame, fóllame... —echó sus brazos sobre mis hombros y me atrajo hasta él, pegando sus muslos a mis costados y cruzando sus piernas por los tobillos. Me retenía. Pronto incluso llevó sus manos a mis nalgas, apretándolas y pellizcándolas, para que me moviera con mayor ritmo.

Su cuerpo estaba perlado de diminutas gotas de sangre, las cuales tenían diversos recorridos con sus distintas direcciones. El aroma de mi sudor, mezclado con su aroma natural, me excitó. Podía escuchar claramente el eco de nuestros cuerpos golpeándose salvajemente, la hojarasca rompiéndose y enredándose en sus largos cabellos sueltos, y como le temblaba el cuerpo al sentir al fin una pasión propia de los infiernos.

Louis no duró demasiado, pues podía leer su mente. Era una mente algo torturada, pero llena de encantadores pasadizos. Tal y como se encontraba en ese momento, completamente a mi merced, no podía articular palabra coherente y menos proteger sus recuerdos. Sabía cuales eran sus puntos débiles, las mentiras que había dicho en el pasado y las más recientes, pero sobre todo lo peligroso que podía ser tenerlo cerca. Era un asesino sanguinario, si bien conmigo se portó como cualquier mujer seducida por el poder, o mejor dicho la venganza.

Su simiente me salpicó en el pecho, igual que a él, pero eso no me impidió seguir con mi ritmo, e incluso elevándolo, para poco después llegar. Noté un delicioso hormigueo por mi cuerpo, como un latigazo recorriendo mi columna vertebral, y una zambullida de sensaciones que tensaron mis músculos y me hizo acabar. Había entrado en él, hasta llegar a los testículos, para derramarme ofreciéndole lo poco que podía darle.

—Mon dieu... —susurró sofocado.

El sol estaba a punto de aparecer, por eso cuando recobró el juicio salió corriendo. Ni siquiera se vistió. Huyó hasta una de las criptas cercanas, abrió la puerta y se hundió en los sueños junto a un cadáver que ya posiblemente, por el tiempo de la tumba, era sólo huesos.


Por mi parte, como no debía temer a la luz del sol, me vestí y caminé por el cementerio con las manos en los bolsillos. No estaba cansado, pero sí satisfecho. Tenía mucha información que podía usar en contra de Lestat, pero no sólo contra él. Disfruté de mi caminata, donde pude observar que casi todas las tumbas estaban en la superficie y pocas eran las excavadas en la tierra. Eso era seguro por las inundaciones, seguro, pero no era un conocedor de aquel lugar. Sólo podía estar seguro que la información que había conseguido la usaría pronto, muy pronto.  

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Lestat de Lioncourt