Durante largos años he publicado varios trabajos originales, los cuales están bajo Derechos de Autor y diversas licencias en Internet, así que como es normal demandaré a todo aquel que publique algún contenido de mi blog sin mi permiso.
No sólo el contenido de las entradas es propio, sino también los laterales. Son poemas algo antiguos y desgraciadamente he tenido que tomar medidas en más de una ocasión.

Por favor, no hagan que me enfurezca y tenga que perseguirles.

Sobre el restante contenido son meros homenajes con los cuales no gano ni un céntimo. Sin embargo, también pido que no sean tomados de mi blog ya que es mi trabajo (o el de compañeros míos) para un fandom determinado (Crónicas Vampíricas y Brujas Mayfair)

Un saludo, Lestat de Lioncourt

ADVERTENCIA


Este lugar contiene novelas eróticas homosexuales y de terror psicológico, con otras de vampiros algo subidas de tono. Si no te gusta este tipo de literatura, por favor no sigas leyendo.

~La eternidad~ Según Lestat

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sábado, 29 de octubre de 2011

Tears for you - Capítulo 12+1 - El baile de los malditos (parte III)



Imagen dedicada a mi dulce musa.
También quiero dedicar este tema a todos los que léis este blog.
Espero que os guste D, es uno de los personajes a los cuales más cariño tengo. Un hombre que sabe sacar partido a su "pequeño problema" y lo gasta a su favor. Un ángel con todas las de la ley. Un ángel gato algo cruel y muy sensual.
Marisol, sé que lo amas... disfrútalo.





El señor Sakurai se veía radiante, incluso hacía que todos nos fijáramos más en él que en mi hermano. Parecía un hombre completamente distinto lejos de la seriedad rigurosa que siempre había mostrado. Sabía que era un hombre adicto al espectáculo, que las actuaciones que realizaba eran como una poderosa máscara olvidando cualquier dolor. Sin embargo, podía ver en sus ojos que realmente estaba disfrutando y brillando con luz propia.

Pronto vi como soltó un potente silbido y como mi hermano dejaba de atender a su joven amante, y aún con este a su lado comenzó a tocar. Aquel hombre oscuro, pero de ojos cálidos y sonrisa algo entrañable, comenzó a cantar provocando que mi sobrino Sho chillara inesperadamente. Sabía cuánto amaba la voz de aquel misterioso personaje, el cual parecía salido de las mismísimas entrañas del infierno para cautivar a todo aquel que quisiera.

Sakurai tenía una carrera brillante en solitario, como cantante, y también era vocalista de una banda que se había reunido tras más de veinte años. Un hombre que hasta hacía poco era un serio oponente político, de mente cuadrada y de aspecto temible, había roto todos los esquemas y complejos para volver a ser esa pantera negra de regreso a su sensualidad, libertad y personalidad más extrema.

Kamijo deslizaba sus dedos en una alegre melodía, sin dejar de ser algo tétrica. Spider había conectado el equipo de música, para introducir los efectos necesarios para la actuación. Bou corrió a cambiar la intensidad de la luz, mientras Yuki lo vigilaba atentamente de forma paternal y con cierto deseo contenido en su mirada.

Aquel piano sonaba tan dulce, pero la voz con matices oscuros del señor Sakurai era tan intensa que producía escalofríos. Era una canción de aspecto de cabaret infernal con una pizca de melancolía. Como si proviniera de otro mundo para seres que jamás conocerían su significado, pero sin embargo la amarían como si formara parte de su vida y de su alma.

“¿Qué eres? ¿Quién eres? ¿Qué pretendes?
Has venido a visitarme, como si fueras la propia muerte.
Vistes muy elegante, demasiado atrevido.
Tienes buen gusto, tu aroma es agradable...
¡Eh! ¡Tenshi! ¿Bailas conmigo?
“Soy un Dios que ha venido para susurrarte “I love You”
sin embargo, me he parado para saludar.”
¿Qué eres? ¿Quién eres? ¿Qué buscas?
Has venido cual gato, deslizándote con sensualidad.
Hoy es una noche demasiado mágica,
no nos quedemos aquí parados y viajemos por la ciudad.
No quiero dejar de mover mis pies, por favor.
¡Una rapsodia a ritmo de tango!
“Soy un Dios que ha venido para gritarte “I hate You”
y si bien, me tienes aquí rogando a tus pies”
¿Qué eres? ¿Quién eres? ¿Qué deseas?
Mi alma será tuya cuando muera la última estrella,
tal vez sea antes de este rojo amanecer.
Pero por favor, se rápido y trátala bien.
“Shinimagi, I need You”
Por y para siempre, las preguntas danzarán en el ocaso.”


Eché un ojo a mi alrededor y no dudé en sonreír al comprobar como algunos terminaron bailando. Sho estaba bastante sonrojado dejándose acompañar por aquel individuo que no lo graba reconocer, por mucho que me esforzaba el disfraz era demasiado imponente y extraño.

Lionel se negaba mil veces a la invitación de su acompañante. Él era Yasu, uno de la vieja guardia que tenía Juka y que en esos momentos sentía tanto desprecio hacia su ex-jefe que deseaba torturarlo.

Spider brincaba alrededor de Yuki, el cual hacía tomado en brazos a Bou intentando bailar con él sin pisarlo. Los niños seguían el ritmo de mi pequeño sobrino, niño para siempre a mis ojos, y también de las palmas de Soma que reía sin poder evitarlo.

