Durante largos años he publicado varios trabajos originales, los cuales están bajo Derechos de Autor y diversas licencias en Internet, así que como es normal demandaré a todo aquel que publique algún contenido de mi blog sin mi permiso.
No sólo el contenido de las entradas es propio, sino también los laterales. Son poemas algo antiguos y desgraciadamente he tenido que tomar medidas en más de una ocasión.

Por favor, no hagan que me enfurezca y tenga que perseguirles.

Sobre el restante contenido son meros homenajes con los cuales no gano ni un céntimo. Sin embargo, también pido que no sean tomados de mi blog ya que es mi trabajo (o el de compañeros míos) para un fandom determinado (Crónicas Vampíricas y Brujas Mayfair)

Un saludo, Lestat de Lioncourt

ADVERTENCIA


Este lugar contiene novelas eróticas homosexuales y de terror psicológico, con otras de vampiros algo subidas de tono. Si no te gusta este tipo de literatura, por favor no sigas leyendo.

~La eternidad~ Según Lestat

lunes, 6 de mayo de 2019

Abrazo fraternal

Heme aquí rompiendo el silencio de tanto tiempo con la única finalidad de ofrecer un abrazo fraternal a un amigo. Heme aquí con un texto... que sea lo que Memnoch quiera.


—¿Qué haces?

Parecía que todo a su alrededor había desaparecido, pero en realidad estaba conectado por completo con lo que ocurría más allá de las avenidas. Estaba analizando hasta a las más pequeñas de las criaturas, las hormigas, que se movían cerca de los hermosos maceteros que colgaban del perfumado balcón.

Louis y él podían acompañarse en largos silencios. Ellos se comprendían dentro de su dramático espíritu. Yo no. Jamás me daba por vencido aunque el dolor me estuviera lacerando el alma, pues me habían enseñado que tenía que permanecer en pie porque sólo de esa forma se sale adelante.

Él se sentía solo, pero ¿cuándo no? Podía apreciarlo por la forma en la cual se colocaba el mechón rojizo tras su oreja derecha y la pose arqueada que tenía su espalda.

—Observo—respondió tras un suspiro.

—La vida no va a cambiar mediante la observación—dije tras una pequeña risotada. No me burlaba de él, sino que ya podía adivinar cada uno de sus pensamientos y sentimientos. Armand era difícil de leer en un principio, sin embargo ahora era una obra ligera de bolsillo. Como esas obras de detectives o del viejo oeste que tanto me apasionaban y que siempre tenía dentro de mi ataúd.

Bueno, sigo usándolo. ¿A alguien le parece desfasado? Tal vez, pero el romanticismo de ese momento es tan atractivo que me niego a dormir en una cama. Un ataúd es más cómodo y seguro.

—La observación es la madre de todas las ciencias—dijo sin prestarme atención.

Creo, aunque no estaba seguro, que estaba observando a un muchacho joven, apuesto, de la edad aproximada a la que él aparentaba físicamente y que se reía de todo y nada en la acera, sentado en unos escalones del edificio que teníamos frente a frente. Hablaba por el teléfono móvil, con una de esas aplicaciones, y parecía absolutamente abstraído. Seguro que lo miraba a él. ¿Qué estaría pensando? ¿En si debía comportarse así para parecer más humano o si podía llevarse su vida, sus secretos y sueños, de forma violenta y desesperada?

—No empecemos…

Fruncí el ceño y agité mi alborotada cabellera rubia, para después apoyarme en la barandilla del mismo modo que él estaba haciendo.

—No, no voy a hablarte de ciencia—me advirtió—. Quédate tranquilo, pues sé que esos temas pueden fascinarte pero sólo en su resultado y jamás en su desarrollo. Al igual que arte plástico, al igual que muchas otras cuestiones.

—Oh… —dije y después solté una carcajada enorme.

—Te conozco—dijo al fin girando su rostro hacia el mío. Sus ojos me hirieron. Esa mirada melancólica era idéntica a la de mi Louis, pero a la vez tenía una carga más dramática que me hacía un daño terrible. Siempre buscaba amor, y podría decir que desesperadamente, pero sólo encontraba sus sueños truncados—. Te he observado y te he sentido demasiado cerca y, por supuesto, demasiado lejos.

—Yo sigo siendo impulsivo, pero tú hace tiempo que…

—Que me convertí en un adulto encerrado en un cuerpo de niño—dijo con una sonrisa amarga.

—Palabras de Marius—añadí.

—Sentencia cruel—aseguró.

—Y correcta.

Mis palabras fueron dagas. Sabía que le había hecho daño, pero soy un bocazas. He sido un bocazas toda mi vida, ¿acaso tengo que cambiar ahora que tengo tantos siglos? Que sea ahora más responsable, pues he sido padre de dos muchachos que han logrado sobrevivir a grandes tragedias como las griegas, no implica que empiece a ser prudente. ¿Lestat de Lioncourt prudente? ¿Acaso soy la obra de un escritor adicto al crack que ha olvidado la personalidad de su protagonista? Absurdo.

—Debo irme—susurró girándose para atravesar el balcón y, sólo tal vez, ir a por su nueva víctima.

—Espera…—dije agarrándolo del brazo, para hacerlo girar sobre sí mismo y poder retenerlo por encima de sus codos.

—¿Qué?—me lanzó junto con una mirada confusa, triste y amenazante.

—Tienes un poco de tristeza en esa mirada—respondí.

—Típico en mí—musitó encogiéndose de hombros.

—En ambos, sólo que yo no sé expresarlo… Pero sé como remediarlo.

El remedio era un beso en su frente y un abrazo. Puede que sea simple, pero esa pequeña dosis de afecto hizo que se derrumbara llorando y manchando, por supuesto, mi flamante camisa nueva. ¿Importó que la arruinara? No. Me importaba más que sintiera que en mí había alguien que lo quería a pesar de las discusiones. Lejos quedó los enfrentamientos en los cuales ambos decidimos tirarnos el uno al otro por ventanas o intentar acabar con nuestras vidas. Lejos, muy lejos. Y, aunque suene repetitivo, debo comentar que siempre le he querido. Armand es mi hermano y como tal me veo obligado a hacer que sepa que en mí tiene un aliado, un hombro en el cual llorar y un pequeño respiro.

Debo admitir que tardó en zafarse y cuando lo hizo se marchó rápidamente, como si fuera la exhalación final de un moribundo. 

viernes, 12 de octubre de 2018

Relato breve - Halloween


Desperté en mitad de la penumbra. La única claridad que se colaba entre la profunda oscuridad era la de una ventana que daba a un enorme jardín, el cual parecía no tener principio ni fin. Fuera diluviaba. El sonido de los rayos golpeaba fuerte mis tímpanos como el tañido de las campanas de la vieja catedral del pueblo.

Desconocía dónde estaba, por qué me hallaba allí y si tenía algo que ver con el profundo dolor que sentía en cada milímetro de mi cuerpo. Intenté incorporarme, pero no podía moverme. No sentía atadura alguna, por lo tanto era más bien pesadez y rigidez de toda mi figura. Tenía el cabello enmarañado, pegado a la frente y también al cuello, y sentía los labios calientes. ¿Estaba febril? Eso pensé de inmediato. Me costaba respirar y concentrarme en mis pensamientos.

La lluvia me relajaba demasiado a pesar de los relámpagos que parecen alterar siempre a la mayoría. Quise hablar, pronunciar aunque fuese mi nombre, pero la lengua parecía querer permanecer en total quietud.

Apenas podía ver algo más que la ventana. Tenía la cabeza ligeramente inclinada hacia ella. El resto de la habitación la desconocía, pero olía a jazmines y dondiego. Era un aroma muy potente y adictivo que se pegaba a mis pulmones. También olía a menta y sutilmente a canela, pero no tenía total seguridad, así como a tierra mojada.

Carecía de frío, pero tampoco me encontraba con calor. Me encontraba en un estado agradable, el idílico para dormir. Alguien quería que estuviese en aquella duermevela continua como si me hubiese convertido, por arte de hechicería, en Aurora.

Un ligero sentimiento de angustia hormigueaba en mi alma desde la punta de los pies hasta la punta final de mis cabellos. Quería gritar. Necesitaba gritar. Ansiaba hacerlo a pleno pulmón como los niños cuando salen a jugar en mitad de un día de nieve en invierno.

Escuché pasos sobre una madera que crujía, así que presupuse que el suelo era de madera. Las paredes no lo parecían, aunque mi mente estaba confusa. Tal como he dicho antes ni siquiera podía moverme como para indagar o enfocar mejor mi mirada averiguando realmente cómo era el lugar donde permanecía. También era capaz de escuchar el tic-tac del reloj de mi muñeca.

La lluvia no amainaba.

Intenté pensar qué había hecho horas atrás, pero no tenía recuerdos. De hecho, carecía de la certeza de haber hecho algo o estado en otro lugar. Caí en la cuenta que por más que quería hablar y decir mi nombre no lo recordaba. No recordaba nada. Mi mente era un papel en blanco.

Me llené de un profundo dolor, un desapego y desasosiego con el entorno en el que me hallaba tan terrible que sentía que me desquebrajaba y cada pedacito, por pequeño o grande que fuese, se moría de inmediato. Estaba muriendo a pedazos.

