Arion perdió la paciencia y Petronia no da crédito. Yo tampoco doy crédito. Quinn, el negro puede ser más peligroso que la torturadora habitual... ¡Huye!
Lestat de Lioncourt
Habían pasado algunas semanas desde la
última vez que tratamos algún tema serio, lejos de los negocios y
del mundo en el cual nos desenvolvíamos. Notaba un muro entre ambos,
cada vez más grueso y alto, provocando que me preguntara qué estaba
haciendo mal o si había llegado el fin para la relación. Nos
necesitábamos, eso lo sabía, pero cada vez nos tolerábamos menos.
Percibía en ella su apatía en cuanto la miraba, además estaba
esquiva y solía vestir con prendas masculinas. Ella era para mí una
mujer, la mujer que siempre había deseado tener entre mis brazos, y
sabía que en lo profundo de su corazón no sólo vestía femenina
para mí, sino para reconocerse a sí misma frente a un espejo. Nunca
fue un monstruo, aunque muchos la tacharon de engendro. Siempre vi en
ella un ser delicado deseando ser protegido, pero también a su vez
deseaba demostrar que podía luchar con sus miedos, la rabia y el
dolor, ella sola.
Durante varias horas estuve solo.
Manfred se había marchado a un club nocturno para disfrutar de una
partida de cartas ilegal. Él siempre ganaba. Era un vampiro, podía
leer la mente y saber cuándo ir o no ir en las apuestas. No tenía
nada de divertido, la verdad, pero desplumarlos parecía
satisfacerlo. Ella se había marchado por algunos días, aunque
siempre regresaba. Eran tan sólo unos días de descanso, pero para
mí se convertían en miserables momentos en los cuales me percataba
que algo se había roto en su interior.
Me había dedicado gran parte de la
noche anterior a diseñar algunos camafeos. Sobre el papel parecían
sin vida, sobre todo cuando sólo había garabateado con el
carboncillo algunas líneas sueltas. Sin embargo, cuando pasaba a
darles color para elegir el tipo de piedra y metal que llevarían.
Era un trabajo laborioso, pero me agradaba hacerlo. Habitualmente
Petronia no seguía patrones, pero a mí me maravillaba ver el
trabajo imaginándolo en mis manos. Solía realizar broches, anillos
y alguna pulsera. También era capaz de hacer botones, llaveros y
diversos adornos para complementos como bolsos de cuero o pequeñas
carteras. Trabajaba minuciosamente sin sentir cansancio, pero sí la
soledad golpeando mi alma.
Cuando ya eran más de las doce escuché
el timbre, los pasos rápidos de uno de nuestros sirvientes y la voz
áspera, algo andrógina, de Petronia saludando y pidiendo que nadie
la molestara. Sus pasos por la galería eran rápidos, hechos con sus
zapatos favoritos, y posiblemente iba vestida de hombre. Sabía que
no quería ser molestada, pero había algo que tenía que preguntar.
Su lado masculino parecía cada vez más vivo, algo que nos iba
separando, y ya no me preguntaba qué opinaba de algunos de sus
negocios. Las reglas parecían haberse diluido como un terrón de
azúcar en una taza de caliente café.
Me incorporé guardando las pinturas
con cuidado, dejando los folios de los bocetos secándose y sacando,
con aún más cuidado, un paquete de regalo de uno de los muebles que
tenía en aquella habitación. Era mi despacho principal, no el
taller. Solía pintar y dibujar en otro lugar, junto a ella, pero
cuando no estaba me sentía demasiado vacío realizando algún
trabajo sin su compañía. Por eso estaba allí, casi aislado de
todo, pero cerca de uno de mis últimos obsequios.
Salí de la habitación dejando atrás
la soledad, bien encerrada entre los tubos de pintura y las
acuarelas, para acercarme a nuestra habitación. El pasillo parecía
más largo que nunca, las columnas de mármol temblaban a pesar de su
grosor y sentí pánico. Temía que no estuviese de humor. No quería
encajar una bronca ni permitiría que se marchara de nuevo.
Necesitaba retenerla. El palazzo era gigantesco cuando se encontraba
fuera.
