Durante largos años he publicado varios trabajos originales, los cuales están bajo Derechos de Autor y diversas licencias en Internet, así que como es normal demandaré a todo aquel que publique algún contenido de mi blog sin mi permiso.
No sólo el contenido de las entradas es propio, sino también los laterales. Son poemas algo antiguos y desgraciadamente he tenido que tomar medidas en más de una ocasión.

Por favor, no hagan que me enfurezca y tenga que perseguirles.

Sobre el restante contenido son meros homenajes con los cuales no gano ni un céntimo. Sin embargo, también pido que no sean tomados de mi blog ya que es mi trabajo (o el de compañeros míos) para un fandom determinado (Crónicas Vampíricas y Brujas Mayfair)

Un saludo, Lestat de Lioncourt

ADVERTENCIA


Este lugar contiene novelas eróticas homosexuales y de terror psicológico, con otras de vampiros algo subidas de tono. Si no te gusta este tipo de literatura, por favor no sigas leyendo.

~La eternidad~ Según Lestat

viernes, 7 de marzo de 2014

El tirano

El tirano son unas memorias de Marius y Armand que nos habían prometido. Espero que tengan en cuenta su elaboración y también lo doloroso que puede llegar a ser un amor.

Lestat de Lioncourt



Mi amor por él seguía en mi pecho, en las profundas ruinas donde ya creí que el amor no se hallaría. El único consuelo que he tenido todos estos años han sido mis esperanzas. No obstante las esperanzas no son eternas y el mundo termina consumiendo éstas como si fueran velas. Su vida jamás ha girado entorno a mí y tampoco la mía ha podido girar a su alrededor, pues alguien me arrebató el privilegio de ser feliz y mantenerme a salvo entre sus fuertes brazos. Santino me llevó lejos y me arrastró a la demencia. Tuve que observar como Riccardo, y otros muchachos, morían en una pira. Soporté ese dantesco espectáculo porque él volvería a mí, pero pasaron los años y se convirtió en un sueño.

En la era moderna, es decir en las últimas décadas, él se ha presentado ante mí hablando de justicia, amor y respeto. Me ha concedido su amor en raras ocasiones y en una de sus muestras, según él más sinceras y explícitas, transformó a Benji y Sybelle, dos jóvenes mortales, en vampiros como él y como yo.

Si visitaba Venecia sabía que lo hallaría, posiblemente en su Palazzo disfrutando de sus pinturas y de nuevos lienzos por usar. Sin embargo, yo esperaba que me buscara y decidiera desnudar mi alma del mismo modo que mi cuerpo. Él no parecía tener gran interés sobre mí y mis sentimientos. Parecía que la pasión que ambos desbordamos en sus sábanas de seda e hilo de oro quedaron allí, entre los finos y caros tejidos de otra época. Mis lágrimas han bañado mil veces mi rostro y he torturado mis noches pensando que algún día se arrepentiría.

A veces sueño que soy parte de sus esculturas, y que el mármol de mi rostro se ha agrietado hasta quedar cubierto por una pátina de dolor incalculable. Mis manos alzadas hacia el techo, como si quisiera que me tomara en brazos, es sin duda símbolo de mi amor por él. Un amor puro y desesperado que ya no tiene cabida en sus enormes salones y ni mucho menos en sus alegres jardines, allí donde la primavera parece vibrar con fuerza. Soy un hermoso ángel al cual ya nadie reza o suplica por su belleza.

No obstante tomé la decisión de viajar hasta Italia y dejar que mis recuerdos se soltaran, como cuando un niño suelta una cometa esperanzado que llegue hacia los cielos, y finalmente lo único que sentí fue que mi corazón se estremecía cuando comprendía que estando en aquel país era sufrir terriblemente. Cuando llegué a la ciudad de Venecia tuve que soportar el hedor del agua estancada, la cual a penas era apreciable gracias a la limpieza reciente de algunas zonas, y permití que los hermosos edificios, en pie desde hacía siglos, me saludaran y transportaran a otra época.

