Lo imposible
Parte 9 II
Los tejados de las restantes mansiones
se veían bajo sus pies, así como los bosques desnudos cubiertos de
nieve. El invierno había llegado con su dureza golpeando la tierra,
humedeciéndola, y provocando que la vida mermara. Si bien, no muy
lejos la ciudad se veía despampanante. Las luces brillaban mientras
algunas chimeneas parecían pequeños cigarrillos. El mundo seguía
su curso mientras nosotros volábamos lejos.
Me sentía a punto de explotar. Todo lo
que ocurría era una auténtica locura. Sin embargo, me apresuré a
volar lo más rápido y lo más lejos posible. Buscaba un viejo claro
que conocía bien, cerca de una arboleda que ocultaba una vieja casa
de madera con un banco de hierro de madera podrida, un embarcadero y
una barca hundida en la orilla. Era una de mis nuevas propiedades,
había pensado reformarla para nosotros.
Cuando aterricé agarré su rostro
suplicando que me creyera. Era doloroso saber que el mundo ya no
sería como yo deseaba, que todo lo que yo buscaba o imaginaba no
volvería a ser igual por mis caprichos. Había destrozado lo que
poco a poco había logrado recomponer piedra a piedra.
-Louis, tú eres el único al que amo
de ésta forma... todo lo están haciendo para que te deje o me
dejes...-mis pies dolían por los cristales que aún seguían
atravesándolos mientras que la nieve ocultaba suavemente mi dolor
provocando otro peor-. Louis, estoy arrepentido.
Por primera vez a lo largo de mi larga
vida, llena de aventuras y peripecias, me arrepentía terriblemente
de haber dañado nuestra felicidad. Mi madre deseaba que fuese feliz,
lo fui a su lado durante ochenta largos años, y ahora que íbamos a
ser padres deseaba saborear de nuevo el llegar a casa y tener una
familia.
-Todo esto es un maldito infierno-
respondió encajándome un golpe directo con su felina mirada -.
Déjame solo unos minutos, necesito pensar antes de decir o hacer
cualquier tontería...-caí de rodillas porque no soportaba sentir la
nieve cubriendo las plantas destrozadas de mis pies. Los cristales
estaban hecho trizas clavados en la carne que los recubría como si
nada sucediese-. No tienes que irte. Sólo dame mi espacio -me tomó
del rostro con una mano y acarició mi mejilla derecha.
-Louis, voy a llevarte a una cabaña
que hay por aquí cerca. Hace unos meses pensé que podría
reconstruirla para ti y para Marius, él podría tener su taller y tú
un lugar para leer sosegado. Si bien, nunca terminé el proyecto
-comenté tomándolo de las manos mientras fruncía el ceño y me
incorporaba-. Louis, te juro que yo te amo... y te dejaré solo
porque allí no hay ni siquiera luz. No podrán hacerte nada, no
podrán molestarte-susurré antes de tomar cierto valor-. Iré a ver
a Quinn, sólo él puede detener ésto.
-D'accord, llévame -se cubrió bien
con la sábana pues hacía frío y esperó a que lo guiara. Si bien,
en ese momento agregó algo más-. Creeré en tu palabra -al fin
suavizó sus palabras-. Te esperaré en la cabaña, esto tiene que
acabar.
-Allí hay algunas mantas y muebles,
pues me quedé allí algunas noches hará como dos semanas. Sólo
quería ver si era factible... incluso pensé en un cuarto para el
niño si alguna vez lo llevabas- intentaba no pensar que todo se
podía acabar entre nosotros. Siempre se me había dado bien negar la
verdad, pues cuando la aceptaba bajaba los brazos y dejaba que me
derrotara. De momento se había dado cuenta nuevamente que Louis era
mi único y verdadero amor.
Sonrió ante mi comentario y juraría
que pude ver en el brillo de sus ojos lo que había imaginado. Él,
el bebé, una hoguera pequeña y una canción de cuna. Sabía que
llevaba practicando canciones con el piano desde hacía semanas, a
veces las escuchaba mientras él creía estar solo. Sus dedos se
movían suavemente sobre las teclas y se sonrojaba murmurando nombres
de chico y de chica. Deseaba realmente tener una familia conmigo, una
que nos merecíamos pues éramos dos huérfanos en mitad de la noche
buscando un poco de felicidad que a veces se hacía de rogar.
