Parte 6
Cayendo en la tentación
Bajé al piso inferior donde me relajé
al no verla. Los mortales que nos visitaban fascinados por las
historias que Nash narraba y también por los fantasmas que nos
visitaban, los cuales parecían reales, así como complacían a los
animales que recorrían las estancias como si fuesen ellos los
dueños.
Pasé por el lado del celta Mael, el
cual me miró como siempre con aquellos ojos claros y fríos. Su
mentón apretado, sus cabellos lacios mal agarrados con una coleta y
sus botas sucias por el barro al haber ido a las cuadras era lo
habitual en él. Si bien, en ocasiones podías verlo meditando frente
a una nueva carta de Jesse. No eran tan rudo y frío, pues dentro de
su pecho estaba el corazón de un hombre entregado a pasiones. A
veces se marchaba, otras veces regresaba, y nunca sabías cuando
podía aparecer. Él era parecido a mi madre, si bien ella era toda
una dama y él no llegaba a caballero. Un guerrero adicto al veneno y
a los insultos directos.
Marché al jardín observando la nieve,
algunas plantas habían perecido y la mayoría de los árboles gemían
por el suave viento que se había levantado. Y cuando más solo creí
que estaba sentí los brazos de Mona rodeando mi cuerpo. Me giré
sobresaltado y eché un paro atrás.
-No puedes tentarme Mona, no
puedes-respondí intentando que se mantuviese lejos.
-¿Ahora vas de hombre de impecable
moral?-preguntó acariciando mi rostro con una leve risa-. Mira
jefecito, puedo tentarte porque puedo y porque quiero- se abrió el
abrigo mostrando que no llevaba nada bajo éste. Sus pezones eran
rosados y me tentaban a morderlos en mitad de aquel jardín casi
congelado.
-Eres perversa y harás que caiga
-susurré sintiendo la garganta seca- Me rindo.
-Oh jefe por ello te amo-sonrió
saltando emocionada provocando que sus pechos se moviesen solamente
para tentarme aún más. Acabó estrechándome entre sus brazos
besuqueando melosa mi rostro.
-Me deseas, Mona... y yo a ti-dije
colocando mis manos sobre sus pechos para apretarlos entre mis
dedos-. Ya deseo mordisquear tus pezones, Mona, y hacerte gemir más
que Quinn... pero fuera de aquí.
-Lestat... -murmuró entregándose a
mis atrevidas caricias atrapando mi miembro con la diestra, el cual
apretó por encima de la ropa- Me preferirás más que a Rowan y
clamarás mi nombre-pronto sintió incluso que su bragueta cedía y
cerró sus ojos violetas dejándose hacer.
-Mona-jadeé mirando la mano que me
acariciaba y despertaba mi miembro con sus caricias-. Te he dicho que
fuera de la mansión, aquí no... aquí pueden vernos- besé su
frente y sus labios hundiendo mi lengua en ellos, acariciando la de
Mona, antes de apartarme guardando su miembro dentro de su pantalón-.
Ven, vamos a un hotel donde no nos conozcan y podamos
satisfacernos... quiero correrme dentro de ti-dije lo último cerca
de su oreja derecha mientras reía bajo satisfecho por mi
declaración- Quiero llenarte manchando esa deliciosa vagina que ya
debe estar húmeda, ¿verdad?-metí mi mano bajo las ropas de mona,
las cuales eran tan escasas como su abrigo, y hundí dos de mis
dedos. Realmente estaba húmeda y lista para que la disfrutara.
Ella había cerrado los ojos con fuerza
al sentirse invadida por el juego de mis dedos. Se veía tan excitada
y deseable que sin duda quise sacar de nuevo mi pene, meterlo en ella
y hacerlo allí mismo de forma impúdica.
-Jef...-no pudo terminar la frase y tan
sólo dejó que otro gemido saliera de sus deliciosos labios. Tenía
la piel erizada y parecía complacida.