Me descubrí a mí mismo en el mercado, corriendo con aquellas calzas celestes y los pantalones azul marino con la chaquetilla a juego. Mis cabellos rizados y rojizos destacaban entre la muchedumbre. Riccardo me seguía intentando averiguar que pretendía. Mis piernas eran hábiles, pero no demasiado rápidas. Siempre tenía aquel guardián a mis espaldas, abrazándome y observándome con meticulosidad, amor y respeto. Recuerdo sus besos en mi cuello y sus palabras amables. Él quería que comprendiera la gracia y el poder de Venecia, la cual era cuna de grandes artistas, como lo era Nápoles. Sin embargo yo sólo quería buscar el poder que se hallaba en el cuerpo cincelado del maestro. Marius desaparecía de día, pero en las noches me aguardaba otorgándome las caricias más profanas que pudiesen obsequiársele a un joven como yo. Me había quedado embriagado con su aroma masculino, el virtuosismo de sus caricias y la majestuosidad de su miembro justo antes de ofrecérmelo.

Desperté de mi ensoñación cuando la barca chocó contra el embarcadero. Allí me apeé tras pagar algunas monedas al joven que me había llevado hasta el palazzo de Marius. Había conseguido uno más ostentoso que en su época de esplendor. Las altas ventanas se alzaban mágicamente por todo el lugar, la belleza de las flores que ya brotaban, aunque aún escasas, de los balcones era terriblemente excitante. Podía ver pétalos de diversas variedades y todos rojos, como a él le solía entusiasmar. Dentro se hallarían las más maravillosas obras que jamás mostraría, no más allá de sus criados y algún viejo conocido. Eran para su deleite como si fuera un extraño morboso que disfruta con su propio desnudo.

El pórtico tenía dos enormes y fieros leones, en sus bocas tenían dos aros de hierro muy pesados. Debía golpear para que me escuchara el servicio, pero preferí aguardar unos segundos jugando con aquellas criaturas. Deslicé mis dedos por sus espesas melenas, acaricié su hocico con cautela y finalmente llamé sintiendo que mi corazón se dividía. Mi mente gritaba que huyera, pero mis latidos acelerados rogaban porque fuese él quien me abriera.

—¿Qué desea?—preguntó un hombre menudo que había abierto con dificultad la puerta.

Su aspecto era enfermizo y sus cabellos eran blancos como la espuma del mar. Tenía unos ojos negros y diminutos, los cuales se perdían entre tanta arruga, y en su nariz, casi en la punta de ésta, se hallaban unas pequeñas gafas. El traje era negro, como los zapatos y la camisa, extremadamente pulcro y perfectamente entallado. En sus manos largas, y muy huesudas, había un anillo de oro con un rubí.

—¿Mi maestro se encuentra en casa?—mi voz tembló, pues temía miedo de haberme confundido y ni siquiera recordar donde podría hallarse el hombre que aún amaba.

Sin embargo sentí su presencia. Una presencia arrolladora y firme. Bajaba posiblemente por las escaleras pues pude escuchar sus pasos. Contuve el aliento, aunque ya ni siquiera necesitamos respirar como los meros mortales, y agaché la cabeza intentando ocultar el pánico al rechazo. La sutil colonia de Marius taladró mi mente así como su voz.

—Tonio, él es uno de mis viejos discípulos—dijo secamente—. Al cual ya ni se le esperaba ni se deseaba esperar.

—Maestro...

—Lamento que hayas hecho tan larga travesía para encontrarme, pero parto en unas horas y prometo que no tendrás que escuchar de nuevo mi nombre de labios de otros—habló tan rápido y frío que mis piernas flaquearon.