Hiroshi sólo fumaba en una esquina contemplando a todos, como hacíamos Kurou y yo. Mi hermoso gigante tenía el aspecto de un niño en un mundo de fantasía, jamás había escuchado un ritmo tan cercano al blues y a la vez tan cargado de rock. Era una mezcla de sensaciones, de emociones. Sonaba a viejo rock, ese que surgió de las entrañas del rock.

De todos los asistentes eché de menos a D, como si se hubiera desvanecido cual fantasma. En ese momento noté como faltaban algunos, como mi sobrino que comentó que vendría y otros que dijeron que sería imposible asistir. Suspiré pesado, ya que faltaba parte de mi felicidad en ese salón.

-Falta Yura.-dije apoyándome en el torso de mi esposo.-Debió venir.

-Y ese amigo orejudo tuyo.-añadió con cierta rabia.

-Paulo seguro que no quiso venir por su pequeña, aunque fíjate Celeste sonríe escuchando la melodía.

-Mejor para mi úlcera.

Hice como si no le escuchara, tan sólo me desaparecí subiendo hacia la estancia donde se encontraba la habitación de Celeste. La pequeña me despertaba ternura, aunque no paraba de sentirme despreciable al tener ese sentimiento de paz al saber que su madre no molestaría más. Nunca me parecí la adecuada para Kamijo e incluso él lo había dicho, hacía años que no era tan feliz como en esos momentos.

Al abrir la puerta me encontré a Chris mirando por la cristalera. Estaba vestido de pirata y realmente parecía sacado de otro cuento, tal vez del poema de Espronceda. Tenía a su hijo en brazos dormido, su piel clara contrastaba con la suya tan tostada.

-Pensé que no vendrías, Kamijo dijo que ni tú, ni Brandon y tampoco Mario estabais de humor.-comenté parado en mitad de aquella habitación.

-Yura me prometió que vendría y deseaba hacer que sonriera, en los últimos meses me ha ayudado a cuidar a mi hijo.-murmuró sin apartar la vista de la luna llena que se alzaba en aquel cielo algo encapotado.-Pero no ha venido, tal vez en un rato aparezca.-sonrió de forma dulce.-Es femenino incluso de ese modo, se hace desear.

-Echas de menos a una mujer en tu vida y ya hasta deliras.-comenté dejando a la pequeña en una de las cunas.-Aunque él es muy femenino.

-Renata me abandonó, después de todo lo que habíamos vivido. No tuvo piedad ni corazón para dejarme en busca de aventuras, romances de una noche y estúpidos sueños de niña de instituto.-dijo algo rabioso.-Debió quedarse aunque fuera únicamente por él.

-Tiene a su tito Yura para ser su imagen femenina.-intentaba destensar el ambiente, pero únicamente logré que me mirara cansado.-Lo siento.-añadí.

Se movió como un gato entre aquella media luz provocaba por la luminosidad de la ciudad, puesto que ni había dado al interruptor. Era como una visión, que abandonaba el niño junto a una cuna cercana a la de Celeste, para quedar frente a mí.

-En unos años, no muchos, tendré cincuenta años.-dijo algo abatido.-Yura es como una hija, aunque sea un hombre.

-Sí, es femenino y cruel como toda chica de su edad.-rió mi comentario, al fin se mostraba pendiente de bromas pequeñas entorno al carácter extraño de mi querido Yura.-¿Necesitas algo?

-Yo no soy quién está peor en este asunto.-murmuró.-Mario debería ser tu mayor preocupación.

-¿Sigue sin poder ver a su hijo?-pregunté agotado por esa historia, siempre que escuchaba algo sobre ella me producía una rabia inmensa.

Tiempo atrás hubiera jurado que Megumi era la mujer perfecta para Mario. Una de esas mujeres explosivas, algo adicta a las compras como único defecto, pero extremadamente dulce y comprensiva. Si bien, en esos momentos comprendí las palabras que alguna vez oí sobre ella. Conocía la rivalidad de Megumi con Daichi, o mejor dicho la de él con aquella ambición rubia. Detestaba a esa mujer con todas sus fuerzas, y desde hacía unos meses no era el único.

-Lamento molestar.-comentó Daichi entrando en la estancia.-Me escapé de la fiesta justo cuando empezó a sonar la música, Daisuke se agita demasiado, y bueno me costado que se durmiera.-dijo con una dulce sonrisa mientras miraba al pequeño.-¿Quedan cunas?

-Puedes tumbarlo con el mío.-dijo Chris.-No se mueve demasiado al dormir y la cuna es grande.

-Perfecto.-añadió.-Por cierto.-se giró hacia Chris contemplándolo con cierta sensualidad, lo pude notar puesto que la luz de la ventana dio directamente en él, iluminándolo como si fuera un foco de una atracción cirquense.-luces delicioso para tener prácticamente cincuenta años.-parpadeó un par de segundos.-Además, tienes ese toque erótico de viejo policía venido a menos... corrupto por un amor imposible hacia una niñata desagradecida.-se giró para contonearse hasta dejar al pequeño en la cuna junto al de nuestro pirata particular.

-Bueno, yo sobro aquí.-dije escabulléndose para llegar hacia el hall, de forma precipitada, y ver allí parado a Yura vestido como una novia cadáver.

