Cuando te observo en silencio siento
que los segundos se van suicidando apresuradamente. Tal vez mueren en
el borde de tus largas pestañas. Tus labios son sensuales, cálidos
y suaves de una forma similar al satén. Creo que jamás he amado a
una mujer que provoca con tan sólo una mirada o una simple sonrisa,
la cual es firme y en ocasiones medida. Tienes una gran fuerza
interior, lo cual hace que yo quede doblegado a tus encantos y a la
firmeza de tus palabras. Realmente he encontrado un refugio donde me
siento un chiquillo y puedo aprender de cada gesto, palabra y
silencio que se formula entre los dos.
Recuerdo tu mirada secuestrada por el
terror y también la suspicacia. Ese momento quedó guardado como una
fotografía borrosa que me persigue incluso hoy en día, pero me
gusta más rememorar los segundos en tu jardín salvaje donde me
invitaste a participar de las caricias de tu cuerpo contra el mío.
Deseé en esos momentos hacerte mía de tantas formas... mis hormonas
de eterno veinteañero me pedían arrojarte al césped y hacerte mía
allí mismo frente a Michael, tu esposo, y frente a Mona y su noble
Abelardo, mi hermanito.
Después de años evitándote, como he
hecho, no sé como he podido tener la fortuna que tú me aceptes
entre tus brazos, permitas que coloque mi cabeza sobre tus pechos y
finalmente juegues con tus dedos entre mis largos cabellos tan
dorados como los tuyos. No lo sé. No sé como puedo ser tan
afortunado. Creo que alguien me dijo que los verdaderos amores,
aunque sean de romances cortos, jamás se olvidan y siempre están
destinados a volver como si fuese una primavera tórrida cargada de
fragancias de millones de flores. Y eso fuiste. Tú apareciste en mi
vida buscando mi estúpida sonrisa y lo lograste. Aquella noche caí
de rodillas frente a ti acariciando el borde de tu vestido, el cual
era blanco y de corte sensual aunque comedido.
No sé como pude hacerlo. Cometí
muchos errores, pero quizás el mayor de todos fue no anclarme a ti
con locura y deseo. Pero quizás ese hecho, ese y no otro, ha logrado
que ahora sepamos disfrutar del momento. Tantas veces nos hemos
encontrado, tantos cruces de miradas y cientos de besos que no se han
ofrecido para que ahora podamos gritar que nos amamos.
Lestat de Lioncourt
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