Durante largos años he publicado varios trabajos originales, los cuales están bajo Derechos de Autor y diversas licencias en Internet, así que como es normal demandaré a todo aquel que publique algún contenido de mi blog sin mi permiso.
No sólo el contenido de las entradas es propio, sino también los laterales. Son poemas algo antiguos y desgraciadamente he tenido que tomar medidas en más de una ocasión.

Por favor, no hagan que me enfurezca y tenga que perseguirles.

Sobre el restante contenido son meros homenajes con los cuales no gano ni un céntimo. Sin embargo, también pido que no sean tomados de mi blog ya que es mi trabajo (o el de compañeros míos) para un fandom determinado (Crónicas Vampíricas y Brujas Mayfair)

Un saludo, Lestat de Lioncourt

ADVERTENCIA


Este lugar contiene novelas eróticas homosexuales y de terror psicológico, con otras de vampiros algo subidas de tono. Si no te gusta este tipo de literatura, por favor no sigas leyendo.

~La eternidad~ Según Lestat

domingo, 11 de mayo de 2014

Reglas Rotas. Parte 2

Segunda parte de REGLAS ROTAS

Tarquin y yo hemos hablado, pero no ha sido nuestra mejor conversación; por supuesto Mona tuvo que dar su opinión al respecto. Sin embargo, no todo es tan simple. Rowan sigue lejos, los Taltos parecen tener un nuevo miembro y hay algo más oscuro detrás de todo. ¿Te atreves? 

Lestat de Lioncourt 


Caprichos

Dejado atrás mis miedos iniciales, así como mi asombro, podía imaginar los motivos por los cuales Tarquin había tomado una decisión tan errónea. Quería hablar con él en privado, sin que la arpía de Mona estuviese presente. Sabía que estaba conduciendo su vida hacia un desfiladero y pronto caería, y lo haría sin paracaídas. Sentía la necesidad de obligarle a meditar sus pasos y comprender sus errores, aunque imaginaba que era posible que se tomase mis preocupaciones a la ligera y sólo sonriera como si fuese un maldito estúpido. Odio admitir que en esos momentos me sentía preso del pellejo de Marius y entendí al fin todo lo que quiso decirme en su momento, pero ya era tarde para ir a buscarlo y rogarle perdón. No, no iba a pedirle disculpas por las discusiones terribles que habíamos tenido. Yo sabía que era absurdo.

Tras la horrible experiencia de haberme topado con un Taltos, y más aún con uno que parecía conocer cada íntimo secreto que yo le había confesado a Quinn, visité Blackwood Farm. Había vivido en aquella propiedad algunos meses y conocido bien a la Gran Ramona, Jasmine y su hermano, así como Jerome y otros familiares de mi hermanito. Todos ellos habían rendido tributo al amor y la hospitalidad, tal y como sabían, pero yo no estaba allí para escuchar sus viejas historias sino para alzar la voz y dar un golpe en la mesa.

—¡Tarquin Blackwood! ¡Sal inmediatamente!—arrojé aquella petición a su revuelta mente.

Aún tenía el sabor de mi última víctima en mis dientes, podía saborear sus pecados y notar como enriquecían la vileza de mi alma, pero esa satisfacción tan mundana se había amargado. No podía apartar de mi mente esos ojos azules, tan vivos e intensos, junto con ese ímpetu de encantador caballero y soñador.

—¿Qué ocurre?—preguntó abriendo la puerta principal de la vivienda.

Tarquin vestía con un traje de sastre gris plomo, una camisa cuello mao abierta en los primeros botones y unos mocasines italianos que yo mismo le había comprado. Sus manos fueron a sus bolsillos y tomó una pose relajada. Sus hombros estaban caídos, tenía una ligera sonrisa divertida en sus labios y el cabello caía ligeramente revuelto. Parecía haber estado entretenido en alguna lectura interesante, o simplemente administrando las cuentas con Jasmine.

Ah, la encantadora Jasmine se hallaba en la vivienda. Ya tenía más de cuarenta años, pero seguía siendo guapa y con unas piernas de vértigo. Ese “bombón de chocolate” había sido la primera mujer que había tenido mi hermanito en sus brazos. Me pregunté si llevaba alguno de los vertiginosos zapatos de tacón que solía usar y si se hallaba enterada de todo, pero luego supuse que contarle algo así a una mujer tan centrada sería una locura.

—He visto a tu monstruoso hijo—confesé.