Se veía impresionante con ese enorme y hermoso recogido, lleno de calaveras y mariposas negras. Sus ojos de colores distintos, uno azul y otro verde, junto a su piel de porcelana y su hermoso traje blanco, me hicieron suspirar lleno de orgullo y felicidad. Había venido más hermoso que nunca, aunque vistiera como un zombie a punto de atacar a su esposo justo en el altar después del “sí quiero”.

-Espero mi momento, no digas nada.-comentó señalándome con su abanico blanco envejecido para la ocasión.-¿Chris vino?

-Está arriba con la mantis felina.-contesté dejándolo algo confuso.-Digo, está arriba con Daichi conversando o tal vez fornicando.-intentó no reír ante mi comentario, por eso se tapó la boca pero una fuerte risotada se escapó.

-¡Primo!-escuché a Spider en la puerta del salón corriendo hacia él.-¡Primo! ¡Primo! ¡Estás muy guapo!-gritó a pleno pulmón.-¡Te dejó bonito Sho!

-El maquillaje lo hice yo, no él.-comentó intentando buscar un pequeño aplauso por su paciencia ante el espejo.-Pero sí, el estúpido de tu hermano diseña demasiado bien.-se inclinó para que rozara su nariz con la suya.-¿De qué vas bonito?

-Fantasma de un idiota que se enamoró de una bruja, y esta le comió el corazón convirtiéndolo en piruleta. Por eso voy ahora por todas las casas pidiendo golosinas.-le miró fijamente para luego palparse los labios.-¿Tienes golosinas?

-Tengo calaveras en casa, pero te las daré mañana cuando quedemos para tomar té y galletas recién hechas.-dijo tocando su nariz.-Te ves hermoso, tu hermano no me quería mostrar tu ropa.-murmuró.-El muy idiota jamás me quiere dejar ver sus trabajos, es un estúpido.

-Tengo orejas, dos.-intervino mi sobrino Sho, detrás de él aquel joven riendo bajo bastante divertido.-Dos hermosas orejas por las cuales escucho como me llamas estúpido.

-No peleen, vayamos a la fiesta a disfrutar que Hiroshi no acabó con el alcohol y Spider aún no tomó todos los dulces.-dijo aquel hombre balanceándose.-¡Sí! ¡Contemos historias de terror! Mientras meto mano a Sho en lo oscuro.-aquel comentario volvió de color rojo a mi sobrino, justo antes de carraspear.

-Os presento a Anis.-dijo antes de girarse apartando los cabellos que caían sobre su rostro.

Reconocí el nombre y la cara, era sin duda el otro hombre de confianza de Juka. Ahora, era el profesor de pintura de Sho, Spider y Bou. Se dedicaba a cuidarlos junto a Yuki, como si no pudieran valerse los tres por sí mismos.

-Con razón mi sobrino atiende tanto en clase.-eché a caminar para quedar a su lado, frente a ellos.-Eres un sexy profesor de dibujo.-murmuré antes de guiñar un ojo.-¿Haces también desnudos? Si hay clase de desnudo quiero estar presente, pero únicamente si es el profesor el objeto a pintar.

-Yoshiki.-murmuró Kurou apareciendo de la nada, también en la puerta del salón hacia el hall.

-Era una broma, amor.-me apresuré a decir.-Sabes que el único que posaría desnudo soy yo y ante ti, pero claro eres un pintor tan tímido que no serías capaz de dar un brochazo. Además, esa timidez provocaría violación instantánea del modelo al artista.-me encogí de hombros antes de pellizcar una de sus sonrojadas mejillas.-Una pena, porque después de pintarme te permitiría cualquier fetiche que cruzara por tu dulce y pervertida mente.

Escuché gemidos, unos intensos gemidos, que surgían del piso superior. Todos salieron al hall, escuchando atentamente, como desde el despacho de Kamijo había gritos desgarrados de placer. Reconocí esa voz de diva de la ópera que poseía Daichi, prácticamente de ángel, y esos gruñidos no podían ser de nadie más que de Chris.

-¡D es de papá!-gritó Ryutaro comenzando a llorar.

Aparentemente, Jun siempre se llevaba mal con Ryutaro, como si fueran réplicas perfectas de sus padres, sin embargo en ese momento el pequeño Sakurai besó la mejilla de su oponente. Terminó abrazado a él, provocando que se calmara extrañamente. El señor Sakurai revolvió el cabello de su hijo pequeño, porque eso era para él más que un sobrino, mientras que Kamijo pedía orden a todos para terminar regresándonos al salón.

miércoles, 28 de septiembre de 2011

Tears for you - Capítulo 5 - Reuniones de negocios (Parte VIII)





-Vamos, te daré algo especial hoy.-me estrechó con un egoísmo tan infantil como sus celos.

-¿Qué me darás?-murmuró cerca de mi oído.-Dime, me he portado bien ¿qué me darás?

-Te daré un juguete para que te diviertas.-dije llevando una de mis manos a su rostro, acariciándolo, sin dejar la otra mano de estar aferrada a la cuna.

Nos marchamos sin despedirnos, pero al pasar por la entrada y girar mi rostro hacia el fondo del gran salón sentí nostalgia. La sensual y extraña figura de Christian entonaba una melodramática canción mientras un puro se acababa en sus labios. Un hombre de su edad no debería estar solo, sobretodo uno que había visto los infiernos tan de cerca.

