Durante largos años he publicado varios trabajos originales, los cuales están bajo Derechos de Autor y diversas licencias en Internet, así que como es normal demandaré a todo aquel que publique algún contenido de mi blog sin mi permiso.
No sólo el contenido de las entradas es propio, sino también los laterales. Son poemas algo antiguos y desgraciadamente he tenido que tomar medidas en más de una ocasión.

Por favor, no hagan que me enfurezca y tenga que perseguirles.

Sobre el restante contenido son meros homenajes con los cuales no gano ni un céntimo. Sin embargo, también pido que no sean tomados de mi blog ya que es mi trabajo (o el de compañeros míos) para un fandom determinado (Crónicas Vampíricas y Brujas Mayfair)

Un saludo, Lestat de Lioncourt

ADVERTENCIA


Este lugar contiene novelas eróticas homosexuales y de terror psicológico, con otras de vampiros algo subidas de tono. Si no te gusta este tipo de literatura, por favor no sigas leyendo.

~La eternidad~ Según Lestat

miércoles, 10 de septiembre de 2014

Dos monstruos

Arion perdió la paciencia y Petronia no da crédito. Yo tampoco doy crédito. Quinn, el negro puede ser más peligroso que la torturadora habitual... ¡Huye! 


Lestat de Lioncourt 


Habían pasado algunas semanas desde la última vez que tratamos algún tema serio, lejos de los negocios y del mundo en el cual nos desenvolvíamos. Notaba un muro entre ambos, cada vez más grueso y alto, provocando que me preguntara qué estaba haciendo mal o si había llegado el fin para la relación. Nos necesitábamos, eso lo sabía, pero cada vez nos tolerábamos menos. Percibía en ella su apatía en cuanto la miraba, además estaba esquiva y solía vestir con prendas masculinas. Ella era para mí una mujer, la mujer que siempre había deseado tener entre mis brazos, y sabía que en lo profundo de su corazón no sólo vestía femenina para mí, sino para reconocerse a sí misma frente a un espejo. Nunca fue un monstruo, aunque muchos la tacharon de engendro. Siempre vi en ella un ser delicado deseando ser protegido, pero también a su vez deseaba demostrar que podía luchar con sus miedos, la rabia y el dolor, ella sola.

Durante varias horas estuve solo. Manfred se había marchado a un club nocturno para disfrutar de una partida de cartas ilegal. Él siempre ganaba. Era un vampiro, podía leer la mente y saber cuándo ir o no ir en las apuestas. No tenía nada de divertido, la verdad, pero desplumarlos parecía satisfacerlo. Ella se había marchado por algunos días, aunque siempre regresaba. Eran tan sólo unos días de descanso, pero para mí se convertían en miserables momentos en los cuales me percataba que algo se había roto en su interior.

Me había dedicado gran parte de la noche anterior a diseñar algunos camafeos. Sobre el papel parecían sin vida, sobre todo cuando sólo había garabateado con el carboncillo algunas líneas sueltas. Sin embargo, cuando pasaba a darles color para elegir el tipo de piedra y metal que llevarían. Era un trabajo laborioso, pero me agradaba hacerlo. Habitualmente Petronia no seguía patrones, pero a mí me maravillaba ver el trabajo imaginándolo en mis manos. Solía realizar broches, anillos y alguna pulsera. También era capaz de hacer botones, llaveros y diversos adornos para complementos como bolsos de cuero o pequeñas carteras. Trabajaba minuciosamente sin sentir cansancio, pero sí la soledad golpeando mi alma.

Cuando ya eran más de las doce escuché el timbre, los pasos rápidos de uno de nuestros sirvientes y la voz áspera, algo andrógina, de Petronia saludando y pidiendo que nadie la molestara. Sus pasos por la galería eran rápidos, hechos con sus zapatos favoritos, y posiblemente iba vestida de hombre. Sabía que no quería ser molestada, pero había algo que tenía que preguntar. Su lado masculino parecía cada vez más vivo, algo que nos iba separando, y ya no me preguntaba qué opinaba de algunos de sus negocios. Las reglas parecían haberse diluido como un terrón de azúcar en una taza de caliente café.

Me incorporé guardando las pinturas con cuidado, dejando los folios de los bocetos secándose y sacando, con aún más cuidado, un paquete de regalo de uno de los muebles que tenía en aquella habitación. Era mi despacho principal, no el taller. Solía pintar y dibujar en otro lugar, junto a ella, pero cuando no estaba me sentía demasiado vacío realizando algún trabajo sin su compañía. Por eso estaba allí, casi aislado de todo, pero cerca de uno de mis últimos obsequios.

