Durante largos años he publicado varios trabajos originales, los cuales están bajo Derechos de Autor y diversas licencias en Internet, así que como es normal demandaré a todo aquel que publique algún contenido de mi blog sin mi permiso.
No sólo el contenido de las entradas es propio, sino también los laterales. Son poemas algo antiguos y desgraciadamente he tenido que tomar medidas en más de una ocasión.

Por favor, no hagan que me enfurezca y tenga que perseguirles.

Sobre el restante contenido son meros homenajes con los cuales no gano ni un céntimo. Sin embargo, también pido que no sean tomados de mi blog ya que es mi trabajo (o el de compañeros míos) para un fandom determinado (Crónicas Vampíricas y Brujas Mayfair)

Un saludo, Lestat de Lioncourt

ADVERTENCIA


Este lugar contiene novelas eróticas homosexuales y de terror psicológico, con otras de vampiros algo subidas de tono. Si no te gusta este tipo de literatura, por favor no sigas leyendo.

~La eternidad~ Según Lestat

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domingo, 14 de diciembre de 2014

Seducción, sueños, placer, deseos y mil emociones.

Había olvidado por completo todo lo que era estar atado a un lugar. Durante años me dediqué en cuerpo y alma a recorrer el mundo. Caminé por las selvas aún vírgenes, allí donde el hombre común no se atreve a pernoctar, descubrí viejas civilizaciones perdidas en terribles ruinas, hundí mis dedos en el lodo de mundos que ya no existen, corrí sobre las arenas de los desiertos y vi de nuevo las profundas y oscuras aguas de los mares. Quería sentirme libre. Deseaba abandonar la ciudad que tanto amaba. Me olvidé de todo y de todos. Necesitaba hacerlo para comprender a mi madre y a tantos otros. ¿Cuántas veces habían hecho cosas así antes? Muchos viajaban constantemente y yo me había quedado cómodamente en una ciudad. Eso no era propio de mí. Cuando joven, recién creado, recorrí prácticamente el mundo conocido hasta ese momento. ¿Por qué no lo iba a hacer en esta era donde la vida parece brotar como cientos de llamaradas?

Esta noche ha sido distinta. He recorrido de nuevo las viejas calles que tanto conozco. Podría caminarlas con los ojos cerrados. Es divertido ver como hay cosas que no cambian. Pasen los años que pasen, ocurran los desastres que ocurran, siempre hay una verdad que se esconde y un detalle que no muta. Me he puesto mi vieja levita de camafeos y al meter la mano, en el bolsillo izquierdo, he hallado algo que creía que había regresado a su joven amo. Era el camafeo predilecto de Quinn, mi hermanito, que quiso regalarme en señal de afecto entregándose a mí de un modo íntimo y torpe.

Contuve las lágrimas y mi corazón. Quise echar a correr hasta sus propiedades y asegurarme que estaba allí una vez más, pero eso ya lo había hecho de forma furtiva y nadie lo había visto. Hacía años que él no había regresado. No era una buena señal. Más bien era la señal de la catástrofe. Tantos habían muerto, otros resultaron terriblemente heridos y muchos huyeron para ocultarse bajo tierra en un terrible descanso. Quería pensar que como mucho estaba aún herido, pero vivo. Vivo como ella. Vivos los dos. El apasionado Abelardo y la eterna Ophelia.

Cerré los ojos un instante y vino a mí el aroma de los dondiegos de First Street. Pude ver las ramas meciéndose suavemente. Creo que incluso sentí bajo mis zapatos la hierba crecer. Al abrirlos me di cuenta que había dado la vuelta adentrándome en una pequeña calle, la cual daba a la Avenida donde me había instalado de nuevo. Uno de mis pisos allí. Mi pequeña guarida.

Pasé la punta de mis dedos por el muro de una de las viviendas, hundiendo las yemas en las grietas, y recordé que así es mi alma. Mi alma está llena de cicatrices y vivencias. Somos como viejas mansiones con encanto. Ocultamos muchos secretos. Somos lo que somos por el paso del tiempo. Un tiempo que pasa desafortunadamente demasiado rápido.

Al llegar al interior de la vivienda, donde el fuego estaba ya caldeando la habitación principal desde hacía horas, decidí que debía volver a mi castillo. Allí los recuerdos no eran tan intensos. Claudia no me asaltaba como un encantador y peligroso fantasma; las dudas sobre las diversas amistades que perdí, y sobre si hice bien abandonando a Louis, tampoco estarían.

Mi encantador sofá corbeille tapizado en un encantador tono borgoña estaba allí, llamándome como una sirena varada en mitad de una paradisíaca isla. Decidí tomar asiento, recostar mi cuerpo y permitir que mis rizos dorados cayeran por el cómodo cojín de delicados bordados de rosas con hilo de plata. Cerré los ojos y me abandoné al mundo onírico.