Christian se enamoró de una insolente, aunque durante años la aprecié. Ella era como una hija para Kamijo, a pesar que sólo se diferenciaban algo más de una década. Caprichosa, egocéntrica y tan estúpida que no supe jamás porque decía que quería emular a Rose. Rose era divertida y jamás pidió a su esposo algo más allá de unas rosas frescas siempre cerca de su cama, allí donde jamás quiso compadecerse de sí misma y de ese cáncer que acabó destruyéndola.

Él fue un capricho, pero su corazón seguía latiendo por ella. Y lo único que le quedó de todo aquello fue una carrera de detective malograda y un niño pequeño que gritaba cada noche en su cuna. Ni siquiera había sido capaz de cuidar a su amante, menos a su hijo. Un hombre de cuarenta y pocos años, de un aspecto algo juvenil y de mirada seductora, no estaría solo mucho tiempo, o eso es lo que deseaba pensar en ese momento y aún hoy lo creo a pies puntillas. Gente como él, tan valiosa y noble, no suele estar lejos de encontrar el camino a la auténtica felicidad.

-Vamos Yosh.-dijo Kuroy tomándome de la cintura, pegándome a él para llevarme a la puerta y marcharnos ya a casa.-¿A qué esperas?

-Los ángeles a veces tienen formas curiosas ¿no crees?-susurré antes de girarme hacia él para besar su mejilla.-Un día tendré la paciencia necesaria para enseñarte a tocar el piano.

Caminamos hacia el coche en silencio. Su mano no se apartaba de mi cadera, me pegaba con complicidad mientras yo movía el maletín como un colegial. Me sentía orgulloso de tener a una persona como Kurou a mi lado, alguien que realmente me amara y me lo demostrara.

Odiaba las muestras de cariño en público, pero se sentía tan conmocionado por los celos que había vivido que me sujetaba sin miedo alguno. Ni siquiera él se había percatado de ello, su rostro serio me demostraba que sus impulsos a veces eran más intensos que su pudor. Reí sin poder evitarlo y él sólo me miró de reojo intentando descifrar mis carcajadas.

-¿Por qué te ries?-preguntó casi a punto de llegar al vehículo.

-Porque me tienes agarrado por la cintura, acariciando un poco mi cadera y provocando que el otro lado de mi cuerpo choque con el tuyo. Estás agarrándome de una forma muy erótica y varonil, ni siquiera te has dado cuenta de ello. Además, lo estás haciendo en plena calle y muchos se han quedado mirándonos.-dije antes de colgarme de su cuello y ver como se volvía completamente rojo.-Mi amor, no te cortes ahora.

-¿Hice eso?-balbuceó.-¿Hice eso?-resopló intentando no entrar en un ataque de nervios en plena calle.

-Sí.-murmuré antes de lamer sus labios y pegar mi boca a la suya.

Mi lengua se desató contra la suya de forma violenta, igual que la brava marea contra las rocas. Perdíamos el aliento, yo prácticamente el equilibrio y él me agarró para que no cayera. Mis brazos estaban rodeando su cuello firmemente. Su sombrero ocultaba sus ojos cerrados como si fuera el primero, los míos se abrieron para poder contemplarle. Esos cálidos labios, esas mejillas ardiendo, su flequillo alborotado y sobretodo esas pestañas tan negras echadas para sentir menos pudor. Ese beso era cargado de pasión y a la vez de ternura.

-Celoso.-dije riéndome cerca de su boca.-Eres un maldito celoso.

-¿Cuál es mi premio?-aún recordaba que le había dicho que le daría un premio, pero creo que lo preguntó sólo para cambiar de tema.

-Llévame a un bar de carretera algo alejado que bien conoces, allí habrá alguien para ti y yo te lo ofreceré en bandeja.-besé su cuello y mordí el lóbulo de su oreja izquierda.-Luego estarás tan excitado que quizás no puedas ni conducir.

Me aparté tirando de él hacia el coche. No dijo nada, tan sólo tenía la cabeza agachada y una sonrisa cohibida en sus labios. Y así estuvo casi todo el camino en coche. Conducía como demente, pero no paraba de tener las mejillas rojas. Aquello producía un contraste erótico que me excitaba.

Mientras él conducía yo me arreglaba para que mi aspecto, camino entre lo femenino y lo masculino, me ayudara. Acomodé mis cabellos ondulados y con un tinte rubio, aunque no de un tono demasiado llamativo, mientras ayudaba todo con un poco de maquillaje y mejora de mis uñas con una laca roja. Pinté mis labios riendo bajo al escuchar la canción que comenzó a sonar en la radio, era parecida a la de cualquier streaptease que se precie.

Aquel tugurio estaba situado cerca del final de los límites de la ciudad, en la zona más alejada al mundanal ruido, y era un local de moteros donde escupían en el suelo y se creían muy machos escuchando su hard rock. Yo sabía que Kurou iba a sentir celos terribles con todo aquello, pero era lo que más me agradaba. Siempre que íbamos allí me confundían con una mujer y por lo tanto sentía asco, un colosal fastidio, que se veía recompensado con la violencia extrema de mi esposo.

Me quité la ropa que sobraba, camisa y chaqueta, para quedarme sólo con el gabán y así remarcar mi cintura. Acomodé mis cabellos de una forma que podían esconder dos pequeños senos, aunque de pechos yo estaba algo escaso. Tomé unas botas con cierto tacón, eran de hombre pero parecían femeninas y le daban a mi forma de caminar cierto erotismo. Mi esposo gruñó al verme de ese modo, pero sabía que si no me vestía así no conseguiría su juguete.