No llamé, pero ella me había
escuchado. Se giró con los ojos fríos, una pose totalmente rígida
y masculina. Frente a mí tenía un hombre cabello largo y trenzado,
con un sombrero de ala ancha y un traje mil rayas negro. El corte era
clásico, las solapas no eran excesivamente amplias, y poseía una
corbata borgoña que realzaba la camisa de algodón blanco. El
chaleco era ceñido, pero aún así no hallaba sus caderas. Su
aspecto era muy varonil, sobre todo por el semblante oscuro que
poseía su rostro.
—No estoy para soportar tus absurdos
reproches—dijo modulando su voz. Tenía un tono aún más varonil y
sus ojos parecían clavarse como dardos envenenados.
—Te traía un regalo—en mis manos
llevaba aquel paquete, envuelto en violeta con un lazo blanco, que
despreció con la mirada y ni siquiera se vio tentada a tomarlo—.
Por favor, pensé que te gustaría.
—Te crees que puedes solucionar todo
con regalos baratos—explicó.
—No me ha costado precisamente
barato. Es uno de los diseños más codiciados y deseados de la
semana de la moda de París de hace unos meses—comenté abriendo el
envoltorio para que hiciese aparición un vaporoso y elegante traje
color champage. Era un vestido de corte clásico, casi grecoromano,
con un pronunciado escote que a pesar de todo no enseñaba ni un
centímetro del pecho, y que tenía elegancia propia. Era de la
diseñadora Elie Saab, marca de alta costura que posee unos detalles
asombrosos en sus trajes y que ella solía desear nada más echarles
un ligero vistazo—. Es uno de los vestidos de alta costura que
tanto te gustan. Pensé que podrías ponértelo para mí, después
iríamos a pasear y me contarías que estuviste haciendo.
—Me visto para mí, no para
ti—comentó con una ligera sonrisa. Tenía sus facciones duras, muy
marcadas, y parecía un hombre de negocios poderoso y pretencioso.
Quería agarrar aquella chaqueta y tirarla al suelo, buscar a la
mujer que había tras aquella pose. No quería siquiera pensar que
estaba perdiéndola en un mar de dudas, mentiras e hipócritas
momentos vividos. Debía encontrarla antes que se alejara del todo—.
Si quiero pasear puedo ir sola—sentenció cruzándose de brazos, y
eso denotó tensión—. Y por último, Arion, no tengo porque
contarte lo que hago o dejo de hacer—se giró dándome la espalda
para evitar cruzar sus ojos con los míos, como muestra de desprecio
absoluto—. Ahora vete, no quiero soportar tu presencia ni un
segundo.
—Estoy harto de tu comportamiento—me
exasperé. Admito que jamás se había comportado conmigo en privado
de ese modo. Era como si estuviese allí, aunque sin ser ella. Sólo
era un envoltorio similar.
—¿Cuál?—dijo alzando la cabeza de
forma altiva, girándola suavemente hacia mí, para mirarme de
soslayo. Parecía dispuesta a comenzar una guerra.
—Desde hace algunos años te estás
desviando, alejándome como si fuera un leproso y comportándote de
una forma que...
—¿De qué forma?—preguntó dándose
la vuelta—. Dímelo.
—Tú no eres así—respondí
observando como daba un par de pasos hacia mí, dejando que el sonido
de sus mocasines sobre el mármol recién pulido taladrara mi
cerebro. Odiaba esa pose que tenía. Detestaba verla convertida en
una déspota—. ¿Qué sucede? ¿Por qué finges ser dura e
imposible? ¿Quién te ha hecho daño?
Se echó a reír. Esa fue su primera
respuesta. Sentí que todos mis sentimientos eran tomados como una
broma. Había guardado cada recuerdo con cuidado en los diversos
recovecos de mi alma, pero ella parecía haberlos encontrado para
romperlos en mil pedazos. La mujer que tenía frente a mí no era
quien yo amaba, se había envuelto en odio y cinismo. Ni siquiera
sabía cuándo había sucedido.
—Tú me hieres con tu
estupidez—reprochó.
—Ponte ese vestido, Petronia, estás
en mi palazzo y he decidido que lo harás—me había molestado su
actitud, herido sus palabras y hartado su forma de mirarme. Impondría
de nuevo mi respeto, aunque fuera por la fuerza. Estaba comportándose
como una ingrata, sin tener en cuenta mis sentimientos o cualquiera
de mis deseos. Yo siempre pensaba en ella, en su bienestar, pero ella
parecía centrarse únicamente en su venganza, fuese cual fuese.