-Vamos a un hotel Mona, vamos ahora
mismo-acaricié su clítoris lentamente antes de sacar la mano y
llevar los dedos hasta los labios de mi nueva amante-. ¿No quieres
ser mi puta predilecta? Más que tu tía, más que nadie, sin que ni
Quinn ni Louis lo sepan... sólo tú y yo. ¿No quieres? Pues camina
lo más sosegada posible hasta la entrada trasera, ahí te veré para
llevarte al hotel.
- Espero que tus palabras sean ciertas
jefe y con respecto a Rowan ella siempre ha sido una mojigata sin
chiste ni gracia –sonrió con dulzura besando fugazmente mis labios
al pararse de puntillas- te espero- canturreó apartándose para
salir al jardín, más allá de la valla, y esperar que fuese a
llenarla como tanto deseaba.
Yo salí por la parte delantera y antes
que fuese visto me alzó por los aires subiendo al tejado,
deslizándose por este y cayendo frente a ella con elegancia. Sin
dejar que siquiera ella pudiese decir nada la besé y alcé por los
cielos nocturnos. Nuestras lenguas se enredaban de una forma sensual
y única. La llevaba en mi regazo sintiendo sus pechos pegados en el
torso y deseó abrirla de piernas allí mismo.
-Mona, vas a disfrutar de un hombre de
verdad tras mucho tiempo... espero que me recuerdes cada vez que te
penetren. Quiero saber que gimes recordando mis hazañas entre tus
muslos, o sino no habrá merecido el poner en riesgo todo- me movía
en dirección a un pequeño hotel en una de las calles más pobladas
de la ciudad.
En el barrio francés de New Orleans
existía un hotel de tres estrellas regentado por una mujer poco
chismosa, casi sin gracia, y su regio marido. Eran unos ancianos que
jamás decían nada, nunca preguntaron por mis extraños horarios o
por los libros que a veces dejaba regados por las habitaciones que
alquilaba durante semanas. Nunca pasé noches de placer con Louis
allí, ni siquiera con Rowan, pues ese era mi refugio para estar
lejos de todos y poder pensar.
Tras conseguir una habitación subimos
por las escaleras hasta la tercera planta. Mona estaba a mi lado casi
desnuda y húmeda. Podía sentir esa humedad entre sus piernas del
mismo modo que su erección que cada vez era más notable.
Cuando entramos pegué la espalda
pegada a la puerta, mis cabellos rozaron aquella frágil madera de
color caoba. Mis ojos se movieron insinuantes por su cuerpo mientras
ella se quitaba el abrigo y mostraba una lencería que antes no
llevaba. Era una lencería azul pavo real llena de encajes.
-Muéstrame que tienes para mí, dime
que puedes satisfacerme de una forma que Louis no lo haga, y te juro
que serás mi puta predilecta y prácticamente la única... Oh,
Mona... haz que quiera vaciarme mil veces en ti.
-Espero lo sea… -pronunció
lanzandome contra la pared, y agarrando el cuello de mi camisa me
atrajo hacia sus labios devorando estos para después ir
introduciendo lentamente las manos por debajo de la ropa. Iba
rasguñando mi vientre hasta hacerme sangrar al enterrar sus uñas
sádicamente sobre mi piel. Sabía que sería completamente suyo, o
al menos perdería parte de mi cabeza, cuando acabara-. Es hora de
que conozcas lo que una verdadera Mayfair puede hacer –sonrío
perversa tomando mi camisa una vez mas del cuello, rompiéndola y
dirigiendo sus labios, y lengua, las heridas las cuales comenzaban a
cicatrizar. Lamió y succionó, así reptó sin pudor alguno por su
vientre, mientras desabrochaba rápidamente mi pantalón.
Me maldije por ver rotas mis ropas,
porque no sabría como explicar a Louis que la camisa que me había
regalado hacía unas semanas ya no estaba en mi armario. Sin embargo,
gemí disfrutando del descaro y el sádico avance de Mona. Notaba
como mi miembro anhelaba su boca y la buscaba haciéndose notar.