Cuando desperté ellos estaban en mitad del salón. Él estaba apoyado sobre la chimenea, contemplando el fuego y avivando las ascuas, ella caminaba de un lado a otro haciendo sonar sus finísimos tacones rojos. Tan atractivos. Él con su elegante traje negro, su camisa de algodón blanco y una bonita corbata carmín con un broche dorado. Ella, sin embargo, llevaba un minúsculo vestido rojo y un abrigo de imitación a piel sobre sus hombros menudos. Parecían dos aristócratas. ¿Y no éramos eso los vampiros? La aristocracia de la noche.

El cabello de Mona estaba recogido dándole un aspecto más maduro, pero su pequeña boca tenía la mueca de una niña impaciente. Esos enormes ojos verdes brillaban como los de un animal salvaje que está a punto de lanzar su ataque. Cuando se percató que estaba despierto se aproximó a mí y me abofeteó.

—¡Quinn!—exclamé como respuesta esperando que él intercediera.

—¿Dónde has estado? Te hemos necesitado, jefe. Pero tú preferías estar viajando conociendo furcias, ¿verdad? Furcias como esa Rose. Esa niña malcriada, esa golfa sin remedio... ¿qué tiene ella que no tenga yo? ¡Y no me digas que una carrera universitaria!—celosa, terriblemente celosa. Sus celos siempre me parecieron terribles y divertidos a la vez. Tan voluble, tan atractiva y tan desesperada por ser amada a pesar de todo. Era una niña. Una niña de dieciocho eternos y magníficos años.

—¿Estás escuchando? Yo no he empezado. Ha sido ella, hermanito, y si digo algo que no te gusta vas a tener que aceptar que no inicié esta pelea—dije incorporándome.

Era bajita, pero tenía el típico cuerpo de guitarra. Sus caderas eran algo anchas, su busto estaba deliciosamente desarrollado, y su cintura era estrecha. Muy atractiva. Ante mis ojos tenía una pequeña dama de sociedad que se comportaba como una arrabalera. La tomé de las muñecas y la sostuve de ese modo en silencio. Quería golpearme, pero no podría. Era una buena técnica.

—Khayman se volvió loco—susurró al fin Quinn. Al girarse pude ver cierto cansancio en sus ojos azules, tan hermosos como tristes, y eso me emocionó. Creí que no volvería a escuchar su voz ni a ver esa mirada tan enigmática—. Nos salvamos, pero fue horrible.

—Lo supuse. Creí que...—murmuré.

—No te librarás tan fácil de mí—sentenció Mona.

Ella logró zafarse de mis manos, que eran como garras, para darme otra bofetada. Sin embargo, acabó abrazada a mí llorando. No pude contenerme. Jamás pude. La abracé contra mí, besé su frente y sus mejillas, acaricié sus cabellos como si fueran de seda y miré a Quinn esperando que él también se aproximara. Mis amigos, mis compañeros, mi otra familia... mis pupilos. Mi hermanito vino, me abrazó y dejó a Mona entre ambos. Los besos comenzaron. Labios contra mejillas húmedas por lágrimas teñidas de rojo, frentes despejadas, cuellos fríos con un leve murmullo de un corazón que aún late pese a la muerte del cuerpo y miradas cómplices.

Ellos habían sido mi último intento de bondad. Quise ser un buen tutor. Deseaba que me quisieran. Las peleas fueron numerosas, pero esos días de complicidad se quedaron por siempre unidos a mí. No podía olvidarlos. Aunque estuve lejos de la ciudad algo en mí me pedía recordarlos. Quizás porque ambos me necesitaban. Desconozco si era así o no. Esos besos, tan intensos y sinceros, confirmaban que yo aún les amaba y que era un amor correspondido.

Sentí la mano pequeña y firme de Mona sobre mi bragueta, bajando el cierre e introduciendo sus dedos dentro del pantalón. Su zurda estaba sobre mi torso, acariciando los botones de mi levita, mientras que las mías sostenían el rostro de ambos. La derecha tocaba los gruesos rizos negros de Quinn mientras le acariciaba el rostro. Con la izquierda palpaba la nuca despejada de Mona. Él se inclinó hacia delante y me besó en la boca. Sus cálidos labios, tan suaves y similares a los pétalos de las rosas, me hicieron sucumbir. Los brazos largos de mi hermanito nos rodeaba como sus amantes. Un abrazo intenso que aclaraba demasiadas dudas.

Los sutiles dedos de mi brujita se movían sobre la tela de mis calzoncillos. Tela pegada que ocultaba mi erección. Mis labios seguían devorados habilidosamente por Quinn. Las yemas de mis dedos apretaron sus tiernas carnes, pues aún la inmortalidad no los había convertido en monstruos de mármol. Sentí los femeninos labios de Mona bajo mi mentón, rozando la nuez, mientras intentaba pensar con claridad en medio de esa jauría de sensaciones.

Fui yo quien los separó de mí. Estaba tan excitado que no sabía como expresarme. Ellos me miraban confusos y sutilmente hundidos en la lujuria. Me abracé a mí mismo intentando manejar la situación, pero era imposible. Quería tenerlos a ambos y ellos me querían tener a mí. De nuevo unidos los tres.