—¿Quién te crees que eres para
obligarme como si fuera una niña?—contestó colando sus manos en
los bolsillos de su elegante pantalón.
—Tu maestro—respondí de inmediato.
—Oblígame—sonrió con cierta
suspicacia, como si ese reto no fuera conmigo. Creía que nunca me
comportaría violento, ni ejercería mi poder sobre ella. Sin
embargo, ni siquiera yo sabía hasta donde podía llegar mi
paciencia. Pero, por supuesto, en ese momento terminó rompiéndose
debido al desgaste.
Dejé la caja a un lado, tirándola con
algo de violencia al suelo, pero al tomarla a ella, por la solpaba de
su chaqueta, ejercí una fuerza que la sorprendió. Rompí aquella
prenda con una facilidad inverosímil. Era como si no me importara
molestarla.
—¡Pero qué haces!—gritó
intentando abofetearme, pero esquivé sus manos.
—¡Obligarte!—dije alzando la voz
aún más que ella.
—¡Bastardo hijo de puta!—decía
mientras el chaleco se convertía en jirones, los botones de la
camisa estallaban, los gemelos de diamantes tintineaban en el suelo,
la corbata se convertía en un pañuelo arrugado, los pantalones
caían como si fuesen panfletos de papel barato, los zapatos cedieron
sin desatar ni uno de sus cordones y con ellos los calcetines. Pronto
sus pechos quedaron al descubierto, al igual que sus sexos y la rabia
que cubría con la frialdad de su mirada—. ¡Cómo te atreves!
¡Cómo!
Por primera vez, y no me siento
orgulloso de ello, la abofeteé con tal fuerza que cayó sobre la
cama. Había convertido todo mi amor, la fuerza de mi paciencia, el
deseo de tenerla a mi lado en un sentimiento de rabia contaminado con
dolor y amargura. Su mejilla se coloreó, pero rápidamente volvió a
tener su color pálido habitual. Me miró incrédula, pero no sumisa.
Estaba a punto de golpearme cuando la agarré de las muñecas con una
sola mano.
—Ni te atrevas a tocarme. Ya estoy
cansado de tus golpes, malas palabras y desprecios. Estoy cansado de
lidiar con esa coraza que cargas, de aceptar el golpe certero de tus
reproches y, sobre todo, estoy harto de tu desprecio—dije con un
tono de voz áspero.
Ella se retorcía bajo mi cuerpo, como
si fuera la cola desprendida de una lagartija. Intentaba librarse de
aquella guerra que ella misma había buscado. Pero entonces, como si
fuera una revelación, la besé. Una lágrima se desprendió de mi
ojo derecho, bañando mi mejilla y salpicando la comisura de sus
labios. No dejó de patalear, pues quería librarse de mí, pero sus
intentos de huida parecían haberse serenado por unos segundos.
Cuando me aparté la miré, con el pelo
aún trenzado y el rostro bañado en rabia, y noté que ella también
me miró inspeccionándome. Estiré mi zurda, pues la diestra seguía
agarrándola por encima de la cabeza, para soltar su larga melena
negra. Las sábanas eran blancas, casi se camuflaban con la belleza
de su piel clara, provocando que su pelo pareciera un río de negra
lava. Tenía los ojos brillantes, como si estuviera a punto de
llorar, pero sólo salía maldiciones en nuestra vieja lengua.
Me incliné hacia ella, observando cada
rasgo de su rostro. Tenía una expresión que me incitaba a
destrozarla, arrancando cada mala palabra y sentimiento trágico,
para dejarla en un esqueleto de débil alambre. Quería ver su alma
de nuevo desnuda, sometida al placer y al poder que yo aún tenía
sobre ella. Poder que ella se negaba reiteradamente a aceptar por
miedo, pues sabía que quedaría subyugada a mis deseos y no a los
suyos.
—Me excita verte así, doblegada ante
mi poder—susurré cerca de una de sus orejas. Siempre me habían
fascinado por pequeñas y pegadas a la cabeza. Se perdían
ligeramente entre sus cabellos, pero cuando las adornaba con los
pendientes que yo hacía, algunos creados específicamente para
alguno de sus vestidos, parecían llamarme provocativamente para
lamer su lóbulo, mordisquear cada milímetro de su piel y susurrarle
palabras sucias que condenarían a ambos al infierno—. ¿Recuerdas
cuando tuve que dominarte?—mi frío aliento rozó su cuello
mientras mis labios iban llenándola de besos—. Aprendiste, no
olvidaste esa lección durante muchos siglos. ¿Qué tal si lo hago
de nuevo?