Había soñado con aquello, esa lengua sobre mi miembro acorralándolo
entre sus labios, hasta prácticamente hacerle perder todo.
-Quiero que seas la más puta,
demuéstrame que tú eres más puta que ninguna otra y me quedaré
contigo -había dicho eso mil veces, pero ninguna me había
satisfecho más que Louis. Si ella lo conseguía sería mi amante por
encima de Rowan y casi al mismo nivel que él. De ella quería sexo,
de Louis todo, pero eso no implicaba que debiera ser un sexo rápido
y sin gracia.
Abrí los ojos viendo a Julien allí y
deseó apartarlo de su vista. Aquel descarado fantasma se dedicaba a
contemplar aquello con cierta fascinación.
-¡Mon dieu Lestat, que mujer! -rió-
Mona merecía más que un hotel de mala muerte.
-¡Vete! Vete ahora mismo... Mona
necesita sentir a un hombre y no a un romántico empedernido.
-Sólo quiero ver que tanto a aprendido
mi hermosa Mona... mon fils y si es que tú eres tan buen amante como
mencionan.
-Lo lamento, pero no me gusta que me
observen cuando tengo sexo. ¿Podría marcharse de una buena
vez?-pregunté frunciendo el ceño mientras llevaba una mano a los
cabellos de Mona
-Oh, no te preocupes por mí. Haz
cuenta que no existo-una sonrisa canalla aparició en su fantasmal
rostro- Sigue, sigue.
Junto a él estaba el abrigo de mona,
su bolso y sus tacones. Ella estaba arrodillada frente a mí
ofreciéndome lo mejor de ella.
-Mona, con tu tío Julien aquí no me
concentro... haz que se marche de una buena vez-dije apartándola
para que atendiera a razones-. No quiero intrusos.
Puta quieres… -sonrío retirando su
brasier- puta tendrás… -sonrío perversa escupiendo un hilo de
saliva sobre sus pechos con los cuales atrapo mi miembro masajeando
éste de arriba abajo, con ellos lamiendo y succionando a su vez la
punta del pene al llegar a su boca. Iba alzando de vez en vez la
mirada sólo para observarle-. A tío Julien le agrada observar, es
todo -mencionó de lo mas normal y sin pena metiendo una vez más
aquel músculo erguido, mordisqueando con suavidad una vez más.
Terminó por dejarse llevar debido a la
insistencia de Mona y sus acciones. Su alborotada cabeza rubia se
apoyó en la pared mientras movía sus caderas suavemente. El pecho
de Mona era delicioso, tenía un tamaño proporcionado a su cuerpo, y
estaba salpicado maravillosamente por pecas.-Oh, Mona... sí...
-musitó agachando la cabeza mientras la miraba deleitándose con las
vistas. Louis jamás tendría senos y de vez en cuando necesitaba
sentir unos cerca de su miembro y su boca.
Continuó con las atenciones de sus
pechos hacia mi sexo, para después introducirlo en su boca
succionando y mordisqueando mientras iba masajeando con una mano mis
testículos.
Sonreía maravillado por las atenciones
recibidas. Tenía una belleza especial aquel rostro aniñado cubierto
de una fila tela de lascivia. Sus pezones rozaban orgullosos mi
miembro hasta que fue devorado por los labios delicados y algo
gruesos de Mona. Sentía mi vello erizándose por los suaves rasguños
y al verla succionando con descaro de forma ruidosa. Se tragó mis
líquidos preseminales con total naturalidad que provocó que me
volviera aún más loco.
Sin duda estaba siendo mejor que en mis
fantasías y pronto agarré sus cabellos recogiéndolos en un puño
para encajar con fuerza mi sexo en su boca hasta la garganta. Cuando
lo saqué, tras varios segundos, lo restregué contra sus mejillas y
la golpeé metiéndosela de nuevo para clavar su cabeza entre mis
piernas llenando su boca con un cálido y poderoso chorro de semen.