Acabé deshaciéndome de la levita, así como de la camisa de chorreras que tenía bajo esta, dejando a la vista mi torso desnudo. Siempre he sido algo delgado, pero tengo musculatura algo marcada. El trabajo físico, los días de caza, el correr por todo el bosque buscando entrenamiento y las peleas me habían dado un aspecto soberbio. Él era más delgado. Tras esa ropa elegante se descubría un chico delgaducho con cierta cintura y una piel sedosa. Un chico que llegaba a la veintena cuando fue transformado. Parecía un niño, uno aún más pequeño que yo.

Ambos nos miramos. Fue como un hechizo. Después la miramos a ella. Sus pechos se movían ritmicamente con su respiración entrecortada. Los pezones se marcaban bajo la fina tela. Él quedó tras su espalda, deshaciéndose del abrigo que cargaba, para yo quedar de frente deslizando las finas tiras de tela que eran sus tirantes. El vestido cedió rápido. Bajo este sólo tenía un liguero que sostenían unas finas medias y una minúscula braguita de encantadora lencería.

Mona no sintió pudor en absoluto. Si bien, tomó su revancha. Se giró rápidamente hacia su eterno compañero para deshacerse de la corbata, la chaqueta y la camisa. Su torso delgado apareció con aquellos pezones tentadores de color café y nulo vello.

Di un par de pasos hacia atrás tomando asiento en el sofá, con los brazos abiertos sobre el respaldo. Abrí mis piernas invitándolos sutilmente a que siguieran los juegos. Mis ojos estaban fijos en ambos. Quinn terminó quitándose los zapatos, calcetines y cualquier prenda que impidiera que pudiera saborear su cuerpo. Su pene estaba erecto y coronado por un escaso vello público, muy rizado espeso.

Quinn se arrodilló desabrochando el botón del pantalón, así como lo que quedaba de cierre, bajando este hacia los tobillos junto a mis calzoncillos. Su lengua, rápida y certera, dejó un lametón desde la base de mi sexo hasta el glande. Mona acariciaba la espalda de su amante y me miraba penetrante. Perdía el juicio con ambos. Mis manos se aferraban al respaldo, aunque rápidamente fueron a los hombros de mi hermanito mientras ella hundía su rostro entre mis piernas. Sin embargo, no era lo que yo deseaba. Mi mayor deseo era sentirla a ella.

Él se apartó riendo bajo, como si fuera tan sólo una travesura de un niño pequeño, para luego ayudarla a subirse sobre mis piernas. Las nalgas, redondas y duras, de Mona rozaron mi miembro y comenzó un baile erótico muy provocador. La boca de Quinn viajaba por su torso mordisqueando y succionando sus pezones, aunque a ratos sólo lamía su torso. Las manos de ambos recorrían la menuda y curvilínea figura de nuestra brujita.

En cierto momento ella se soltó el recogido, provocando que el cabello cayera, y ambos quedamos absortos por los hilos sanguinolentos que rozaban su maravillosa piel moteada por las pecas. Empecé a sentir calor y mi pelo se pegaba a la frente, igual que le ocurría a ambos. Ella gemía bajo porque los dedos de la mano diestra de mi hermanito, esa mano tan libertina, estimulaba a su pareja hasta hacerla temblequear. Las mías hacían diversos recorridos sobre sus muslos, sus pechos y costados.

Finalmente ambos la penetramos. Él lo hizo hundiéndose en su cálida y húmeda vagina. Por mi lado lo hice entre aquellas estrechas nalgas, lo cual fue algo difícil. Ella gemía y aullaba de dolor. Era una mezcla deliciosa de sentimientos. Una pequeña tortura para una liberación extremadamente erótica y placentera. La azul mirada de mi hermanito formulaba miles de preguntas, pero en esos momentos yo sólo tenía una respuesta. Mi mano derecha se colocó en su nuca y tiré de él, para besarlo, mientras la zurda masturbaba el clítoris húmedo y dilatado de Mona. Ella mordisqueaba el lóbulo derecho de Quinn, deslizando a ratos su lengua por el cuello hasta su hombro. Los tres gemíamos ahogados sintiendo nuestros cuerpos convertidos en un volcán.

La pelvis de mi hermanito se desenfrenaba, sus labios se liberaron de los míos y pronunció el nombre de su amada Ophelia. La mía seguía el ritmo mientras mi boca iba a la nuca de Mona, sus hombros y finalmente su cuello donde di un pequeño trago. Ella era como una serpiente moviéndose al ritmo de una música tocada por el mismísimo diablo. Los te amo iban de una boca a otra, nuestros nombres se pronunciaban en todas las direcciones posibles, el sudor sanguinolento era tan pegajoso que a veces costaba tocar. El sofá parecía ceder, pero a la vez nos sostenía a los tres como si fuera Atlas.