—¡No te atreverás!—dijo retomando
sus fuerzas. Volvía a moverse con una fuerza descomunal, intentando
apartarme, pero lo único que logró fue soltarse y arañarme.
De inmediato reaccioné. No me siento
orgulloso en absoluto, pero lo hice. La abofeteé de nuevo y la giré.
Pudo sentir la hebilla de mi correa, de aquel metal frío y plateado,
en su coxis que sobresalía, como parte de los huesos de su columna
vertebral, debido a su extrema delgadez. Quería girarse, pero no
pudo. Se vio agarrada por mi mano izquierda, presionando su garganta,
haciendo que ella buscara liberarse de esos dedos y no de mí por
completo. Con la otra, libre de sus arañazos y golpes, bajé la
cremallera.
—Quiero recuperar a la mujer que amo,
no al engendro que cree que debe ser—intenté por última vez que
reaccionara, pero parecía causa perdida. Seguía revolviéndose—.
Deja esa coraza de una vez, Petronia, este juego nos lastima a ambos.
—¡Soy como quiero ser!—gritó
furiosa, aunque algo ahogada.
—¿Y por qué no eres
feliz?—pregunté.
Ella no respondió nada. Mi glande rozó
la entrada de sus glúteos mientras todo su cuerpo, desde la punta de
cada mechón de pelo hasta los dedos de sus pies, se tensó. Después,
con cierto deseo, me rocé en su vagina. Estaba algo húmeda,
caliente y necesitada de mis atenciones. La mano que agarraba su
garganta se apartó y acabó tomándola por la cintura.
—¿Ese silencio cómo debo
tomarlo?—susurré corriendo su pelo con la derecha, para luego
volver a dirigir mi sexo en su interior.
Su vagina era mucho más estrecha y
pequeña que una común. Al ser hermafrodita no tenía desarrollado
por completo ambos géneros. Poseía un pequeño clítoris que se
estimulaba con facilidad, un orificio pequeño con diminutos
pliegues, pero que una vez ensanchado podía albergar mi miembro de
cierto grosor y tamaño. Ella solía gritar de dolor, pero aquella
vez lo hizo de rabia, dolor y sin esperanza alguna. De nuevo, como si
le fuese la vida en ello, intentó girarse para detenerme, pero tras
la primera envestida sus ojos se quedaron en blanco mientras gemía.
Conocía cada misterio de su cuerpo,
comprendía su necesidad y adoraba sentir como su rabia se consumía.
Me quedé dentro de ella quitándome la simple camiseta blanca que
llevaba. Aquella noche no era un hombre de negocios, sino un artista
con un atuendo sencillo. Mis pantalones quedaron en su sitio, pero no
la parte de arriba de mis prendas. Necesitaba sentir su piel, aunque
sólo fuera su espalda contra mi torso. Mis caderas se movían
suavemente y ella me maldecía, pero estaba siendo coaccionada por su
necesidad. Sin embargo, quiso revelarse empujándome para huir. No lo
logró. Volví a empujarla contra el colchón y las embestidas suaves
acabaron.
Sus piernas se abrieron a la fuerza y
mis penetraciones eran bruscas. Ella gemía y chillaba. Su orgullo se
había hundido y sus deseos abrían viejas heridas. Mis manos
apretaban con fuerza sus brazos y la manejaba como si fuera sólo un
juguete. Estaba cansado de sus bofetadas, patadas y palabras
hirientes. Ella debió ver que mi paciencia estaba quedando
comprometida.
—¡Suéltame!—gritó entre jadeos.
Recogí su pelo, enredándolo en la
muñeca de mi brazo izquierdo, y tiré de ella. Esa fue la respuesta
a sus plegarias. Podía rezar, implorar y recurrir a todos sus
chantajes, pero no la ayudarían esta vez. Su sexo estaba húmedo y
caliente, apretaba con desesperación. Sus brazos temblaban, sus
manos se estiraban por la cama hacia el borde mientras apretaba las
sábanas, y sus caderas se movían ligeramente. No quería aceptar
que era mía.
—¡Arion! ¡Arion! ¡Déjame! ¡Hazlo!
¡Estás a tiempo!—noté que lloraba y su voz estaba quebrada—.