-Iré a la juguetería, te traeré el más divertido de todos.-susurré cerca de su oído derecho antes de morderlo.-Espera que tu lindo esposo te lo envuelva.-acaricié su entrepierna y se sonrojó girando el rostro hacia otro lado.-Quiero follarte luego.-dije antes de guiñarle con mis pestañas embarradas en rimel.

Entré pasando por al lado de aquellas maravillas, ellas y no sus dueños eran lo mejor de ese sitio. Después de admirarlas como si no tuviera ni zorra idea, entré notando las miradas de todos. Aclaré mi voz y me apoyé sobre la barra como si fuera un elegante minino. El barban reía codeando a su compañero, todos decían barbaridades a cual peor.

-Muñeca, no tienes pelos en la lengua porque no quieres.-dijo uno de ellos agarrándose su seboso paquete.

-Amor.-dije al barman tirando de su collar con placas militares.-¿Me pones un refresco? ¿O sólo tienes alcohol? El alcohol me sienta muy mal y yo soy una buena chica, una chica decente.-pestañeé e hice mis morritos más seductores.-Pero no tengo dinero y mi coche se estropeó a media hora de aquí, tengo los pies molidos y necesito algo para beber. ¿Comprendes? Estoy deshidratada.-acaricié su pringoso pelo y luego miré al personal.-¿Alguien me invita a una copa y a un paseo en su moto? Parecen increíbles, pero no sé nada de motores.

Empecé a escuchar silbidos, gritos de “eligeme a mí” y miles de obscenidades que no voy a reproducir, creo que pueden imaginarlas sin que yo tenga que hacer mención a alguna de ellas. Aunque no lo parezca soy un caballero y detesto que vejen a las mujeres, todas merecen un alto respeto y ser apreciadas.

El más rudo y violento de todos en aquel lugar era un completo cruce entre jabalí y oso. Eché a caminar hacia él y rogué que mi estómago no se revolviera por lo que haría, sobretodo cuando le rodeé por el cuello y besé su boca con alitosis. Juraría que el azufre del infierno olía mejor que aquel bater con dientes de pirañas.

-¿Me llevas a mi casa hombretón?-dije acariciando su asquerosa camisa blanca sin mangas, creo que era blanca aunque se veía amarillenta, la cual iba detrás de una chupa desgastada.

Aquel bastardo apestaba a sudor, cerveza y gasolina. Era un hedor insoportable y odiaba que se pegara a mi caro perfume. Cuando me aparté noté un bulto en sus pantalones, esperaba que fuera el móvil porque me daba asco de pensar que se excitara conmigo.

-Claro, pero quiero algo a cambio.-todos rieron como locos, sobretodo cuando me tomó del mentón con una mano y con la otra apretó mis nalgas.-Una buena follada en tu pisito de putita, seguro que es de esos caros y lujosos que te paga tu papá.

Cometió un graso error de hablar así de mi padre, aunque debía meterme en el papel de una zorrita en pleno bosque de leñadores y cazadores hambrientos de sexo. La última mujer que tocó aquel mastodonte seguro que tuvo que ser por una fuerte suma de dinero, ninguna mujer en pleno juicio iría con alguien tan nauseabundo.

-He dicho que soy una buena chica.-pestañeé mirándole eróticamente.-Nunca derramo ni una gota de leche.

Y ahí ya lo tuve en la palma de mi mano. Eché a caminar hacia la puerta y él me siguió triunfante. Me monté con él y vi como mi esposo tiraba a lo lejos el cigarrillo, juraría que pude leer un gruñido de sus labios.

-Chochito, dime hacia donde está tu casa.-dijo haciendo piruetas por la carretera.

-¡Ay! ¡No corras tanto! ¡Ay que miedo!-decía aquello con la cara más seria del mundo, aunque oculto tras su sudorosa espalda.-Vivo en el barrio dormitorio, es un pisito cerca de la uni donde voy.

-¡Universitaria! ¡Esta noche lo voy a pasar bien!-gritó aquello acelerando su moto demasiado excitado para darse cuenta del coche que nos seguía.

-Ay, por favor para aquí en esta zona de descanso... creo que me voy a marear.-incluso aflojé mi agarre haciéndole creer que realmente me iba a caer.

-Claro y si quieres cuando se te pase te la meto un rato, se debe sentir bien entre tus piernas.

Amaba el rock, a los hombres que le cautivaban ese tipo de música, pero aquella taberna estaba llena de idiotas alcoholizados y para nada rockeros de verdad. Si ellos eran rockeros estaba seguro que yo era la Garbo.

Nada más parar bajé y el coche de mi esposo salió de la nada. No esperó siquiera que él bajara, lo tumbó de un puñetazo que no se esperaba. Golpe tras golpe empezó a deformar su cara, el mastodonte ni podía moverse del suelo con aquella enorme tripa cervecera. Sus vanos intentos de dañar a Kurou quedaban en eso, intentos. Yo sonreía satisfecho intentando quitarme su peste con colonia que siempre llevaba en la guantera, además de toallitas húmedas.

