Armand y Marius tuvieron una pequeña charla, así que él ha decidido sacarla a la luz. El pelirrojo necesitaba un abrazo, al parecer, y Marius redimir sus pecados.
Lestat de Lioncourt
De pie frente a él me sentía
completamente desnudo, sus ojos recorrían cada uno de mis rasgos con
parsimonia y parecía guardar para sí sus pensamientos más crueles.
Mi corazón latía aceleradamente, mis viejas heridas habían sanado
y mi piel tenía un tono algo más canela. Me había convertido de
nuevo en un ángel arrojado a la tierra, la misma que se había
abierto frente a mí como si fuesen los infiernos de Dante, esperando
que él me recogiese entre sus brazos.
—Abrázame—dije aguardando con
cierta rabia su enigmática insensibilidad frente a mi nerviosismo.
—Amadeo—susurró dando un par de
pasos hacia mí, para al fin estirar sus brazos y tocar mis mejillas
con la punta de sus dedos. Los dedos de mi maestro siempre habían
sido fríos, delicados y suaves como el mármol.
—¡Abrázame!—rompí a llorar
abriendo mis brazos para hacerlo yo.
Sus manos acariciaron mis cabellos,
hundiendo éstos en mis ondulas como si fueran de seda, para después
pasarlas hasta mis hombros y dejarlas allí mientras rompía a
llorar. Podía sentir tan real aquel momento, como si toda mi vida
hubiese deseado que sucediese de nuevo. Marius y yo estábamos
separados por tantos recuerdos amargos, oportunidades que él dejó
pasar y hizo que me castigara la oscuridad a sufrir en soledad.
—No puedo pedir perdón, pues aún
creo que hice bien, pero sí puedo jurarte que siempre he pensado en
ti—dijo tomándome contra él, inclinándose, para rozar con sus
labios mi frente.
Mi amor hacia Benji y Sybelle es
intenso, pues son mis ángeles. Ellos son quienes realmente merecen
el apelativo de ángeles. Cuidaron de mí, acariciaron mis heridas y
aguardaron mi regreso en varias ocasiones. Ellos son sin duda alguna
mis grandes amores, pero por encima de ellos está Marius. Daniel
nunca pudo ocupar el lugar de mi maestro, y tampoco mis dos amores,
porque él siempre será mi más intenso, puro y necesitado amor.
—Te amo—logré decir con mis labios
temblorosos.
—Sabes que es mutuo mi
Amadeo—murmuró.
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