Entonces algo sucedió. Mi vista se fue y el sueño pareció golpearme con fuerza como un enorme puñetazo. Después nada más. Ni siquiera un sonido que pudiese perturbarme. Y así he permanecido hasta el día de hoy. No sé qué fecha es, ni cuánto tiempo llevo aquí, tampoco sé quién soy y ni mucho menos la edad que tengo. La casa parece más vieja, la lluvia ya no está y luce un sol demasiado caliente. La habitación se cae a pedazos, al menos veo demasiadas humedales alrededor del marco de la ventana. Sigo en la misma posición.

Mi pregunta de hoy es ¿nadie me echa en falta? ¿Nadie me ha querido? ¿Nunca he sido algo más que un hilo de pensamientos frente a la ventana de un jardín? ¿Por qué recuerdo qué es el tañido de una campana si desde que estoy aquí no he escuchado una? ¿Es mi alma más vieja que este cuerpo inútil? ¿De quiénes eran esos pasos? ¿Y por qué ya no escucho el tic-tac de mi reloj? ¿Yo he tenido realmente un reloj o era el bombeo de mi corazón que se apagaba?


domingo, 22 de octubre de 2017

Yo soy Lestat

He terminado una etapa. He gastado el último cartucho. Debo aprender a pensar primero en mí y luego en los demás. Dicho así suena muy egoísta, ¿verdad? Sin embargo, si yo no estoy bien, ¿cómo voy a cuidar de los míos? Si yo estoy bajo de ánimos, sin posibilidad de remontar, ¿cómo diantres voy a tomar mi espada imaginaria y luchar contra los molinos de viento que se han convertido en auténticos gigantes? Imposible.

Durante algún tiempo hice lo que muchos esperaban de mí. Decididos me habían elegido como el líder sabio de una tribu egoísta, sedentaria y que pocas veces alababa mi labor. Sólo un puñado de ellos estaban ahí apoyando mis decisiones, respetando mis malos momentos y flaquezas. El resto pedían más y más sin dar nada a cambio. Si empecé esta andanza con una sonrisa, dispuesto a degustar el éxito, fue porque realmente creía que era necesario que estuviera ahí para los demás. Sin embargo, los demás no han estado siempre para mí.

Me han mentido, vendido, humillado, olvidado y también ocultado la verdad. Han quienes se acercaron a mí para conseguir beneficios, también están los que no lo hicieron por timidez o porque pensaban que no era alguien a quien seguir. Enemigos los tenemos todos y el principal es uno mismo. Nunca me he dado por vencido, que nadie crea que esta etapa es cuando bajo los brazos y digo que me rindo. Simplemente he optado por pensar en mi futuro y en lo que quiero hacer. Deseo algo que me recompense más allá de unos aplausos y unas palmaditas en mi hombro.

Me llaman Lestat y no es por cualquier motivo. He tenido una vida muy dura. Muchos no lo sabe. Yo he sido y soy alguien solitario aunque aparente que siempre estoy rodeado de personas, pero no todas llenan ese vacío y no siempre quiero que estén ahí. Mi padre no fue el mejor hombre, mi madre no siempre fue la más protectora y agradezco que no lo fuese. Mis mayores ejemplos han sido ella, mi abuela y mi abuelo así como en estos últimos años he tenido otros ejemplos en mi vida para tomar impulso.

No creo que mejore la vida de nadie darle importancia a personas que no lo merecen o proyectos que realmente desplazan otros más importantes. En estos últimos cinco años he dejado proyectos muy importantes por la avaricia de quienes empezaron conmigo este “sueño” que ha terminado siendo una pesadilla a gran escala. No los juzgo, no los odio, pero sí les recuerdo que fue por ellos por los que inicié todo. En mi antigua relación no tuve mucho apoyo hacia mis escritos, los que yo realmente creía importantes, porque no se basaban en los libros que esta persona idolatraba. Alguien que a mi parecer no le interesaba demasiado lo que yo sentía realmente, pues siempre intenté dejarlo un tiempo o publicar menos... Por supuesto, hablo del Jardín Salvaje. Para esta persona era una decepción si no se publicaba, pero ella no hacía gran cosa más allá que aplaudir y a veces ni leía lo que yo me esforzaba. Me sentía solo, abandonado, miserable... Intenté explicárselo, pero no tuve respuesta.

¿Saben ustedes cómo es gritar en mitad de una montaña y que nadie te responda, ni siquiera tu eco? Así me sentía. Estaba en mitad de una ventisca gritando ayuda y sólo acudían lobos. Unos lobos que bien conocía y que eran los que en el pasado intentaron devorarme a dentelladas. Viejos enemigos aparecían y la actitud de aquellos que decían quererme no ayudaba. No me gustaba la confrontación, sentía pena y siento pena por quien opta por vengarse. Prefiero perdonar, olvidar y sepultar en una tumba sin nombre a quienes no me han querido bien, no han aprendido nada de mí y no han sabido corresponder mis años de lucha a su lado. No los odio, pues el odio no me conduce a nada bueno. Sólo los olvido.

He vivido momentos terribles con amigos y los sigo viviendo. He visto como pierden a sus padres, amigos o simplemente inician enfermedades terribles. Suelo escuchar a compañeros que entran en un bucle de depresión, de odio hacia todo lo que hay a su alrededor o simplemente dejan de ver valor en sus acciones. A veces puedo consolarlos, otras veces sólo escucharlos mientras intento no ponerme a llorar. Soy un sentimental y un idiota, lo reconozco.

Actualmente estoy más activo que nunca en la lucha por mis derechos como ciudadano, pues sigo siendo una persona que es ciudadano de tercera, incluso de cuarta categoría si nos lo planteamos correctamente. El gobierno sólo hace gala de su tolerancia o le da importancia al sufrimiento de personas en riesgo de exclusión social, como es mi caso, cuando las cámaras los enfocan. Sin embargo, no promueven leyes y no ayudan que las que deseamos se desarrollen en el marco de la legalidad. Para quien no lo sepa soy transexual masculino, lo cual implica un desarrollo intelectual de fortaleza más allá de lo habitual. Debes hacerte fuerte para no caer, debes levantarte mil veces para que no te ahoguen...

Por eso he decidido dejar el Jardín Salvaje que no me retribuye nada, que sólo me trae malos recuerdos debido a que estas personas no me dieron nada bueno o aportaron algo de calidad, y prefiero seguir mis escritos y mi lucha como transexual. Actualmente tengo una pareja que comprende mi dolor y se esfuerza a diario en luchar codo con codo, pues también lo es y me siento orgulloso porque no se deja llevar por los clichés y controversias que suelen rodearnos como si fueran grilletes. Estoy en una asociación importante en mi comunidad autónoma y he conocido a grandes e importantes personas a las cuales tomar como ejemplo. Hoy en día prefiero escribir algo más que fics, aunque seguiré haciéndolo de vez en vez porque amo a Lestat y porque Lestat es mi segunda piel. Él y yo somos uno, aunque no sea mi personaje sino el de Anne Rice.

Al menos, de momento, el proyecto que inicié sólo porque me animaron, porque querían que me hiciese respetar como Lestat, no lo quiero seguir. Deseo seguir mi novela, mis concursos, mi relación, mi lucha por la Ley Trans Estatal en España...


Este blog tendrá algún que otro texto variado, tendrá fics, tendrá de todo... No le voy a cambiar el nombre porque yo soy Lestat. A mí me llaman Lestat. Soy Lestat. No es mi máscara, es mi forma de presentarme al mundo con ese mismo descaro, galantería y fortaleza a pesar que a veces me tire al suelo y me eche a llorar. Porque llorar no es indigno, ¿saben? Y últimamente lo he hecho demasiadas veces. Ya estoy recuperado y toca luchar. 

PD: Estoy escuchando a Labordeta - Canto a la Libertad 

lunes, 16 de octubre de 2017

Miserable

—¡Te detesto!

Había regresado a la mansión después de horas allí fuera contemplando todo lo que se había perdido al “morir” en mis brazos. Aunque no llegó la dulce muerte como a todos los mortales. Él no cayó en los dulces brazos de su colchón, no fue velado y transportado a un bonito ataúd. No, no fue llorado. Él había muerto, pero seguía vivo e indignado con mi actitud.

—Me amas.

No fue una respuesta burlona, aunque tal vez él no percibió de ese modo. Sonreía, por supuesto, pero era porque tenía en mis manos una verdad dolorosa que él quería ocultar de mil modos.

—¡Eres horrible! ¡No sé en qué estaba pensando cuando acepté el trato!

¡Imaginad la expresión fiera de su rostro y la melancolía que desbordaba en su mirada! Esas gemas verdes parecían océanos de lava a punto de derramarse sobre sus mejillas. ¡Y qué mejillas! ¡Qué hermoso era! ¡Y qué hermoso es aún hoy! Todavía puedo ver esa fiereza cada vez que un problema lo supera y yo era su mayor problema en aquellos días.

—En cosas egoístas, ¿o acaso me vas a decir que pensabas en los demás?—dije mientras abría los documentos de propiedad de la mansión. Había ido al registro y pedido que me diesen una estimación de su valor. Era increíble lo rico que era. Mi padre dormía en una de las habitaciones intentando descansar mientras él vociferaba.