Él acabó apartándose, para luego ayudarla a cambiar de posición. Permitió que fuese sólo para mí. Aquella vagina fue un regalo, un logro, un premio y también un delirio. La humedad envolvió mi pene en cada milímetro. El pequeño camino pelirrojo de su vello era tan tentador que lo acaricié. Ella me besó ofreciéndome un trago más de su sangre y yo hice lo mismo. Después, como si fuera una amazonas, me cabalgó mientras él la rodeaba por detrás, pellizcándole los pezones con sus delgados dedos.

Me sentía extasiado, pero deseaba más. Los aparté dejando a Mona arrodillada frente a él y levanté sus caderas. Ella adoptó el estilo perrito, un clásico de las posiciones sexuales, y Quinn se arrodilló para que pudiese chupar y succionar su miembro. Volvimos a esa complicidad. Ese momento de éxtasis a punto de derramarse. Ella alcanzó el cielo al notar el semen cálido y espeso del sexo de su amado Abelardo. Por mi parte no llegué al orgasmo final, pero ambos sí lo hicieron.

Al incorporarme tomé a Quinn de la nuca, le miré a los ojos y sonreí ofreciéndole mi glande. Él lamió la punta como si fuese una perra entrenada en un burdel de los barrios bajos. Después, como si se tratara de una película pornográfica, le golpeé las mejillas jugando con mi duro sexo. Por último, sin que él lo esperara, lo arrojé al suelo, le hice quedar contra el sofá y lo penetré fuerte, sin miramientos, arrancándole un gemido tan hondo que sonó a un grito desgarrador en mitad de la noche. Tras un par de estocadas me derramé dentro de él y Mona gateó para lamer el esperma que había marcado a su eterno compañero.

No hubo celos. Creo que no existían porque los tres nos habíamos pertenecido en un lazo de placer intenso. Nos extrañábamos. La complicidad superó a la rabia, los desacuerdos y reproches. Pero sobre todo fue un delicioso sueño. Minutos después, cuando me encontraba en mitad del salón, sobre la alfombra persa junto a ambos, realmente desperté.


Allí no estaba Mona, ni Quinn y tampoco había rastros de algo más que un perfecto sueño erótico. La casa seguía silenciosa, la chimenea encendida y la mañana estaba a punto de llegar. Fue un sueño extraño. Un sopor que vino quizás por la necesidad de creer. Quería creer que seguían vivos. Tal vez lo sigo necesitando. No hay pruebas que confirmen que esos dos muchachos que mató Khayman, en un momento de locura, sean ellos. Nadie me lo ha confirmado. Aún hay esperanza.

Lestat de Lioncourt   

miércoles, 22 de enero de 2014

Completamente seducido

Cuando te observo en silencio siento que los segundos se van suicidando apresuradamente. Tal vez mueren en el borde de tus largas pestañas. Tus labios son sensuales, cálidos y suaves de una forma similar al satén. Creo que jamás he amado a una mujer que provoca con tan sólo una mirada o una simple sonrisa, la cual es firme y en ocasiones medida. Tienes una gran fuerza interior, lo cual hace que yo quede doblegado a tus encantos y a la firmeza de tus palabras. Realmente he encontrado un refugio donde me siento un chiquillo y puedo aprender de cada gesto, palabra y silencio que se formula entre los dos.

Recuerdo tu mirada secuestrada por el terror y también la suspicacia. Ese momento quedó guardado como una fotografía borrosa que me persigue incluso hoy en día, pero me gusta más rememorar los segundos en tu jardín salvaje donde me invitaste a participar de las caricias de tu cuerpo contra el mío. Deseé en esos momentos hacerte mía de tantas formas... mis hormonas de eterno veinteañero me pedían arrojarte al césped y hacerte mía allí mismo frente a Michael, tu esposo, y frente a Mona y su noble Abelardo, mi hermanito.

Después de años evitándote, como he hecho, no sé como he podido tener la fortuna que tú me aceptes entre tus brazos, permitas que coloque mi cabeza sobre tus pechos y finalmente juegues con tus dedos entre mis largos cabellos tan dorados como los tuyos. No lo sé. No sé como puedo ser tan afortunado. Creo que alguien me dijo que los verdaderos amores, aunque sean de romances cortos, jamás se olvidan y siempre están destinados a volver como si fuese una primavera tórrida cargada de fragancias de millones de flores. Y eso fuiste. Tú apareciste en mi vida buscando mi estúpida sonrisa y lo lograste. Aquella noche caí de rodillas frente a ti acariciando el borde de tu vestido, el cual era blanco y de corte sensual aunque comedido.


No sé como pude hacerlo. Cometí muchos errores, pero quizás el mayor de todos fue no anclarme a ti con locura y deseo. Pero quizás ese hecho, ese y no otro, ha logrado que ahora sepamos disfrutar del momento. Tantas veces nos hemos encontrado, tantos cruces de miradas y cientos de besos que no se han ofrecido para que ahora podamos gritar que nos amamos.


Lestat de Lioncourt  

domingo, 29 de diciembre de 2013

Hamlet Seduction

Bonsior mes amis

Hoy tenemos preparados varios fic. El primero de todos es de Tarquin Blackwood y Mona Mayfair. Como bien saben son una de las últimas parejas que han ido apareciendo en mis aventuras. 

