Cuando la fuerza que sacude al mundo te
sacude a ti, con implacable justicia, te derrumba en los brazos de la
locura y te pide que sigas moviéndote como si nada. El golpe más
fuerte fue descubrir tus temores al contemplarnos, pero seguí firme.
Sabía que yo te causaba curiosidad y que me amabas. Te amé cuando
te tuve entre mis brazos tan delicadas como una flor. Estabas
dibujada a carboncillo por tu tez cenicienta, pero yo te daba la vida
con besos y caricias. No me importaba nada el resto del mundo, pues
en ese Jardín Salvaje estábamos tú y yo.
Te hice danzar entre mis brazos,
sosteniéndote con deseo, besándote con ternura y haciéndote ver
las estrellas y la luna mientras te susurraba que eras mía. Mi amor
por ti creció. Se hizo fuerte el castigo de estar alejados, pero tú
necesitabas tu espacio mientras que yo sufría porque me había
enamorado de ti. Me había convertido en un esclavo de tu belleza, de
tus ojos grises y la locura que podía hallar en ellos. A veces te
sostenías entre dos mundos, tenías miedo, y yo quise alejarte el
miedo, sacudirlo de tus olvidadas alas, y hacerte volar por encima de
los edificios que ambos amábamos.
Tú y yo danzando, como dos bailarines,
por encima de las nubes más allá del tiempo y los recuerdos. La
inmortalidad se abría paso ante ti, como una caja de Pandora, que yo
abrí para que comprendieras el pecado que había cometido para
salvar la vida de Mona. Tú, mi bella doctora, tenías miedo porque
nos veías muertos pero caminando por el mundo. Abrí mis brazos en
cruz, como lo hizo Jesús al quedar clavado en la cruz, y te rodeé
permitiendo que me miraras profundamente mientras hablaba en
murmullo. Hice que me amaras. Rogué un milagro y lo tuve.
Recuerdo tus manos entrelazadas en mi
nuca, acariciando mis cabellos rizados, y tu boca cerca de la mía
mientras yo deslizaba mis manos entre tus muslos. Aquel momento
íntimo tuvo tantos espectadores, pero no me importó en absoluto. Tú
y yo unidos por la pasión.
Ahora te beso en la frente y mejilla,
te rodeo con mis brazos, te siento a mi lado y te recuerdo que la
vida es hermosa, que la sangre que te he dado te conservará
eternamente. Tan hermosa, tan viva, tan cálida y a la vez con esos
ojos que mostraban locura producida por el sufrimiento y una
inteligencia superior a la de cualquier humano que me haya cruzado.
Sin dudarlo tengo que gritar que te
amo, te amo con toda mi alma, te amo con ternura y pasión. Tan sólo
te amo, te amo y te amaré.
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