Salí de la habitación dejando atrás la soledad, bien encerrada entre los tubos de pintura y las acuarelas, para acercarme a nuestra habitación. El pasillo parecía más largo que nunca, las columnas de mármol temblaban a pesar de su grosor y sentí pánico. Temía que no estuviese de humor. No quería encajar una bronca ni permitiría que se marchara de nuevo. Necesitaba retenerla. El palazzo era gigantesco cuando se encontraba fuera.

No llamé, pero ella me había escuchado. Se giró con los ojos fríos, una pose totalmente rígida y masculina. Frente a mí tenía un hombre cabello largo y trenzado, con un sombrero de ala ancha y un traje mil rayas negro. El corte era clásico, las solapas no eran excesivamente amplias, y poseía una corbata borgoña que realzaba la camisa de algodón blanco. El chaleco era ceñido, pero aún así no hallaba sus caderas. Su aspecto era muy varonil, sobre todo por el semblante oscuro que poseía su rostro.

—No estoy para soportar tus absurdos reproches—dijo modulando su voz. Tenía un tono aún más varonil y sus ojos parecían clavarse como dardos envenenados.

—Te traía un regalo—en mis manos llevaba aquel paquete, envuelto en violeta con un lazo blanco, que despreció con la mirada y ni siquiera se vio tentada a tomarlo—. Por favor, pensé que te gustaría.

—Te crees que puedes solucionar todo con regalos baratos—explicó.

—No me ha costado precisamente barato. Es uno de los diseños más codiciados y deseados de la semana de la moda de París de hace unos meses—comenté abriendo el envoltorio para que hiciese aparición un vaporoso y elegante traje color champage. Era un vestido de corte clásico, casi grecoromano, con un pronunciado escote que a pesar de todo no enseñaba ni un centímetro del pecho, y que tenía elegancia propia. Era de la diseñadora Elie Saab, marca de alta costura que posee unos detalles asombrosos en sus trajes y que ella solía desear nada más echarles un ligero vistazo—. Es uno de los vestidos de alta costura que tanto te gustan. Pensé que podrías ponértelo para mí, después iríamos a pasear y me contarías que estuviste haciendo.

—Me visto para mí, no para ti—comentó con una ligera sonrisa. Tenía sus facciones duras, muy marcadas, y parecía un hombre de negocios poderoso y pretencioso. Quería agarrar aquella chaqueta y tirarla al suelo, buscar a la mujer que había tras aquella pose. No quería siquiera pensar que estaba perdiéndola en un mar de dudas, mentiras e hipócritas momentos vividos. Debía encontrarla antes que se alejara del todo—. Si quiero pasear puedo ir sola—sentenció cruzándose de brazos, y eso denotó tensión—. Y por último, Arion, no tengo porque contarte lo que hago o dejo de hacer—se giró dándome la espalda para evitar cruzar sus ojos con los míos, como muestra de desprecio absoluto—. Ahora vete, no quiero soportar tu presencia ni un segundo.

—Estoy harto de tu comportamiento—me exasperé. Admito que jamás se había comportado conmigo en privado de ese modo. Era como si estuviese allí, aunque sin ser ella. Sólo era un envoltorio similar.

—¿Cuál?—dijo alzando la cabeza de forma altiva, girándola suavemente hacia mí, para mirarme de soslayo. Parecía dispuesta a comenzar una guerra.

—Desde hace algunos años te estás desviando, alejándome como si fuera un leproso y comportándote de una forma que...

—¿De qué forma?—preguntó dándose la vuelta—. Dímelo.

—Tú no eres así—respondí observando como daba un par de pasos hacia mí, dejando que el sonido de sus mocasines sobre el mármol recién pulido taladrara mi cerebro. Odiaba esa pose que tenía. Detestaba verla convertida en una déspota—. ¿Qué sucede? ¿Por qué finges ser dura e imposible? ¿Quién te ha hecho daño?

Se echó a reír. Esa fue su primera respuesta. Sentí que todos mis sentimientos eran tomados como una broma. Había guardado cada recuerdo con cuidado en los diversos recovecos de mi alma, pero ella parecía haberlos encontrado para romperlos en mil pedazos. La mujer que tenía frente a mí no era quien yo amaba, se había envuelto en odio y cinismo. Ni siquiera sabía cuándo había sucedido.

