Memorias de Michael y Rowan, en un tiempo indeterminado, para todos ustedes. El amor es algo que no se debe ocultar, la pasión mucho menos.
Lestat de Lioncourt
Hacía un buen rato que la observaba
con su encantadora blusa blanca, tan pulcra como la propia nieve, que
roza su cuello, pues es lo único que roza su nuca ya que hoy tiene
el cabello recogido, como una caricia, como un beso, que yo alguna
vez he dejado desesperado porque comprenda cuánto la amo. En
silencio. Como si el silencio pudiese aclarar todo. He comprendido al
fin, a pesar de todo, que la amo sin importarme nada. No sé si sólo
fue un truco de Lasher, fruto de un destino perverso o la necesidad
palpable de ser dos piezas dispares que encajan a la perfección.
Me senté en la cocina, con una lata de
cerveza bien fría, que se fue calentando en mi mano mientras la
contemplaba. Creo que si la seguía mirándola de ese modo se habría
en cuadro. El arte me ha interesado siempre, pero sobre todo el arte
de la construcción. Amo el arte de construir un hogar, desde sus
cimientos, para que sostenga el techo que protegerá a las familias,
por dispares que sean, durante generaciones. Quizás es eso. Tal vez
es porque ella es realmente mi única familia. Mi mujer, mi
compañera, mi amiga...
—¿Necesitas algo?—me dijo con las
narices aún en los informes—. Michael, ¿necesitas algo?
—No—he respondido llevándome la
lata a los labios, para darle un buen trago, antes de ver sus ojos
grises, algo fríos, contra los míos. Me oprimió el pecho, como si
fuera un calambrazo mortal, pues recordé que había dicho que no
bebería de nuevo, y menos frente a ella. Detestaba mis cervezas,
pero era algo inevitable—. Lo siento, tenía sed.
—Nunca cumples esa promesa—me
replicó—, y sigues fumando.
—No voy a morirme—respondí
sacudiendo la cabeza—. Sabes que Julien no lo permitiría.
—Julien no es Dios, Michael. Tienes
que cuidarte—murmuró con molestia, y preocupación, cerrando los
informes, dejándolos a un lado, para incorporarse y caminar hacia
mí—. ¿Qué haría yo sin ti?—preguntó tomándome del rostro,
acariciando mi barba, mientras noto su aroma envolviéndome como una
deliciosa fragancia. Si hay algo en éste mundo que me guste más que
la arquitectura, Dickens y la cerveza es ella, sin duda es ella. Sí,
es ella.
—Rowan, estoy bien—dije, mientras
la atrapaba entre mis brazos, dejando la cerveza en la encimera,
mientras hundía mi rostro bajo en sus pechos.
—Michael... tengo cosas que
hacer—logró decir, pero un escalofrío recorrió su delgada figura
de pies a cabeza.
Mis manos, que habían logrado matar a
hombres y mi hijo Taltos, eran perfectas para desabrochar su blusa,
sacar sus pechos del sujetador de liso algodón. Mi boca rozó el
hueco que se hallaba entre sus senos, el pliegue cálido bajo estos y
los pezones que comenzaban a endurecerse. Mi lengua, rápida y
desafiante, se colocó sobre su pezón derecho y mis labios hicieron
presión. Ella colocó sus manos sobre mis cabellos negros y rizados,
hundiendo sus dedos entre la mata espesa cercana a la coronilla,
mientras jadeaba algo excitada.
—Michael...—balbuceó abriendo
sutilmente sus piernas mientras buscaba con su mano derecha la mía,
sin importarle demasiado si nos escuchaba el servicio o alguien
entraba en la cocina—. Atiéndeme, Michael—susurró echando la
cabeza hacia delante, tomándome de la nuca con la zurda, para
mirarme a los ojos mientras me deslizaba la mano, tomada con la suya,
entre sus muslos—. Aquí, atiéndeme—dijo tragando saliva con la
voz jadeosa.
Sus pechos eran tan sensibles, aunque
realmente era su piel. Toda ella estaba recubierta de una capa
sensible que reaccionaba con mis toscas caricias. Mis dedos, algo
gruesos y ásperos, rozaron sus muslos cálidos antes de colocarse
sobre su ropa interior. Y allí, sobre ésta, comencé a rozar su
clítoris por encima de la tela.
—Michael... hazlo... —jadeó
cerrando los ojos, echando su cabeza hacia atrás, mientras yo bajaba
su ropa interior para hundir mis dedos en ella.
Mi dedo corazón se hundió en su
vagina, el pulgar quedó acariciando su clítoris, mientras mis
dientes mordían sus pezones haciéndola gemir. Sus piernas se
abrieron aún más, lo máximo que le permitía la falda, mientras
movía sus caderas de forma erótica. Sus manos me acariciaron la
nuca, se colocaron en mis hombros y sus uñas se clavaron
enterrándose en la tela, prácticamente desgarrándola.
—¡Ya! ¡Hazlo rudo!—gritó
furiosa, completamente dominante, provocando que me incorporara del
taburete, la girara levantando su falda y bajara precipitadamente la
cremallera.
Estaba completamente dispuesto para
atacar, del mismo modo que un animal salvaje espera que la presa esté
distraída para saltar sobre ella, y cuando bajé la cremallera saqué
de entre mi ropa interior mi miembro, duro y grueso, preparado para
complacerla. Ella estaba húmeda y caliente, y yo estaba desesperado
y completamente eufórico por sentir como su vagina me oprimía. Sus
pechos cayeron sobre la encimera, rozándola, mientras sus piernas se
abrían un poco más. Pronto entré, sin contemplaciones, de una sola
vez mientras la tomaba de la cintura comenzando a moverme.
Era un ritmo rápido, algo profundo, y
completamente acompasado con el movimiento contrario a sus caderas.
Aquello era el infierno en mitad de aquella cocina. Los
electrodomésticos, el reloj de la pared y la vajilla eran testigos
mudos, ciegos y sordos de nuestros gemidos y alaridos de placer. Mis
manos se colocaron sobre sus pechos, justo sobre sus pezones, para
pellizcarlos mientras bajaba el ritmo para enloquecerla.
—Te amo—balbuceé.
—Y yo Michael... pero te necesito
fuerte y duro—murmuró—. ¡Rómpeme!—exclamó.
Volví a tomarla de la cintura,
moviendo con rapidez mis caderas, y por el movimiento de ambos el
taburete se movió y terminó cayendo. No nos importó, como tampoco
me importó que la cerveza cayera y se derramara hacia el suelo.
Parte del contenido de la lata mojó sus pechos, empapándola con el
delicioso aroma de la cebada tostada justo para crear esa deliciosa
bebida. Durante varios minutos duró aquello, sus gemidos eran
perversos y yo me sentía subyugado a su belleza, su erotismo y el
calor de su sexo. Cuando llegó a su orgasmo final poco después lo
hice yo, tras unas cuantas estocadas más, pero ahí no me detuve. La
giré, completamente empapada de mí y de cerveza, para lamer sus
pechos y saborearlos con aquel delicioso sabor. Sin duda la amaba.
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OOC: Recuerden que yo llevo a Michael Curry.
Este texto está dedicado a mi pareja y a todos aquellos que aman a Rowan y Michael, los Mayfair y la pasión.
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