Lestat de Lioncourt
La felicidad de ambos
Sentado al borde de la cama, observando
su cuerpo desnudo bajo las sábanas de satén, pensaba en lo breve
que podía ser esos momentos de felicidad. Sus cabellos pelirrojos
caían sobre su rostro, ocultándolo por algunos mechones, rozando su
pequeña nariz y sus perfectas pestañas. Sus brazos estaban
arrojados plácidamente sobre el almohadón y su espalda, pequeña y
algo estrecha en la cintura, se veía como una lengua lechosa sobre
el colchón. La sábana sólo cubría sus glúteos, redondos y duros,
hasta sus muslos. Tenía unas hermosas piernas torneadas a pesar de
ser un chico y unos pies perfectos, de dedos diminutos. Era sin duda
un querubín en medio de la oscuridad.
—Pronto la felicidad estallará como
si fuese un globo—murmuró inclinado hacia delante con los codos
apoyados en los muslos.
Tan sólo tenía su elegante bata de
seda roja, sus cabellos estaban algo alborotados y parecía la melena
de un león cayendo por sus hombros, y sus pies estaban desnudos
sobre la alfombra. Era una imagen tentadora. Podía verse su pecho
marcado y blanquecino, como si fuese de mármol, por la abertura de
la prenda. Sus ojos, tan fríos a veces, parecían haber entrado en
calor cuando observaba las manos finas y diminutas, sus pequeños
codos y sus delicados hombros. Miraba una obra de arte, no sólo un
muchacho que quedaría así para siempre.
Los labios carnosos de Amadeo se
curvaron, como si él también supiera que ese momento debía ser
aprovechado. Habían compartido la noche anterior tras una terrible
discusión, ambos mostraron las terribles heridas que habían
guardado durante siglos y cuando hubo un momento de silencio las
caricias los desarmaron a ambos. Hacer el amor con furia era algo
típico para ambos. Abrió los ojos estirándose como si fuese un
pequeño felino y lo observó sin pudor alguno.
—¿Te gusta lo que ves?—preguntó
riendo bajo.
—¿Por qué no podemos estar siempre
así?—dijo al aire echándose contra el respaldo del sillón que
ocupaba.
—Porque tú eres terco—respondió—.
No admites errores y jamás aceptarás que hiciste daño. La única
vez que lo hiciste transformaste a dos de mis amados mortales, los
que más he amado jamás, en vampiros. Hiciste que ellos sufrieran el
mismo destino que nosotros ¿no teníamos suficiente con soportarnos
ambos que tuviste que añadir a dos criaturas?—aquellas palabras le
hicieron arder, pero guardó silencio—. Debo marcharme antes que tú
me eches—dijo incorporándose.
—¿Por qué crees que lo haré?—esa
pregunta fue en un tono algo airado, como si quisiera discutir y a la
vez deseara guardar su ira.
—Te conozco bien—susurró
acercándose a él para besar su frente como si fuese un niño
pequeño—. Cuídate mi amado maestro, cuídate de tu ira y
dolor—besó lentamente sus labios antes de marcharse de la
habitación.
De espaldas, completamente desnudo,
parecía una escultura de Cupido buscando las gasas que cubrirían
sus partes más íntimas. Sus pasos eran rápidos, aunque no muy
largos, como siempre y sabía que podía rebasarlo en dos zancadas;
sin embargo no se movió. Él ya no quería discutir esa noche, al
menos no esa noche.
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