—Tú me hieres con tu estupidez—reprochó.

—Ponte ese vestido, Petronia, estás en mi palazzo y he decidido que lo harás—me había molestado su actitud, herido sus palabras y hartado su forma de mirarme. Impondría de nuevo mi respeto, aunque fuera por la fuerza. Estaba comportándose como una ingrata, sin tener en cuenta mis sentimientos o cualquiera de mis deseos. Yo siempre pensaba en ella, en su bienestar, pero ella parecía centrarse únicamente en su venganza, fuese cual fuese.

—¿Quién te crees que eres para obligarme como si fuera una niña?—contestó colando sus manos en los bolsillos de su elegante pantalón.

—Tu maestro—respondí de inmediato.

—Oblígame—sonrió con cierta suspicacia, como si ese reto no fuera conmigo. Creía que nunca me comportaría violento, ni ejercería mi poder sobre ella. Sin embargo, ni siquiera yo sabía hasta donde podía llegar mi paciencia. Pero, por supuesto, en ese momento terminó rompiéndose debido al desgaste.

Dejé la caja a un lado, tirándola con algo de violencia al suelo, pero al tomarla a ella, por la solpaba de su chaqueta, ejercí una fuerza que la sorprendió. Rompí aquella prenda con una facilidad inverosímil. Era como si no me importara molestarla.

—¡Pero qué haces!—gritó intentando abofetearme, pero esquivé sus manos.

—¡Obligarte!—dije alzando la voz aún más que ella.

—¡Bastardo hijo de puta!—decía mientras el chaleco se convertía en jirones, los botones de la camisa estallaban, los gemelos de diamantes tintineaban en el suelo, la corbata se convertía en un pañuelo arrugado, los pantalones caían como si fuesen panfletos de papel barato, los zapatos cedieron sin desatar ni uno de sus cordones y con ellos los calcetines. Pronto sus pechos quedaron al descubierto, al igual que sus sexos y la rabia que cubría con la frialdad de su mirada—. ¡Cómo te atreves! ¡Cómo!

Por primera vez, y no me siento orgulloso de ello, la abofeteé con tal fuerza que cayó sobre la cama. Había convertido todo mi amor, la fuerza de mi paciencia, el deseo de tenerla a mi lado en un sentimiento de rabia contaminado con dolor y amargura. Su mejilla se coloreó, pero rápidamente volvió a tener su color pálido habitual. Me miró incrédula, pero no sumisa. Estaba a punto de golpearme cuando la agarré de las muñecas con una sola mano.

—Ni te atrevas a tocarme. Ya estoy cansado de tus golpes, malas palabras y desprecios. Estoy cansado de lidiar con esa coraza que cargas, de aceptar el golpe certero de tus reproches y, sobre todo, estoy harto de tu desprecio—dije con un tono de voz áspero.

Ella se retorcía bajo mi cuerpo, como si fuera la cola desprendida de una lagartija. Intentaba librarse de aquella guerra que ella misma había buscado. Pero entonces, como si fuera una revelación, la besé. Una lágrima se desprendió de mi ojo derecho, bañando mi mejilla y salpicando la comisura de sus labios. No dejó de patalear, pues quería librarse de mí, pero sus intentos de huida parecían haberse serenado por unos segundos.

Cuando me aparté la miré, con el pelo aún trenzado y el rostro bañado en rabia, y noté que ella también me miró inspeccionándome. Estiré mi zurda, pues la diestra seguía agarrándola por encima de la cabeza, para soltar su larga melena negra. Las sábanas eran blancas, casi se camuflaban con la belleza de su piel clara, provocando que su pelo pareciera un río de negra lava. Tenía los ojos brillantes, como si estuviera a punto de llorar, pero sólo salía maldiciones en nuestra vieja lengua.

Me incliné hacia ella, observando cada rasgo de su rostro. Tenía una expresión que me incitaba a destrozarla, arrancando cada mala palabra y sentimiento trágico, para dejarla en un esqueleto de débil alambre. Quería ver su alma de nuevo desnuda, sometida al placer y al poder que yo aún tenía sobre ella. Poder que ella se negaba reiteradamente a aceptar por miedo, pues sabía que quedaría subyugada a mis deseos y no a los suyos.