—¡Deseaba la muerte!—me escupió lleno de impotencia, pero con una falsa verdad que sonaba muy sincera.

—No deseabas la muerte, no seas cínico. Deseabas un castigo porque te sentías culpable porque tu vida no valía mucho, pero veías una gran promesa de futuro en tu hermano pequeño—susurré colocando los codos sobre el elegante escritorio de madera roble y dejando que mis manos se juntaran en un grácil movimiento.

—¡Cállate!— La exasperación era cada vez mayor.

—¿Tanto te cuesta admitir la verdad?—Enmarqué una de mis perfectas cejas doradas, la derecha por cierto, mientras intentaba no carcajearme.

—¡Cállate!

Repitió mientras yo revisaba los documentos. Era increíble. Además tenía otras propiedades y sabía que también numeroso dinero, joyas y unos hermosos cuadros que podían valer una fortuna en unos años. Todo era nuestro, pues de mí no se libraría. Aunque no era lo que más me gustaba de él. Aquello que realmente amaba era su persona. Louis había logrado tocar mi corazón y arrebatarme la cordura.

—Vaya, sí que eres un hombre rico—dije riendo bajo—. Esta mansión junto con la plantación valen una fortuna.

—Miserable... ¡Sólo te importa el dinero!

—Ojalá—suspiré algo cansado por la discusión, pues no llevaba a nada. Él me gritaba, yo me burlaba y vuelta a empezar—. Todo sería más fácil.

—¿Qué quieres decir?—dijo con notable curiosidad en su voz.

—Pude manipularte, seducirte de mil formas, y lograr que todo esto me perteneciera. Después te daría muerte como tanto proclamas que la deseas. ¡Sería tan fácil!—. Acabé exclamando.

—¿Qué me quieres decir con eso?

—Oh... ¿acaso no lo ves?

No lo veía. ¡Por supuesto que no! Yo le amaba. Amaba a ese maldito idiota. Él me consideraba un imbécil, un patán, un bufón y yo lo consideraba la criatura que tanto ansiaba. Su amor estaba ahí y eso le provocaba rechazo, pues no podía comprender como podía amarme de ese modo.

—¡Por supuesto! ¡Te divierte hacerme sufrir!

—¿Acaso no buscabas eso? Aclárate, hombre—respondí.

Él me miró furibundo y yo simplemente puse mi mejor sonrisa, la de un caballero elegante y sofisticado esperando que le partieran la cara de un bofetón. No se acercó, por supuesto. Se quedó en mitad de la habitación intentando no echarse a llorar, pero no lo logró. Se puso a llorar como un niño que pierde a su madre en mitad de una gran ciudad, ¿y qué hice yo? Actué como un miserable. Me quedé observando su rostro lleno de belleza, sus manos cerradas en puño y su cuerpo completamente tenso. Amé esa hermosa escultura, deseé besar sus lágrimas sanguinolentas y beber de sus labios. No obstante, como he dicho, sólo me quedé observando hasta que se marchó dando un sonoro portazo.


Lestat de Lioncourt 


miércoles, 11 de octubre de 2017

Mi padre

Recuerdo la emoción que surgió en mí como un chispazo en mitad de la más terrible y compleja oscuridad. Fue una luz al final de un largo túnel donde podía vislumbrar al fin una verdad que creí que jamás iba a encontrar. Supongo que a todos nos ha pasado alguna vez el sentirnos perdidos, rotos o incompletos porque desconocemos datos, verdades o simplemente hemos olvidado nuestros sueños por el camino. En mi caso era algo mucho más difícil, pues había sido forzado a ser una criatura nocturna, un ladrón de tiempo y recuerdos, que se llenaba los bolsillos con el dinero de sus víctimas y recorría París intentando olvidar quien era. Como todos ya sabéis fui convertido en vampiro por Magnus, el mismo que decidió inmolarse intentando alcanzar a Satanás y poder confrontarlo. Sabía muy poco de este viejo alquimista el cual nació deforme y a pesar de ello logró ser una criatura atractiva a mis ojos, pues podía ver en él una sabiduría y un salvajismo que siglos más tardes corroboré.

En definitiva, estaba perdido y hallé la luz. Sin embargo, no fue gracias a mis correrías sino a la información ofrecida por Armand. Existía un vampiro antiguo, uno de los más antiguos de los que se tenía referencia, llamado Marius. Esta criatura calificada de demonio era un excelso pintor y un mecenas bastante próspero, pues había logrado ayudar a grandes artistas de los cuales aprendió técnicas y la pasión por una época que poco a poco parecía enterrada, adormecida o simplemente abandonada en un pequeño rincón de la grandeza que hoy ensalzamos como arte renacentista y barroco.

Marius se convirtió para mí en una peligrosa obsesión. Decidí viajar acompañado de mi madre, como todos recordarán, leyendo viejas historias en los numerosos museos europeos como de lugares tan recónditos para mí, y para muchos hombres y mujeres de mi época, como era el Cairo. Justo allí fui abandonado por Gabrielle, mi madre y compañera a la cual le entregué la vida eterna, para que ambos, según ella, pudiésemos progresar como criaturas. Ella quería libertad, la libertad que mi padre y mis hermanos siempre le negaron. Y yo estaba roto. Había leído noticias horribles sobre mi familia, la cual había sido asesinada casi en su totalidad. Para Gabrielle esto no supuso un desafío, una losa cayendo sobre sus espaldas, sino que asumió que tarde o temprano morirían al ser nosotros vampiros y ellos simples mortales. Pero no lo fue así para mí, como tampoco superé el hecho que mi amante Nicolas se suicidara arrojándose al fuego.

Él me salvó. Hizo que dejase atrás el dolor y me ofreció la información que tanto ansiaba, así como una compañía bastante agradable. Me quedé a su lado una sola noche, pero jamás olvidé todo lo que aprendí. Una de las grandes cosas que comprendí era que existían dos criaturas de las cuales descendíamos y la segunda es que debía seguir sus reglas si quería seguir viviendo, pues él mismo me daría caza. No obstante pocos meses después la quebranté creando a Claudia y negué a mis creados a saber de estas normas, aunque siempre intenté que bebieran del malvado.

Ahora mismo lo estoy observando. Él está situado frente a mí en la sala del consejo en mitad de una nueva crisis. Ha dejado que su cabello, largo y ondulado, esté suelto y se muestre como un campo de trigo que llega hasta casi su cintura. Lleva ropa cómoda que le recuerda a su pasado como romano, pues proviene como muchos ya saben de la Antigua Roma, y, por supuesto, es roja. Marius y el color rojo... es un símbolo, igual que mi hermosa levita roja que ahora ostento de vez en cuando.


Él sería mejor líder que yo, pues no le temblaría la mano a la hora de condenar a uno u otro. Sin embargo, ha optado por ser mi mano derecha y ponerse en contra de mis deseos. Yo, por supuesto, lo entiendo. Entiendo que no esté de acuerdo con que sea tan benévolo, pero yo creo en las segundas oportunidades aunque Rhosh esté desobedeciendo una vez más. Si bien, a pesar de todo, le amo. Él es para mí mi padre, el padre que no tuve y siempre quise. Podremos discutir, pero eso evita que a veces corra a su lado a por consejos o simplemente por un fuerte abrazo.  

lunes, 9 de octubre de 2017

Impulsor...

Lasher ha regresado aunque sea en poema... 

Lestat de Lioncourt 

Susurra de nuevo el encantamiento.
Oscuros sortilegios surgieron de tus labios...
Y estos jamás los pude olvidar.

Eras tú, era yo y el círculo de piedras.
Llévame hasta ese momento otra vez.

Ilusas fueron tus predecesoras...
Muertas todas por su ambición y poder.
Pero yo las amé, las amé a todas.
Una a una las acompañé hasta la última hora.
La misma hora que ahora está llegando.
Suena en el reloj del salón la media noche.
Ora por las almas antiguas y venideras...
Rowan ya es la puerta.

Soy el Impulsor. Soy el Hombre. Soy Lasher.
Soy por quien veréis este atardecer
y comprenderéis lo que os quise hacer entender...
Yo no era un demonio, yo no era un fantasma...

Taltos... Macho Taltos... dispuesto a procrear con brujas.

sábado, 7 de octubre de 2017

Fuego

Poema de Louis... ¡En serio tenía que hablar de fuego! Aunque me lo dedica... 

Fuego, combustión en mi alma
más allá de las apariencias
que muestran una eterna calma.
Es fuego, llamara destructora
que arrasa con cada evidencia
de felicidad abrumadora.

Es fuego, sólo fuego.
Un fuego que consume todo.
Es fuego, sólo fuego.
El fuego que ambos somos.

Fuego, es pasión encendida
más allá de las caricias
que otros ven prohibidas.
Es fuego, llamarada seductora,
chispa en tu mirada temeraria
que para muchos es auxiliadora.

Es fuego, sólo fuego.
Fuego que consume todo.
Es fuego, sólo fuego.

