Marius hablando de Daniel con esta certeza... alguien va a huir de un hacha ésta noche.
Lestat de Lioncourt
He aprendido de la vida a recibir cada
golpe como si fuera parte del aprendizaje, aunque no siempre
aprendiera algo útil. La vida se convirtió en un duelo eterno entre
mis conocimientos y la realidad. Rápidamente me permití el lujo de
creer que podría sustentar mis creencias, pero finalmente me vi
sobrepasado por la verdad convertida en una venenosa realidad. Tuve
que aceptar no era más que un imbécil que se había negado a sí
mismo a dejarse llevar por los sentimientos más profundos. Comprendo
que mi cobardía me hizo evitar sufrir, pero ¿valió la pena?
Supongo que no. Perdí cientos de oportunidades de feliz aislándome,
buscando excusas y consagrándome a una causa que en ese momento, y
no en este, creí justo. Eché a muchos de mi lado, pero otros
simplemente se fueron. Tuve que aceptar que por mi mal carácter, y
por mis errores, fui derrotado ante la vida.
Poco después de abrir mi corazón con
aquellas confesiones, quizás incompletas, me permití el lujo de
dejarlo abierto. Quería aprender sobre el amor. Deseaba comprender
que era eso que insistentemente buscaba una de mis mejores
creaciones. Como vampiro he vivido mucho tiempo, pero no he amado lo
suficiente. Desde que Pandora se marchó de mi vida cerré algunas
puertas, pero fue después de la perdida de mi querubín cuando me
aislé de todos. Pasaron muchos siglos hasta que intenté nuevamente
relacionarme emocionalmente con alguien, pero Lestat no fue para mí
lo que yo soñaba. Quedé de nuevo en las sombras, cuidando de dos
seres que eran meras estatuas, y consagré mi vida al silencio y las
pinturas, como si fuera monje, esperando el momento en el cual ellos
despertaran. Si bien, como he dicho, escaso tiempo después de mis
confesiones, las cuales fueron redactadas por David Talbot tras ser
narradas por Thorne, encontré un compañero que me necesitaba y
finalmente, como siempre ocurre, acabé siendo yo quien lo
necesitaba.
Daniel era un periodista común, de
esos que pasan más tiempo hablando con una botella de whisky que con
la tinta del periódico. Su aspecto escuálido, extremadamente
delgado, de mirada intensa y aspecto algo descuidado le daba cierta
ura sobrenatural, como si estuviera por encima del bien y del mal.
Fue a él a quien se dirigió Louis de Pointe du Lac, una de las
mejores creaciones de Lestat, para narrarle su vida, milagros,
derrotas, decepciones y lágrimas. Fue a él y no a otro. Armand,
quien fue mi querubín y uno de mis mayores amores, se encaprichó
del periodista que sacó la verdad de las tinieblas. Él, que pintó
un mundo terrible con unos matices encantadores, comenzó a sentir
que perdía la cabeza y el control sobre sí mismo. Deseaba ser
eterno y finalmente lo logró. Sólo había dado un par de pasos en
la vida eterna cuando ella despertó. Fue algo increíble. Él
sobrevivió.
Muchos sabemos bien que maestro y
pupilo terminan odiándose, despreciándose o simplemente no se
soportan por más de unos años. Armand desistió, pero aunque dice
que no lo quiere es falso. Me pidió que cuidara de Daniel. Yo debía
de cuidar de su criatura. Si él no lo amara, como bien dice, no me
hubiese pedido que cuidara de sus torpes pasos por esta eterna noche.
No sería su luz guía, ni la mano amiga que se tiende cuando no se
tiene nada más. Jamás hubiese sido su ángel de la guarda ni el
hombro en el cual llorar. No. No sería la biblioteca andante que se
para frente a él y le cuenta ciertas verdades que el mundo aún no
acepta. No. No sería nada de eso. Nunca.
Él ha sido mi último amor. Él es mi
último amor. Amo su compañía, tanto en sus silencios como en las
frases sinceras y certeras que me ha ofrecido. Caminar a su lado se
ha convertido en un pequeño vicio que me da cierta paz en un mundo
desecho, destruido prácticamente, por culpa me de mi estupidez.
Armand jamás me perdonará, Pandora tampoco. Estoy condenado. Si
bien, frente a él sólo soy un ser antiguo con las manos tendidas
con amor.
Muchos desconocemos que hacer para
seguir hacia delante cuando los pasos son torpes. Si bien, La Voz me
demostró cuanto amaba a Daniel y lo importante que era para mí cada
paso. Quise cuidarlo. Necesitaba proteger a ese frágil vampiro que
decía poder sobrevivir a la masacre, pues había sobrevivido a La
Reina. El dolor pudo convertirse en un lastre, pero se convirtió en
mi fortaleza. No permití que nos hundieran. Enfrentamos el problema.
Luchar no era una opción, era un deber. Protegerlo no era algo que
pudiese hacer, sino algo que tenía que hacer. Él se ha convertido
para mí en mi última opción para ser feliz acompañado de otro
inmortal.
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