—Me excita verte así, doblegada ante mi poder—susurré cerca de una de sus orejas. Siempre me habían fascinado por pequeñas y pegadas a la cabeza. Se perdían ligeramente entre sus cabellos, pero cuando las adornaba con los pendientes que yo hacía, algunos creados específicamente para alguno de sus vestidos, parecían llamarme provocativamente para lamer su lóbulo, mordisquear cada milímetro de su piel y susurrarle palabras sucias que condenarían a ambos al infierno—. ¿Recuerdas cuando tuve que dominarte?—mi frío aliento rozó su cuello mientras mis labios iban llenándola de besos—. Aprendiste, no olvidaste esa lección durante muchos siglos. ¿Qué tal si lo hago de nuevo?

—¡No te atreverás!—dijo retomando sus fuerzas. Volvía a moverse con una fuerza descomunal, intentando apartarme, pero lo único que logró fue soltarse y arañarme.

De inmediato reaccioné. No me siento orgulloso en absoluto, pero lo hice. La abofeteé de nuevo y la giré. Pudo sentir la hebilla de mi correa, de aquel metal frío y plateado, en su coxis que sobresalía, como parte de los huesos de su columna vertebral, debido a su extrema delgadez. Quería girarse, pero no pudo. Se vio agarrada por mi mano izquierda, presionando su garganta, haciendo que ella buscara liberarse de esos dedos y no de mí por completo. Con la otra, libre de sus arañazos y golpes, bajé la cremallera.

—Quiero recuperar a la mujer que amo, no al engendro que cree que debe ser—intenté por última vez que reaccionara, pero parecía causa perdida. Seguía revolviéndose—. Deja esa coraza de una vez, Petronia, este juego nos lastima a ambos.

—¡Soy como quiero ser!—gritó furiosa, aunque algo ahogada.

—¿Y por qué no eres feliz?—pregunté.

Ella no respondió nada. Mi glande rozó la entrada de sus glúteos mientras todo su cuerpo, desde la punta de cada mechón de pelo hasta los dedos de sus pies, se tensó. Después, con cierto deseo, me rocé en su vagina. Estaba algo húmeda, caliente y necesitada de mis atenciones. La mano que agarraba su garganta se apartó y acabó tomándola por la cintura.

—¿Ese silencio cómo debo tomarlo?—susurré corriendo su pelo con la derecha, para luego volver a dirigir mi sexo en su interior.

Su vagina era mucho más estrecha y pequeña que una común. Al ser hermafrodita no tenía desarrollado por completo ambos géneros. Poseía un pequeño clítoris que se estimulaba con facilidad, un orificio pequeño con diminutos pliegues, pero que una vez ensanchado podía albergar mi miembro de cierto grosor y tamaño. Ella solía gritar de dolor, pero aquella vez lo hizo de rabia, dolor y sin esperanza alguna. De nuevo, como si le fuese la vida en ello, intentó girarse para detenerme, pero tras la primera envestida sus ojos se quedaron en blanco mientras gemía.

Conocía cada misterio de su cuerpo, comprendía su necesidad y adoraba sentir como su rabia se consumía. Me quedé dentro de ella quitándome la simple camiseta blanca que llevaba. Aquella noche no era un hombre de negocios, sino un artista con un atuendo sencillo. Mis pantalones quedaron en su sitio, pero no la parte de arriba de mis prendas. Necesitaba sentir su piel, aunque sólo fuera su espalda contra mi torso. Mis caderas se movían suavemente y ella me maldecía, pero estaba siendo coaccionada por su necesidad. Sin embargo, quiso revelarse empujándome para huir. No lo logró. Volví a empujarla contra el colchón y las embestidas suaves acabaron.

Sus piernas se abrieron a la fuerza y mis penetraciones eran bruscas. Ella gemía y chillaba. Su orgullo se había hundido y sus deseos abrían viejas heridas. Mis manos apretaban con fuerza sus brazos y la manejaba como si fuera sólo un juguete. Estaba cansado de sus bofetadas, patadas y palabras hirientes. Ella debió ver que mi paciencia estaba quedando comprometida.

—¡Suéltame!—gritó entre jadeos.

Recogí su pelo, enredándolo en la muñeca de mi brazo izquierdo, y tiré de ella. Esa fue la respuesta a sus plegarias. Podía rezar, implorar y recurrir a todos sus chantajes, pero no la ayudarían esta vez. Su sexo estaba húmedo y caliente, apretaba con desesperación. Sus brazos temblaban, sus manos se estiraban por la cama hacia el borde mientras apretaba las sábanas, y sus caderas se movían ligeramente. No quería aceptar que era mía.