El silencio se convirtió en una daga terrible. La pose confiada, y relajada, de mi hermanito pasó a ser tensa. Él apretó su mentón y me miró con la intensidad de un Mayfair. Juro por Dios que parecía un Mayfair de pies a cabeza. Sí, parecía uno de sus brujos y dejó de ser el jovencito delicado, a ser una bestia imprevisible. Un brujo de la familia Mayfair es peligroso, sobre todo cuando se enfurecen.

—¿Y? ¿A caso eso te tiene que importar? Me lo dices como si fuese un pecado—dijo sin siquiera titubear—. Si no tienes más que decir, por favor, te invito a que te marches de inmediato.

—Sí que tengo que decir—respondí colocando mis manos en la cintura mientras fruncía el ceño, meneaba suavemente la cabeza e intentaba contenerme de algún modo. No sabía como decirle que me enojaba su estupidez y dependencia hacia Mona; aunque debo señalar, y destacar, que incluso yo caigo como un idiota ante una de sus encantadoras sonrisas y escotes.

—No me interesa—respondió girándose para entrar en la vivienda, pero no le dejé.

—Le cumples todos los caprichos sin siquiera rechistar. Ni siquiera piensas que podría estar bien o mal. ¡Sólo te importa cumplir sus deseos! Tarquin ¿no ves que está destruyendo New Orleans con sus caprichos?—él no se giró, pero noté como sacaba las manos de sus bolsillos y las apretaba con ansiedad—. Hermanito, nunca me ha gustado ser brusco contigo, ¿pero no tiene suficiente drama ya vuestra historia? Traer un Taltos, nada más ni nada menos que un Taltos, al mundo es un peligro. Sabes lo rápido que procrean, lo horribles que pueden ser y que del mismo modo son frágiles.

—¡Calla!—dijo girándose para mirarme con una expresión terrible.

—Sabes que es cierto...

—¿Te has planteado si también es algo que yo deseo?—preguntó—. Te apresuras a realizar juicios precipitados, sin fundamento alguno, y la acusas de manipularme. Mona es seductora, es cierto, pero yo no soy ese chico estúpido que todos creen. Puedo ser un muchacho criado entre algodones, aunque retirado del mundo, pero la vida, o mejor dicho la no-vida, me ha hecho cambiar. Amo a Mona y será mejor que no te interpongas en nuestra familia—dijo sin siquiera titubear—. Buenas noches y gracias por tu preocupación, ahora puedes irte y no volver.

—Hermanito, te estás equivocando—susurré defraudado, pues no conocía al ser que me estaba hablando. Podía desenvolverse como él, hablar y sonar, pero no era Quinn.

—Buenas noches—se giró y entró en la casa.

¿Qué hice yo? A parte de maldecir, y sollozar, me marché. Me fui de allí sin mirar atrás, aunque con el alma rota. Me había decepcionado, pero comprendía que el amor ciega. ¿No había estado ciego miles de veces? Amé a Claudia y ella me destrozó. Sin duda alguna me destrozó. Quizás él necesitaba ser destrozado, ver las consecuencias, y arrepentirse pidiendo clemencia.

Al llegar a mi mansión, no muy lejos de las propiedades de los Blackwood, me hallé a Mona en el jardín. Se encontraba en mitad del sendero con un hermoso vestido blanco, que casi no cubría su pequeña y bien formada figura, con unos vertiginosos tacones de aguja que, al igual que el vestido, eran blancos. Tenía el pelo suelto y una suave brisa lo movía como si fuera una llama. Podía notar su molestia, como si supiera que había hablado con Tarquin.

—¡Cómo te atreves!—gritó antes que me acercara más a ella.

—¿A qué?—dije con las manos en los bolsillos mientras la enfrentaba.

—¿A qué? ¡Has llamado monstruo a mi hijo!—estalló en furia y prácticamente parecía que el viento se ponía a su favor, pues las ramas de los árboles cercanos se agitaron violentamente por una ráfaga de aire.

—Un Taltos es un monstruo—respondí.

—El único monstruo eres tú—respondió acercándose a mí con una elegancia y soltura muy excitante; pero también estaba cargada de ira, por lo fuerte que pisaba.

—¿Yo? ¿Qué hice?—pregunté con una sonrisa amarga.

—Ser como eres. ¿Cómo te atreves a ir donde Tarquin? ¿Cómo?—decía meando la cabeza— ¿A ti que te importa? ¡No debería importarte!

—Es uno de los motivos por los que Rowan se marchó—sentencié provocando que sus pequeñas y finas cejas, las que rodeaba esos intensos ojos verdes, se fruncieran.