El hombre se marchó, pude escuchar sus rápidos pies por la sala hasta perderse por uno de los pasillos de la nave central de la casa. Aquel lugar debía tener incluso una capilla. Pensé que era mucho mayor en tamaño que las habituales residencias de los viejos nobles, por lo tanto había sido una adquisición cara y por puro capricho. Él no necesitaba una mansión tan grande, pues ya no tenía jóvenes a su cargo ni un séquito de empleados.

—¡Maestro, por favor!—grité alzando el rostro hacia él.

Había comenzado a llorar y a penas podía ver más allá del líquido sanguinolento que tenía por lágrimas. Mi pequeño cuerpo, en comparación con el suyo, temblaba de rabia y dolor. Las ropas que llevaba habían sido confeccionadas tal y como recordaba. El carnaval había cesado el día anterior, pero aún así decidí tomar unas prendas de época y llevarlas ante él.

—¡He venido para estar contigo!—balbuceé estirando mis brazos, pero él alejó su figura—. Al menos dame unas horas. Haz que olvide todo lo que ha pasado. ¿Ya no deseas curar mi alma? ¿Ya soy un recuerdo más al que debieron lanzar al fuego?—pregunté con voz trémula—. Soñé con este encuentro desde hacía meses, pero no me atreví a venir porque...

—Porque pensabas que yo me movería por ti—dijo tajante—. ¡Qué equivocado estabas! ¿No te apena ese error?

—¿Por qué eres así conmigo? Maestro...—caí de rodillas frente a él llevándome dramáticamente la mano derecha al pecho, mientras con la zurda estiraba mi brazo para tozar su túnica.

Túnica roja y sandalias, como si fuera aún ese patricio romano al cual le gustaba regodearse con el vino y las mujeres. Un hombre lleno de virtudes que quisieron convertir en Dios o Santo. Sin duda uno de los vampiros más antiguos que se conocen y un ser drástico. Me sentía impúdico y estúpido al desear que él me volviera a recoger entre sus brazos.

—¿Harás que muera de desesperación? ¿Podrás tener eso en tu conciencia?—pregunté notando entonces como sus manos, grandes y frías, se colocaron en mis hombros estrechos.

Pude ver como sus rodillas se clavaban en el suelo, sus brazos me estrechaban y su cabello rozaba la punta de mi nariz. La fragancia de Marius llenó mis pulmones y sus besos rozaron mi rostro con ternura. Suspiró negándose a sí mismo, culpándose de cada una de sus acciones y posiblemente fustigándose hasta el cansancio por haber cedido.

—¿Qué deseas de mí?—preguntó con voz cansada mientras me estrechaba con cariño.

—Amor—respondí simple y rápido, sin bacilar ni un segundo.

Pude sentir como me tomaba del suelo y como se cerraba la puerta tras sus anchas espaldas. Mis brazos rodearon su cuello y mis piernas quedaron colgando, notando su brazo izquierdo bajo la corva de mis rodillas, mientras apoyaba mi espalda en el brazo derecho y su enorme mano. Miré hacia su rostro, el cual estaba surcado por dudas y una seriedad imposible de describir. Sus labios algo finos, marcados por los puntiagudos colmillos que ocultaba, tenían un aspecto seductor.

Quise enredar mis dedos en sus largas hebras doradas, pero tan sólo jugué con los mechones más cortos de su nuca. Percibía el olor a incienso, óleo, aguarás y velas. Seguramente estaba pintando, como solía hacer antaño, sin necesidad de medios modernos. La calidad de su arte era innegable y sobrecogedora. Sin duda yo quería ser amado como él amaba sus obras. A veces sospechaba que amaba más sus cuadros que a mí, Pandora o cualquiera de sus creaciones.

Desconocía hacia donde nos dirigíamos, pero no subimos por la intrincada escalera de mármol. Era una escalera de caracol, con una exquisita alfombra granate con bordados de hilo dorado. Había hermosas lámparas de época iluminando cada rincón de ésta, pero no era para nosotros. Jamás había estado en aquel Palazzo y siempre que nos habíamos vuelto a ver el sexo era frío, violento y desesperado por mi parte. Buscaba la forma de sentir su amor y el aliento de su boca pegado a mi nuca.