Lestat de Lioncourt


Hamlet Seduction 


La noche había caído hacía varias horas, las luces de la mansión Blackwood estaban apagadas salvo la del porche, el pantano, ese que besaba las tiendas de la mansión y rodeaba el Santuario, estaba ciertamente silencioso y las aguas nocturnas eran profundos bosques llenos de un murmullo típico el cual se convertía en cómplice de tus oídos perdiéndose en la percepción de éste. Las sensaciones se levaban hacia las copas de los árboles que mostraban su aspecto más terrorífico, con sus ramas desnudas lavándose como tridentes demoniácos hacia la bóveda celestial, y los mosquitos a penas zumbaban. La frondosa hierba estaba algo destrozada por el frío de las noches anteriores, pues se habían quemado varias zonas debido a la escarcha y escasa aguanieve.

Una barcaza de madera a motor se aproximaba a lo lejos rompiendo el pesado encantamiento. La suave brisa agitaba unos cabellos de fuego y otros que se perdían en la propia noche. Sus pieles resplandecían bajo aquella oscuridad. Mona y Tarquin se aproximaban al lugar que transformó el destino de los Blackwood. Nuestra Ophelia Inmortal se hallaba aferrada al grueso abrigo de paño, con forro de oveja, de su Abelardo. En su mano derecha lucía el anillo de matrimonio que él le había entregado noches atrás, un anillo que simbolizaba el amor que ambos se profesaban pese a las distintas circunstancias que habían envuelto sus vidas, el destino de estas y los inmortales que se habían cruzado entre ambos. Tarquin tenía la mirada alzada y contemplaba el recorrido de las ondas que provocaba el corte de la barcaza contra el agua estancada, podía percibir como algunos caimanes se movían avisados de la presencia de una embarcación, y también el roce del rostro de su amada contra su pecho.

Mona a penas llevaba ropa encima salvo un elegante, escueto y bonito vestido lleno de transparencias y brillos provocados por las lentejuelas. Parecía una sirena que acababa de salir a la superficie y había sido arrastrada hacia aquel frágil bote. Sus pechos se veían realzados por el escote y la apretada tela, el hueco entre ambos provocaría incluso al mismísimo Demonio y tentaría a cualquier ángel. Sus labios estaban pintados en un tono de rojo muy intenso que dibujaba una perfecta boca de labios simétricos, algo hinchados y de sonrisa sensual. Sus manos tenían laca del mismo color que sus labios y, en cierto modo, su pelo. Las lentejuelas blancas centelleaban bajo la escasa luz, la cual era la luna y el foco de linterna que llevaba la embarcación.

Tarquin, sin embargo, llevaba una larga bufanda de color gris que intentaba cubrir parcialmente el cuerpo de su amada. Ella parecía despreciarla pese al frío, pues quería destacar y mostrar su belleza aunque las circunstancias fueran desfavorables. Su abrigo negro cubría su jersey caqui, bastante grueso, y de cuello de pico que dejaba ver su camisa blanca y su corbata negra igual que sus pantalones de vestir con raya en medio. Los ojos azules que estaban enmarcados en sus pómulos altos de rostro suavemente aniñado y labios sutilmente finos, se deslizaron hacia ella observando sus enormes esmeraldas de las cuales brotaban una pasión que calentaba a ambos.

El bote arribó tierra y terminó echando amarras. Tarquin bajó primero y tomó de la cintura a su diminuta acompañante. Era un joven que alcanzaba una estatura considerable, ya que medía un metro noventa centímetros, a pesar de su complexión delgada que le otorgaba la apariencia de un frágil gigante. Sus manos eran grandes aunque delicadas y rodearon la cintura de Mona, la cual poseía unas caderas sugerentes y unas piernas envidiables. Ella estaba descalza y pudo sentir la humedad de la tierra en sus pies, pues se había quitado los elevados tacones en la barca. Se veía diminuta, aunque sensualmente proporcionada, junto a su Abelardo. Mona tenía metro y medio de estatura, lo cual provocaba que su rostro quedara a la altura del pecho de Tarquin.

-¿Seguro que no deseas que te preste mi abrigo?-preguntó preocupado tomándola del rostro con ambas manos, las cuales prácticamente cubrían éste con una calidez propia de su caballerosidad.

-No, no es necesario- dijo con una sonrisa sugerente mientras posaba las suyas sobre su torso y las subía a sus hombros- Pronto entraremos en calor.

-Sí, podemos encender la chimenea-respondió con naturalidad e inocencia sin percatarse del juego de palabras de su entregada amante.

-Sí, el fuego...-susurró tirando de su corbata para que éste se inclinara.