Cuando sacó su navaja le rasgó la ropa y se la enterró justo en el corazón, como si fuera un cirujano extrajo el corazón y lo tiró a un lado. Aquel imbécil murió en el acto con sus ojos mirándonos como dos huevos duros. Sin embargo, mi esposo no paró y comenzó a clavar aquellas navajas una y otra vez. Tenía más de dos ocultas en las mangas de la camisa y la chaqueta. Reía como auténtico demonio y yo sólo sonreía satisfecho.

-Kurou, cielo.-dije colocándome tras él.-Mi gigante.-añadí bajando mi mano por su vientre hasta su entrepierna, mientras él seguía enterrando aquellas navajas.-Ya, ya vale.-besé su cuello lentamente e hice que parara.-Tira el cuerpo, sácate la ropa y métela en el maletero, rápido. Ponte la muda limpia que siempre llevamos, esta vez te has ensuciado mucho, y ahora te limpiaré bien el rostro.

-No vuelvas a jugar así.-balbuceó.-Me gustan los juguetes, pero no me gusta que abraces a otros.

Hizo todo lo que le pedí mientras yo me sentaba sobre el capó del coche. Mi sensualidad no la perdía, menos cuando jugaba a desquiciar a mi pareja. Él se quedó prácticamente en calzoncillos mientras veía como me divertía observando el cielo nocturno.

-Kurou.-dije incorporándome para ir hacia él, estaba parado frente a la puerta abierta del piloto.-Echa hacia atrás tu asiento, por favor.

-No, no debemos.

Había notado su miembro completamente duro mientras mataba, sabía que aún lo estaba más por mis estúpidos juegos de seducción. A pesar que decía que no hizo lo que le pedí, todo por ser el chico obediente que siempre fue y porque su cuerpo se lo pedía.

Me monté en mi lugar, pero terminé casi subido sobre él. Mi boca se pegaba a su dulce piel, aún tenía aroma a sangre a pesar de haberse limpiado. Mis manos se movían sobre su pecho hasta el borde de su ropa interior, la cual deslicé para poder agarrar su miembro. Mi boca se paseaba por su figura, incluso por sus brazos, permitiendo que mi aliento le rozara y pusiera sus vellos de punta.

Terminé arrodillándome en aquel estrecho cubículo, no me importó lo incómodo que era y mucho menos cuando llevé su miembro a mi boca. Una de sus gigantescas manos se pegó a mi cabeza y empezó a tirar de mis cabellos, la otra se aferró al volante apretando duro. Su boca se abrió para dejar que salieran resoplidos, gruñidos y gemidos, mientras su pelvis se movía agitada.

El carmín que llevaban mis labios empezó a manchar la base de su sexo, pues lograba llevármelo por entero a mi boca y humedecerlo. Mi lengua se pegaba a su piel y tiraba de esta, mis dientes a veces mordisqueaban su punta y en otras eran mis labios apretándola. Él sólo pedía más intentando pensar con claridad, pero todo lo que yo le daba sólo le ofrecía pensamientos poco puros. Sus mejillas estaban rojas, podía verlo por la leve luz de la lampara del techo, estaba iluminada al haber dejado mal cerrada una de las puertas.

No duró demasiado aquello, sobretodo porque mis manos no se quedaron quietas y apretaban incluso sus testículos. Hice que se viniera en un claro gemido que prácticamente lo dejó afónico. Yo entonces recordé mis palabras mencionadas antes en el tugurio, y me reí al apartarme de su miembro completamente limpio.

-Ya le dije a ese que nunca derramo una gota.-susurré antes de besar su cuello lentamente, así como su pecho. No había prisas, tenía minutos hasta que él reaccionara.

Se quedó boqueando aire e intentando concentrarse, cuando se despertó de aquella oleada de placer le entró el pudor. Comenzó a vestirse como alma que se llevaba el diablo. Me quedé sentado desmaquillándome mientras él corría de un lado a otro colocándose la ropa, se maldecía bajo y se golpeaba contra el coche.

-¿Sucede algo?-dije cuando entró en el coche dando un fuerte portazo.

-¡No sé como demonios lo haces!-gritó molesto.-¡Siempre acabamos igual!

-Fácil, yo te domino.-contesté haciéndole un provocador símbolo de la vitoria.-I win.-gruñó bien alto y aporreó el volante.-Por cierto, quiero un cigarrillo.

-No quedan, en casa hay una cajetilla creo.

-De acuerdo, después en casa te lo hago en condiciones y me das mi premio.-dije aquello a modo de broma, pero él se puso aún más nervioso.

Sus manos temblaban tanto que no era capaz de meter la llave en el contacto. Yo sólo reía escandalosamente mientras cantaba una canción perversa, eso no le ayudaba en absoluto. Me divertía tanto verlo en esa pose de quinceañero atrapado por su madre masturbándose frente al ordenador, porque realmente tenía ese mismo comportamiento. Estuvimos más de cinco minutos esperando a que él pudiera arrancar y marcharnos a nuestro acogedor hogar.

“Mátame con tu locura, pero mátame a besos.
Mátame hasta que el mundo se vuelva rojo,
como tus dedos manchados con mi sangre.
Quiero que bebas de mí y me seduzcas.
Sé que eres un demonio, sé que lo eres.
Mátame con placer, mátame con locura.”

lunes, 28 de febrero de 2011

Dark City - Novela - Capítulo 19 - Lluvias de Otoño y nieves de invierno (XVII)


-¿Aún quieres que me vaya?-pregunté.-¿Quieres que me largue? ¿O quieres que me quede? aún puedo darte más Beauty.-besé su cuello y la arropé con aquellas sábanas.-Dime ¿qué tengo que hacer para que dejes este sitio? no es tu sitio. Y si me lo dices te juro que te dejaré ser libre, tan sólo te pediré a cambio que me dejes cuidarte como se cuidan los amigos... y buscarte un buen empleo en una de mis empresas.-la tomé del rostro y la miré bien a los ojos.-¿Sabes quién soy Beauty?