—¡Arion! ¡Arion! ¡Déjame! ¡Hazlo! ¡Estás a tiempo!—noté que lloraba y su voz estaba quebrada—. ¡Si no paras te juro que jamás te lo perdonaré! ¡Me iré!

—¿Dónde?—pregunté tirando de nuevo de su pelo, echando aún más hacia atrás su cabeza—. Dime—susurré cerca del lado derecho de su cuello. Mi lengua se paseó impunemente por su piel, dejando una ligera línea húmeda, hasta su oreja que mordisqueé—. Hablas de dejarme, pero eres incapaz. ¿Es eso lo que te duele?

—¡No soy tu puta! ¡Déjame!—gritó revolviéndose, pero la sometí nuevamente con un nuevo ritmo golpeando justo en la zona donde tenía uno de sus mayores puntos de placer.

—No, eres mi esclava—susurré con rabia.

Salí de ella para quitarme el resto de prendas. Ella se encogió en la cama llorando. Me miraba con desprecio y miedo. Sabía que si ejercía toda la violencia de la cual era capaz la destrozaría, dejando de ella sólo un saco de huesos con la piel amoratada. Si bien, jamás la golpearía hasta ese extremo.

—¿Eso soy?—sólo tenía un hilo de voz.

—Eso vas a ser si sigues rompiendo las reglas, desobedeciéndome y tratándome como una colilla. Te recordaré quién eres y nunca volverás a ser otra cosa—mis ojos eran severos y eso, sin duda, era lo que más miedo le generaba.

Bajó temblorosa de la cama. Sus piernas le fallaban y tenía los muslos empapados en sus propios fluidos. Permití que viniese hasta mí y comenzara a lamer mi miembro con deseo. Rodeó el glande con sus labios ligeramente finos, se agarró a mis caderas y me miró sumisa. Su sexo masculino, aquel pequeño pene, estaba duro y rozaba tímidamente su vientre.

No dudé en tomarla de ambos lados de la cabeza y comenzar a penetrar su boca con rudeza, cosa que la hizo temblar aún más. Pero no iba a quedar todo allí. No pretendía llenar su boca de mi semilla y dar por zanjada aquella pelea. La arrojé al suelo, de espaldas a mí, y la coloqué con los brazos en la cama, así como parte de su torso, para penetrarla de nuevo. Sus pequeños pechos rozaban las sábanas, sus pezones duros y cafés temblaban contra el colchón, sus caderas, mucho más estrechas que las de una mujer común, se movían y yo prácticamente la violaba. No medía mi fuerza, ni tampoco el ritmo o la rabia que aún contenía. Sólo la penetraba de forma brusca. Ella gemía echando la cabeza hacia atrás, buscando encontrar mis ojos. Cuando logró mirarme y que yo la mirara, después de varios intentos fallidos, pude ver amor en ellos así como un impulso irresistible hacia mí.

Ella llegó a su orgasmo final, lo hizo abriendo sus mandíbulas mientras gemía mi nombre. Yo levanté sus caderas y penetré sus nalgas, embistiéndolas con fuerza, permitiendo que mis testículos golpearan de forma drástica contra sus redondos glúteos. El sonido seco de nuestros cuerpos fue lo único que se escuchó por segundos, pero pronto vinieron nuevos alaridos. Sobre todo, cuando me derramé en su interior y sintió como la llenaba.

—Ponte el vestido—dije serio—. Hazlo—ordené saliendo de ella.

—Sí, maestro—musitó.

Prácticamente no podía andar, sus brazos flaqueaban tanto como sus piernas, pero logró ponerse el vestido quedando recostada contra una de las paredes de la habitación. Se veía deliciosa, muy apetecebile, con aquellos ojos sumisos y esa presión de muñeca rota. Estaba derrotada. No tenía armas. Sus palabras se habían vuelto en su contra. Toda la rabia se disipó rápidamente convirtiéndose en humo de cigarrillo barato. El ser que tenía frente a mí era la verdadera Petronia. Me acerqué a ella y hundí mi sexo en sus labios.

