Segunda parte de REGLAS ROTAS
Tarquin y yo hemos hablado, pero no ha sido nuestra mejor conversación; por supuesto Mona tuvo que dar su opinión al respecto. Sin embargo, no todo es tan simple. Rowan sigue lejos, los Taltos parecen tener un nuevo miembro y hay algo más oscuro detrás de todo. ¿Te atreves?
Lestat de Lioncourt
Caprichos
Dejado atrás mis miedos iniciales, así
como mi asombro, podía imaginar los motivos por los cuales Tarquin
había tomado una decisión tan errónea. Quería hablar con él en
privado, sin que la arpía de Mona estuviese presente. Sabía que
estaba conduciendo su vida hacia un desfiladero y pronto caería, y
lo haría sin paracaídas. Sentía la necesidad de obligarle a
meditar sus pasos y comprender sus errores, aunque imaginaba que era
posible que se tomase mis preocupaciones a la ligera y sólo sonriera
como si fuese un maldito estúpido. Odio admitir que en esos momentos
me sentía preso del pellejo de Marius y entendí al fin todo lo que
quiso decirme en su momento, pero ya era tarde para ir a buscarlo y
rogarle perdón. No, no iba a pedirle disculpas por las discusiones
terribles que habíamos tenido. Yo sabía que era absurdo.
Tras la horrible experiencia de haberme
topado con un Taltos, y más aún con uno que parecía conocer cada
íntimo secreto que yo le había confesado a Quinn, visité Blackwood
Farm. Había vivido en aquella propiedad algunos meses y conocido
bien a la Gran Ramona, Jasmine y su hermano, así como Jerome y otros
familiares de mi hermanito. Todos ellos habían rendido tributo al
amor y la hospitalidad, tal y como sabían, pero yo no estaba allí
para escuchar sus viejas historias sino para alzar la voz y dar un
golpe en la mesa.
—¡Tarquin Blackwood! ¡Sal
inmediatamente!—arrojé aquella petición a su revuelta mente.
Aún tenía el sabor de mi última
víctima en mis dientes, podía saborear sus pecados y notar como
enriquecían la vileza de mi alma, pero esa satisfacción tan mundana
se había amargado. No podía apartar de mi mente esos ojos azules,
tan vivos e intensos, junto con ese ímpetu de encantador caballero y
soñador.
—¿Qué ocurre?—preguntó abriendo
la puerta principal de la vivienda.
Tarquin vestía con un traje de sastre
gris plomo, una camisa cuello mao abierta en los primeros botones y
unos mocasines italianos que yo mismo le había comprado. Sus manos
fueron a sus bolsillos y tomó una pose relajada. Sus hombros estaban
caídos, tenía una ligera sonrisa divertida en sus labios y el
cabello caía ligeramente revuelto. Parecía haber estado entretenido
en alguna lectura interesante, o simplemente administrando las
cuentas con Jasmine.
Ah, la encantadora Jasmine se hallaba
en la vivienda. Ya tenía más de cuarenta años, pero seguía siendo
guapa y con unas piernas de vértigo. Ese “bombón de chocolate”
había sido la primera mujer que había tenido mi hermanito en sus
brazos. Me pregunté si llevaba alguno de los vertiginosos zapatos de
tacón que solía usar y si se hallaba enterada de todo, pero luego
supuse que contarle algo así a una mujer tan centrada sería una
locura.
—He visto a tu monstruoso
hijo—confesé.
El silencio se convirtió en una daga
terrible. La pose confiada, y relajada, de mi hermanito pasó a ser
tensa. Él apretó su mentón y me miró con la intensidad de un
Mayfair. Juro por Dios que parecía un Mayfair de pies a cabeza. Sí,
parecía uno de sus brujos y dejó de ser el jovencito delicado, a
ser una bestia imprevisible. Un brujo de la familia Mayfair es
peligroso, sobre todo cuando se enfurecen.
—¿Y? ¿A caso eso te tiene que
importar? Me lo dices como si fuese un pecado—dijo sin siquiera
titubear—. Si no tienes más que decir, por favor, te invito a que
te marches de inmediato.
—Sí que tengo que decir—respondí
colocando mis manos en la cintura mientras fruncía el ceño, meneaba
suavemente la cabeza e intentaba contenerme de algún modo. No sabía
como decirle que me enojaba su estupidez y dependencia hacia Mona;
aunque debo señalar, y destacar, que incluso yo caigo como un idiota
ante una de sus encantadoras sonrisas y escotes.