El fuego que hay en nosotros.

viernes, 6 de octubre de 2017

Amores

Yo no lo entiendo... ¿de acuerdo? Lo de estos dos no lo entiendo.
Lestat de Lioncourt


No le había escuchado llegar. Antoine estaba allí vestido con un maravilloso traje color hueso con una elegante camisa azul celeste y una pajarita un tono más oscura. Llevaba el cabello suelto y parecía más distinguido que la última vez que lo había visto, pero seguía siendo un poco desgarbado al caminar.

—Te imploro una explicación decente.

Había estado solo frente a aquel lujoso piano gran parte de la noche. La mayoría de vampiros habían decidido abandonar la corte tras los últimos acontecimientos. Todos deseaban respirar de nuevo el aire pacífico que transportaban las noches parisinas. La mayoría había decidido ir a París a ver un par de obras, otros se alzaron por las nubes buscando Italia, Alemania o Irlanda. Incluso había algún que otro vampiro que optó por el maldito Brasil, maldito debido a ser el origen de tanta muerte hacía tan sólo unos meses atrás, o el colorido México. David fue uno de los primeros en marcharse, pero antes decidió bailar una vez más conmigo mientras seguía diciendo que jamás olvidaría mi dolorosa historia. Si bien, me había quedado solo en aquella enorme sala. Los chicos de Notker se habían ido con él a su lugar de descanso y los que quedaban allí, los habituales, estaban en sus criptas o jugando a las cartas en otra de las salas más concurridas. Lestat y Louis habían decidido salir a caminar por el bosque como si fueran Hansel y Gretel.

—¿Con qué motivo? ¿Por qué?—pregunté.

—¡Cómo puedes haber abierto tus brazos de nuevo a ese cretino!—su voz se alzó como un trueno en mitad de la noche y sus ojos se encendieron como dos bolas de fuego.

—Le he abierto algo más que mis brazos, ¿y qué? ¿Quién eres tú para impedírmelo?—. Había sido cruel al contestar, ¿pero acaso no era cierto? Daniel y yo habíamos practicado el sexo gracias a los inventos revolucionarios de Fareed. Gocé como cuando era un adolescente humano y él pareció recordar como era sentirse apretado entre dos muslos cálidos.

—¡El hombre que te ama!— Exclamó aún más exasperado.

—Suena muy bien ese título, pero es tan falso...—respondí.

—¡Armand!

Mi nombre en sus labios siempre sonó distinto, como más quejumbroso. Siempre pensé que los músicos eran muy dramáticos y él era la muestra de ello.

—Antoine, ¿qué creías que haría cuando te fueses detrás de las discretas faldas de Sybelle?—pregunté alzándome del asiento adjunto al piano para caminar hasta donde se encontraba.

No odiaba a Sybelle por ello. Ella era libre de estar con quien quisiera. Incluso era libre de no estar con otro vampiro, sino con humanos o esas réplicas de humanos que habían sido una amenaza estas últimas semanas. Ella tomaba las decisiones y yo las respetaba. Amaba a Sybelle a mi modo y ella a mí. Cada vez que nos veíamos nos estrechábamos sintiéndonos en paz. ¿Cómo no amarla? Tan bonita por fuera como fuerte y hermosa por dentro, aunque seguía siendo demasiado sensible a las tragedias.

—Si me marché fue para mejorar como músico con Notker—decía con la voz quebrada y los ojos llenos de lágrimas. ¿Tanta furia para terminar llorando como un niño? Al parecer, sí.

—Siempre la has admirado y amado, Antoine. — Le recordé aquello por si se le había olvidado.

—¿Y? Eso no me hace querer ser su amante.

—Os vi besándoos—. Mi confesión hizo que él se quedase con los ojos abiertos. No esperaba que le dijese aquello y, por lo tanto, no tuvo excusa salvo negar la mayor.

—Imposible.

—Posible. Por eso mismo decidí aceptar a Daniel. Él ha cambiado y yo también. Creo que merecemos una oportunidad—dije.

—Es una locura...

—¿Ahora vas a llorar?— Reconozco que puedo ser tan despreciable como atractivo y en esos momentos me estaba jactando de su dolor.

—¿Acaso no llorarías tú ante Cupido porque se niega a ofrecerte una de sus flechas?

Fue muy poético lo que dijo, pero innecesario. No podía creer nada de sus labios.

—¡Oh, por favor!—exclamé alejándome de él, dándole la espalda e intentando marcharme de allí. Si lo escuchaba demasiado tiempo iba a caer en sus brazos.

—¡Te amo!

Al fin esa maldita frase que me arrugó el corazón y casi rompe el muro de hormigón en el cual lo había dejado encerrado. Mis manos se cerraron convirtiéndose en puños y mi rostro se llenó de una pesadumbre insólita. Intenté no mirarme en los espejos de las paredes o en cualquier objeto que me reflejase.

—Aja, pero me tienes el mismo respeto que tu creador hacia Louis—dije con desprecio, aunque por dentro estaba roto.

—¡No mezcles a Lestat en esto!—gritó.

—Yo te amaba...

De inmediato se acercó girándome para abarcar mi rostro entre sus manos. Sus malditos ojos azules me perforaron el alma y yo rompí a llorar. Lloré como un niño. Realmente lloraba como un niño.

—Dime al menos que aún lo haces—susurró.

Rápidamente me aferré a las solapas de su traje y comencé a besarlo. Aquella noche yo no llevaba nada llamativo. Mis elegantes Armani se habían quedado en la percha. Parecía un adolescente cualquiera, de esos que van a los parques a jugar con el skate. Mis jeans estaban algo deslucidos, mis zapatillas tenían barro de haber estado correteando por los campos aledaños y mi camiseta olía a contaminación. No me había cambiado la mañana anterior antes de dormir. La noche anterior había estado en París con Daniel, en barrios poco agradecidos.

Mi cerebro se desconectó y lo siguiente que recuerdo era mi figura sobre la suya, arañando su torso y sintiendo su miembro invadiendo mis glúteos. Literalmente estaba cabalgando sobre Antoine. No me importó nada. Sólo quería encontrar el placer reflejado en sus ojos. Aquella noche hice una locura tras otra y mi alma lo terminó pagando.


lunes, 2 de octubre de 2017

El demonio del violín

—¿Alguna vez pensaste en mí?

Podía escuchar su voz. Era como si estuviese frente a mí. Todavía el sol estaba en todo lo alto y me encontraba en mi cripta encerrado. Sobre la tapa del ataúd estaba la pesada losa de piedra que la cubría, pues tengo otro externo para mayor protección. Nadie podría entrar en mi lugar de reposo, del mismo modo que nadie podría tener esa voz y ese tono melancólico que él poseía.

—Lestat, ¿alguna vez lo hiciste?

Su voz penetró de nuevo mi cerebro como si fuese una bala, una flecha o cualquier arma pesada. Abrí los ojos, o al menos lo intenté, pero mis párpados no lograron subir del todo. Mi vista estaba borrosa y mi cuerpo aún se hallaba aletargado. ¿Estaba soñando? ¿Era real? Aún no lo sé.

—Enloquecí cuando supe que jamás te tuve. Eras mi luz, una luz cegadora, que se apagó dejándome solo en aquel páramo. La angustia cubrió mi alma como una capa que terminó asfixiándome.

Quise pronunciar su nombre, pero sentía mi mandíbula tensa. Mi corazón comenzó a bombear salvaje y mis manos empezaron a sudar. Me sentía completamente angustiado. ¡Qué demonios sucedía!

—Siempre seré el demonio sobre las tablas, el mismo que tú también fuiste. Pudimos hacer que París se rindiera a nuestros pies, tal como querías, y sin embargo abandonaste ese deseo buscando tu propio beneficio. Siempre tú, jamás yo...


rápidamente sentí que me faltaba el aire y comencé a llorar. El violín sonaba en la lejanía como si él se estuviese marchando mientras tocaba enfervorecido. Cuando todo pasó logré gritar su nombre, agitado, sudoroso y con el corazón roto una vez más. Por supuesto que lo recordaba, por supuesto que lo tenía presente... ¡Crucé los supuestos infiernos de Memnoch por encontrarlo!


Lestat de Lioncourt   

domingo, 1 de octubre de 2017

Unión de dos

Y por esto, chicos y chicas, Marius no quiere saber nada de los dos...

Daniel x Armand...

Lestat de Lioncourt 

—Él cree que tienes la culpa de todo lo que ha sucedido entre nosotros.

Al fin habló. Había entrado en la biblioteca donde me encontraba leyendo con ese aspecto de joven trasnochado. Ya no llevaba esas gafas redondas de montura endeble, sino que dejaba a la vista sus ojos violetas. Tenía el flequillo revuelto, algo pegado a la frente por el sudor sanguinolento que recorría esta como pequeñas estrellas dispersas en el firmamento, y la vista cansada. Parecía fatigado, pero a la vez su piel lucía lozana por haber bebido una buena cantidad de sangre. Su camiseta estaba algo arrugada, mal metida dentro de su pantalón vaquero, y los cordones de una de sus deportivas oscuras estaban sueltos.

—Marius siempre cree que el resto del mundo tiene la culpa de sus desgracias.

