Durante largos años he publicado varios trabajos originales, los cuales están bajo Derechos de Autor y diversas licencias en Internet, así que como es normal demandaré a todo aquel que publique algún contenido de mi blog sin mi permiso.
No sólo el contenido de las entradas es propio, sino también los laterales. Son poemas algo antiguos y desgraciadamente he tenido que tomar medidas en más de una ocasión.

Por favor, no hagan que me enfurezca y tenga que perseguirles.

Sobre el restante contenido son meros homenajes con los cuales no gano ni un céntimo. Sin embargo, también pido que no sean tomados de mi blog ya que es mi trabajo (o el de compañeros míos) para un fandom determinado (Crónicas Vampíricas y Brujas Mayfair)

Un saludo, Lestat de Lioncourt

ADVERTENCIA


Este lugar contiene novelas eróticas homosexuales y de terror psicológico, con otras de vampiros algo subidas de tono. Si no te gusta este tipo de literatura, por favor no sigas leyendo.

~La eternidad~ Según Lestat

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jueves, 22 de mayo de 2014

La felicidad de ambos

La felicidad de ambos es una reflexión que tiene Marius sobre la última noche junto a Armand, su Amadeo por siempre, para compartirla con todos ustedes.

Lestat de Lioncourt

La felicidad de ambos

Sentado al borde de la cama, observando su cuerpo desnudo bajo las sábanas de satén, pensaba en lo breve que podía ser esos momentos de felicidad. Sus cabellos pelirrojos caían sobre su rostro, ocultándolo por algunos mechones, rozando su pequeña nariz y sus perfectas pestañas. Sus brazos estaban arrojados plácidamente sobre el almohadón y su espalda, pequeña y algo estrecha en la cintura, se veía como una lengua lechosa sobre el colchón. La sábana sólo cubría sus glúteos, redondos y duros, hasta sus muslos. Tenía unas hermosas piernas torneadas a pesar de ser un chico y unos pies perfectos, de dedos diminutos. Era sin duda un querubín en medio de la oscuridad.

—Pronto la felicidad estallará como si fuese un globo—murmuró inclinado hacia delante con los codos apoyados en los muslos.

Tan sólo tenía su elegante bata de seda roja, sus cabellos estaban algo alborotados y parecía la melena de un león cayendo por sus hombros, y sus pies estaban desnudos sobre la alfombra. Era una imagen tentadora. Podía verse su pecho marcado y blanquecino, como si fuese de mármol, por la abertura de la prenda. Sus ojos, tan fríos a veces, parecían haber entrado en calor cuando observaba las manos finas y diminutas, sus pequeños codos y sus delicados hombros. Miraba una obra de arte, no sólo un muchacho que quedaría así para siempre.

Los labios carnosos de Amadeo se curvaron, como si él también supiera que ese momento debía ser aprovechado. Habían compartido la noche anterior tras una terrible discusión, ambos mostraron las terribles heridas que habían guardado durante siglos y cuando hubo un momento de silencio las caricias los desarmaron a ambos. Hacer el amor con furia era algo típico para ambos. Abrió los ojos estirándose como si fuese un pequeño felino y lo observó sin pudor alguno.

—¿Te gusta lo que ves?—preguntó riendo bajo.

—¿Por qué no podemos estar siempre así?—dijo al aire echándose contra el respaldo del sillón que ocupaba.

—Porque tú eres terco—respondió—. No admites errores y jamás aceptarás que hiciste daño. La única vez que lo hiciste transformaste a dos de mis amados mortales, los que más he amado jamás, en vampiros. Hiciste que ellos sufrieran el mismo destino que nosotros ¿no teníamos suficiente con soportarnos ambos que tuviste que añadir a dos criaturas?—aquellas palabras le hicieron arder, pero guardó silencio—. Debo marcharme antes que tú me eches—dijo incorporándose.

—¿Por qué crees que lo haré?—esa pregunta fue en un tono algo airado, como si quisiera discutir y a la vez deseara guardar su ira.

—Te conozco bien—susurró acercándose a él para besar su frente como si fuese un niño pequeño—. Cuídate mi amado maestro, cuídate de tu ira y dolor—besó lentamente sus labios antes de marcharse de la habitación.


De espaldas, completamente desnudo, parecía una escultura de Cupido buscando las gasas que cubrirían sus partes más íntimas. Sus pasos eran rápidos, aunque no muy largos, como siempre y sabía que podía rebasarlo en dos zancadas; sin embargo no se movió. Él ya no quería discutir esa noche, al menos no esa noche.  

Gracias por su lectura

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Lestat de Lioncourt