¡Si no paras te juro que jamás te lo perdonaré! ¡Me iré!
—¿Dónde?—pregunté tirando de
nuevo de su pelo, echando aún más hacia atrás su cabeza—.
Dime—susurré cerca del lado derecho de su cuello. Mi lengua se
paseó impunemente por su piel, dejando una ligera línea húmeda,
hasta su oreja que mordisqueé—. Hablas de dejarme, pero eres
incapaz. ¿Es eso lo que te duele?
—¡No soy tu puta! ¡Déjame!—gritó
revolviéndose, pero la sometí nuevamente con un nuevo ritmo
golpeando justo en la zona donde tenía uno de sus mayores puntos de
placer.
—No, eres mi esclava—susurré con
rabia.
Salí de ella para quitarme el resto de
prendas. Ella se encogió en la cama llorando. Me miraba con
desprecio y miedo. Sabía que si ejercía toda la violencia de la
cual era capaz la destrozaría, dejando de ella sólo un saco de
huesos con la piel amoratada. Si bien, jamás la golpearía hasta ese
extremo.
—¿Eso soy?—sólo tenía un hilo de
voz.
—Eso vas a ser si sigues rompiendo
las reglas, desobedeciéndome y tratándome como una colilla. Te
recordaré quién eres y nunca volverás a ser otra cosa—mis ojos
eran severos y eso, sin duda, era lo que más miedo le generaba.
Bajó temblorosa de la cama. Sus
piernas le fallaban y tenía los muslos empapados en sus propios
fluidos. Permití que viniese hasta mí y comenzara a lamer mi
miembro con deseo. Rodeó el glande con sus labios ligeramente finos,
se agarró a mis caderas y me miró sumisa. Su sexo masculino, aquel
pequeño pene, estaba duro y rozaba tímidamente su vientre.
No dudé en tomarla de ambos lados de
la cabeza y comenzar a penetrar su boca con rudeza, cosa que la hizo
temblar aún más. Pero no iba a quedar todo allí. No pretendía
llenar su boca de mi semilla y dar por zanjada aquella pelea. La
arrojé al suelo, de espaldas a mí, y la coloqué con los brazos en
la cama, así como parte de su torso, para penetrarla de nuevo. Sus
pequeños pechos rozaban las sábanas, sus pezones duros y cafés
temblaban contra el colchón, sus caderas, mucho más estrechas que
las de una mujer común, se movían y yo prácticamente la violaba.
No medía mi fuerza, ni tampoco el ritmo o la rabia que aún
contenía. Sólo la penetraba de forma brusca. Ella gemía echando la
cabeza hacia atrás, buscando encontrar mis ojos. Cuando logró
mirarme y que yo la mirara, después de varios intentos fallidos,
pude ver amor en ellos así como un impulso irresistible hacia mí.
Ella llegó a su orgasmo final, lo hizo
abriendo sus mandíbulas mientras gemía mi nombre. Yo levanté sus
caderas y penetré sus nalgas, embistiéndolas con fuerza,
permitiendo que mis testículos golpearan de forma drástica contra
sus redondos glúteos. El sonido seco de nuestros cuerpos fue lo
único que se escuchó por segundos, pero pronto vinieron nuevos
alaridos. Sobre todo, cuando me derramé en su interior y sintió
como la llenaba.
—Ponte el vestido—dije serio—.
Hazlo—ordené saliendo de ella.
—Sí, maestro—musitó.
Prácticamente no podía andar, sus
brazos flaqueaban tanto como sus piernas, pero logró ponerse el
vestido quedando recostada contra una de las paredes de la
habitación. Se veía deliciosa, muy apetecebile, con aquellos ojos
sumisos y esa presión de muñeca rota. Estaba derrotada. No tenía
armas. Sus palabras se habían vuelto en su contra. Toda la rabia se
disipó rápidamente convirtiéndose en humo de cigarrillo barato. El
ser que tenía frente a mí era la verdadera Petronia. Me acerqué a
ella y hundí mi sexo en sus labios.
Ella inició unos eróticos lengüetazos
en mi sensible glande, después los repartió por toda la extensión
hasta los testítulos. Besó mi vientre, acarició mis muslos y
nuevamente comenzó a estimular con su lengua cada trozo de mi pene.