-Lo llevaré- murmuró pensando en voz
alta.
-Podríamos poner columpios y no sé...
un cajón de arena-intentaba no pensar más en todo lo que había
pasado. Esos dos fantasmas me las pagarían todas juntas.
Caminaba por la nieve sintiendo como
los cristales llegaban a mis huesos y también la presencia familiar.
Unas notas de violín provocó que girara mi rostro hasta un árbol
que había caído al ser partido por un rayo. Sobre él estaba la
figura de Nicolas. Sus cabellos oscuros, ondulados y algo largos
jugueteaban con la suave brisa que únicamente él parecía notar.
Sus pies estaban cubiertos por unas botas que yo mismo le había
obsequiado, sus pantalones eran oscuros como la propia noche y en sus
manos estaba el violín.
Bajó suavemente como lo haría un
gato, caminó con elegancia hasta quedar frente a nosotros y empezó
a danzar a nuestro alrededor. En su rostro había una sonrisa cruel,
pues parecía disfrutar del dolor de Louis.
-No, tú no...-susurré entre bufidos.
Nicolas había surgido de los
infiernos, o eso aseguraba, para buscarme a mí y hacerme sentir el
fuego abrasador en mi piel. Louis en ocasiones era incapaz de verlo,
aunque sí de escuchar sus palabras. A veces se mostraba gentil y a
la vista de todos, sonreía como el joven que una vez fue pero en
cuestión de minutos la perversión lo cubría y corría por sus
venas la crueldad.
-Louis, si escuchas música de violines
hazme caso e intenta pasar por alto todo. Por insufrible que sea
sabes que pronto se cansa y se va... Nicolas está cerca- mientras
decía aquello la imagen se disipó mientras sentía que cada vez me
costaba más caminar. Me molestaba tener esos cristales, pues
parecían fragmentarse cada vez en trozos más pequeños. Tras unos
minutos llegamos cerca, la cabaña se veía oscura, y algo tétrica,
pero allí debía dejarlo-. Je t'aime- dije besando suave sus labios
para ahora sí volar por los aires buscando a Quinn, donde quisiera
que se encontrase.
-Oui, haré lo que has dicho-
correspondió el leve beso y me vio partir.
Corrió rápido para refugiarse a la
cabaña, pues era mejor que estar tan sólo cubierto por una sábana
en medio de la nieve. Cuando vi que entraba haciendo crujir la puerta
de madera podrida suspiré, me giré hacia el camino que habíamos
seguido y vi mis huellas. Aquello era terrorífico, y doloroso, pero
no podía pararme a curarme sabiendo que mi buen amigo seguramente se
pudría sobre el suelo de mármol de Sugar Devil Island.
Allí fue donde miré primero. El lugar
donde “El Loco” había pedido construir un mausoleo y una
vivienda extraña, exuberante, y resistente para Petronia. La
vampiresa era un ser extraño con dos sexos bajo sus faldas, unas
facciones duras, una boca hermosa, un cabello oscuro y suave como el
de Louis y un genio terrible. Ella fue su creadora y ella le cedió
su patrimonio. Un patrimonio que Tarquin siempre vio como suyo,
incluso la intentó echar cuando pensaba que era un simple humano
tozudo acusándolo de ladrón.
Al abrir la puerta me hallé a mi
querido hermanito tirado en el suelo con claras señas de no haberse
arreglado en los últimos cuatro días. Sus cabellos ondulados caían
sobre su frente blanquecina, sus labios delicados tenían delineados
una mueca de sufrimiento y sus mejillas tenían lágrimas
sanguinolentas resecas. Sus pestañas negras estaban teñidas de un
rojo intenso, como el propio fuego.