-Así, Mona... así trata un hombre a
una golfa como tú.-dije arrojándola al piso para abrir sus piernas
arrancándole la ropa interior-. Tan húmeda-susrré hundiéndose
entre sus muslos pues quería lamer lentamente su clítoris tras
abrir sus labios vaginales. Ella iba a ser mía de diferentes
formas-. Dime que quieres Mona... ¿a un hombre o a un tonto
romántico que haga odas a tus ojos y no atienda tu clítoris? Dime
Mona...-reí antes de hundirse en ella lamiendo sus partes
suavemente, aprendiendo como le gustaba y deseaba.
Había soltado un fuerte alarido
arqueando su espalda como acto reflejo por el placer. Se mojó aún
más de lo que ya estaba y la niña dócil apareció acariciando mis
rizos, pero acabó sacando la fiera que llevaba contenida en su
interior. Acabó rasguñando mi cuero cabelludo incitándome.
-Sigue... más... más... jefe...
más... necesito más- sus jadeos y gemidos se añadían al leve
temblor de sus piernas.
Mona parecía completamente complacida
con mis hazañas. Mi lengua iba realizando caricias en círculos
sobre su clítoris, hundiéndose en su entrada una y otra vez, antes
de dar una larga lamida desde prácticamente su ano hasta el inicio
de su monte de Venus.
-Pelirroja, pelo de zorra -susurré
entre leves carcajadas antes de proseguir con los juegos añadiendo
un dedo para alentar a sus gemidos. Eran juegos que acostumbraba a
realizar a cualquier mujer que me pedía atención. Si bien, los
juegos en su interior parecían fascinarme de sobremanera. Quería
incitarla a gritar y suplicar por más, hasta casi intentar
cabalgarlo si era preciso.
-Zorra pero de lujo querido jefe
–mencionó sonriendo antes de empujarme lejos de ella. Lo hizo con
los pies por los hombros y de una forma rápida. Me había quedado
con ganas de saborear aún más, pero el espectáculo que me brindó
era como ver a una serpiente retorciéndose en el suelo, mostrándose
tentadora. No recordaba a una pelirroja tan deseable y descarada.
Estaba abierta en un split de lado y ella misma se introducía dos
dedos para otorgarse cierto placer.
– Lestat... –susurraba seductora
clavando sus orbes esmeralda en las mías.
-Dime Mona, ¿desde cuando no te lo
hacen como a una?-pregunté lanzándome sobre ella para colocarla a
cuatro enterrándome.
-¡Dios mío!-exclamó a modo de
súplica ante mi fuerte estocada. Lo hizo jadeando y aprisionando con
su interior mi miembro.
Me había endurecido al observarla y
saborearla, pues Mona provocaba que mi lívido aumentara-. Siente a
un hombre- gruñí antes de morder su cuello con fiereza mientras la
penetraba de forma ruda, aplastándola contra el suelo. Sus pequeños
y golosos senos rozaban la losa fría y sus piernas se abrían mucho
más que las de una bailarina. Saboreaba su sangre inmortal y no
dudé en reír cuando empecé a elevar el ritmo.
-Más duro… así… ¡así! –
exclamaba y gritaba rasguñando el suelo donde se encontraba gritando
clamando por más rudeza. Notaba que poco le importaba si la hería
ya que parecía amar la fiereza y salvajismo con que la hacía suya.
Gemía tan alto como Louis, pero con un
timbre diferente que se hacía notar más fuerte. Mis manos se
colocaron en sus senos apretándolos y pellizcándolos, casi
arrancándolos. Mis testículos golpeaban con fuerza en ella, una
fuerza llena de violencia, del mismo modo que mi miembro se hacía
espacio en su vagina.