Comenté dejando a un lado “Historia de dos Ciudades” mientras me acomodaba mejor en el sillón reclinable que había instalado para mayor comodidad. Tal vez era un “parche” en un lugar tan refinado como el que había logrado recuperar y embellecer con esculturas talladas en madera de caoba, frescos y numerosas estanterías repletas de libros que ya no se veían en las librerías. Sin embargo, vi esta maravilla y no me pude resistir a adquirirla. Por otro lado, yo también vestía como un elegante burócrata, uno de esos yuppies neoyorquinos. Había adquirido un nuevo traje diseñado en exclusiva para mí con una línea clásica, era de lana y tenía un tacto muy agradable. También llevaba chaleco a juego, zapatos oxford, camisa de algodón blanca y el cabello largo peinado hacia atrás atado en una coleta y con algo de gomina.

—Pero, ¿y si tiene algo de razón?

Razón, ¿Marius? Ni hablar. En ese caso no. Tal vez sobre la necesidad de incorporar reglas, establecer prioridades y sobre arte. Sin embargo, ¿sobre lo demás? Nunca. Era un hombre que siempre se basaba en su propia opinión y jamás tenía la ajena en cuenta.

—Tú no eres un objeto, yo tampoco—. Respondí alto y claro con la mayor brevedad posible—. Cada uno es libre de estar donde desee estar. ¿No es eso libre determinación? ¿No es eso la libertad que él tanto promulga?

—Armand, lo sé. Sin embargo, siento que le debo el haber cuidado de mí.

—No le debes nada, Daniel—contesté apoyando los codos en los brazos del sillón—. Él cuidó de ti porque así lo quería y sentía, por lo tanto no puede exigirte retribución alguna al respecto.

Hablaba la voz de la experiencia. Durante muchos años pensé que le debía la vida por haberme salvado en dos circunstancias muy precarias. Una de ellas fue cuando me adquirió como esclavo, la otra cuando no me permitió morir envenenado después de la refriega con ese maldito imbécil que me quería como si fuese su puta privada. Sin embargo, me di cuenta que lo hizo por egoísmo. Él quería ser amado aunque nunca logró abrir del todo su corazón. Deseaba idolatrarme como si fuese la figurita de uno de sus viejos dioses o un querubín auténtico, para que yo lo alabara como se alaba a Dios de rodillas y completamente ciego.

—¡Pero me siento un cobarde!—gritó—. Yo aún le amo y respeto.

—Pues corre a sus brazos—dije tras arquear las cejas y sentirme confuso. Si tanto le amaba, ¿qué hacía aún aquí? Debía ir a la Corte donde estaba Marius esperándolo.

—Sí, sé que puede parecer esa la solución, pero no es tan fácil—comentó acercándose a la mesa con aires dubitativos—. Yo no lo amo de ese modo.

—¿Y cómo lo amas?—pregunté.

—No tanto como a ti. Me he dado cuenta que donde debo estar es a tu lado.

En otro tiempo hubiese reído como un adolescente y corrido a sus brazos. Estoy seguro que lo hubiese besado y pedido que no se marchara de mi lado. Incluso habría llamado al servicio para que preparara una habitación espléndida para que se quedase. También le habría comprado una nueva máquina de escribir, ordenador o lo que quisiera para que siguiera ejerciendo como periodista a las órdenes de Benjamín. Pero, ¿ahora? Lo miraba con suspicacia. Podía decir que me amaba, por supuesto, aunque no iba a creerlo con la suma facilidad de otros tiempos.

—Felicidades—dije tras aclarar la voz.

—Armand, por favor—su tono sonó a ruego, un ruego similar al que yo solía hacer a Marius—. Quiero que me escuches como yo nunca lo he hecho contigo.

—Exacto. No lo hiciste—. Me incorporé y eché a caminar sin vacilar ni un segundo en dirigirme hacia donde se encontraba y quedar a escasos centímetros. Alcé mi rostro y lo miré a los ojos con los míos pardos, al borde de la ira y la derrota—. Decidiste que hiciese algo obligado. Sabía que no estabas preparado y queme aborrecerías. Tenía tanto miedo, Daniel. ¡Y me obligaste!—grité finalmente sin pudor porque sentía que mi alma se hacía añicos. Además me aferré a él, lo hice como si fuese mi todo y yo me fuese a convertir en un mero fantasma.

—Ya basta... ¡Basta de reproches!—dijo agarrándome de los brazos provocando que me quedara aún más pegado a él, aunque no moví los pies de mi lugar.

—Yo no he sido quien ha empezado—. Susurré aquello a pesar de saber que sí había sido quien inició todo.

—Armand...—balbuceó mi nombre tras un largo suspiro. Tenía la voz quebrada.

—Dime—dije alzando de nuevo la mirada.

—Yo te amo a ti por encima de todos.

Aquello hizo que mi corazón comenzase a latir desbocado. De nuevo ese sentimiento, otra vez esa pasión que no podía controlar ni remediar. Creí que me volvería rematadamente loco.

—¿Y qué quieres decirme con esto?—pregunté.

—Quiero estar contigo... —susurró.

—Oh, vaya. No esperaba algo así.

Realmente no lo esperaba. Él siempre había huido de mí.

—¿Por qué eres tan duro?

—Porque mi corazón está lacerado y nadie ha deseado cuidarlo. Siempre he sido abandonado y perjudicado. Nunca me han querido escuchar—iba diciendo cuando de repente comenzó a besarme y a quitarme la ropa.

En segundos estábamos desnudos mientras retrocedía hacia la mesa de escritorio bellamente tallada con motivos del cielo y el infierno, en representación de mis pesadillas y carencias religiosas. Quería recuperar la cordura, pero era imposible. Además ambos seguíamos un tratamiento de recuperación del deseo sexual, el cual estaba marchando demasiado bien. Ya no sólo éramos adictos a la sangre, sino que podíamos hallar placer en tocarnos y tocar a otros.

Sus manos, firmes y mucho más grandes que las mías, se aferraron a mis glúteos y los azotaron antes de tomarme de las caderas y subirme a la mesa. Sus ojos eran los de una fiera y los míos también eran bastante salvajes. Ambos miembros se irguieron como flechas hacia el techo y pude notar como su diestra bajaba hasta el interior de mis glúteos, acariciaba mi entrada y hundía un sólo dedo para acabar jadeando cerca de mi boca entretanto yo cerraba los ojos, mis mejillas se coloreaban de un rojo vivo y mi boca dejaba escapar un quejido junto a un pequeño gemido.

No quería pensar en las noches que él habría vivido con Marius. Sentía celos de no haber sido él, de no haber sido salvado una vez más por mi maestro, pero también por no haber sido yo quien le recuperase y amase durante todo este tiempo. Rabia, miedo, desesperación y todo convertido en un deseo sexual que no podía controlar. Mis piernas se abrieron más mientras él me estimulaba y besaba. Su boca soltaba la mía únicamente para mordisquear mi cuello y pezones, los cuales estaban tan duros como mi hombría y la suya.

Al final, él decidió sacar su mano, abofetearme, girarme en la mesa, acomodarme como le pareció oportuno y tomarme del cabello jalando fuertemente de mí a la vez que me penetraba. No hubo paciencia ni ternura, sólo una directa penetración mientras gruñía mi nombre. Yo, por supuesto, me aferré a la mesa como un gato que se afila las uñas en un mueble nuevo. Las embestidas eran rápidas, fuertes y profundas. Abría bien mis piernas, me aferraba como podía y movía mis caderas al mismo ritmo pero de forma contraria. Mi próstata era estimulada por su glande y mis ojos se embarraron en lágrimas sanguinolentas. El libro cayó de la mesa hacia el suelo quedando abierto con las pastas de bella encuadernación hacia arriba.

Pronto lo único que se escuchaba en la biblioteca eran sus testículos y el chapoteo de la fricción de su miembro en mi entrada que ya estaba llena de fluidos. Sentía como mis pezones se rozaban sobre la superficie de la mesa, así como mi miembro lo hacía. No era capaz de acariciarme como me hubiese gustado, como siempre me ha gustado, porque la violencia de aquel sexo me impedía moverme. Era una presa en manos de una bestia hambrienta que había convertido mi traje en guiñapos arrugados junto a su ropa barata.

De un momento a otro, sin saber cómo, se inclinó y me mordió mientras eyaculaba provocando que yo también lo hiciera. Su boca en mi nuca me había hecho sentir el paraíso bajo mis pies, además también estaba su eyaculación presionando con un fuerte chorro mi próstata.


A partir de esa noche Marius me ha dejado de hablar y él ha decidido instalarse en Nueva York.  

viernes, 29 de septiembre de 2017

Demonio

—Soy el diablo.

Insistió una vez más. ¿Cuántas veces me había visitado al filo de la madrugada? Entre el día y la noche, justo en ese preámbulo, intentando que lo siguiera como si fuese el único camino hacia la felicidad. ¿Tal vez unas mil? Cada pocas semanas se acercaba y susurraba versos que me recordaban a los poemas de Baudelaire. De hecho, era muy similares a “Las flores del mal”.

—Sé quien eres y no eres precisamente el diablo—respondí con una leve sonrisa mientras me acomodaba en mi ataúd.

—¡Falso! Crees saber quien soy.