—¡Siempre Rowan! Hay algo más que Rowan, Lestat. Parece que no conocías al sexo contrario hasta que ella te hizo suspirar como una fulana. ¿No es así? ¡Admite que es cierto! Por Dios, se ofreció como una cualquiera—esas palabras arrastraban ira, veneno y crueldad.

—¡Cómo te atreves!—dije agarrándola de los brazos—. ¡Ella y yo nos amamos! ¡No hay nada malo en ello!—grité sacudiéndola, pero ella se pudo zafar y me abofeteó con fuerza.

—No vuelvas a tocarme—su nariz, salpicada de pequeñas pecas, se arrugó y me rebasó para marcharse—. Quizás tengas que aprender una lección tú, no Quinn. ¿Qué tal una lección de amor? Que la ames no significa que te ame, que te ame no te dará victoria sobre todos. Ella está con Michael y juraría que disfrutando de los tratos de Julien con Memnoch—se giró con una sonrisa traviesa en sus labios y siguió caminando—. Disfruta de tu amor, el cual no volverás a tener a tu lado. Patético.

Quise agarrarla y maldecir mil veces el haberle dado el Don Oscuro, pero de nada serviría. Me quedé allí intentando no llorar. No deseaba que ella supiese que me había hecho daño sus palabras, así que cuando logré echar a caminar hacia el interior de mi mansión, subiendo los peldaños que daban a la puerta principal, me aguanté el terrible deseo de derramar lágrimas por Rowan. Sin embargo, una vez dentro de casa y en completa soledad, me eché a llorar como un niño.

Aquella noche dormí en mi lecho, rodeado de viejas cartas que yo mismo había escrito sin remitente alguno. Había escrito tanto, tantas cosas y todas ciertas, sobre mis sentimientos hacia Rowan, su horrible despedida y el terrible dolor que sentía en mi pecho. Quería volver a estar con ella, pero eso era casi imposible. No podía soportarlo.

La noche siguiente, después de pasar gran parte de la mañana sollozando, fui despertado por una presencia desconocida que se aproximaba hasta mi vivienda. Me incorporé y revisé mi rostro en el espejo, al verlo cubierto de lágrimas decidí enjuagarlo y salir al encuentro del susodicho.

Puedo asegurar que nunca me había topado con él, aunque sí había escuchado sobre su historia de boca de Quinn. Con quien sí había tenido algunas palabras, pero hacía demasiado tiempo, fue con su primera creación. Arion, el padre inmortal de Tarquin y compañero de Petronia, se aproximaba por el sendero mientras yo salía a su encuentro. La primera impresión fue intensa para mí, pues jamás había visto a uno de los nuestros con esos rasgos de ébano y cabello tan rizado.

—¿Podemos hablar?—preguntó con un tono sosegado y un acento extraño. No puedo decir que fuese napolitano, pero se acercaba—. Necesito hablar, pues la situación es insostenible. He descubierto cosas terribles y sólo tú puedes ayudarnos, por favor.

Me pedía ayuda, pero no sabía para qué. Sospeché que podía ser sobre Tarquin, así que simplemente hice un gesto suave con mi cabeza invitándolo a entrar en la mansión. Él abrió su chaqueta, para quitársela, y echársela al hombro. Vestía de negro riguroso, salvo por su camisa café, usando tirantes en vez de cinturón. Sus zapatos estaban algo sucios, quizás por haber viajado, pero él parecía un hombre de negocios. Jamás pude creer que hablaríamos, él y yo, de un tema tan delicado; aunque si tengo que ser sincero, pues creo que la situación lo amerita, jamás creí que podríamos estar en contacto y menos frente a frente.

Aquella noche hablaría con él comprendiendo su preocupación, pues el asunto era mucho peor. Decidí que debía llamar en reunión a todos en un aquelarre distinto. Debían venir vampiros fuertes, cercanos a mí, y también otros que pudiesen imponer cierta sensatez. El problema era reunirlos a todos y que las diferencias, de unos con otros, quedasen salvadas.

—Te agradezco que escucharas mis palabras—dijo tomando mis manos entre las suyas—. ¿Puedo pedirte otro favor?

—Por supuesto—respondí.

—¿Puedo descansar bajo tu techo? Me desagradan terriblemente los hoteles—cuando sonrió, porque no lo había hecho hasta entonces, pude ver sus hermosos dientes blancos y cierto brillo de sosiego en sus ojos oscuros.


—Gracias, sabré valorar tu apoyo—sus palabras no sólo eran sinceras, sino que me abrumaron. ¿Valorar mi apoyo? No tenía porque hacerlo, pues ayudar a Tarquin era algo que se me daba bien.  

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Gracias por su lectura

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Lestat de Lioncourt