-¡Lestat! ¡Lestat! –gemía
desesperada entre dolor y placer lagrimeando ante el cúmulo de
sensaciones volviendo a la, en apariencia cándida, pelirroja
literalmente loca aullando sin importarle el ruido que pudiese
provocar, así como las molestias a los demás inquilinos del hotel-
¡Más! ¡Más! –decía a gritos entre lagrimas y sollozos de
placer llevando la contraria en cuanto a embestidas, ya que mientras
me adentraba en ella ésta se alejaba.
Mi nombre surgiendo entre sus labios
sólo provocó que levitara con ella entre mis brazos. Con cierta
violencia controlada la arrojé contra la pared pentrándola aún más
rudo, dejando incluso que la rugosidad de la pintura arañara su
piel. Mona iba a saber lo que era el placer de una buena vez. Sin
embargo, en un rápido movimiento hice algo inesperado para ella.
Abrí sus nalgas y me metí en ellas sin antes dar aviso. Llevó sus
manos a mis cabellos y tiró de éstos dejando escapar nuevamente
prolongados gemidos de placer. Ella contraía su abdomen ante la
poderosa sensación de sentirse dominada.
-¿Alguna vez te hizo suya así?
¿Alguna vez te sentiste tan repleta?-hundí tres dedos en su vagina
y comencé a estimular su clítoris, mientras con la mano libre
apretaba sus senos -Dime ¿quién es tu dueño?-lamí su cuello de
forma lasciva mientras esperaba que ella respondiera-¡Dilo!
-¡Así! –gritaba ante las
embestidas- ¡Tuya, soy tuya! –vociferaba entre aullidos
retorciendo su cuerpo jadeante y perlado por una capa de sudor
sanguinolento- ¡Soy tuya Lestat! ¡Tuya! ¡Así! ¡Sí! –respondió
ante esa pregunta serpenteando con aún más placer su cuerpo.
Sabía que hacía mucho que nadie le
recordaba que era una Mayfair, no una simple colegiala. Quinn la
trataba con demasiada delicadeza. Yo la usaba como brusquedad porque
sabía que no se rompería por mucho que la retorciera.
-Mona, pero que puta eres-susurré
entre jadeos antes de gruñir de forma audible incrementando el
ritmo. Estaba penetrándola con rudeza. Mis dedos se movían ágiles
en su vagina hasta que la aparté. La arrojé de nuevo contra el
suelo y abrí bien sus piernas metiéndome en su deliciosa entrada,
mientras la miraba. Coloqué sus piernas alrededor de mi cuerpo y mis
manos tiraron de sus cabellos. Sonreí viendo su rostro colmado de
placer.
-¡Vamos zorra!-gruñí.
Arrugó la nariz gruñendo de igual
forma ante tal placer y brutalidad al ser tratada. Sin embargo, tomó
el control y se colocó sobre mi cuerpo. Comencé a sentir como me
montaba igual que una amazona. Cabalgaba de arriba hacia abajo
irrumpiendo el ritmo al ir en círculos o dirección contraria. Sentí
como contraía mi miembro en su interior.
-Tu zorra… -alcanzaba a hilar aquella
frase entre jadeos y gritos- ¡Oh jefé!… ¡No puedo más!...
–anunció sintiéndose presa de las últimas oleadas de placer que
precedían al orgasmo, haciéndola temblar de pies a cabeza. Sus
pezones estaban tan duros y rosados que parecían dos guindas en un
delicioso pastel de merengue.
Entonces llegamos ambos. Yo lo hice
debido a la presión de los músculos de su vagina. Me sintí
extasiado por todo, desde la más simple caricia hasta sus ojos de
fiera. Había engañado a Louis una vez más y ésta vez con la mujer
de un buen amigo. Eché hacia atrás la cabeza alborotada con mis
cabellos empapados en sudor sanguinolento. Mis ojos violetas quedaron
cerrados, mientras mis labios soltaron un último jadeo. Aquello
podía ser tan sólo el principio, pero no debíamos tardar demasiado
en regresar o sospecharían.