Se veía agotada y con la mirada nublada, tan sólo acarició mi rostro delineándolo. Parecía estar en un sueño, como si aquello que acabábamos de hacer fuera una fantasía. Ella era mi sueño, era la isla de los sueños donde había desembarcado para ser un adolescente por siempre jamás.

-No puede...-murmuró.-No es por el dinero, sino porque no puede.-respondió sentándose sobre mi vientre, sin taparse con la sabana. Me dejó ver aquel cuerpo de sirena, mis manos no se quedaron quietas y acaricié su cintura. Era tan hermosa que parecía sacada de la fantasía de cualquier hombre. Mis manos quedaron finalmente sobre su rostro, notando sus calientes mejillas.-Soy mercancía... un objeto.-frunció el ceño intentando tal vez explicarse.-Vivo aquí...-hizo un leve quejido de incomprensión o más bien de desear ser comprendida, aún el idioma no lo manejaba del todo.-Lo siento.-aún estaba agitada, pero su semblante se volvió un ruego de desesperación.-No se marche.-susurró.-No quiero estar con otros.-aquello me hizo sentir satisfecho, había logrado que ella también quisiera estar conmigo.-Me lastiman.-indicó que le dolía, porque quizás la trataban como un juguete sin vida. Acomodó sus cabellos y eso hizo que su figura fuera aún más erótica.

-No, no me voy a ir sin ti.-dije acariciando su rostro tan sólo con la yema de mis dedos.-Deja que haga una llamada... sólo una y veremos si siguen negándote la libertad.-la pegué a mí y besé su frente.-No eres mercancía... grábate eso a fuego en tu mente o en tu alma.

Me incorporé hacia mis pantalones y busqué mi móvil, a ella la dejé recostada en la cama. No quería que se moviera demasiado después del sexo, ya que terminaba con sus piernas temblando y con su cuerpo agotado.

Encontré el móvil en uno de los bolsillos de mi abrigo. Entonces volví a por ella y marqué el número de Kamijo. Eran las doce de la noche, las doce pasadas, pero él sabría que era emergencia.

-¿Sí?-su voz sonaba agotada.

-¿Te agotó Rose o el trabajo?-dije riendo bajo, mientras acariciaba los cabellos de aquella sirena rusa.

-El trabajo... a Rose la agotó el bebé... ¿qué quieres? no son horas para llamarme... y decirme si me agota mi pareja.-parecía molesto, a veces tenía mal despertar.

-Necesito un favor.-respondí rápidamente, no quería que me colgara.

-Habla.-su tono de voz se volvió inquieto, lo pude notar en tan sólo una palabra.

-Tengo a una hermosa amiga encerrada en una jaula oscura... llena de brujas que vuelan sin escoba... y me pregunté si el gato con botas me podría ayudar.-lo expuse como si fuera un cuento de hadas, a veces era perfecto para hablar en clave.

-Dios, deja de llamarme así... ¿quién empezó con ese juego?-dijo aún en tono molesto.-¿Qué chica? ¿Dónde?

-Club pet sex, se llama Beauty y créeme hasta tú me darías la razón.-hice un inciso breve para que saliera de su asombro, o tal vez no. Él sabía que yo podía acabar en esos antros.-No es su lugar. No merece estar aquí. Es amiga mía, la quiero fuera.-él suspiró pesado de inmediato.

-Sho irá para allá con Yoshi... el dueño es un cretino que nos debe dinero... y lo detesto...

-¿Armas?-interrogué.

-Sí... así que espera que lleguen... los aviso ahora.

Colgué y la abracé pegándola contra mí. Quería cuidarla, no deseaba verla dañada por idiotas que no sabía ni que era una mujer. Creo que en ese preciso instante me convertí en su fiel guardián, en alguien que únicamente quería tocarla con caricias y poder oír su tímida risa como si fuera imaginaciones mías.

-En una hora serás libre... ahora descansa y deja que te cuide.-más o menos podían tardar eso en organizarse, eran rápidos para ponerse en marcha.

No sabía qué tretas iban a usar esos dos, pero me suponía que no unas agradables. Sólo rezaba porque le jodieran, era un maldito hijo de puta. Yo mismo quería cruzármelo y romperle la cara, quedarme satisfecho de hacerle una nueva y que ni su propia madre pudiera reconocerlo.

Se aferró con fuerza a mí, temblaba de euforia. Podía notar su asombro y también su felicidad. Era una niña que expresaba sus sentimientos con todo su cuerpo, una mujer perfecta y preciosa que me hacía amarla sin reservas.

-¿Cómo pagaré? ¿Cómo?.-en ese momento guardó silencio.-Mi ropa... Mis cosas... Empacar.

-Eso déjaselo a esos dos tarados, cuando vengan que colaboren.-dije levantándome.-Por ahora vistámonos y tomemos lo esencial.-comenté antes de buscar mi camisa y mi corbata.-El pago ya te lo dije, un trabajo normal y nada más. No es tu sitio, el de las otras quizás... pero tú, no... aquí no puedes estar.