La cólera dominaba su voz esta vez. Estuve por decir su verdadero nombre, pero me mordí la lengua. Amel me había hablado de él y sabía que no era quién decía ser, aunque era fuerte y podía ser peligroso.

—Amel te recordó—susurré regodeándome.

—Amel siempre ha sido un imbécil—chistó.

—No niegas que lo conozcas—dije arqueando mis perfectas cejas doradas.

—Fue una criatura viva, por ende lo conozco—intentó mentirme, pero no le era posible.

—Falso de nuevo. Fue una criatura viva, pero no le conoces sólo porque lo observaras.

En mi última aventura todo se desveló. La escasa venda que quedaba en mis ojos cayó a mis pies y se convirtió en un humo fácil de despejar. ¡Ajá! ¡Ahí apareció su verdadero nombre, su historia y todo lo que había logrado a base de engaños! Sí, los mismos que un demonio. Magnus había caído en su trampa y estuvo a punto de quedar cautivo, pero alguien lo salvó. Muchos seguían presos de la locura, de su perfecto infierno creado para convertir en miserable la vida de otros y alimentarse así del sufrimiento.

—¡Debes creerme!—vociferó.

—Nunca—dije tras una fresca risotada.

—¡Me vengaré!


—Aquí estaré esperando tu venganza—dije tras comprobar que se había marchado dejándome de nuevo a solas con mis pensamientos.  

miércoles, 27 de septiembre de 2017

Abrazados

Arion y Petronia... He conocido a Arion estos últimos meses y admito que es un hombre encantador.

Lestat de Lioncourt 

—Están quemando jóvenes en Brasil.

Había descargado la aplicación para móviles de última generación, pues el portátil de Mona se encontraba sin batería. Quería escuchar la dulce voz de Benjamín exclamando que nos protegiésemos porque había ocurrido otro desastre. Desde hacía dos noches las quemas eran algo habitual, aunque se iniciaron hacía una semana. Todo había estado en calma, o al menos eso parecía, hasta que algo o alguien desencadenó una tragedia.

Noches atrás había escuchado una voz, era como un murmullo. Me habló en griego y fue sumamente extraño. Las palabras usadas eran similares a las que usaban mis amos y por un momento creí que se trataba de un recuerdo. Después desapareció. Horas más tarde las quemas comenzaron a ser una tónica habitual en las zonas más salvajes de Brasil. Las distintas comunidades de vampiros jóvenes estaban siendo destruidas. No había lugar donde esconderse.

—Deja de escuchar esa radio, por favor—dijo incorporándose de su mesa de trabajo para tomar mi teléfono y arrancarme los auriculares. Supe que estaba a punto de hacerlo estallar, pero sólo lo dejó sobre el tablero de ajedrez.

Manfred se quedó en silencio. Él también quería saber qué sucedía ahí fuera, pero en Nápoles todo parecía estar bien.

—Tarquin y Mona han salido hoy y estoy preocupado—confesé provocando que el viejo loco suspirara y se incorporara como si se dirigiese a buscarlos, aunque en realidad sólo decidió dejarnos a solas en la habitación.

—Aún no ha ocurrido nada en Europa—me comentó Petronia antes que escuchásemos las pisadas de Manfred por el pasillo central para ir hasta su recámara.

—¿Y si ocurre? ¿Qué crees que estará sucediendo?—pregunté desconsolado y desconcertado. En todos mis milenios sólo había visto una quema similar y había sido provocada por Akasha. Ahora no teníamos una Akasha, ¿qué pasaba?

—No lo sé...—murmuró.

—Estás reviviendo lo que ocurrió con el Vesubio.

Acerté porque sus ojos se llenaron de lágrimas sanguinolentas y sus manos se aferraron a mis brazos. Rápidamente me habló con la voz trémula intentando parecer firme.


—Arion, abrázame—me pidió—. No me sueltes—. Rogó como el niño que ruega un poco de afecto a su padre o que le cumpla un deseo una estrella—. Hazlo tan fuerte que me duela. Necesito saber que sigo viva, que no he muerto y no lo haré.  

domingo, 24 de septiembre de 2017

Un nuevo amanecer

—¿Qué miras?—preguntó.

Había dejado la hermosa orquesta y a la encantadora Sybelle atrás. Decidió salir a buscarme a la terraza donde me encontraba apoyado en la balaustrada. Louis se hallaba dentro bailando con Pandora una vez más. Ella reía girando y girando como una peonza mientras Arjun tocaba el violín sintiéndose dichoso por contemplar a su creadora, amante y amiga tan animada. Marius estaba bailando también, pero con Bianca. Ambos mostraban un aspecto impecable de dos perfectos bailarines que parecían haber salido de alguna película romántica. Mi madre estaba sentada en una de las mesas del fondo y discutía con mi buen amigo David Talbot, Daniel Molloy y otros hombres sobre lo que había vivido en sus encuentros con espíritus antes y ahora. Armand suspiraba observando a Sybelle y de vez en vez fruncía el ceño al ver a los jóvenes montar cierto alboroto. La vida continuaba aunque habíamos estado en peligro una vez más.

—Las estrellas—respondí sin girarme para verlo.

Ya sabía que vestía un elegante Armani negro, con una camisa de seda de la misma tonalidad y unos elegantes zapatos Oxford. Llevaba el cabello recogido y hacía que sus hermosas facciones se viesen a la perfección. Me había quedado anonadado por la belleza que había tomado gracias a recuperar su entusiasmo tras el encuentro con Armand y luego con el resto de la Tribu. Recuperar a un viejo amante convertido en un buen amigo era, sin lugar a dudas, para mí un gran motivo de júbilo. Louis seguía mirándolo con malos ojos a ratos, pero no podía evitar sentir algunos celos debido a que nunca tuvo una gran autoestima.

—Ahora parecen distintas, ¿no es así?

Noté que se puso a mi lado y elevó su rostro hacia estas. Allí, lejos de la ciudad, se podían ver como antaño. Esas hermosas luciérnagas palpitantes, tan llamativas como misteriosas, nos saludaban cuando los Hijos de la Noche salíamos de caza igual que aves nocturnas.

—Siempre he pensado que era una buena metáfora, pero ahora tienen otro valor para mí—dije girando mi rostro para verlo bien.

—Para todos.

Había sonreído sus labios de corazón de cupido se vieron cubiertos de belleza y franqueza a partes iguales.

—Hay una conexión nueva con ellas, así como los espíritus que están en los diversos planos de este mundo. Somos una tribu más fuerte...—murmuré.

—¿Cómo te encuentras tras saber la verdad?—preguntó tomando mi brazo con sus manos, intentando llamar mi atención como lo haría un niño pequeño a su hermano.

—Sinceramente, no lo sé. ¿Importa si acaso?— Dije aquello tras una honda carcajada. ¿Importaba realmente? No sabía si importaba. Ahora lo necesario era encontrar cierta estabilidad para averiguar como estaba realmente mi alma.

—A mí me importa—susurró frunciendo el ceño.

—Además, no es sólo eso...—comenté soltándome para apoyar mis manos sobre sus hombros. Era muy menudo y tenía un aspecto algo desgarbado, pero si lo veías bien observabas a una criatura inmensamente hermosa en todos sus aspectos. Era un genio de gran talento, tenía bondad y también un rostro lleno de matices ambiguos.

—Oh, cierto...—dijo cerrando sus ojos azules para tomar aire ya que comenzó a sentirse nervioso. La muerte de un inmortal era sin lugar a dudas un hecho doloroso.

—Ya sabes...

—Lo sé, lo sé...—murmuró abrazándose a mí para darme cierto consuelo—¿Pero aún te queda esperanza?— Llegó a decir a mi oído cuando lo estreché con fuerza contra mí.

—Si él estuviese vivo habría venido a la corte, ¿no es así? Al menos se habría puesto en contacto con Arion—sopesé.

—Pero ella está muerta y tal vez ha decidido enterrarse unos años. Yo lo hice—argumentó mientras yo intentaba no llorar.

—Antoine, mi esperanza reside ya en otro modo de encontrarme con Quinn.

—¿Esperas que aparezca como Magnus? Tu creador tiene un corazón puro, ¿se puede decir que un espíritu tiene un corazón puro?— Dijo entretanto yo lo apartaba para verlo bien. ¡No tenía idea de lo importante que era para mí tenerlo vivo y tener de algún modo a mi creador cerca de mí! Yo, una criatura que siempre se sentía con una fuerte soledad y oscuridad en mi pecho, ahora me veía rodeado de criaturas que dependían de mí y que me hacían sentir constantemente arropado.


—Metafóricamente creo que sí, amigo mío—respondí con una sonrisa.  



Lestat de Lioncourt 

sábado, 23 de septiembre de 2017

Así la conocí

—No puedes estar hablando en serio.

Su voz sonaba enérgica a través del teléfono. Parecía no comprender mis motivos, aunque en el fondo sabía que hubiese actuado del mismo modo. Esa niña me recordaba a Claudia aunque tuviese el cabello negro similar al de él. Era una pequeña muñeca deseando atención cuando me crucé con ella tomada de la mano de su madre. Sin embargo, el tsunami arrasó con todo y sólo quedó la esperanza de sus lloros mientras sus manos arrugaban la solapa de mi caro Armani.