—No me interesa—respondió
girándose para entrar en la vivienda, pero no le dejé.
—Le cumples todos los caprichos sin
siquiera rechistar. Ni siquiera piensas que podría estar bien o mal.
¡Sólo te importa cumplir sus deseos! Tarquin ¿no ves que está
destruyendo New Orleans con sus caprichos?—él no se giró, pero
noté como sacaba las manos de sus bolsillos y las apretaba con
ansiedad—. Hermanito, nunca me ha gustado ser brusco contigo, ¿pero
no tiene suficiente drama ya vuestra historia? Traer un Taltos, nada
más ni nada menos que un Taltos, al mundo es un peligro. Sabes lo
rápido que procrean, lo horribles que pueden ser y que del mismo
modo son frágiles.
—¡Calla!—dijo girándose para
mirarme con una expresión terrible.
—Sabes que es cierto...
—¿Te has planteado si también es
algo que yo deseo?—preguntó—. Te apresuras a realizar juicios
precipitados, sin fundamento alguno, y la acusas de manipularme. Mona
es seductora, es cierto, pero yo no soy ese chico estúpido que todos
creen. Puedo ser un muchacho criado entre algodones, aunque retirado
del mundo, pero la vida, o mejor dicho la no-vida, me ha hecho
cambiar. Amo a Mona y será mejor que no te interpongas en nuestra
familia—dijo sin siquiera titubear—. Buenas noches y gracias por
tu preocupación, ahora puedes irte y no volver.
—Hermanito, te estás
equivocando—susurré defraudado, pues no conocía al ser que me
estaba hablando. Podía desenvolverse como él, hablar y sonar, pero
no era Quinn.
—Buenas noches—se giró y entró en
la casa.
¿Qué hice yo? A parte de maldecir, y
sollozar, me marché. Me fui de allí sin mirar atrás, aunque con el
alma rota. Me había decepcionado, pero comprendía que el amor
ciega. ¿No había estado ciego miles de veces? Amé a Claudia y ella
me destrozó. Sin duda alguna me destrozó. Quizás él necesitaba
ser destrozado, ver las consecuencias, y arrepentirse pidiendo
clemencia.
Al llegar a mi mansión, no muy lejos
de las propiedades de los Blackwood, me hallé a Mona en el jardín.
Se encontraba en mitad del sendero con un hermoso vestido blanco, que
casi no cubría su pequeña y bien formada figura, con unos
vertiginosos tacones de aguja que, al igual que el vestido, eran
blancos. Tenía el pelo suelto y una suave brisa lo movía como si
fuera una llama. Podía notar su molestia, como si supiera que había
hablado con Tarquin.
—¡Cómo te atreves!—gritó antes
que me acercara más a ella.
—¿A qué?—dije con las manos en
los bolsillos mientras la enfrentaba.
—¿A qué? ¡Has llamado monstruo a
mi hijo!—estalló en furia y prácticamente parecía que el viento
se ponía a su favor, pues las ramas de los árboles cercanos se
agitaron violentamente por una ráfaga de aire.
—Un Taltos es un monstruo—respondí.
—El único monstruo eres tú—respondió
acercándose a mí con una elegancia y soltura muy excitante; pero
también estaba cargada de ira, por lo fuerte que pisaba.
—¿Yo? ¿Qué hice?—pregunté con
una sonrisa amarga.
—Ser como eres. ¿Cómo te atreves a
ir donde Tarquin? ¿Cómo?—decía meando la cabeza— ¿A ti que te
importa? ¡No debería importarte!
—Es uno de los motivos por los que
Rowan se marchó—sentencié provocando que sus pequeñas y finas
cejas, las que rodeaba esos intensos ojos verdes, se fruncieran.
—¡Siempre Rowan! Hay algo más que
Rowan, Lestat. Parece que no conocías al sexo contrario hasta que
ella te hizo suspirar como una fulana. ¿No es así? ¡Admite que es
cierto! Por Dios, se ofreció como una cualquiera—esas palabras
arrastraban ira, veneno y crueldad.
—¡Cómo te atreves!—dije
agarrándola de los brazos—. ¡Ella y yo nos amamos! ¡No hay nada
malo en ello!—grité sacudiéndola, pero ella se pudo zafar y me
abofeteó con fuerza.