Para Quinn había sido un héroe y
ahora estaba deslucido por todo lo que había hecho. Si bien, me armé
de valor y entré en la vivienda con gesto decidido. El cual se había
quedado en nada convirtiéndose en el de un hombre lleno de dolor y
rabia. Se había rendido, así de sencillo. Había bajado los brazos,
dejado que su cuerpo se tirara sobre el mármol y rodeado de un mundo
de riquezas, y belleza, rogó que su tiempo llegase. Tomé aire y fui
hacia él arrastrándolo por el suelo hasta golpearlo contra uno de
los muros más resistentes de la vivienda, muy cerca de la escalera
que daba acceso al segundo piso. Oh, el segundo piso donde murió
Rebeca clavada en un gancho mientras suplicaba.
-¡Dile a Mona que me deje en
paz!-espeté mostrando mis dientes de forma temible mientras lo
agitaba-. ¡Quiero que deje en paz a Louis! ¡Necesito que deje en
paz ella y todos sus jodidos fantasmas!-lo tiré hacia el suelo
convertido en un pelele y rompí a llorar-. Quinn... lo lamento
muchísimo, pero ya sabes como es ella y aunque lo he entendido
tarde... como he podido la he apartado de mi lado. Pero ella insiste
Quinn, ella insiste.
Tenía el rostro girado y cuando lo
volteó su mirada era vidriosa, casi sin vida, y dejó simplemente
que ésta cayese hacia atrás golpeando la pared.
-Que haga lo que desee...-murmuró
moviendo a duras penas sus labios y dejando que las lágrimas se
escaparan de nuevo copiosamente. Aquel guerrero había caído al ser
devorado por el monstruo de la incertidumbre y desconfianza sembrado
por las semillas de la pelirroja que tanto amaba.
Él también era un Mayfair, con otro
apellido pero lo era. Ambos eran fuertes, pero sin duda ella le
ganaba en todo. Un maldito muchacho que quería ser feliz con una
mujer vengativa, libidinosa y de temibles ojos esmeraldas con un
prominente escote. Dudé entonces de haber ido al sitio adecuado, sin
duda él no era más que un tonto buscando ser amado y ese amor le
había sacado el dedo, reído de él y huido a trote de un mejor
semental.
-Hermanito, necesitas
recapacitar-susurré agarrándolo entre mis brazos. Eran fuertes,
decididos, los de un héroe que volvería a alzarlo como si se
tratase de una película de superman con los colores demasiado
intensos, una capa que ondeaba sobre el mar azul que era el
firmamento y una sonrisa dura. Volvería a ser su héroe, o eso
esperaba. Pues por ello, y sólo por ello, acabé cortándome la
lengua para ofrecerle un trago en un beso brusco.
Su boca se abrió, pero su cuerpo no
reaccionó y no terminó tragando. Era algo más alto que yo, lo que
provocaba que alzara mi cabeza para ver sus ojos de un azul intenso
similar a los de un gato. Por ello lo besé, porque su tamaño era
inmenso y porque mi brazo lo apartaría con sus enormes, finas,
suaves y frías manos.
Cuando aparté mis labios, rogando que
no la escupiera del todo aunque lo hizo, lo senté en una de las
sillas estilo imperio romano, la cual era de oro puro, y que había
sido pedida por Petronia hacía décadas. Acabé mordiéndome la
muñeca derecha y se la ofrecí, un buen chorro de mi negra, espesa y
suculenta sangre llena de poder. Pero no funcionó y entonces se me
pasó por la cabeza tirarlo a los caimanes, igual que él hizo con su
madre sidosa y loca, porque quizás ellos lo espabilarían mucho
mejor que yo.
-Déjenla... si me acerco matará a
Jerome... -pronunció sumiéndose en aquel estado de mutismo.
Jerome era su hijo. Un niño de piel
algo oscura, cabellos tan hermosos como los suyos y unos ojos
increíbles. Ese niñito que conoció con tres años ya era casi un
adolescente. Tenía unas facciones similares a las suyas, igual que
las de Tommy que era su tío hijo de su abuelo Pops con una muchacha
que había vivido sin futuro en una caravana sucia y llena de críos.