—Te amo—dije rozando su mentón con mi nariz, buscando con mis labios su manzana de Adán para besarlo allí. Mis labios se deshacían sobre aquella piel fría, blanquecina y llena de aromas que parecían convertirlo en un cuadro viviente.

Él era mi mundo. El mundo donde yo era nuevamente un chiquillo carente de inocencia, por supuesto, que buscaba sus atenciones con poemas y dibujos que en ocasiones sentía que eran patéticos. Él era la figura de un padre y de un amante, pues el respeto y el amor que sentía por él era similar.

Esperé pacientemente alguna respuesta por su parte. Las palabras eran importantes para mí, pues con ellas Marius podía derrumbarme tirándome a los infiernos o encumbrarme al paraíso. Sin embargo más doloroso era el silencio que guardaba. Sus ojos azules eran tan fríos que los sentía como daga y rápidamente deseé bajarme.

—Si vas a obsequiarme con tu silencio prefiero marcharme—murmuré antes de quedar atónito con la sala que se abrió ante mí.

Entramos en una habitación enorme llena de pinturas que me recordaban a pasajes de la biblia. Era una capilla con imágenes de santos, ángeles, Jesús, la virgen María y los apóstoles. Me bajé de inmediato para recorrer cada rincón con fervor. Caminé por aquel lugar observando el pan de oro, los numerosos frescos y las esculturas de ángeles que se encontraban en las esquinas, con sus alas alzadas hacia los techos mientras blandían sus espadas.

—¿Qué hace un descreído como tú con una capilla?—pregunté mirando los hermosos ángeles de la bóveda.

El arte lo apasionaba. Había pintado anteriormente motivos religiosos, aunque no de tan elaborada belleza. Al parecer había decidido restaurar toda la capilla, usar sus mejores pinceles y el espíritu de un apasionado artista que ya parecía estar en el fondo de los canales. Él había resucitado con su maravilloso pincel hacía muchos años, pues creí que estaba muerto. Sin embargo jamás pude contemplar de cerca su nuevo estilo. Era tan renacentista como hermoso y real. Sentí que mi corazón se paralizaba de inmediato.

—Es arte—dijo aproximándose a mí—. Te daré amor frente a tus santos y vírgenes—dijo en un tono seductor—. Descubrirás el amor de tu propio dios.

Sus manos se deslizaron por los encajes de la camisa y el bordado de la delicada chaquetilla. Aquellas ropas eran exactas a la que una vez usé con él para una fiesta con Bianca. Cayó el pequeño sombrero que llevaba y alborotó mis cabellos al deslizar sus dedos entre ellos, dejando que los mechones de mi cabeza cayeran desordenados y confiriendo a mi rostro una belleza prodigiosa.

Besó mi cuello y mi nuca, pues echó hacia el lado derecho mi melena. Sentía su aliento pegado a mi piel y sus dedos hábiles acariciando por encima de la ropa. Con presteza, y sin pudor, me arrancó la ropa dejándome desnudo. Las calzas quedaron hechas añicos y los zapatos arrojados a un lado de la sala.

—No hay canto más maravilloso que el de un ángel perdiendo sus alas ¿es cierto?—preguntó tirándome al suelo de mármol.

Sacó, de entre las telas de su túnica, un látigo el cual hizo estallar contra mi espalda. No fue una ocasión sino más de diez. Podía escuchar como cortaba el aire, golpeaba mi espalda y marcaba esta salpicando su rostro y el suelo con mi sangre. Las heridas se cerraban rápidamente, pero el puntiagudo dolor era excitante. Me abrí de piernas quedando a gatas. Mis codos se clavaron en el mármol frío y pronto mi pecho se recostó inclinándose hacia las baldosas, mis tetillas se erizaron por el contraste y mis piernas flaquearon. Pude notar como mi sexo se erguía con prodigiosa celeridad. Su carácter explosivo, la belleza del lugar y mis anhelos me jugaban una mala pasada.