Sequé con mis dedos las tímidas lágrimas que surgían de sus
tristes ojos, pasando estos por sus mejillas acaloradas y doloridas,
y luego bajé por su cuello. Aún había pequeñas huellas de mis
dedos. Estaba algo sudada, manchaba aquel magnífico traje, y pronto
lo mancharía aún más.
—De pie—nuevamente le ordené algo,
no fue una petición amable.
Mi pene palpitaba deseando sentir su
cálido y acogedor interior. Quería notar como apretaba como si me
ordeñara. Ella no tenía fuerzas para moverse, pues la había
aniquilado sin mucha dificultad. La agarré del brazo derecho y la
puse de pie. Ella me miró turbada, sin saber bien porqué hacía
aquello, y cuando la arrojé a la cama gimió. No fue un gemido de
dolor, sino de excitación.
Su espalda quedó completamente pegada
a las revueltas sábanas y su cabello, enredado, caía a ambos lados
de sus hombros. Me acerqué a ella notando que abría sus piernas y
levantaba ligeramente su vestido.
—¿Qué eres?—dije levantando un
poco más aquella tela vaporosa color champage.
—Tu esclava, tu mujer, tu hija...
tuya... —balbuceó excitada, pues sus pezones se marcaban y parecía
impaciente.
—Por ahora sólo mi esclava, es
posible que tarde demasiado tiempo en perdonarte el trato que me has
obsequiado todos estos años—aquel reproche la cruzó de arriba
hacia abajo, partiéndola en dos.
—Arion... —balbuceó.
—Dirígete a mí como
maestro—respondí secamente.
La penetré de nuevo arrancándole
nuevos gemidos. Ella quería revolverse nuevo, como si aquello
hubiese sido una estratagema para poder huir. No obstante, gemía
cada vez más alto. Acabó apoyada en mis hombros mientras buscaba
mis labios, pero no se los di. No la besaría, aunque fuese también
una tortura para mí. La sometía con un sexo violento que la hacía
sudar, destrozando su vestido nuevo, mientras yo gozaba pensando que
sin armas podría hablar con la mujer que amaba.
Al estallar de nuevo en ella, tras un
largo gemido que parecía haber dañado sus cuerdas vocales, me tumbé
a su lado rodeándola con mis brazos. Ella volvió a echarse a
llorar.
—Te desprecio—susurró—. Me has
violado... te desprecio...
—No—respondí diestro de nuevo—.
Te he recordado el placer que tanto evitas, el lado vulnerable que
pretendes negar y te he ofrecido la verdad.
—Te gusta verme así de débil para
controlarme—sentenció. Podría parecer eso, pero no era así.
—Es la única solución. No me dejas
otra alternativa.
—No quiero ser tu esclava, pero no
tengo remedio—sus manos estaban contra mi torso y las mías en su
cintura. Ella estaba hermosa con el cabello revuelto, los labios
rojos de apretarlos en tantas ocasiones y con su cuerpo agotado, casi
roto, por la violencia ofrecida. El traje se había roto, manchado y
arrugado. No importaba.
—Sólo deseo que recuerdes que me
debes obediencia y respeto. No porque sea tu amo, sino porque te
quiero demasiado. ¿No ves cuánto daño me haces golpeándome con
esa furia? ¿No aprecias el dolor de mi corazón cuando me golpeas?
Sólo lo comprendes cuando ejerzo mi dominio sobre ti.
Deseaba a la mujer que era. Una mujer
digna de respeto y admiración. Pero ella aún se veía como una
gorgona que debía convertir a todos en piedra, para luego
pulverizarlos y enviarlos lejos de cualquier momento feliz. Aún
cargaba la rabia de los primeros años de su vida. No sabía soltar
una espada, igual que cualquier gladiadora, pero no tenía porque
apuntarme a mí porque yo no era su enemigo.
—Maestro...—susurró.
—Arion—dije justo antes de besar su
frente.
Rápidamente quedó dormida, sin poder
siquiera pestañear. El resto de la noche la pasé encerrado en mi
despacho, lamentándome por todo. No podía quitarme las imágenes de
ella llorando por mi culpa. Sólo quería que dejara de reprocharme
actos contra ella que ni siquiera yo había cometido. Necesitaba a la
muchacha de sonrisa cándida, a la joven con deseos de superar sus
miedos y a la orfebre que creaba las joyas más fabulosas. Quería a
Petronia, no al monstruo que representaba.
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