Tarquin la miró a los ojos apoyando su frente contra la suya, sintiendo como sus pensamientos se nublaban y sólo podía pensar en la belleza de Mona. Su Ophelia Inmortal, la mujer con la cual deseó casarse nada más verla en aquella terraza sentada con aquellos lazos en su pelo. Se veía tan hermosa, tan sugerente, con una inocencia fingida y unas pecas que salpicaba un rostro aniñado, de sutiles y hermosos pómulos. Aún temblaba por completo al recordar sus primeras palabras, el tono cálido y seductor de su voz, y lo deseosa que se encontraba por desentrañar el misterio que le rodeaba. No dudó en besarla con ternura y cierta pasión. Sus labios rozaron los de Mona, sus manos se deslizaron hacia su cintura y acabó por rodearla mientras se inclinaba algo más y ella se colocaba de puntillas apoyada en él.

Al apartarse sintió otro tirón de su corbata y acabó riendo. Mona no quería separarse de sus labios y él, en realidad, no quería separarse de ella. Era la mujer que amaba, por la cual había derramado cantidades ingentes de lágrimas y que incluso había contemplado en su lecho de muerte. Ella era todo. Él era simplemente el príncipe que la rescataba del castillo, el joven que con elegancia le pedía un último baile cada noche y que sin duda quería guardar sus sueños en pleno amanecer.

-Oh, Quinn- masculló tomándolo del rostro, deslizando sus dedos entre sus sedosos y rizados cabellos oscuros, para tirar de él y colocar su rostro cerca de aquel escote que rezumaba el delicioso calor y aroma que Mona poseía- ¿Seguro que sólo me calentará el fuego de la chimenea? ¿No has pensado que quizás ya arde cierto fuego en mi interior y deseo que lo avives?-la punta de la fina nariz de Tarquin quedó entre sus senos- Quinn, mi noble Abelardo, quiero que me hagas tuya en el Santuario ¿comprendes mi amor?

Él se apartó agitado, con los ojos llenos de deseos y lujuria. Sintió ese mismo irrefrenable ardor que le gritaba hacerla suya, igual que aquella noche cuando apareció siendo pellejo y hueso frente a él. Era un vampiro macho joven con las hormonas por las nubes y ella una hembra seductora pese a su apariencia, la cual había mejorado nada más tomar la sangre de Lestat y que había obrado un milagro. Allí parados, tan cerca uno del otro, y con sus manos aún sobre su rostro deseó quitarle el escaso vestido entre tirones y mordidas. Se sintió vil y sucio por querer inclusive hacerlo frente a todos, que todos contemplaran su pasión y el deseo que ambos guardaban en sus almas. Una fiera oscura y terrible que aguardaba en la figura y modales de un auténtico caballerito sureño.

-Yo...-balbuceó colocando sus manos sobre las diminutas de Mona-Yo...

-Destrózame como tú sabes hacer. Quiero ver ese lado oscuro que posees, mi noble y dulce Abelardo-dijo apartando sus manos para echar a caminar hacia el sendero que llevaba a la pequeña casa que había soportado la humedad del pantano y las décadas con soberbia- Quinn, por favor...-susurró girándose hacia él para mirarlo en la oscuridad- Ven conmigo.

Podían verse a la perfección debido a sus grandes y privilegiados poderes de vampiro. El deseo germinaba en su interior y sus manos se cerraron en puño mientras suspiraba enamorado. Quería mantener ese lado alocado y violento, mostrando con ella el torpe, seductor y dulce que tanto conquistaba a cualquiera que lo contemplara sentado con elegancia en las sillas blancas de jardín. Allí, con sus piernas cruzadas y su rostro perdido en divagaciones, era el propietario de una fortuna increíble que le había proporcionado una educación cuidada con tutores privados. Mona quería romper ese encanto cuando estaba dispuesta, pues sabía el poder magnético que tenía sobre él.

-¿Vienes?-susurró nuevamente mientras se apoyaba en la puerta girada hacia él.

-Sí-dijo relajando su cuerpo para caminar hacia ella con esa elegancia típica en cada uno de sus pasos.

Al subir por las escaleras, hacia ella, la madera crujió y la llave en su bolsillo tintineó al sacarla y deslizar ésta hacia la cerradura. Con un rápido giro de muñeca la puerta cedió, pulsó el interruptor cercano al marco de ésta y el hermoso palacete se iluminó. La lámpara de lágrimas que había instalado recientemente era una maravilla, provocaba que las sillas estilo romano centellearan gracias al oro con el cual estaban hechas, y las alfombras que cubrían el suelo de mármol parecían derramar un colorido similar al de un jardín repleto de rosas rojas, violetas, cían y un amarillo muy vivo.

Mona se deslizó hacia el interior y quedó en el centro de la habitación. Sus senos parecían más tentadores y se movían suavemente. Los vampiros tenían ese defecto, o quizás virtud, que aún su cuerpo le pedía respirar a pesar que no era necesario. Sus piernas estaban prácticamente desnudas y no llevaba siquiera medias. Tenía una falda corta, tan corta que a penas cubría sus ingles, y con cierto erotismo sus manos acomodaron sus cabellos enredados, salvajes y rojos. Sonrió como una perfecta actriz porno pero luego hizo una mueca inocente. Sus dedos acariciaron las lentejuelas de su vientre plano, el cual estaba brevemente cubierto pues tenía además transparencias, y llegó al borde del vestido que al alzarlo mostró su hermoso sexo. Tenía sutilmente algo de vello púbico de color rojizo, siendo una sutil mata de pelo sedosa y rizada.