Comencé a gemir dejando que estos se dispersaran por toda la capilla. Las vírgenes, los ángeles, los apóstoles y cada uno de los rostros de los frescos o esculturas, parecían escrutar en mi alma enviándome al infierno. Sin embargo no me importó. Gemía moviendo mis caderas mientras él jugaba a ser violento conmigo. Pero no pudo controlarlo. Arrojó el látigo a un lado y se quitó la túnica descubriendo su cuerpo desnudo, salvo por las sandalias.

—¿Qué me harás?—pregunté algo ronco.

De inmediato vi sus manos atraparme. Sus dedos se enredaron en mis cabellos y me alzó del suelo dejándome arrodillado frente a él. Su miembro ya estaba dispuesto y yo tan sólo tenía que dejarme. La sumisión era un juego que sabía usar con él. Disfrutaba en exceso viéndome llorar por el placer que él me provocaba y el dolor que sesgaba cada uno de los poros de mi piel.

Su sexo entró en mi boca y yo lo recibí apretándolo con mis labios, ocultando mis filosos dientes, para ofrecerle las caricias más sensuales con mi húmeda lengua. Cada trozo de su miembro tenía un sabor ligeramente salado y un aroma viril que me electrocutaba. Podía sentir el hormigueo recorrer mi columna vertebral, pegarse a mi nuca y obligarme a mover mi cabeza desesperadamente. Sus manos estaban a ambos lados de mis sienes y sus uñas aplastaban mi cráneo sin piedad. Podía notar como el vello púbico, espeso y rubio, rozaba mi nariz y también sus testículos chocar contra mi mentón. Mis ojos se habían cerrado momentáneamente para saborear aquel instante como si fuera un logro. El olor a sangre y sexo me excitaban visiblemente. Mis manos se aferraron a sus caderas mientras mis párpados se levantaban. Lo miré a los ojos bañado en lujuria, tanto en la mirada como perlando mi piel.

—Detesto saber que has sido de otro—dijo tomándome de la nuca para hacerme sentir toda su virilidad—. Sé que has sido de David y otros hombres. Te has comportado como una auténtica puta ¿y me pides amor?—murmuró tirándome al suelo mientras me abría las piernas—. Las fulanas sólo necesitan que las dominen.

—Yo te amo—respondí entre jadeos con una voz trémula y sensual. Mi aspecto era el de un ángel roto, destrozado por la ira divina, en medio de una congregación de divinidades, grandes y pequeñas, donde me juzgarían para lanzarme a los infiernos. Y el mismísimo Dios, en todo su apogeo de belleza y magnificencia, me abría las piernas para penetrarme atormentándome con palabras viles y terribles—. Te amo.

—¿Ese será tu único salmo?—preguntó impulsándose dentro de mí.

Mi torso se pegó contra las hermosas losas de mármol, las cuales ya eran de color rosado por mi sudor sanguinolento y las heridas que me había abierto, mis caderas se alzaron y mi boca emitió un doloroso quejido. Su miembro de gran envergadura había entrado en mí, sin remordimientos o titubeos, para arrancarme los gemidos más violentos que yo pudiese recordar.

Sus penetraciones eran firmes y constantes, el ritmo era elevado y bombeaba con precisión. Aquella deliciosa mezcla de dolor y placer provocó que eyaculara manchando las baldosas. Él de inmediato salió y me giró para abofetearme, golpearme y volver a penetrarme pero esta vez con mi rostro girado hacia el suyo, la adolorida espalda sobre el piso y sus enormes manos pellizcando con furia mis pezones.

—¡No te di permiso!—bramó mientras yo tan sólo temblequeaba por mi reciente orgasmo.