Me vestía intentando pensar qué hacer, primeramente que descansara en mi casa y luego le alquilaría algo para que fuera más autónoma... que lo hiciera con su primer sueldo. De secretaría estaría bien, necesitaba una ahora que me dedicaría más a mis negocios y podría controlar que nadie la molestara.

Cuando estaba totalmente vestido el nuevo actor del teatro de Kamijo, su nueva estrella mediática, abrió la puerta con aquel aspecto de pirata alcohólico. Nos miró fijamente y dejó que Sho, uno de los sobrinos de Kamijo, pudiera pasar.

-¡Es aquí!-gritó hacia el pasillo.

-¡Pero si se están vistiendo! ¡Te dije que llamaras!-lo agitaba como si fuera ligero como una pluma.-¡Idiota! ¡Mierda! ¡Debiste quedarte en el coche!-entonces se giró hacia nosotros y se quitó la mascarilla de cuero y chapas.-Si nos disculpan.-sonrió forzadamente.-Os esperaremos fuera.

-Espera Sho.-dije serio colocándome los gemelos.-Necesita que le den sus cosas... dile a Yoshi. No quiero que se queden con nada suyo.

-Trato hecho viejo Cheshire... vamos inútil.-tiró de Chris, el actor de malos modales, casi arrastrándolo por el suelo. Yo simplemente cerré la puerta y suspiré pesado.

-Ya has oído, en marcha.

Asintió tomando sus cosas revueltas en la cama, también a los pies de esta, para colocárselas con cierto encanto, ese encanto femenino que tan loco me volvía. Pude aproximarme a ella y hacérselo de nuevo, era demasiado tentador todo aquello.

Cuando se levantó cayó al suelo, sus piernas temblaban. A veces no me controlaba lo suficiente, hacía que ella se quedara extenuada, que no adolorida. Se marchó como pudo hacia la puerta, pero terminó siendo abofeteada como si fuera un resorte. Aquella estúpida estaba esperando verla aparecer en el pasillo.

-Aunque te marches, seguirás siendo una puta, eso no lo olvides.-esos aires se los bajaría, porque Beauty se quedó callada.

Tomé a Beauty entre mis brazos y fulminé a esa maldita desgraciada. No tenía otro nombre que el de hija de puta o zorra deleznable.

-Ella no es una puta, tú sí... hasta el día en el cual mueras.-entonces la miré fijamente.-Vuelve a tocarle un sólo pelo a Beauty y te juro que te arrepentirás toda tu pútrida vida... zorra.-cerré la puerta antes que pudiera replicar nada.

Senté a Beauty en la cama y miré la herida, sin pensarlo saqué mi pañuelo y limpié la sangre. Dejé el pañuelo sobre su mejilla y puse su mano contra él. Me comportaba como un padre, pero no lo veía de ese modo. Tal vez ella en parte sustituía esa protección que Miho no dejaba que sacara, y a la vez ese amor que quería ofrecer a alguien. Era tan vulnerable que me hacía tiritar deseándola.

-Esto lo curaremos mejor en mi casa, te quedarás conmigo hasta que consigamos un piso en alquiler para ti ¿estás de acuerdo?-pregunté acomodando sus cabellos, el bofetón incluso la había despeinado.-¿Cual es tu ropa? ¿está en este armario? Dime, lo iré metiendo yo en bolsas o como sea... aunque puedo comprarte ropa mejor que la que hay aquí, tengo un amigo que deja todo a precio de saldo.

Señaló mi armario mientras asentía. Estaba ida, parecía volver a su nebulosa de dolor. Terminó de ponerse la demás ropa, lo hizo de forma cuidadosa porque aún seguía cansada y también porque estaba preocupada.

-Quiero irme... Por favor.

-Bien, nos llevamos tus joyas y este peluche.-dije metiendo los pocos recuerdos en una bolsa.-Yo te compraré ropa ¿de acuerdo? los amigos se ayudan.

Sonó la puerta y a continuación entró Yoshiki vestido con esas ropas tan inusuales... Parecía una chica, salvo en su forma de caminar. Se aproximó a ella inspeccionándola, miró el arañazo y suspiró pesado.

-En mi coche hay para curas, tengo botiquín.-dijo para tomarla del rostro y sonreír.-Sí que eres bonita... y tienes una mirada preciosa. ¿Te ocupas de ella Atsushi?-preguntó y yo sólo asentí con un gesto de mi cabeza.-Voy fuera, en el coche me espera ya Chris... Sho os escoltará.

-Arigato.-dije aquello y él sonrió.

-No hace falta que des las gracias.-se arrojó a mis brazos realizando ruidos extraños.-¡Pero sabes darlas! ¡Eres un viejo agradable!

-¡Oye! ¡Mocoso! ¡Deja de molestarme!-grité apartándome de él.-Me vas a pegar tu colonia a la ropa.

-¿Insinuás que tengo mal gusto?-preguntó frunciendo el ceño y sacó el abanico para golpearme.-Os espero fuera.-antes de salir me sacó la lengua y yo simplemente suspiré pesado.

-Vamos, tenemos que ir con esos majaras.-comenté tomándola de la cintura.-¿Puedes caminar bien?-dije sonriendo al ver que la herida se curaba.

Gracias por su lectura

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Lestat de Lioncourt