—Louis, no podía hacer otra cosa—respondí algo cansado sentado al borde de la cama.

Ella estaba recostada sobre el colchón, sin zapatos y con el cabello revuelto. Acabábamos de venir de la vivienda de sus abuelos donde la habían repudiado como si fuese un monstruo o un saco de basura arrojado a un contenedor. Estaba aferrada a un oso de felpa que había adquirido en la tienda de subvenir de la esquina junto con algo de comida no muy saludable, pero tampoco podía hacer nada debido a la hora a la que habíamos acabado en el hotel. Al menos el perrito caliente había callado un poco su llanto.

Recordé las palabras de Marius sobre los niños hambrientos y suspiré. Era cierto, un niño no puede calmar su hambre solo y suele llorar, por eso me advirtió que no convirtiera a un infante en un vampiro. ¿Y qué hice? Desobedecer. Ahora quería hacer lo mismo, pero me impedía mi buen juicio. La pequeña no iba a ser transformada en uno de los nuestros. ¡Jamás! No cometería ese pecado otra vez.

—¿Y qué diablos piensas hacer con esa niña? No podemos atender sus necesidades—decía recordándome algo que ya sabía.

—Ya idearé algo—dije perdiendo un poco la paciencia—. De momento intentaré calmarla aunque ahora duerme cansada por llorar durante horas.

—Acaba de vivir un suceso terrible y ha perdido a su madre... Precisamente no eres el idóneo para sosegarla.

Creo que suspiré poniendo los ojos en blanco y llevándome la mano al rostro y echando esta hacia arriba, palpando mi frente y dejando que mis largos dedos juguetearan con mis espesos mechones rizados. Estaba harto de ese sambenito.

—Oh, sabio Louis, que lo sabe todo y lo ve todo, ¿acaso tú desde la distancia, así como Dios mira a sus borregos convertidos en hormigas, puedes hacer un milagro de calmarla?—dije con evidente sarcasmo.

—Sigue hablándome así y te colgaré el teléfono—su tono se endureció así como sus palabras.

—Lo siento, sigo molesto con sus abuelos y lo estoy pagando contigo—murmuré esperando que se calmase y no colgase. ¡Necesitaba al menos escuchar su voz y saber que estaba conmigo en esto!

—No puedo hacer nada desde Nueva York, Lestat.

Escuché como caminaba por el mármol con los lustrosos zapatos que posiblemente yo le había regalado. Era hermoso y estaba lejos. Él tenía una forma de ser mucho más agradable que atraía como moscas a cualquiera. Por el contrario yo no tenía paciencia y era un imprudente. Necesitaba que él estuviese conmigo en California y no allí, tan jodidamente lejos, porque todavía estaba lleno de temores debido a todo el caos que había contemplado. Estaba hecho a la muerte, pero no a algo como aquello. Mis “felices vacaciones” se fueron al diablo.

—Estoy en California. No voy a volar de nuevo con la pequeña en mis brazos. ¡Ya casi amanece!

Me exasperé. Acepto que me exasperé. Sin embargo, me veía rebasado. No era fácil hacerme cargo de una niña. No sabía si llevarla o no al abogado de inmediato para que hiciese los papeles de adopción. Estaba tan confuso que temblaba. Además, me indignaba la actitud de esos abuelos que rechazaron a la pequeña porque desconocían quién era el padre. ¡Era sangre de su sangre! ¡Por el amor de Dios!

—Busca una niñera—comentó.

—¿A estas horas?—pregunté sin dar crédito que me dijese algo así.

—Estás en un hotel, ¿no? Intenta hablar con la recepcionista y pregunta si puede quedarse con ella o conoce alguien que pueda.

Sonaba sensato, pero no me fiaba. Había oído y leído, así como también visto, muchos secuestros e irregularidades con los más pequeños.

—Louis... no quiero dejarla con cualquiera—decía intentando hacer memoria. Conocía a muchos humanos, ¿y si levantaba el teléfono y les hablaba? A ellos los conocía bien, sabía sus pensamientos y había visto sus almas bailar en sus miradas más de una vez. Incluso había una pareja de mujeres que eran amables, cariñosas, sensibles y que serían unas madres perfectas para mi pequeña... ¿Podía considerarla mía ya? Aún no habían firmado la renuncia sus abuelos.

—Ya te has encariñado con ella—dijo tras una pequeña risotada.

—No hables así, no es un perrito—contesté algo indignado.

—No lo es—aclaró—. Precisamente porque no es un perro no quiero que la cuides tú. Te recuerdo que Mojo terminó siendo cuidado por una mujer y tú sólo ibas a revolcarte en el césped.

Debo aclarar que si dejé a Mojo con aquella mujer era porque él se sentía cómodo a su lado y ella lo necesitaba más que yo. Además pagaba su veterinario, su comida y todo lo que él necesitaba. Yo me conformaba con abrazarlo, con sentir su hocico frío en mi cara y su lengua humedeciendo mis mejillas. Aún podía verlo corretear frente a mí moviendo su enorme cola. Mi perro no, mi amigo. Tal vez debí decir que no era un perro, sino mi compañero y aliado, pero decidí no pelear más.

—Louis, me ofendes.

—¿Cómo se llama?—preguntó.

—Rose—dije girándome para verla bien—. Se llama Rose... y su apellido será Lioncourt en cuanto me ponga en contacto con mi abogado. Eso tenlo por seguro.



martes, 19 de septiembre de 2017

Merrick

Ay, David...

Lestat de Lioncourt 


Recuerdos amontonados en una caja olvidada, eso es todo. Una caja de zapatos donde oculto cada una de sus fotografías. Intento no tenerlas en mis manos porque siento que me queman o que puedo destruirlas si las miro durante demasiado tiempo. Son memorias del ayer, pero también son recuerdos del hoy. Todo lo que viví me ha hecho ser quien soy, todo lo que ella fue me dejó una huella imborrable en mi alma. Me gustaría verla de nuevo, enfrentar sus ojos verdes y decirle que la amo una vez más aunque no me crea, aunque me odie, aunque no lo merezca y aunque prefiera agachar la cabeza para aceptar mis culpas.

Hace mucho que comprendí que ella era para mí iba a ser un tortuoso calvario, un descenso a los infiernos y un ascenso al pecado. Pero que lo comprendiera no implicaba que dejase de beber de su cáliz, que olvidase sus besos, que reprimiese en mis sueños el abrazarla y no pudiese dejar de sentir que era un traidor al haberla dejado atrás. Ni siquiera sé cuántos amaneceres vieron mis ojos con sus recuerdos en mi retina, con su sabor en mi café y con el deseo de pudrirme entre sus piernas una vez más.

Ahora, después de años de su muerte, me siento en el alfeizar de la vieja ventana donde la observaba. Miro las estrellas, contemplo todas y cada una, y aguardo una respuesta. Sé que hay fantasmas que han regresado a la orden de Talamasca, la misma donde la acogí como algo más que una huérfana, pero sé que ella no lo haría porque es demasiado digna y porque quizá está ahí arriba, perdida sin recordar siquiera su nombre y todo el dolor que yo le regalé.

Nuestra historia está unida a esos puntos de luz, a este universo fallido de hombres déspotas y mujeres subyugadas a sus propios enigmas. Odio y amor, eso es todo, y nosotros estábamos en medio sonriendo defraudados con nosotros mismos.


Merrick... qué hermosa eras, querida mía.  

lunes, 18 de septiembre de 2017

Salvaje

Quinn, la cagaste. Te quiero mucho hermanito, estés donde estés, pero la cagaste. Admitamos que Petronia era una criatura marcada y tú un niño bien.

Lestat de Lioncourt 


—¿Por qué eres así?

Esa pregunta hizo que me girara. Había dado un fuerte golpe a su rostro con la mano abierta y lo había arrojado al suelo una vez más. No podía evitarlo. Sentía una rabia inmensa y una impotencia tan enorme que era incapaz de controlarme. Era mi culpa, pero sobre todo era la suya. Él debió seguir mis instrucciones.

—¿Así cómo?— Miraba su rostro lleno de lágrimas sanguinolentas, inútiles lágrimas por cierto, con el ceño fruncido y un deseo atroz de cruzarle de nuevo el rostro. Incluso quería patearlo.

—¡Sólo sabes imponerme tu violencia!— Pude ver que se incorporaba mientras vociferaba. Era un idiota como cualquier otro, pero ese idiota lo había creado yo. Había dado la vida eterna a Quinn porque creí que se la merecía, pero me equivoqué.

—¡Cuál violencia, imbécil! ¡Has destrozado a una mujer! ¡Te dije que no la mataras! ¡Si te he golpeado el rostro es por impotencia! ¡Recuérdala! ¡Muerta con su traje de novia! ¡El traje de novia empapado en sangre y dolor! ¡Maldita sea, Quinn!

Mi voz sonaba desgarrada por la pena, por lo patética que era la situación, por la violencia extrema que sentía en cada segundo que se asesinaba con la aguja del reloj y mis ojos, mis ojos castaños, eran puras llamas. Estaba desatada y nada ni nadie podía controlarme. Arion me miraba y negaba suavemente. Sabía que no debía acercarse a mí, pues ni él podía contener tanto dolor y miseria. Manfred lloraba en un rincón por ella, por el muchacho y por mí. Lloraba por toda la situación que había ocurrido y la que estaba por ocurrir.