—No vuelvas a tocarme—su nariz,
salpicada de pequeñas pecas, se arrugó y me rebasó para
marcharse—. Quizás tengas que aprender una lección tú, no Quinn.
¿Qué tal una lección de amor? Que la ames no significa que te ame,
que te ame no te dará victoria sobre todos. Ella está con Michael y
juraría que disfrutando de los tratos de Julien con Memnoch—se
giró con una sonrisa traviesa en sus labios y siguió caminando—.
Disfruta de tu amor, el cual no volverás a tener a tu lado.
Patético.
Quise agarrarla y maldecir mil veces el
haberle dado el Don Oscuro, pero de nada serviría. Me quedé allí
intentando no llorar. No deseaba que ella supiese que me había hecho
daño sus palabras, así que cuando logré echar a caminar hacia el
interior de mi mansión, subiendo los peldaños que daban a la puerta
principal, me aguanté el terrible deseo de derramar lágrimas por
Rowan. Sin embargo, una vez dentro de casa y en completa soledad, me
eché a llorar como un niño.
Aquella noche dormí en mi lecho,
rodeado de viejas cartas que yo mismo había escrito sin remitente
alguno. Había escrito tanto, tantas cosas y todas ciertas, sobre mis
sentimientos hacia Rowan, su horrible despedida y el terrible dolor
que sentía en mi pecho. Quería volver a estar con ella, pero eso
era casi imposible. No podía soportarlo.
La noche siguiente, después de pasar
gran parte de la mañana sollozando, fui despertado por una presencia
desconocida que se aproximaba hasta mi vivienda. Me incorporé y
revisé mi rostro en el espejo, al verlo cubierto de lágrimas decidí
enjuagarlo y salir al encuentro del susodicho.
Puedo asegurar que nunca me había
topado con él, aunque sí había escuchado sobre su historia de boca
de Quinn. Con quien sí había tenido algunas palabras, pero hacía
demasiado tiempo, fue con su primera creación. Arion, el padre
inmortal de Tarquin y compañero de Petronia, se aproximaba por el
sendero mientras yo salía a su encuentro. La primera impresión fue
intensa para mí, pues jamás había visto a uno de los nuestros con
esos rasgos de ébano y cabello tan rizado.
—¿Podemos hablar?—preguntó con un
tono sosegado y un acento extraño. No puedo decir que fuese
napolitano, pero se acercaba—. Necesito hablar, pues la situación
es insostenible. He descubierto cosas terribles y sólo tú puedes
ayudarnos, por favor.
Me pedía ayuda, pero no sabía para
qué. Sospeché que podía ser sobre Tarquin, así que simplemente
hice un gesto suave con mi cabeza invitándolo a entrar en la
mansión. Él abrió su chaqueta, para quitársela, y echársela al
hombro. Vestía de negro riguroso, salvo por su camisa café, usando
tirantes en vez de cinturón. Sus zapatos estaban algo sucios, quizás
por haber viajado, pero él parecía un hombre de negocios. Jamás
pude creer que hablaríamos, él y yo, de un tema tan delicado;
aunque si tengo que ser sincero, pues creo que la situación lo
amerita, jamás creí que podríamos estar en contacto y menos frente
a frente.
Aquella noche hablaría con él
comprendiendo su preocupación, pues el asunto era mucho peor. Decidí
que debía llamar en reunión a todos en un aquelarre distinto.
Debían venir vampiros fuertes, cercanos a mí, y también otros que
pudiesen imponer cierta sensatez. El problema era reunirlos a todos y
que las diferencias, de unos con otros, quedasen salvadas.
—Te agradezco que escucharas mis
palabras—dijo tomando mis manos entre las suyas—. ¿Puedo pedirte
otro favor?
—Por supuesto—respondí.
—¿Puedo descansar bajo tu techo? Me
desagradan terriblemente los hoteles—cuando sonrió, porque no lo
había hecho hasta entonces, pude ver sus hermosos dientes blancos y
cierto brillo de sosiego en sus ojos oscuros.
—Gracias, sabré valorar tu apoyo—sus
palabras no sólo eran sinceras, sino que me abrumaron. ¿Valorar mi
apoyo? No tenía porque hacerlo, pues ayudar a Tarquin era algo que
se me daba bien.
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