-Se me olvidó la ropa interior, Quinn-murmuró con cierta sorpresa en su voz para luego soltarse a reír de forma encantadora y pícara.

-Mona...-balbuceó cerrando la puerta tras él y quedándose pegada a ésta.

-¿Qué?-preguntó bajando la ropa de nuevo para acercarse a él con pequeños pasos.

Con una sonrisa sugerente se pegó a él y tomó su brazo derecho por el codo, moviéndolo del costado, para luego deslizar su mano hacia la muñeca de su amante y llevó su mano hasta el interior de sus cálidos muslos. Entonces pudo sentir el vello entre sus dedos, posteriormente como sus labios inferiores se abrían y llegaban hasta su clítoris el cual ya estaba húmedo.

-Mona...-jadeó llevando su mano izquierda a los rojizos cabellos de su Ophelia. Respiró agitado inclinándose hacia ella. La bestia estaba a punto de despertar- Mona...

-Quiero que me rompas. Te ordeno que lo hagas Tarquin Anthony Blackwood- dijo furiosa pero excitada- Hazlo-jadeó mordiendo su labio inferior al notar como los dedos de su amante se movían estimulándola- Quinn... no tengas compasión...-balbuceó.

Tarquin la besó callándola de una vez. Su lengua se desató dispuesta a robarle cualquier jadeo. Mona podía sentir los dedos desesperados de su amante, tan largos como aventureros, que pronto se hundieron en su vagina penetrándola. Él rápidamente la empujó sacando sus manos y a ella de encima suya. Sus manos se colocaron en las débiles tirantas mientras las rompía con furia, igual que rasgabas su escote y destrozaba la tela transparente. Los pechos de Mona se movieron libres con sus pezones sonrosados algo duros, su vientre plano de ombligo perfecto y caderas anchas eran provocadores, pero sobre todo lo que volvía loco a su amante era su aroma. Tenía un aroma sexual que explotaba en la punta de su nariz, por eso inmediatamente la tiró al suelo mientras las lentejuelas aún botaban y caían por todas las direcciones posibles.

Se liberó con rapidez de su abrigo, aunque casi no podía librarse de la corbata debido a su torpeza. Mona decidió ayudarlo quitando los botones de su camisa, pero estaba desesperada por sentirlo que acabó rompiéndola y los botones rebotaron por el suelo. Ni siquiera habían encendido la chimenea y ya estaban sintiendo cierto calor recorrer a ambos.

-Quinn...-gimió abriendo sus piernas mientras estiraba sus brazos hacia sus cabellos, tirando de ellos y provocando que el rostro de su Abelardo se hundiera en sus mullidos, seductores y excitantes pechos.

La boca de Tarquin se abrió sacando su lengua para lamer sus senos, viajar hasta sus pezones y succionar ambos alternativamente. A su vez, completamente desesperado, se deshacía de su cinturón y bajaba sus pantalones para sacar de entre su ropa interior su miembro. Tenía un tamaño considerable debido a su estatura, pues estaba perfectamente proporcionado. Mona sentía un agradable dolor y calor cuando la penetraba.

-Oh, Quinn...-susurró llevando su mano derecha al miembro de su amante, agarrándolo por la base para deslizar sus dedos, apretándolo suavemente, hasta su glande.

De inmediato Tarquin cambió su expresión hacia una más dominante, su mirada se endureció y encendió, sus manos agarraron a Mona por sus muñecas y terminó por sujetarla únicamente con la mano izquierda. La derecha abrió sus piernas y cuando ella pensó que la penetraría tan sólo hundió sus dos dedos.

-Estás tan húmeda mi Ophelia-susurró moviendo ambos de una forma que provocaba que ésta se retorciera y cerrara las piernas- No-dijo duramente abriendo con fuerza bruta sus muslos para en un movimiento rápido girarla, dejándola con su torso sobre su espalda.

Sin cuidado alguno comenzó a dejar azotadas en sus nalgas con ambas manos, golpeándola con saña. Mona gimió, sobretodo cuando notó esas mismas azotadas sobre su sexo y finalmente su lengua hundiéndose en ella. La lengua de Tarquin era larga y sabía moverse en su interior. Siempre se había desecho con el sexo oral que él le hacía hasta convertirla en una perra sumisa. Aplastó con su izquierda su espalda, pegando sus senos al suelo sutilmente cubierto con una hermosa alfombra con flecos dorados y estampados de vivas flores cían.

Se apartó de ella hundiendo de nuevo sus dedos y estimular con cierta rapidez su clítoris. Las piernas de Mona temblaban y sus labios se abrían en forma de o. Gemía y gritaba su nombre alentándolo para que al fin la rompiera, cosa que logró sintiéndolo de una única estocada mientras le abría bien sus nalgas. Pues no la penetró por la vagina, sino por el ano. Rió bajo al notar la sorpresa que brilló en su cara y como el dolor la rompía, pero no pudo molestarse. Tras varias estocadas empezó a gemir mientras hundía sus dedos en su vagina y con la mano izquierda levantaba sus caderas con la palma extendida sobre su vientre.