—Te amo—balbuceé con el labio inferior roto por un reciente puñetazo, también tenía una de mis costillas hundidas y mis manos se hallaban llenas de arañazos.

Maltratarme hasta la degradación había sido parte de las sutiles muestras de amor, celos y coraje de mi atractivo tirano. Sus dientes se clavaron en mi cuello, para proporcionarme mayor tormento, y succionó algunas gotas de sangre. Mis manos buscaron la esclavitud de su piel, pues una vez que tocaba su figura quedaba intoxicado por la textura sedosa que poseía.

Mi mente se transportó a las tórridas noches de verano donde su cama se abría para mí, sus manos me tocaban como si fuera un espécimen único y me decía las palabras más hermosas. Mi mundo se había derrumbado como un mugriento telón en aquel teatro. Sí, sin duda ya no quedaba nada. Sin embargo yo me aferraba a los tiempos en los cuales él no me golpeaba tanto, ni me humillaba y tampoco permitía que mi amor fuese a parar a las manos de otro hombre. El placer que me ofreció a su lado aún lo recuerdo y es el que surge en cada beso, lamida o caricia.

Sus embestidas cada vez eran más violentas, sus golpes más certeros y sus manos terminaron tomando el látigo nuevamente. Sentí como el cuero se pasaba entorno a mi cuello, como si fuera una corbata o un collar, y lo tensó. Percibí entonces su lengua rozar mi mentón, subir hacia mi mejilla y acabar aquel trato con un mordisco en mi oreja derecha. Mis cabellos estaban empapados en sudor sanguinolento y mis manos ya no se aferraban a él, sino que arañaba el suelo dejando que mis uñas se quebraran.

Noté como la punta de mis pies se pegaba a las losas, mis piernas se arqueaban y mi espalda se elevaba. Terminé con los ojos cerrados sintiendo como me aprisionaba mientras vaciaba su esperma en mí. Eyaculó con un rugido similar al de un animal salvaje y me tiró al suelo bruscamente, retirándose de mi presencia y dejándome a solas con el arte que dominaba aquella capilla. Yo también había llegado, pero ni siquiera se detuvo para comprobar si aún jadeaba agitado su nombre.

Quise llorar pero ya no había lágrimas suficientes. Mi cuerpo quedó tirado de mala forma y al despertar el silencio golpeó mis tímpanos. La oscuridad era cegadora y a penas distinguía mis manos. A pesar de mi buena vista me había convertido en un ser sin instinto. Llamé a Marius, pero él no acudió. Nadie del servicio detuvo mis gritos.

Al salir de la capilla noté que la casa había sido vaciada, aunque aún quedaban algunas obras cubiertas por telas de cortinas viejas. No quedaba rastro de él y no había dejado dirección alguna. Me había dejado desnudo e insatisfecho, pues aunque mi cuerpo gozó mi alma quedó hundida en los canales con nuestro pasado y cualquier esperanza. Me dejó atrás, como ya hizo una vez, provocando que cayera de rodillas incapaz de moverme. Aún tenía el olor de su cuerpo impregnado con el mío, la sensación de sus sensuales manos recorriendo cada mechón de mi cabeza y sus labios susurrando palabras crueles.


—¡No me amas! ¡Si me amaras me habrías mantenido a tu lado! ¡Tirano! ¡Déspota! ¡No volveré a caer en tu trampa!—grité a sabiendas que nadie me escucharía y que nunca cumpliría mis desafiantes palabras.  

1 comentario:

Nobita Monotonia dijo...

Es atractiva la forma tan directa en el cual reflejas el poder de Marius sobre Armand. Debo admitir que esta relación siempre me pareció un poco mas sutil, menos directa en sus interacciones lo cual le daba cierto encanto. Sin embargo es una visión un poco mas desesperada y por tanto bastante emotiva. Me encantó.

Gracias por su lectura

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Lestat de Lioncourt