Jerome era su único hijo, su orgullo, el descendiente... el hermoso
Jerome que aprendía bajo la tutela de Nash que le hizo amar la
literatura, la música, la naturaleza mientras que Tommy le llenaba
la cabeza de pájaros sobre viajes intensos que harían cuando él
cumpliese en un par de veranos.
-¡Y matará a Louis si no me quedo con
ella!-grité tras un inciso. Me importaba Jerome, claro que me
importaba porque yo mismo lo había cargado como su tío favorito.
Era un amor de crío, pero mi Louis también estaba en peligro. En
realidad, todos estábamos en peligro así que no dudé en agarrarlo
de las solapas y tirar de él para intentar ponerlo en pie-. ¡Tú
puedes enternecer el corazón de esa maldita loca!
Se levantó pero no aguantó, pues cayó
como pelele sin vida. Era un trapo que no tenía huesos, ni fe, ni
futuro, ni nada. Aquello era peor que ver a Louis en sus peores días
como vampiro. No dudé en patearlo completamente molesto.
-Está bien, no tienes cojones de
enfrentarte a ello... -medité entonces como ponerlo furioso y sonreí
de forma cínica-. ¿Sabes? A tu mujer también le gusta que la
penetren por su redondo y blanco trasero...
Esperaba furia, un golpe duro en mi
mentón, ojos llenos de rabia y lo único que tuve fue el miserable
pasotismo de un hombre que ha aceptado la muerte.
-Al demonio- dije entre dientes tomando
a mi buen amigo como si fuera un saco de patatas, lo cargué hasta
las oscuras orillas infectadas de caimanes y lo levanté para
arrojarlo. Si bien, lo pensé. Aquello no lo despertaría y sólo
provocaría que se hundiera como una piedra hasta el fondo donde
seguramente descansaba algún hueso de Patsy.
Entonces acabé tomándolo en brazos,
igual que si fuese una damisela en peligro, y miré su rostro bajo
los rayos de la luna. Sus labios estaban algo agrietados por la sed
que ni siquiera sentía, pues su corazón estaba fragmentado, y me
alcé por los aires rumbo a la cabaña donde estaba Louis.
Llegué de nuevo a la cabaña tras casi
una hora esperando que Louis hubiese encontrado por instinto las
mantas. Si bien, tenía la corazonada que estaría en un rincón
llorando como un niño perdido. Y cuando llegué, con Quinn entre mis
brazos, descubrí que no estaba equivocado.
-No está bien, pero tengo que llevarlo
con Mona y que recapacite... sólo he venido para ver si estabas en
condiciones.
-Si, si por mi no te preocupes
-respondió de mala gana, seguramente irritado por su torpeza que por
mis palabras-. Haz lo que tengas que hacer, ya me las apañaré como
pueda -sabía que no quería ser arisco, pero la mención de Mona
últimamente provocaba que hablara con los dientes apretados.
Coloqué al muchacho en el suelo con
cuidado y fui hasta él. Fue fácil hallarlo pues sus ojos casi
resplandecían como los de una pantera. Me maldije por ver lo torpe
que era, aunque ya no tenía nada de humano en él y aún así lo
asemejaban muy bien. Quería ser atendido, por ello jamás usaba bien
sus cualidades. Verse destrozado, casi sumiso ante mí, era lo que me
tenía a sus pies por completo. Estiré mi brazo para buscar la mesa
y una vez la hallé recordé que muy cerca estaba un sillón.
-Ven, ven aquí- lo tomé entre mis
brazos y lo llevé hasta el sillón encendiendo con mi mente el fuego
de la chimenea. Cubrí su cuerpo con unas mantas polvorientas y
acaricié su rostro esperando que me perdonara-. Entrarás en calor y
por dios Louis ni te muevas.
-Merci -dijo en cuanto sintió la
cálida prenda-. Ve con cuidado, mon cher -me despidió depositando
un beso en mi mejilla.
Me moví rápido para agarrar a mi
hermanito y me alcé por los cielos. Él estaba débil y necesitaba
que lo viera Mona, sentía que se enternecería y comprendería. No
era correcto que lo dañara, no a su esposo, no al hombre que lo
amaba, no a su noble Abelardo... no a él.
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