—¡Soy demasiado joven e inexperto!

—¡Todos lo hemos sido y no por ello hemos desperdiciado la sangre o la vida de nuestras víctimas!

—Quiero llorar...—dijo tras un quejido.

—¡Todo lo arreglas llorando!—grité.

—Eres una criatura demasiado cruel—balbuceó llevándose las manos al rostro. Sus manos son hermosas, su rostro es hermoso, pero odio esos gestos de fracasado que muestra tan seguido.

—Crueldad es que te desprecie tu propia madre y te venda al circo romano con tan sólo unos años de vida, que te eduquen para comprender que cada vez que sales a la arena puedes terminar sin vida y luego, cuando eres una bestia sangrienta y nadie te puede destruir, te vendan a un prostíbulo y te aten como a un perro para que te violen bravucones sin escrúpulos. ¡Eso es violencia!

Mi vida no había sido un camino de rosas, sino de zarzas. Él había vivido entre algodones debido a que sus abuelos, su tía y todos los de esa casa lo adoraban. La única que lo odiaba era su madre, la cual había hecho que sufriese cierto abandono. No obstante, tenía las atenciones de los demás los cuales lo trataban como un tesoro. Incluso ese fantasma, esa criatura idéntica a él, lo rondaba como si fuese un príncipe y lo protegía con fiereza. No lo había visto jamás, pero sí sentido. Sólo lo pude contemplar en los recuerdos de Quinn al beber de él.

—Petronia...—susurró compungido intentando echar sus brazos hacia mí.

—Violencia es que te señalen por tener ambos sexos y te escupan en los puestos de abastos cuando pides un poco de fruta al tendero. ¡Aún llevando dinero!—exclamé lo último. Él no entendía la violencia patriarcal de una sociedad machista, la cual era mucho peor que la actual. Aún así había un dios grecorromano que poseía ambos sexos, pero a pesar de ello era una criatura horrenda a la cual maltratar o seducir por curiosidad.

—Petronia...

—Olvídame. Vete con Arion. Él te sabrá comprender mejor que este monstruo—dije marchándome.


Arion decidió hablar con él largo y tendido. No sé bien qué le dijo, aunque algo vislumbré en sus memorias dadas a conocer como “El Santuario”.  

domingo, 17 de septiembre de 2017

Mi familia


¡Oh, Thorne!

Lestat de Lioncourt 

Hacía cinco noches que había llegado correo de paquetería para mí de parte de Jesse. Era una caja de cartón algo pesada que en ningún momento ponía el título de “Frágil” en los costados o la parte superior de la misma. Había estado siguiendo a Lestat en sus discursos en distintas sedes, convirtiéndome como no en su sombra. Tanto Cyril como yo somos sus escoltas y es nuestro trabajo proteger su seguridad, pues en él se encuentra el Germen Sagrado. El mismo Germen que había yacido “silencioso” en el cuerpo de Akasha, el cual fue tomado por Mekare en un día aciago para nuestro pueblo.

Nada más llegar a Auvernia y entrar en el castillo el joven vampiro David Talbot se acercó a mí. Él me abrazó estrechándome con fuerza y me dio dos besos en las mejillas. Siempre he simpatizado con él porque me parece alguien sincero y muy honesto. Recuerdo que fue quien escribió las memorias de mi buen amigo Marius. En ellas denota cierta empatía hacia mí y un cariño inmenso que no sé aún como pagar.

—Hace unas semanas Jesse envió algo a este castillo para ti, —dijo tomándome de las manos—¿lo has abierto ya?

Su mirada castaña me parecía dos hermosas tazas de café humeante y su sonrisa era auténtica, pero también mostraba algo de cansancio debido a haber estado volando por los aires. Tenía el traje algo desarreglado cuando él siempre intentaba vestir impoluto.

—Acabo de llegar y nada más he preguntado por ti, pero tú también acabas de hacerlo—me dijo tras una carcajada.

—No, no sabía nada—respondí.

—Creo que la dejaron en tu cripta.

Me despedí de él acariciando sus manos para luego abrirme paso por la sala. Lestat había exigido que lo dejasen a solas con Marius, pero Cyril iba a acompañarlos. A ellos se unió Avicus y también algún que otro vampiro fuerte. Sentí que podía escabullirme unos minutos para ir a investigar qué me había enviado Jesse.

Cuando entré en mi cripta la hallé en mitad de esta, justo al lado de mi ataúd del pequeño altar de piedra con grabados vikingos. El mismo altar que sostenía mi ataúd que había dejado abierto. Tomé el paquete y lo abrí sin dificultad usando mis uñas duras y puntiagudas. Dentro hallé algo que me hizo llorar de inmediato.


Era una manta hecha con los cabellos de Maharet que ella mismo había tejido. Aún conservaba su aroma, podía oler su colonia. De inmediato me envolví en ella y empecé a llorar como un niño. La extrañaba tanto, la necesitaba tanto... Desde entonces es mi manta y duermo con ella aunque haga calor. No puedo evitarlo. Maharet era todo para mí. También había una fotografía mía con Khayman que conservo con mucho cariño. Ambos eran y serán mi familia.  

sábado, 16 de septiembre de 2017

Últimas horas

Julien y Richard... ¿Acaso no es amor? Yo diría que es el más puro.

Lestat de Lioncourt 


—Te pondrás bien.

Había despertado después de horas dormitando. La noche había sido agitada debido a la irrupción del Hombre en la habitación. Él, como siempre, apareció para intentar consolar su miserable existencia acompañándome de forma sentimental y arrojando contra mí toda una perorata de amor falso, como las perlas baratas que un hombre tacaño adquiere para sus ilusas amantes.

Richard estaba vestido de forma varonil, dejando atrás el maquillaje, las medias de red, los bonitos y sofisticados tacones o el sujetador con relleno. Ante mí había un muchacho de tez clara con mejillas de color de los duraznos maduros y una boca carnosa, algo trémula, que no dejaba de murmurar que me amaba sin decir siquiera palabra alguna. Tenía unos ojos tan profundos que a veces me ahogaba en ellos como ocasionalmente lo hacía Lasher en el whisky, el ron o cualquier vino barato cuando nos obligaba a ir al puerto a disfrutar de las tabernas y las putas que allí se arremolinaban. Mujeres que eran como abejas en un panal de miel, zumbando de un lado a otro, buscando un hombre que las mantuviese esa noche en sus camas y dejasen un buen fajo de dinero en las mesillas de noche de los moteles más baratos y nauseabundos que puedas imaginar.

—Eres un iluso—respondí sintiendo la boca pastosa debido al medicamento.

—Siempre te he visto superar cualquier problema con tus empresas, solventar cualquier enfrentamiento y te has burlado de tus años. Lo lograrás.— Decía aquello convencido. Estaba absolutamente convencido que no me moriría. Él creía que podría luchar contra el mundo entero y salir victorioso cual Alejandro Magno, pero no. Ya tenía ochenta y cuatro años aunque él ni siquiera lo podía imaginar ya que jamás había aparentado mis años, pero aquella caída había hecho que mi vida se convirtiera en un infierno.

—Ni siquiera te he dicho jamás mi edad—dije con una sonrisa cargada de coquetería.

Mi cabello negro y rizado, muy rizado, ya no existía y en su lugar había una cabellera cana. Mis ojos era lo único que aún conservaba como cuando era un muchacho, unos ojos azules inquietos y llenos de preguntas. Apenas tenía arrugas, pero se podía intuir que no era un cuarentón ni un cincuentón.

—Ni lo necesito. La edad son cifras que no me interesan—dijo tras una fresca carcajada.

Suzette Mayfair, mi esposa, me odió muchísimo por mis infidelidades. Yo la amé de forma egoísta, pues nunca la amé como a una mujer sino como una compañera. Amé su temperamento, su belleza, sus virtudes y el amor que desprendía hacia nuestros hijos. No obstante, jamás pude amarla como amé a Richard.

—Sabes que siempre te he sido fiel a mi mod.

—Sí, a tu manera—susurró buscando mi mano derecha para tomarla entre las suyas. Estaba sentado casi al borde de la cama, pero se acomodó un poco en esta para estar muy cerca de mí—. Siempre has hecho las cosas a tu manera.

—¿Y eso no te ha hecho sentir jamás traicionado?

—Me has dado los mejores años de mi vida, pues a tu lado he aprendido demasiadas cosas. — Sentí un extraño deseo de desnudarlo y hacerle el amor, pero apenas tenía fuerzas esa mañana.


Me quedé mirándolo y recordé a Victor Gregoire, el mestizo oficinista que había trabajado para mí y que el Hombre mató, sentí miedo por un momento porque ese espíritu pudiese matarlo cuando yo me muriese debido a sus celos insanos. Aún así no dije nada y sólo dejé que las lágrimas surcaran mi rostro mientras lo miraba agradecido por todo el amor que me ofreció aunque no me merecía siquiera una caricia de sus virtuosas manos.  

Gracias por su lectura

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Lestat de Lioncourt