-Delicioso, simplemente delicioso
Ella comenzó a acariciar mis cabellos
de forma delicada, sonriendo con cierta ternura reconociendo al
hombre que la había hecho dichosa. Se sentía dueña de mi alma y de
mi cuerpo.
-Jefecito... -susurró melosa con
coquetería besando y lamiendo el lóbulo de mi oreja izquierda,
mordisqueando este de vez en vez.
-Oui- murmuré girando mi rostro hacia
ella-. Debemos irnos, si tardamos pensarán que estamos juntos y no
será bueno Mona.
-No me importa -sonrió acurrucándose
en mi pecho sin importarle nada más. Sentía sus dedos acariciar mi
torso hasta mi vientre-. ¿Me abandonarías así sin más? -levantó
el rostro observándome con inocencia- ¿Lo harías?
-Tengo que volver con Louis... ayer lo
pasó mal Mona. No quiero que esté esperándome pensando que he
vuelto a mis andadas- me incorporé mirándola fijamente mientras
acariciaba su rostro.-Es un secreto entre ambos y no quiero que se
sepa ¿comprendes? Deberíamos lavarnos e irnos por nuestra
seguridad.
El esposo, el amante, el caprichoso, el
iluso, el hombre de negocios, el testarudo, el bromista y el padre
eran de Louis. Eran partes de mi personalidad que pertenecían a
Louis. Me sentía defraudado de mí mismo cuando él se percataba que
tenía un nuevo idilio. Mona tenía sólo el hombre adicto a las
aventuras, al sexo y el padre. Padre porque la quería, era innegable
que quería a Mona pero no como ella deseaba. Me atraía sexualmente
como a cualquier hombre y deseaba tener aventuras.
-¡Largate entonces!-se levantó
furiosa encerrándose en el baño sin que pudiese evitarlo. El
fantasma ya no estaba allí, porque miré a nuestro alrededor y él
no estaba. Sólo estábamos ella, su molestia y yo-¡Cómo no soy
Rowan! -me gritó desde el baño furiosa.
-¡Mona no seas inconsciente!-grité
desde la habitación para terminar recargado en el marco de la
puerta-. Mona, sal... no me iré, me quedaré contigo aunque sean
unas horas ¿no es lo que quieres? Pero pensé que querrías ir con
Quinn.
-¡Lárgate! -volvió a gritarme
furiosa.
-Mona, no es por lo que piensas...
maldita sea ¡Quinn es mi amigo!-grité percatándome de todo lo que
había hecho, sintiéndose culpable a pesar de la deliciosa sensación
que dejaba el buen sexo en mi cuerpo-. Mona sal, debemos volver.
Escuché entonces el sonido de los
cristales rompiéndose, así como el del viento golpeando las prendas
que habría tomado del baño. Me quedé atónito ante aquello y
temblé. No sabía si iría a ver a Louis, pues era demasiado
rencorosa y estaba enojada.
Decidí entonces bajar hasta la entrada
del hotel, donde la mujer se encontraba asustada por los ruidos. Sin
embargo, al ver los billetes que dejé sobre la mesa todo cambió. Su
expresión pasó de asustada a sorprendida y mi encantadora sonrisa
provocó que me ayudara a conseguir algunas prendas. Ellos vivían en
el hotel, así que tenían prendas para mí.
Tras unos diez minutos malgastados
vistiéndome corrí directo a una floristería. Conocía bien aquel
lugar, siempre estaba abierto porque era una floristería que recogía
encargos internacionales y poseían regalos para noches románticas.
Era como un supermercado del amor, la ternura y el deseo. Por eso no
dudé en ir allí y comprar el más espléndido ramo de rosas rojas.
Mientras caminaba pensaba en todo lo ocurrido y no podía dejar de
maldecir a Mona, sus deseos y sobre todo a Louis por no retenerme
aquella noche con cualquier excusa barata como últimamente solía
hacer.
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