Ella inició unos eróticos lengüetazos en mi sensible glande, después los repartió por toda la extensión hasta los testítulos. Besó mi vientre, acarició mis muslos y nuevamente comenzó a estimular con su lengua cada trozo de mi pene. Sequé con mis dedos las tímidas lágrimas que surgían de sus tristes ojos, pasando estos por sus mejillas acaloradas y doloridas, y luego bajé por su cuello. Aún había pequeñas huellas de mis dedos. Estaba algo sudada, manchaba aquel magnífico traje, y pronto lo mancharía aún más.

—De pie—nuevamente le ordené algo, no fue una petición amable.

Mi pene palpitaba deseando sentir su cálido y acogedor interior. Quería notar como apretaba como si me ordeñara. Ella no tenía fuerzas para moverse, pues la había aniquilado sin mucha dificultad. La agarré del brazo derecho y la puse de pie. Ella me miró turbada, sin saber bien porqué hacía aquello, y cuando la arrojé a la cama gimió. No fue un gemido de dolor, sino de excitación.

Su espalda quedó completamente pegada a las revueltas sábanas y su cabello, enredado, caía a ambos lados de sus hombros. Me acerqué a ella notando que abría sus piernas y levantaba ligeramente su vestido.

—¿Qué eres?—dije levantando un poco más aquella tela vaporosa color champage.

—Tu esclava, tu mujer, tu hija... tuya... —balbuceó excitada, pues sus pezones se marcaban y parecía impaciente.

—Por ahora sólo mi esclava, es posible que tarde demasiado tiempo en perdonarte el trato que me has obsequiado todos estos años—aquel reproche la cruzó de arriba hacia abajo, partiéndola en dos.

—Arion... —balbuceó.

—Dirígete a mí como maestro—respondí secamente.

La penetré de nuevo arrancándole nuevos gemidos. Ella quería revolverse nuevo, como si aquello hubiese sido una estratagema para poder huir. No obstante, gemía cada vez más alto. Acabó apoyada en mis hombros mientras buscaba mis labios, pero no se los di. No la besaría, aunque fuese también una tortura para mí. La sometía con un sexo violento que la hacía sudar, destrozando su vestido nuevo, mientras yo gozaba pensando que sin armas podría hablar con la mujer que amaba.

Al estallar de nuevo en ella, tras un largo gemido que parecía haber dañado sus cuerdas vocales, me tumbé a su lado rodeándola con mis brazos. Ella volvió a echarse a llorar.

—Te desprecio—susurró—. Me has violado... te desprecio...

—No—respondí diestro de nuevo—. Te he recordado el placer que tanto evitas, el lado vulnerable que pretendes negar y te he ofrecido la verdad.

—Te gusta verme así de débil para controlarme—sentenció. Podría parecer eso, pero no era así.

—Es la única solución. No me dejas otra alternativa.

—No quiero ser tu esclava, pero no tengo remedio—sus manos estaban contra mi torso y las mías en su cintura. Ella estaba hermosa con el cabello revuelto, los labios rojos de apretarlos en tantas ocasiones y con su cuerpo agotado, casi roto, por la violencia ofrecida. El traje se había roto, manchado y arrugado. No importaba.

—Sólo deseo que recuerdes que me debes obediencia y respeto. No porque sea tu amo, sino porque te quiero demasiado. ¿No ves cuánto daño me haces golpeándome con esa furia? ¿No aprecias el dolor de mi corazón cuando me golpeas? Sólo lo comprendes cuando ejerzo mi dominio sobre ti.

Deseaba a la mujer que era. Una mujer digna de respeto y admiración. Pero ella aún se veía como una gorgona que debía convertir a todos en piedra, para luego pulverizarlos y enviarlos lejos de cualquier momento feliz. Aún cargaba la rabia de los primeros años de su vida. No sabía soltar una espada, igual que cualquier gladiadora, pero no tenía porque apuntarme a mí porque yo no era su enemigo.

—Maestro...—susurró.

—Arion—dije justo antes de besar su frente.


Rápidamente quedó dormida, sin poder siquiera pestañear. El resto de la noche la pasé encerrado en mi despacho, lamentándome por todo. No podía quitarme las imágenes de ella llorando por mi culpa. Sólo quería que dejara de reprocharme actos contra ella que ni siquiera yo había cometido. Necesitaba a la muchacha de sonrisa cándida, a la joven con deseos de superar sus miedos y a la orfebre que creaba las joyas más fabulosas. Quería a Petronia, no al monstruo que representaba.  

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Gracias por su lectura

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Lestat de Lioncourt