-Hoy te romperé en dos, ¿no querías eso?-preguntó pegando sus labios sobre sus hombros, dejando besos suaves sobre estos, y mordiscos en su oreja mientras resoplaba y gemía bajo- Mona... eres mía.

-Sí-respondió moviendo sus caderas completamente entregada.

Las embestidas cada vez eran más fuertes y rudas. El ritmo era intenso como los gemidos de ambos. Ella llegó a su primer orgasmo, lo cual provocó que se tensara y apretara su miembro. Él intentó no terminar, por eso se apartó y la miró sentado en el suelo justo al borde de la alfombra. Ambos estaban sudorosos y agitados, sobre todo ella que había empapado sus muslos con sus fluidos. Rápidamente recobró el aliento y se aproximó gateando, colocando su rostro sobre sus muslos para comenzar a lamer su glande. La tomó del pelo apartándola para mirarla con cierto desafío, la tiró de nuevo al suelo pero esta vez contra el mármol frío de la habitación. Aquello erizó el pelo de la nuca, pero no pudo deleitarse del cosquilleo porque rápidamente sintió su miembro hundiéndose en ella. Un ritmo fuerte, incitante y que golpeaba en el punto justo que la mataba de placer.

Sus pezones duros rozaban el torso de su amante, compañero y esposo. Aquel hombre enamorado, completamente desesperado por ella, la dominaba en la cama, aunque en realidad estaban sobre el suelo del Santuario. La penetró con mayor furia notando lo estrecha que era, como la rompía y abría.

-Así, gime-sus piernas se enroscaban en su figura delgada, lo cual le daba cierta ventaja. Tenía unas piernas largas y hermosas a pesar de su estatura, las cuales apretaban con fuerza la figura de Tarquin y provocaba que las arremetidas fueran más intensas y profundas.

Pronto el rostro del noble Abelardo, del heredero Blackwood, y en definitiva de Tarquin se hundió en una mueca de placer intenso mientras ella echaba su cabeza hacia atrás y alzaba sus caderas. La que fuera heredera al legado Mayfair, una de las brujas más importantes y poderosas de la familia, estaba corrompiendo y encendiendo nuevamente a Tarquin, un pariente lejano que tenía en su sangre los genes Mayfair.

-Así, así-repitió temblando mientras sus brazos la rodeaban con tortuosa pasión y ella llegaba a su segundo orgasmo, él llegaba al final del primero y último de la noche. Su esencia bañó el interior de Mona, como en aquella primera vez en el coqueto hotel, y mordió sus labios tras un gruñido profundo.

No se retiraron y siguieron unidos hasta pasados algunos minutos. Entre besos y caricias, se quedaron recostados allí sin necesidad de chimenea pues ambos habían entrado en calor. Él hundió su rostro en su cuello y aspiró su aroma mientras ella acariciaba sus cabellos negros con una sonrisa cargada de satisfacción.


-Mi Abelardo.  

viernes, 11 de octubre de 2013

El amor, nuestra locura

Deseo besar tus labios hasta quedarme sin fuerzas. Quiero bañarme en tus ojos y contemplar sus grises mareas. Eres la mujer más hermosa que he visto. Sin duda te has vuelto mi musa en cada una de las largas noches donde nos hemos comido a besos.

Tú me seduces con tu sonrisa tímida, tus caricias suaves que calientan mi corazón y me hace caer rendido. Quiero bailar contigo ésta noche hasta caer rendidos en nuestro revuelto colchón con ropas de seda. No hay límites en el amor porque la eternidad se alza más allá del cielo nocturno, las estrellas iluminan nuestro rostro. No temas, no te dejaré caer de mis brazos. Bésame una vez más, tócame como sabes hacerlo, provoca una reacción en cadena y deja que el placer nos invada.

Ésta noche se ha convertido en la revolución. El frío se ha alejado al fin y empezamos una eterna primavera en una tierra cálida. El mapa de tu piel susurra que viaje precipitadamente hacia el sur mientras, en él note, tus ojos vigilan la travesía. La constelación de las escasas pecas de tu vientre me ha conquistado en medio de la batalla. Mis dedos se hunden en los bosques de trigo de tu cabello, el cual cae en ondas hechas por un antiguo mar de rayos de sol.

Tan hermosa, seductora y lasciva como fría, consecuente e intuitiva. Quiero besar tu rostro hasta desgastarlo. Has venido de otro mundo pues me has atrapado sin que me percatara. Dicen que eres veneno para cualquier mortal e inmortal, pero para mí no eres más que el antídoto a mi locura. Mírame postrado a tus pies, besándolos con ternura y acariciando tus delicados tobillos.


Eres mi esposa, mi compañera eterna y mi ángel guía para la salvación de mi alma.  

Gracias por su lectura

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Lestat de Lioncourt